Operación seducción Capítulo 15
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Capítulo 15

Lara

El domingo se instaló sobre mi porche con la pereza habitual de las mañanas de junio en Cádiz, aunque esa semana el sol parecía menos brillante, como si incluso el cielo hubiera decidido respetar mi estado de ánimo.

Estaba sentada en mi sillón de mimbre, con los pies descalzos sobre el frío del mármol, una taza de café del tamaño de un cráter frente a mí, y el cuaderno de diseños vacío sobre las rodillas.

No podía concentrarme. Desde el incidente del escaparate, desde la caja misteriosa que la policía había encontrado junto a mi puerta, Izan me lo había contado al día siguiente, con una seriedad que me había helado la sangre.

Mi mente se negaba a crear. Cada línea que trazaba en el papel se convertía en una grieta, en una ruptura, en el reflejo de ese cristal destrozado que seguía apareciendo en mis pesadillas.

Dejé el lápiz sobre la mesa de hierro forjado y suspiré. El jardín estaba en silencio, salvo por el zumbido de las abejas que se movían entre las buganvillas y el crujido ocasional de las ramas del olivo. Necesitaba inspiración. Necesita algo que no fuera miedo.

Me levanté y me dirigí hacia el armario del fondo del salón, ese que guardaba los recuerdos que no sabía dónde guardar. Cogí la caja de cartón que había rescatado del desván de mi padre años atrás, la que contenía las fotografías amarillentas, los vestidos que nunca se usaron y el cuaderno.

Lo había mirado cientos de veces. Pero esa mañana, algo me empujó a abrirlo de nuevo. Quizás fue la necesidad de conectar con algo puro, con algo que no estuviera contaminado por las amenazas anónimas ni por los cristales rotos.

El cuaderno de mi madre era un objeto modesto, de tela azul desgastada y lomo cosido a mano. Las páginas, amarillentas por el paso de casi treinta años, crujían al abrirlas, como si protestaran por ser despertadas de su letargo.

Empecé a hojearlo con cuidado, con el respeto que se le debe a los objetos sagrados.

Los bocetos ocupaban cada centímetro disponible.

Vestidos de novia con colas interminables y escotes delicados.

Trajes de niño con pantalones bombachos y chalecos bordados.

Vestidos de fiesta con volantes que parecían flotar sobre el papel, capturados en medio de un movimiento que nunca terminaría de realizar.

Clara Salas Vega. Mi madre. La mujer de la que solo conservaba recuerdos borrosos, fotografías en blanco y negro y este cuaderno lleno de sueños que no pudo cumplir.

Encontré notas al margen, escritas con una letra menuda e inclinada: «Tela de organza para el vestido de comunión — Sra. Martínez», «Prueba de color azul cielo para el traje de novia de julio», «Lara quiere un vestido igual al de su muñeca — nota: comprar patrón».

Mi nombre. Allí estaba, en su letra. Una prueba de que alguna vez había formado parte de su mundo, de sus preocupaciones cotidianas, de sus listas de tareas. Sentí un nudo en la garganta e intenté tragarlo con un sorbo de café frío.

Seguí hojeando hasta llegar a la mitad del cuaderno, donde las páginas cambiaban. Ya no había bocetos de clientas. Solo dibujos de vestidos de bebé. Minúsculos. Perfectos. Con notas sobre tejidos hipoalergénicos y botones de nácar para que no se engancharan.

Y entonces encontré una carta.

No estaba dirigida a nadie en concreto, salvo quizás a sí misma, al universo o al bebé que crecía dentro de ella. Estaba escrita en una página suelta, metida entre las dos últimas hojas del cuaderno, como si la hubiera escondido para que solo el tiempo la encontrara.

«Para mi pequeño».

Así empezaba.

Mis dedos temblaron cuando la desplegué. El papel era fino, casi transparente, con las esquinas dobladas por la presión de haber estado guardado durante décadas.

«Aún no sé si eres niño o niña, pero ya sé que te quiero con una intensidad que me asusta.

Tu hermana Lara, que ahora tiene dos años y es un terremoto con rizos, no para de preguntar si vas a jugar con ella.

Le he dicho que sí, que serás su compañero de aventuras.

Estoy diseñando tu primera ropa. No la compraré en una tienda.

Será hecha por mí, con estas manos, con el mismo amor con el que hago todo lo demás.

Quiero que sepas, cuando seas mayor, que tu madre soñaba con tener un pequeño taller.

Con vestidos hechos a mano. Con una vida sencilla entre telas y agujas.

Y aunque ahora estoy cansada y el médico dice que debo descansar más, no puedo dejar de dibujar.

Es mi forma de deciros a los dos que estoy aquí, que os veo, que os quiero.

Sea lo que sea que pase, pequeño mío, quiero que sepas que fuiste deseado. Que fuiste soñado. Que fuiste amado antes de conocer la luz.»

