Capítulo 18
Izan
El mensaje brillaba en la pantalla de mi móvil con una intensidad que me resultaba físicamente dolorosa.
Conducía hacia el hospital, con Leo en el asiento de atrás, que, gracias a Dios, solo tenía un esguince en la muñeca y un susto de muerte, pero mis ojos no dejaban de desviarse hacia esas palabras que habían llegado de un número oculto.
Desconocido: Dígale a la señorita Salas que deje de hacer preguntas si quiere conservar todo lo que ha construido.
Apagué la pantalla. La encendí de nuevo. Las palabras seguían allí, inmutables, frías como un cuchillo en la garganta.
—¿Papá? —La voz de Leo sonaba preocupada desde el asiento trasero—. ¿Estás bien? Te has puesto pálido.
—Estoy bien —mentí, metiendo el móvil en el bolsillo—. Solo cansado.
Pero no estaba cansado. Estaba aterrado.
Y esa noche, después de dejar a Leo en casa con instrucciones estrictas de no salir y de llamarme ante cualquier cosa rara, no conseguí dormir.
Me senté en el salón, con las luces apagadas, mirando la oscuridad del jardín a través de los ventanales, repitiendo el mensaje una y otra vez en mi cabeza.
Intenté convencerme de que era solo una preocupación profesional. Lara era la hermana de la novia de mi hijo. Por tanto, estaba bajo mi protección, aunque ella no quisiera admitirlo. Era lógico que me preocupara por su seguridad. Era razonable que el mensaje me inquietara.
Pero mentía. Y lo sabía.
La preocupación que sentía ya no tenía nada que ver con Leo, ni con la lógica, ni con el deber.
Era algo visceral, primario, que me hacía querer sentarme frente a su casa toda la noche con una escopeta de caza si fuera necesario.
Era el miedo a perder algo que aún no era mío, pero que ya no podía imaginar sin tener.
A las siete de la mañana siguiente, después de tres horas de sueño inquieto, estaba frente a la boutique de Luna de Sal .
La calle Ancha estaba desierta, los comercios cerrados, y el escaparate tapiado de Lara destacaba con su madera rosa pintada a mano como una herida en la fachada gris de la ciudad.
Esperé. Apoyado en mi coche, con los brazos cruzados, observando la puerta del almacén donde sabía que ella entraba cada mañana.
Apareció a las siete y media, con el pelo mojado de la ducha, una taza de café para llevar en una mano y una bolsa de tela colgada del hombro. Llevaba un vestido verde que le sentaba de una forma que, en cualquier otra circunstancia, habría considerado criminalmente distractiva.
Me vio en cuanto giró la esquina. Se detuvo en seco. El café casi se le cayó.
—Izan —dijo, acercándose con pasos cautelosos, como si yo fuera un animal salvaje—. ¿Qué haces aquí? Son las siete y media.
—Necesito hablar contigo —respondí, sin moverme de mi posición—. Es importante.
—¿Ha pasado algo con Leo? ¿Está bien?
—Leo está bien —aseguré—. Esto es sobre ti.
Su expresión cambió, se cerró. Esa máscara de sarcasmo que usaba como escudo empezó a descender.
—Si es sobre anoche…
—No es sobre anoche —interrumpí, sacando el móvil del bolsillo—. Es sobre esto.
Le mostré la pantalla. El mensaje. Las palabras amenazantes que brillaban con la frialdad de quien no tiene rostro ni nombre.
Lara leyó. Dos veces. Tres. Luego devolvió el teléfono, encogiéndose de hombros con una naturalidad que me hizo querer sacudirla.
—Un mensaje anónimo —dijo—. Ya me lo contaste. El de la caja. Esto es más de lo mismo.
—Esto es una escalada —dije, intentando mantener la calma—. Primero el escaparate. Luego la caja. Ahora esto. Alguien quiere intimidarte, Lara. Y está funcionando.
—No estoy intimidada —mentía, y lo sabía por cómo se cruzó de brazos, por cómo miró hacia el escaparate tapiado—. Estoy… cautelosa. Pero no voy a dejar que un psicópata anónimo arruine mi vida. Tengo una empresa que dirigir, diseños que crear, gente que depende de mí.
—Y eso es exactamente lo que te hace vulnerable.
—¿Disculpa?
Me acerqué un paso. Ella no retrocedió, pero vi cómo se le tensaban los hombros.
—Lara, escúchame —dije, y mi voz salió más firme de lo que pretendía, con un tono que reconocí como el que usaba con mis subordinados en la comandancia—.
No te estoy pidiendo que cierres la tienda.
No te estoy pidiendo que te escondas. Te pido que tengas cuidado.
Que no vayas sola por la noche. Que aceptes que hay gente que puede ayudarte.
