Capítulo 17
Lara
La cena fue un auténtico desastre, en el mejor sentido posible.
Noelia había decidido que su misión en la vida era avergonzarme hasta la médula y, para ello, monopolizó la conversación con una energía que habría agotado a un ejército entero.
Contó anécdotas disparatadas de nuestro instituto, omitió convenientemente los detalles comprometidos, pero incluyó suficientes vergüenzas como para que quisiera esconderme debajo de la mesa, y luego, cuando el vino empezaba a hacer efecto, dirigió su atención hacia Izan como un misil teledirigido.
—Vamos, coronel —dijo, sirviéndose otra copa con la determinación de quien no tiene que conducir—. Cuéntanos algo real. Algo que no figure en tu currículum militar. ¿Alguna vez has llorado viendo una película?
—Noelia, por favor… —intenté interrumpir, pero ella levantó la mano.
—¿Has tenido alguna vez un romance escandaloso? ¿Has hecho alguna locura de adolescente que ahora te avergüence?
Izan, para mi sorpresa, no se inmutó. Se limitó a sonreír con esa calma suya que me sacaba de quicio y me fascinaba por igual.
—Depende de lo que consideres escandaloso —respondió—. Y de lo que consideres locura.
—¡Eso es evadir la respuesta!
—Eso es mantener la dignidad.
Noelia soltó una carcajada que resonó en el salón.
—Está bien. Si no hablas, jugamos. —Sacó su móvil con una velocidad que me alarmó—. Tengo una app de «verdad o reto» para adultos. Perfecta para romper el hielo.
—Noelia, no —dije, intentando arrebatarle el teléfono, pero ya era demasiado tarde. La había abierto y sus ojos brillaban con la misma mezcla de malicia y diversión que solía reservar para las noches de sábado.
El juego empezó como una broma y terminó siendo una trampa emocional.
Noelia giraba la ruleta virtual y la pregunta caía como una sentencia. Izan eligió «verdad» en su primer turno y la pregunta fue: «¿Cuál es tu talento oculto que nadie conoce?»
Él dudó. Miró su copa de vino, luego me miró a mí y finalmente confesó:
—Cocino bien. Muy bien, de hecho. Mi madre me enseñó. Y toco el piano. Desde que tenía seis años. Aunque ahora apenas practico.
Me quedé mirándolo con la boca abierta. Izan Herrera, el hombre de los sesenta largos exactos y la barba perfectamente recortada, tocaba el piano. Era una imagen que no encajaba en mi rompecabezas mental y, sin embargo, de alguna forma, encajaba perfectamente.
—Siguiente —ordenó Noelia, girando de nuevo.
Cuando le tocó a Izan otra vez, eligió «verdad» de nuevo. La pregunta rezaba: «¿Cuánto tiempo has estado sin una relación seria?»
El silencio se instaló en la habitación. Incluso Noelia, normalmente inmune a la tensión, dejó de moverse.
—Cinco años —dijo finalmente Izan—. Desde el divorcio. He tenido… citas. Encuentros. Pero nada que mereciera llamarse relación. Nada que me hiciera querer intentarlo de verdad.
Sus ojos se encontraron con los míos cuando dijo eso último y sentí que el aire se había vuelto irrespirable.
Luego me tocó a mí. Noelia giró la ruleta con una sonrisa que prometía tormento. La pregunta apareció en la pantalla: «¿Cuál es tu mayor miedo?»
Quise elegir «reto». Quise decir algo gracioso, evadir la respuesta, hacer una broma sobre las arañas o los precios de la gasolina.
Pero el vino había aflojado mis defensas, y la presencia de Izan, sentado a mi lado con su honestidad recién revelada, había creado un espacio de confianza que no sabía que existía entre nosotros.
—Tengo miedo a enamorarme —dije, y mi voz salió más pequeña de lo que pretendía—.
Porque… porque todo lo que amo acaba desapareciendo.
Mi madre. Mi… mi hermano que nunca conoció el mundo.
Las personas que quiero se van. Y si me enamoro de alguien, si dejo que entre de verdad…
—tragué saliva—. Sé que acabaré perdiéndolo.
Y no creo que pueda sobrevivir a otra pérdida.
El silencio que siguió fue diferente. No incómodo, sino cargado. Respetuoso. Izan no dijo nada, pero su mano se movió sobre la mesa, rozando la mía durante un segundo que duró una eternidad. No un agarre, solo un roce. Una promesa de que había escuchado.
Noelia se marchó poco después, fingiendo un dolor de cabeza que nadie se creyó, ni siquiera ella.
