Operación seducción Capítulo 14
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Capítulo 14

Izan

El jueves amaneció gris sobre Cádiz, con una humedad que se colaba entre las juntas de las ventanas y se instalaba en los huesos como un recuerdo molesto.

Intenté concentrarme en el informe de suministros del cuartel, pero mi mirada se desviaba una y otra vez hacia el móvil, hacia esa fotografía que había tomado el día anterior del escaparate destrozado.

Los bordes irregulares del cristal roto, la violencia contenida en ese círculo perfecto de destrucción, me decían algo que mi instinto militar reconocía, pero mi mente racional se negaba a aceptar: no era un acto aislado. Era un mensaje.

A las diez de la mañana, cerré la carpeta de papeles y cogí el teléfono fijo de mi despacho.

Marqué un número que no aparecía en ninguna guía, un contacto que había cultivado durante años de servicio en zonas conflictivas: el sargento Núñez, de la Guardia Civil, adscrito a la Unidad de Delincuencia Económica en la comandancia de Cádiz.

—Herrera —respondió al otro lado, con esa voz áspera que identifiqué inmediatamente—. Pensé que ya no te acordabas de nosotros, coronel.

—Necesito un favor —dije, sin preámbulos—. Discreto. Fuera de protocolo.

Escuché el silencio de la línea, el tintineo de una taza contra el platillo en su despacho.

—Dispara.

—¿Ha habido denuncias similares últimamente? Empresarios locales. Destrozos sin robo. Escaparates rotos. Mensajes de intimidación.

El silencio se prolongó demasiado.

—¿Por qué lo preguntas?

—Tengo un… conocido. Una empresaria del centro. Ayer le destrozaron el escaparate. Solo eso. Nada más. La policía local lo archivó como vandalismo callejero, pero algo no encaja.

—Define, conocido —dijo Núñez, y detecté una sonrisa en su voz.

—Alguien que necesita que la miren con otros ojos —respondí, eligiendo cuidadosamente las palabras—. ¿Hay algo?

—Dame veinticuatro horas —dijo finalmente—. Y Izan… ten cuidado. Si esto es lo que creo que es, no es asunto para héroes de fin de semana.

Colgué sintiendo que había cruzado una línea. No me había presentado como coronel ni como autoridad. Me había presentado como un hombre preocupado por una mujer. Y esa verdad me inquietó más de lo que quería admitir.

Gael apareció a las seis de la tarde, irrumpiendo en mi despacho con la energía de un ciclón y una botella de cerveza artesanal en cada mano.

—Vamos —dijo, dejando una sobre mi mesa—. Necesitas aire. Y yo necesito que alguien me explique por qué has estado todo el día con cara de entierro.

—Estoy ocupado.

—Estás obsesionado —corrigió, sentándose en el borde de mi escritorio—. Y eso, viniendo de ti, que eres un obseso profesional, ya es decir. Vamos a La Caleta. Una hora. Cerveza. Mar. Y si sigues así de soso, me voy solo y te dejas aquí pudriéndote en tu papelada.

Maldije entre dientes, pero cogí la cerveza. Tenía razón. Necesitaba distraerme. Necesitaba dejar de ver el rostro de Lara cada vez que cerraba los ojos, esa mezcla de orgullo y miedo que había intentado ocultar tras su sarcasmo matutino.

Llegamos a una terraza frente al mar, en la plaza de La Caleta, con vistas al océano que se teñía de naranja y violeta mientras el sol se hundía.

Gael hablaba de Leo, de Nora, de la imposibilidad de entender a los adolescentes del siglo XXI, y yo asentía en los momentos adecuados, bebiendo de mi cerveza sin apenas probarla.

Fue entonces cuando la vi.

Estaba en la terraza de enfrente, a la sombra de una sombrilla de rayas blancas y azules, sentada en una mesa alta con taburetes. Y no estaba sola.

Pablo, el bombero, el tipo de los músculos y las sonrisas fáciles del gimnasio, estaba a su lado. Llevaba una camiseta azul marino que marcaba cada contorno de su torso y estaba inclinado hacia ella, demasiado cerca, contándole algo que requería gestos amplios y expresiones teatrales.

Lara se reía. Esa risa sin filtros que yo había escuchado solo unas pocas veces, pero que había grabado en mi memoria con una claridad perturbadora.

Una risa que partía de su vientre, que hacía que sus ojos se cerraran y que se llevara una mano al pecho, como si contuviera la alegría para que no se escapara.

Pablo le dijo algo más y ella se rio a carcajadas.

Entonces él hizo algo que hizo que mi mano se tensara sobre el borde de la mesa: le dio un abrazo.

No un abrazo de despedida breve y cortés.

Un abrazo efusivo, de esos que duran demasiado, en el que él la levantó ligeramente del taburete y ella le golpeó la espalda con la mano, todavía riendo, todavía radiante.