La letra se volvía irregular hacia el final, más grande, como si la emoción hubiera dificultado el control del bolígrafo. Y debajo, una última frase, añadida apresuradamente.

«Clara, 27 años, esperando con ilusión.»

Las lágrimas llegaron sin avisar. Una primera, caliente, que cayó sobre el papel y lo hizo transparente durante un segundo. Luego otra. Y otra, hasta que ya no pude contenerme. Rompí a llorar con un sonido ahogado, animal, que provenía de lo más profundo de mi pecho.

Lloré por ella. Por esa mujer de veintisiete años que había soñado con un taller pequeño y una vida sencilla, y que, en cambio, había encontrado una muerte prematura en una sala de partos.

Lloré por el bebé que nunca respiró, por mi hermano sin nombre que se había llevado a mi madre con él.

Y lloré por mí, por la niña de dos años que había crecido sin entender por qué su casa siempre tenía una silla vacía, por qué su padre miraba el horizonte con esa tristeza que nunca se iba.

Me quedé así durante minutos, con el cuaderno apretado contra el pecho, sollozando entre las buganvillas, dejando que el dolor que llevaba veintiocho años reprimido finalmente saliera a la superficie.

—Lara…

La voz me sobresaltó. Me giré, avergonzada, con el rostro desfigurado por el llanto, y vi a mi padre en el umbral del porche.

Javier Salas. Cincuenta y cinco años. Director de banco.

Hombre de trajes impecables y silencios que duraban demasiado.

Estaba allí, con una bolsa de panadería en una mano y las llaves del coche en la otra, mirándome como si hubiera visto un fantasma.

—Papá… —logré decir, intentando secarme las lágrimas con el puño, manchándome la cara de tinta del cuaderno—. No sabía que venías. Pensé que estabas con Beatriz…

—Beatriz tiene clase de yoga —respondió, dejando la bolsa sobre la mesa y acercándose despacio, como si yo fuera un animal herido que podía huir—. He traído croissants. Para tu desayuno dominical. Como… como antes.

Su voz se quebró en la última palabra. Porque antes significaba hacía décadas, cuando yo era pequeña y él intentaba ser padre y madre a la vez, trayendo dulces los domingos para compensar la ausencia que no podía explicar.

Me miró. Miró el cuaderno entre mis manos. Y su rostro se transformó. Se cerró, como una persiana que baja para proteger del sol, pero también de la mirada ajena.

—Lo encontré —dije, innecesariamente, levantando el cuaderno—. Lo estaba hojeando. Buscando inspiración. Y encontré… encontré esto.

Le mostré la carta. Mi padre extendió la mano temblorosa y cogió la página con una delicadeza que me rompió el corazón. Leyó en silencio, sus labios apenas moviéndose, sus ojos recorriendo la letra que había sido la de su mujer, la de su esposa, la de la madre de sus hijos.

—Nunca lo había visto —dijo, cuando terminó. Su voz era un hilo de sonido, ronca, cargada de emoción contenida—. Este cuaderno. Después de… después de que se fuera, lo guardé. En el desván. No pude… no pude volver a abrirlo.

Se sentó en el borde del sillón de mimbre, pesadamente, como si las piernas ya no pudieran sostener el peso de los recuerdos. Yo me senté frente a él, en el suelo, con las rodillas contra el pecho, todavía sosteniendo el cuaderno.

—¿Por qué no me lo dijiste? —pregunté—. Que ella escribía. Que dibujaba. Que tenía sueños…

—Porque era demasiado doloroso —confesó, mirándome directamente a los ojos por primera vez en años—.

Cada vez que te veía, Lara, veía a Clara.

Su pelo. Su forma de reír. Su terquedad.

Y si encima hubiera tenido que hablarte de sus sueños, de sus bocetos, de lo que podría haber sido… no habría podido soportarlo.

Extendió la mano y tocó mi rodilla, un gesto torpe, raro en él, que de repente me hizo sentir como si tuviera cinco años otra vez.

—Pero ahora te veo —continuó, y sus ojos se humedecieron—. Te veo con tu empresa. Con tu talento. Con esa fuerza que tienes, que no sé de dónde la sacas. Y pienso… pienso que ella estaría orgullosa. Orgullosa de que hayas convertido su sueño en el tuyo.

—¿Su sueño? —Repetí, confundida.

—El taller —dijo mi padre, señalando el cuaderno—. Ella quería un taller pequeño. Vestidos hechos a mano. Y tú… tú has construido eso, Lara. Solo que, en lugar de pequeño, lo has hecho grande. En lugar de un taller, un imperio. Pero es su esencia. Es su espíritu. Lo ves, ¿verdad?

Miré el cuaderno. Miré los bocetos de mi madre.

Y por primera vez, vi la conexión. No había copiado sus diseños.

No había seguido sus patrones. Pero había heredado su esencia.

