Operación seducción Capítulo 16
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Capítulo 16

Izan

No esperaba que respondiera. Cuando envié el mensaje, esa pregunta simple, casi ridícula, que había escrito y borrado durante veinte minutos antes de atreverme a pulsar enviar, asumí que Lara me ignoraría.

O que contestara alguna de sus bromas defensivas, con un «Estoy perfecta, coronel, no te preocupes por mí», que me mantuviera a distancia, en el territorio seguro donde ella prefería tener a la gente.

Pero entonces llegó. Una notificación simple. Cuatro palabras que cambiaron el ambiente de mi sala de estar.

Lara: He tenido días mejores.

Me quedé mirando la pantalla durante largos minutos, con el móvil apoyado en la rodilla, sintiendo cómo esas palabras resonaban en mi pecho con una intensidad que no tenían derecho a tener.

Era la primera grieta en su armadura. La primera vez que Lara Salas me permitió ver algo real, algo vulnerable, algo que no estaba envuelto en sarcasmo ni en defensas.

Comprendí entonces que detrás de esa mujer que siempre sonreía, que convertía todo en broma, que usaba el humor como un escudo brillante y reflectante, había alguien que también tenía días malos. Alguien que, como yo, había aprendido a cargar con la pérdida en silencio.

Y sin pensarlo demasiado, sin pensarlo en absoluto, si era honesto, me levanté y cogí las llaves del coche.

Leo estaba en su habitación, estudiando para un examen de programación. Pasé por su puerta y le pregunté, procurando que mi voz sonara casual.

—Esa cafetería que me recomendaste el otro día… ¿Te acuerdas?

Leo levantó la vista de su portátil, con una ceja arqueada que delataba su sospecha.

—¿La del rincón? Sí. ¿Por qué?

—Nada. Solo… necesito comprar algo.

—¿A las ocho de la tarde?

—Los mejores croissants salen del horno a esta hora —mentí, recordando algo que Lara había mencionado una vez en alguna conversación sobre los domingos con su padre.

Leo me observó durante un segundo que duró demasiado. Luego sonrió, esa sonrisa lenta que heredaba de su madre cuando sabía más de lo que decía.

—Lleva los de almendra. Son los favoritos de Lara.

No pregunté cómo sabía eso. Probablemente Nora se lo había contado. Probablemente todo el universo conspiraba para empujarme hacia esa casa con una bolsa de croissants como ofrenda de paz, o de algo más complicado que la paz.

Conduje hasta la calle San Francisco. La cafetería era pequeña, con olor a mantequilla recién derretida y una fila de clientes que esperaban pacientemente.

Pedí media docena de croissants de almendra, los envolvieron en papel encerado con esmero y volví al coche con el corazón latiendo con un ritmo que no tenía nada que ver con la tensión militar a la que estaba acostumbrado.

Era otra clase de nerviosismo. El de exponerse. El de arriesgarse a que te rechazaran.

Llegué a su casa veinte minutos después. Era una de esas casas bajas de Cádiz que parecían sacadas de una postal: fachada blanca, jardín frontal desbordante de buganvillas y un porche iluminado por una luz cálida que se filtraba entre las persianas de madera.

Toqué el timbre antes de poder arrepentirme.

Escuché pasos interiores. El sonido de algo cayendo, un lápiz, quizás, y una maldición ahogada. Luego la puerta se abrió. Y allí estaba ella.

Lara llevaba puesta una camiseta vieja de Luna de Sal que le quedaba grande, unos pantalones de chándal grises que habían visto mejores días y el pelo recogido en una coleta despeinada.

Tenía restos de lápiz de grafito en las manos, manchas negras en los dedos índice y pulgar que delataban horas de dibujo, y una expresión de sorpresa total que me hizo querer sonreír y disculparme al mismo tiempo.

—Izan —dijo, y era una pregunta y una constatación a la vez—. ¿Qué… qué haces aquí?

No tenía preparado un discurso. No tenía excusa plausible. Solo tenía una bolsa de papel arrugada y, la verdad, que pesaba más de lo que esperaba.

Le tendí la bolsa.

—No sabía si necesitabas compañía —dije, y mi voz salió más ronca de lo habitual— o simplemente desayunar bien mañana.

Miró la bolsa, miró mi cara y entonces pasó algo extraordinario. Sonrió.