Sentí una punzada en el pecho. Un dolor físico, real, como si alguien me hubiera clavado un cuchillo entre las costillas y lo retorciera lentamente. Mi visión se redujo a un túnel centrado en esa imagen: ella, él, la risa, el contacto.

—Interesante —dijo Gael, y su voz me devolvió a la realidad.

—¿Qué? —Respondí demasiado brusco.

—Esa expresión tuya. Esa mandíbula tensa. Esa mano convertida en puño sobre la mesa.

Miré mi mano. Efectivamente, los nudillos habían perdido el color.

—No es nada —mentí.

—Eso que tienes —dijo Gael, tomando un sorbo de su cerveza con una calma deliberada— se llama celos.

Casi me atraganté con el trago que acababa de tomar. La cerveza espumosa me quemó la garganta y me provocó una tos seca que duró diez segundos.

—No seas ridículo —respondí, cuando pude hablar.

—Entonces deja de mirar al bombero como si estuvieras calculando la trayectoria perfecta para lanzarlo al Atlántico.

—Solo me pregunto quién es —dije, intentando que mi voz sonara casual—. Un tipo del gimnasio. Nada más.

—Un tipo del gimnasio que la hace reír de esa forma —señaló Gael, señalando con su botella hacia la otra terraza—. Una risa que tú, amigo mío, no has conseguido arrancarle en las… ¿Cuántas veces os habéis visto? ¿Cinco? ¿Seis?

—No es una competición.

—Todo es una competición cuando hay sentimientos de por medio.

Quise cambiar de tema. Intenté hablar del trabajo, de la comandancia, de los problemas de suministros que teníamos pendientes.

Pero mi mirada traicionera volvía una y otra vez hacia la mesa de enfrente.

Hacia Pablo, que ahora le mostraba algo en su móvil, y Lara, que se inclinaba para verlo, con su pelo castaño cayendo sobre su hombro y su mano descansando casualmente en su brazo.

¿Por qué le tocaba así? ¿Por qué se sentía tan cómoda con un desconocido que llevaba puesta una camiseta tres tallas más pequeña de lo necesario y que probablemente hablaba de hidrantes y escaleras telescópicas?

—Se llama Pablo —dije, sorprendiéndome a mí mismo—. Bombero. Treinta y dos años. Soltero. Vive en el barrio de Santa María.

Gael me miró con una ceja arqueada.

—¿Has hecho una investigación de fondo?

—Es información pública —mentí—. Lo escuché en el gimnasio.

—Claro. Y yo soy el Papa.

No pude evitarlo. Durante los siguientes minutos, mientras Gael se dedicaba a describirme, con detalles cada vez más escabrosos, cómo iba a morir solo y amargado si no soltaba mi orgullo, yo observaba. Analizaba. Evaluaba.

Pablo era el tipo de hombre que Lara debería querer.

Joven. Extrovertido. Sin bagaje emocional de divorcios ni de hijos adolescentes.

Alguien que no llevaba el peso del mundo sobre los hombros ni veía la vida como una operación militar que podía fallar en cualquier momento.

Alguien que podía darle risas fáciles sin que ella tuviera que escarbar entre capas de hielo para encontrar calor.

Y, sin embargo, cuando Pablo le propuso algo, vi cómo sacaba un folleto de colores, cómo señalaba algo y cómo gesticulaba con entusiasmo, y ella asintió con una sonrisa, sentí que el cuchillo en mi pecho se hundía un poco más.

—¿Ves eso? —dijo Gael, señalando con la barbilla—. Esa es la carrera solidaria de los bomberos. La del mes que viene. Diez kilómetros por la playa. Y tu Lara acaba de apuntarse.

—No es mi Lara.

—Ha aceptado encantada —continuó Gael, ignorándome—. Y apuesto lo que quieras a que Pablo va a estar allí, con su camiseta de tirantes, sudando de forma fotogénica, y tú vas a estar en tu despacho, mirando informes, mientras él le pone la medalla de ganador alrededor del cuello.

—No voy a correr —dije, terminando mi cerveza de un trago.

—Claro que no. Los militares no corren. Marchan. Con paso firme y mirada al frente.

—Exacto.

—Pero quizás deberías apuntarte —sugirió Gael, con una malicia que me hizo querer estrangularlo—.

Porque si no lo haces, te aseguro que al final de esa carrera, Lara y Pablo van a estar celebrando su victoria con una cena a la luz de las velas.

Y tú vas a estar aquí, bebiendo solo, calculando trayectorias balísticas imaginarias.

No respondí. Porque, en el fondo, sabía que tenía razón.

Y porque, al observar cómo Lara se levantaba de la mesa y cómo Pablo le ofrecía el brazo con un gesto que pretendía ser galante, pero que a mí me pareció ridículo, sentí algo que no había sentido en años: el miedo a perder algo que ni siquiera era mío.