Se despidió con un abrazo exagerado y un susurro en mi oído que solo pude interpretar como «No lo estropees», y luego desapareció por la puerta dejándonos solos en una casa que de repente parecía demasiado grande y demasiado íntima al mismo tiempo.
—Debería irme —dijo Izan, pero no se movió de la silla.
—Deberías —respondí, pero tampoco me levanté.
Nos miramos durante largos segundos, el espacio entre nosotros lleno de palabras no dichas, de confesiones compartidas, de esa electricidad que habíamos estado ignorando durante semanas.
—O podríamos recoger la cocina —sugirió finalmente, con una voz que sonaba sospechosamente casual.
—Podríamos —acepté.
Fue un error. O quizás fue lo mejor que pudo pasar.
Empezamos por recoger los platos, los vasos y los restos de la cena. Pero cuando llegó el momento de los platos sucios, estalló la discusión.
—Yo friego —dije, poniéndome delante del fregadero.
—Imposible —respondió Izan, intentando quitarme el estropajo—. Tú has cocinado. Bueno, has calentado la lasaña. Pero igual. Yo friego.
—En mi casa, yo friego.
—En cualquier casa civilizada, el invitado ayuda.
—Tú no eres un invitado. Eres un… —busqué la palabra—. Un intruso militar.
—Y tú eres una anfitriona testaruda.
Discutimos durante cinco minutos, empujándonos suavemente, disputándonos el estropajo como si fuera un trofeo.
Y entonces, no sé quién empezó, pero alguien salpicó agua.
Un chorrito directo al pecho. Y respondí con otro.
Y en cuestión de segundos estábamos empapados, riendo como adolescentes, salpicándonos mutuamente en una guerra de agua que no tenía sentido ni ganador.
Cuando el ataque cesó, estábamos jadeando, con la camiseta pegada al cuerpo, el pelo mojado cayendo sobre la frente, y algo había cambiado.
El silencio se instaló. No el silencio cómodo de antes, sino uno denso, cargado de intención. Estábamos demasiado cerca, separados apenas por el borde de la encimera. Podía ver las gotas de agua en su barba, el pulso acelerado en su cuello, el brillo de sus ojos que ya no era solo diversión.
Él dio un paso hacia mí. Yo no retrocedí.
Nuestras respiraciones se mezclaron. Podía oler su colonia, algo amaderado y cálido, podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo a pesar de la ropa mojada. Sus ojos bajaron a mis labios, y los míos hicieron lo mismo, y el mundo se redujo a ese espacio de centímetros que nos separaba.
Todo indicaba que íbamos a besarnos. Por primera vez. Después de semanas de pullas, de tensiones, de casi encuentros y de retiradas. Finalmente.
Y entonces…
El móvil de Izan sonó con una violencia que nos sobresaltó a ambos. El tono era diferente, urgente. Él lo miró, maldijo en voz baja y descolgó.
—Leo —dijo, y su voz cambió, se tensó—. ¿Qué ocurre? ¿Estás bien?
Escuché la respuesta distorsionada del otro lado. Palabras sueltas. Accidente, moto, amigo, hospital.
Izan se puso pálido.
—Ya voy —dijo, colgando sin despedirse.
Se giró hacia mí y vi la frustración en su rostro, el deseo de estar en dos sitios a la vez, la guerra entre la preocupación paternal y… y lo que casi había pasado entre nosotros.
—Es Leo —dijo innecesariamente—. Ha tenido un accidente con la moto de un amigo. Dice que no es grave, pero está en el hospital de la Cruz Roja. Necesita que vaya a recogerlo.
—Ve —dije, intentando que mi voz no temblara—. Ve, por favor.
Se quedó un segundo más, mirándome con una intensidad que me quemó. Luego se acercó, me besó la frente, un gesto tan rápido que casi no lo noté, y salió corriendo hacia la puerta.
Lo escuché arrancar el coche, el chirrido de las ruedas alejándose. Y me quedé sola en la cocina, empapada, confusa, con el corazón golpeándome las costillas como si quisiera escapar.
Cerré la puerta tras él, apoyando la frente contra la madera húmeda, sintiendo cómo la realidad volvía con su crudeza habitual.
Y entonces, por primera vez en semanas, admití en voz alta algo que llevaba negándome desde que aquel militar rígido había irrumpido en mi vida:
—Estoy empezando a tener un problema muy serio con ese hombre.
La casa quedó en silencio, respondiéndome con su vacío eco.