No fue su sonrisa habitual, esa brillante y afilada que usaba como arma.

No fue la sonrisa irónica ni la forzada ni la defensiva.

Fue una sonrisa pequeña, genuina, casi tímida.

Una sonrisa que iluminó su rostro desde dentro, que hizo que sus ojos color miel se suavizaran, que borró años de sarcasmo acumulado.

—Has traído croissants —dijo con una voz que sonaba extrañamente emocionada.

—De almendra —confirmé—. Leo dice que son tus favoritos.

—Leo tiene una memoria espantosa para los exámenes y fotográfica para los gustos ajenos. —Se apartó de la puerta, abriéndola del todo—. Pasa. Por favor. Estaba… estaba diseñando. O intentándolo. O evitando pensar demasiado.

Entré en su casa.

El interior correspondía a lo que esperaba: luminoso, desordenado, creativo, lleno de detalles que hablaban de una vida vivida con intensidad.

Telas sobre el respaldo de los sofás, revistas de moda apiladas en mesas auxiliares y, en el fondo, el porche que había mencionado tantas veces, con su mesa de hierro forjado y sus cojines desgastados.

Me senté en el sofá, incómodo, sintiendo que estaba cruzando una línea que no tenía nombre pero que ambos sabíamos que existía. Ella fue a la cocina, una estancia abierta, moderna, con una isla central cubierta de papeles y tazas de café abandonadas, y volvió con dos platos y una jarra de leche.

—No tengo cerveza —dijo, sentándose a mi lado, no frente a mí, lo que me sorprendió gratamente—. Pero sí, café. Y ahora croissants. Así que, técnicamente, esto es una cena.

—Técnicamente —asentí.

La conversación fluyó con una naturalidad que me desarmó.

Hablamos de Cádiz, de cómo la ciudad había cambiado desde que yo me había ido a los veinte años y de cómo ella la había convertido en su hogar.

Hablamos de Madrid y de cómo ciertos lugares te marcan para siempre, aunque intentes escapar de ellos.

Y luego, inevitablemente, hablamos de familias. De lo difícil que era cargar con ciertas pérdidas.

—Mi padre nunca habla de mi madre —dijo Lara de repente mientras mordisqueaba un croissant—. Bueno, nunca hablaba. Hasta hoy.

La miré, esperando a que continuara. Había algo en su voz, una vulnerabilidad nueva, que me hizo querer acercarme, tocar su mano, ofrecer el tipo de consuelo que no sabía si ella aceptaría.

—Hoy he hablado con él —continuó, mirando el plato—. De ella. De sus sueños. De su taller. De lo que podría haber sido.

—¿Y cómo te sientes?

—Como si alguien hubiera abierto una puerta que llevaba décadas cerrada —confesó, y sus ojos se humedecieron ligeramente—. Y ahora no sé si quiero entrar o salir corriendo.

Entendí perfectamente. Porque yo tenía mi propia puerta cerrada: el divorcio, los años en Londres intentando ser el padre que mi hijo necesitaba mientras mi matrimonio se desmoronaba, la culpa de no haber podido salvar algo que quizás nunca debió haberse intentado.

—Las pérdidas nos definen —dije, eligiendo cuidadosamente las palabras—. No porque nos rompan, sino porque nos obligan a reconstruirnos. A veces de formas que no elegiríamos.

Ella me miró y, por un segundo, vi algo en sus ojos que no supe interpretar. ¿Reconocimiento? ¿Sorpresa? ¿El alivio de ser entendida?

—Tú también cargas con algo —dijo, y no era una pregunta.

—Mi matrimonio —respondí, sorprendiéndome a mí mismo con la honestidad—. No fue un final dramático. Fue un desgaste silencioso. Intentamos durante demasiado tiempo salvar algo que ya no existía. Y cuando terminó, me quedé con la sensación de haber fallado. No a Charlotte. A Leo. A mí mismo.

Lara asintió, despacio.

—La culpa es el precio que pagamos por querer —dijo—. Pero a veces es demasiado caro.

El ambiente se había vuelto íntimo. No en el sentido físico, aunque estábamos sentados cerca, demasiado cerca para ser solo conocidos.

Era una intimidad emocional, una conexión que se tejía entre confesiones compartidas y silencios cómodos.