Me despedí de Gael a las nueve, con la excusa de que tenía papeleo pendiente. En realidad, necesitaba estar solo. Necesitaba procesar esa sensación incómoda que se había instalado en mi pecho como un invitado no deseado.

Celos. La palabra me sabía amarga en la boca. Yo no era un hombre celoso. Yo era un hombre controlado, seguro, que no necesitaba marcar territorio porque sabía quién era. Pero ver a Lara con Pablo, verla reír con esa facilidad que yo nunca lograba provocarle, había destrozado esa certeza.

Llegué a casa y me serví un vaso de whisky, aunque no bebí.

Me quedé mirando el líquido ámbar, pensando en la ironía de mi situación: estaba enfadado porque una mujer que me rechazaba constantemente, que me recordaba a cada paso que no necesitaba mi ayuda, se reía con otro hombre. Era absurdo. Era infantil. Era…

El teléfono sonó a las once de la noche, interrumpiendo mi autocompasión. Un número desconocido, pero con el prefijo de la policía local.

—¿Coronel Herrera? —Una voz masculina, joven, tensa.

—Sí.

—Soy el agente Ruiz. Estoy de guardia en la centralita. Hemos recibido una llamada de la empresa de seguridad que vigila la zona de la calle Ancha. Hay… hay algo que debería ver.

Sentí que el hielo de mi vaso se extendía por mis venas.

—¿Qué ha pasado?

—Las cámaras de seguridad de la boutique Luna de Sal han captado a una persona encapuchada rondando el local. Hace veinte minutos. Se ha quedado frente al escaparate tapiado durante varios minutos. Luego ha dejado algo en la puerta y se ha marchado corriendo.

Dejé el vaso sobre la mesa con un golpe seco.

—¿Ha entrado?

—No. Pero… el vigilante de seguridad dice que la figura encajaba con la descripción del sospechoso del destrozo de ayer.

Misma estatura. Misma forma de andar. Y coronel…

—hizo una pausa—. La empresa de seguridad ha intentado contactar con la señorita Salas, pero no contesta.

Y nosotros no tenemos autorización para acercarnos al local sin una denuncia previa ni signos de allanamiento.

—Estoy en camino —dije, ya cogiendo las llaves del coche.

—¿Coronel? No es necesario que…

Colgué.

Conduje por las calles a una velocidad que habría justificado una multa de tráfico severa, pero no me detuve en ningún semáforo.

Mi mente iba a cien por hora. La imagen del encapuchado.

La descripción. El patrón. No era un vandalismo callejero.

Era acoso. Era persecución. Y Lara estaba sola, sin contestar el teléfono, posiblemente durmiendo en su casa, sin saber que alguien marcaba su territorio como un depredador.

Llegué a la calle Ancha en menos de diez minutos. Estacioné con las ruedas chirriando contra el bordillo y corrí hacia la boutique.

El escaparate seguía tapiado con la madera rosa que habían colocado esa mañana. Pero en el suelo, junto a la puerta, había algo. Una caja. Pequeña. Blanca.

Me acerqué con cautela, evaluando el perímetro, escaneando las sombras de la calle. No había nadie. Solo el sonido del viento entre los toldos y el murmullo lejano de la ciudad que no dormía.

La caja tenía un lazo rojo. Y una etiqueta, escrita con letra torcida: «Para Lara».

No la toqué. Sabía que era evidencia. Pero me agaché para examinarla sin moverla. Olía a algo floral. A jazmín. Y debajo del olor dulce, otra cosa. Algo metálico. Amenazante.

Saqué el móvil y llamé a Núñez. Contestó al segundo tono, con voz de sueño.

—Núñez, soy Izan. Necesito que envíes a alguien a la calle Ancha, número veintitrés. Ahora. Y contacta con la Unidad de Delitos Informáticos. Esto es más grande de lo que pensábamos.

—¿Qué has encontrado?

Miré la caja blanca, el lazo rojo, la calle vacía donde había visto a Lara reír horas antes con otro hombre.

—Un mensaje —respondí—. Y la próxima víctima si no actuamos rápido.

Colgué y miré hacia arriba, hacia las ventanas del piso de Lara. Estaban a oscuras.

Y por primera vez desde que había vuelto a Cádiz, sentí verdadero miedo. No por mí. Por ella. Por esa mujer testaruda que no quería mi ayuda, que se reía con los bomberos y me miraba con desdén, y que ahora, dormida en su cama, no sabía que el peligro había vuelto a llamar a su puerta.

Me quedé allí, de pie, guardando la caja con mi sombra, esperando a la policía, preguntándome si algún día me permitiría ser su héroe, aunque ella insistiera en que no lo necesitaba.