La necesidad de crear belleza. De vestir a la gente con algo más que tela: con intención, con amor, con la idea de que la ropa puede ser una armadura contra el mundo.

—Siempre pensé que me había ido por otro camino —dije, con voz temblorosa—. Que ella habría querido algo más… puro. Más artesanal. Menos comercial.

—Tu madre habría querido que fueras feliz —dijo mi padre, firme por primera vez en mucho tiempo—.

Y si la felicidad viene con el éxito, con boutiques, con influencers y con todo lo que has construido…

entonces habría estado detrás de ti, empujando.

Como siempre hacía. Como hacía contigo cuando aprendiste a andar y no parabas de caerte.

Sonreí a pesar de las lágrimas que seguían corriendo por mis mejillas. Porque era verdad. En las fotografías, en los recuerdos que otros me contaban, mi madre era así: una mujer que reía fuerte, que me levantaba cuando me caía, que me decía que los arañazos eran medallas de valiente.

—Reímos igual —dije, casi para mí misma—. Ella y yo. Reímos fuerte.

—Sí —asintió mi padre—. Y sabes por qué lo haces, ¿verdad? Porque ella te enseñó. Incluso en los dos años que estuvo contigo, te enseñó que reír es la mejor forma de sobrevivir. De protegerse. De seguir adelante cuando todo se derrumba.

Me quedé en silencio, procesando sus palabras. Porque era cierto. Mi sarcasmo, mis bromas constantes, mi necesidad de convertir todo en una comedia para no llorar… venían de ella. De esa mujer que, incluso embarazada y cansada, seguía dibujando vestidos de bebé con una sonrisa en los labios.

—Gracias —dije, finalmente—. Por venir. Por hablar. Por… por esto.

—Debería haberlo hecho antes —respondió, secándose los ojos con disimulo—. Pero los bancos no preparan a sus directivos para tener conversaciones difíciles con sus hijas. Solo para calcular intereses compuestos.

Reímos juntos, un sonido entrecortado, mezcla de llanto y alivio.

Y durante el resto de la mañana, padre e hija compartimos algo que llevábamos décadas evitando: la memoria de Clara.

Hablamos de sus manías, de su risa contagiosa, de la forma en que organizaba el armario por colores.

Mi padre me contó cosas que nunca había sabido: que ella había sido la primera de su familia en ir a la universidad, que había renunciado a una beca en Milán para quedarse en Cádiz con él, que había llorado de alegría cuando supo que estaba embarazada de mí.

Eran fragmentos de una vida que se había truncado demasiado pronto, pero que, de alguna forma, había logrado transmitirse a mí a través de los genes, de los gestos, de ese cuaderno que ahora descansaba sobre la mesa como un relicario.

Mi padre se marchó al mediodía, dejándome el cuaderno y una promesa: volveríamos a hablar. Pronto. A menudo. Sin esperar a que los domingos nos lo recordaran.

Me quedé sola en el porche, con el sol ya alto y el café completamente frío. Pero me sentía… diferente. Más ligera. Como si compartir el duelo lo hubiera dividido por dos, haciéndolo más llevadero.

Intenté diseñar. Saqué lápices y papel, me senté en mi sillón habitual, pero las líneas no querían salir. No importaba. Había encontrado algo más importante que un nuevo modelo de lencería: había encontrado a mi madre.

El atardecer llegó con suavidad, tiñendo el cielo de tonos rosas y naranjas que habrían inspirado a cualquier pintor. Estaba recogiendo los lápices, preparándome para una noche de sofá y manta, cuando el móvil vibró sobre la mesa.

Un mensaje. Número desconocido, aunque lo reconocí de inmediato. Lo había memorizado desde la última vez que tuvo que llamarle por lo del escaparate.

Lo abrí. Solo cuatro palabras, escritas con una sencillez que me desarmó.

Desconocido: ¿Cómo estás de verdad?

Me quedé mirando la pantalla durante largos segundos. ¿Cómo estaba? ¿De verdad?

Releí el mensaje. Una vez. Dos. Tres. Cada lectura me hacía sentir algo diferente. Primero sorpresa. Luego, una calidez extraña en el pecho. Luego, la necesidad imperiosa de responder con algo honesto, por una vez en mi vida.

Mis dedos se movieron sobre el teclado, escribiendo y borrando. «Bien», demasiado falso. «Preocupada por lo del escaparate», demasiado evidente. «Pensando en mi madre», demasiado íntimo. «¿Por qué preguntas?», demasiado defensivo.

Al final, dejé que la verdad fluyera. Simple. Directa. Sin armadura de sarcasmo.

Lara: He tenido días mejores.

Pulsé enviar antes de poder arrepentirme.

Y luego, con el corazón latiendo más rápido de lo que me atrevía a admitir, esperé su respuesta en la penumbra del porche, preguntándome si esa honestidad repentina no sería el principio de algo que no sabía definir, o el final de las máscaras que llevaba demasiado tiempo puestas.