Noté que ella se había inclinado ligeramente hacia mí, que mi mano descansaba en el cojín a escasos centímetros de la suya, y que el espacio entre nosotros se había reducido a casi nada.

Y justo cuando pensaba que podía atreverme a cerrar ese espacio, a tocar su mano, a ver si su piel era tan suave como parecía…

La puerta principal se abrió con una violencia que hizo que ambos saltáramos.

—¡Lara! ¡He traído helado de pistacho y vino blanco porque hoy me apetecía…!

Noelia irrumpió en el salón como un tornado moreno, con dos bolsas de supermercado en cada mano y una expresión de triunfo que se transformó en un shock absoluto al vernos.

Nos miró. Miró a mí, sentado en el sofá de su mejor amiga. Miró a Lara, con los ojos aún húmedos y una media sonrisa congelada en el rostro. Miró las migas de croissant sobre la mesa. Y las bolsas se le cayeron de las manos, estrellándose contra el suelo con un ruido sordo.

—¡Madre del amor hermoso! —Exclamó con una voz que subió tres octavas—. ¿Me he perdido los cinco primeros capítulos?

El rostro de Lara se tiñó de un rojo intenso que rivalizaba con el de las buganvillas de su jardín. Se levantó de un salto, gesticulando con las manos manchadas de grafito.

—Noelia, no es lo que parece…

—¿No? —Noelia señaló hacia mí, luego hacia las bolsas caídas, luego hacia el sofá—. Porque parece que has invitado al coronel a una cita íntima con croissants y lágrimas, y yo he irrumpido como la mejor amiga cliché de una comedia romántica.

—No es una cita —protesté, intentando ser útil, aunque mi voz carecía de convicción.

—No es una cita —repitió Lara, al unísono, con la misma falta de credibilidad.

Noelia nos miró alternativamente. Y entonces, para mi sorpresa total, empezó a reírse. No una risa contenida. Una carcajada escandalosa, de esas que sacuden todo el cuerpo, que le hizo agarrarse el estómago y dejarse caer contra la pared.

—Dios santo —jadeó, secándose las lágrimas de la risa—. La cara que tenéis. Parecéis dos adolescentes pillados en el cine.

Lara se cubrió el rostro con las manos, murmurando algo sobre mudarse a Australia y cambiar de identidad.

Y yo… Yo me di cuenta de que estaba riendo.

No una sonrisa contenida. No un resoplido discreto.

Una risa real, profunda, que venía de la barriga y me sorprendió tanto como, probablemente, sorprendió a ellas.

Era la primera vez en años, quizás en décadas, que me reía así, sin control, sin medir el volumen, sin preocuparme por mantener la compostura.

Noelia me miró con ojos brillantes de diversión.

—Vaya, el coronel sabe reír —dijo—. Pensaba que tenías un palo metido hasta el esternón.

—Solo está bien escondido —respondí, todavía jadeando.

—Pues ya que estamos todos aquí —Noelia se agachó para recoger las bolsas del suelo, con una determinación que me alarmó—, y ya que he perdido mi oportunidad de ser la confidente nocturna de Lara, os propongo algo.

—Noelia, no… —empezó Lara, con tono de advertencia.

—Cenamos juntos —interrumpió Noelia, levantando una mano—. Los tres. Aquí. Ahora. Tengo helado y vino y acabo de ver una escena tan tierna que necesito alcohol para procesarla.

Miré a Lara. Ella me miró a mí. Y en sus ojos, detrás de la vergüenza y el deseo de matar a su amiga, vi algo más. Algo que parecía… alivio. Como si, en el fondo, no quisiera que la velada terminara todavía.

—Está bien —dije antes de que Lara pudiera rechazar la propuesta—. Cenamos juntos.

—Perfecto —Noelia sonrió con malicia—. Y tú, coronel, me vas a contar exactamente cómo has pasado de odiar a mi mejor amiga a traerle croissants a las nueve de la noche. Con todos los detalles. Y sin omitir el momento en que os mirasteis como si el resto del mundo no existiera.

Lara gimió, ocultando el rostro entre las manos.

Yo sonreí, cogiendo mi taza de café frío, y por primera vez desde que había vuelto a Cádiz, sentí que estaba exactamente donde debía estar.

Aunque el camino hasta ese momento hubiera incluido un escaparate destrozado, una bolsa de croissants, y la interrupción más oportuna de la historia.