—¿Como tú? —Su voz se elevó, aguda, desafiante—. ¿Quieres ser mi guardaespaldas personal, coronel? ¿Mi salvador militar? ¿Mi… mi…?
—Quiero que estés a salvo —casi grité, perdiendo finalmente la paciencia que había mantenido durante semanas—. ¿Es eso tan difícil de entender? ¿Es tan terrible que alguien se preocupe por ti?
—No me trates como a una víctima —respondió, y sus ojos brillaban de rabia, pero también de algo más, algo que parecía miedo—. No me des órdenes. No me digas qué hacer. No soy una de tus tropas, Izan. No soy tu responsabilidad.
—La valentía no consiste en ignorar el peligro —dije, bajando la voz, intentando recuperar el control—. La valentía es saber cuándo aceptar ayuda. Y tú, Lara Salas, eres demasiado testaruda para ver que te expones innecesariamente.
—Y tú —replicó— eres demasiado controlador para entender que no necesito tu protección.
Nos miramos, el aire entre nosotros vibrando de frustración y de algo más, algo que no teníamos tiempo de explorar porque el miedo y el orgullo ocupaban todo el espacio.
Me di la vuelta y cogí las llaves del coche.
—Cuando quieras dejar de ser una estúpida —dije, y la palabra salió más dura de lo que pretendía, cargada de miedo disfrazado de enfado—, me llamas.
Me marché. Conduje hasta la esquina con la mandíbula tan tensa que me dolía. Y en el retrovisor, la vi. Estaba allí, inmóvil, con el café olvidado en la mano, mirando mi coche alejarse.
Pasé el día en un estado de agitación que no lograba controlar. En la comandancia, Gael me miró con escepticismo cuando rechacé su invitación a comer.
—Has discutido con ella —dijo, sin preguntar.
—No es asunto tuyo.
—Claro que lo es. Porque eres un peligro para la seguridad vial cuando estás así.
Lo ignoré. Intenté concentrarme en informes, reuniones y en la planificación de la gala benéfica que se acercaba. Pero mi mente estaba en la calle Ancha, en una mujer testaruda que se negaba a ver el peligro que la rodeaba.
A las ocho de la noche, sin pensarlo demasiado, o quizás pensándolo todo, conduje de nuevo hacia su boutique. No sabía qué esperar. Quizás que ya estuviera cerrada. Quizás que me lanzara los cristales rotos si me veía.
Pero cuando llegué, la vi. Estaba cerrando, metiendo la llave en la cerradura del almacén, con una bolsa de trabajo colgada del hombro. Y la calle estaba oscura, vacía, silenciosa.
No apagué el motor. Simplemente encendí las luces del coche para que me viera.
Lara giró la cabeza. Nuestros ojos se encontraron a través del parabrisas. Durante un segundo, pensé que me haría un gesto obsceno y seguiría caminando. Pero no lo hizo.
Se quedó quieta, observándome. Luego, lentamente, empezó a caminar hacia su coche, que estaba aparcado a diez metros del mío.
No dije nada. No salí del vehículo. Simplemente esperé.
Ella arrancó. Y yo arranqué detrás. Mantuve la distancia, tres coches entre nosotros, siguiéndola por las calles de Cádiz hasta su casa. Una caravana silenciosa, una escolta nocturna que ella no había pedido pero que, por alguna razón, no rechazó.
Cuando llegó a su casa, aparcó en el jardín. Yo me detuve al final de la calle, lo suficientemente lejos como para no ser intrusivo, lo suficientemente cerca como para verla entrar.
Se bajó del coche. Caminó hasta la puerta. Y antes de abrirla, se giró. Me miró. No podía ver su expresión desde esa distancia, pero vi que levantaba la mano. No un adiós. Un gesto más pequeño. Un… ¿reconocimiento?
Entró en casa. Encendió la luz del salón. Y esperé. Cinco minutos. Diez. Hasta que vi que la luz del porche se encendía y luego se apagaba, y supe que estaba a salvo.
Entonces, y solo entonces, arranqué y me fui.
Esa noche, desde la oscuridad de la acera de enfrente, alguien fotografió la escena.
No lo supe entonces. No lo supimos. Pero la cámara capturó la silueta de mi coche detenido al final de la calle, con las luces traseras encendidas, y la figura de Lara en el umbral de su casa, con la mano levantada en ese gesto que no supimos interpretar.
Una imagen que, en manos equivocadas, podría convertirse en prueba de algo que no éramos. O una amenaza de algo que aún no entendíamos.
Pero esa noche, mientras conducía de vuelta a casa con el corazón más ligero de lo que merecía, solo sabía una cosa: la había protegido. Aunque ella no lo quisiera. Aunque me odiara por ello.
Y eso, en mi mundo, era suficiente.