Capítulo 13
Lara
El móvil me despertó a las seis de la mañana con una violencia que me hizo caer al suelo desde el sofá, donde había dormido la noche entre borradores de diseño y una copa de vino sin terminar.
La pantalla brillaba con el nombre de Marta, y mi primer pensamiento, el único que cabe a esa hora cuando tu encargada llama con el tono de quien ha visto un fantasma, fue que la boutique se había incendiado.
—Lara… —su voz temblaba, cortada por interferencias de estática—. No entres por la puerta principal. Ven por el almacén. Y trae… trae algo para cubrirte los zapatos.
Colgué sin preguntar. Me vestí con lo primero que encontré, unos vaqueros rotos, una camiseta de Luna de Sal con el logo desgastado, unas sandalias que crujían cuando apretaba, y conduje como una loca por las calles vacías de Cádiz, con el corazón golpeándome las costillas como si intentara escapar de mi cuerpo.
Cuando llegué a la calle Ancha, comprendí por qué Marta había sonado así.
El escaparate principal, esa enorme vitrina de cristal antiguo que había costado una fortuna y que yo consideraba mi carta de presentación ante el mundo, estaba destrozado.
No agrietado. Destrozado. Un agujero irregular, del tamaño de un balón de fútbol, yacía en el centro del cristal, con grietas que se extendían como telarañas hacia los bordes.
Dentro, entre los escombros de cristal que brillaban sobre la moqueta rosa, yacían tres maniquíes derribados, como cuerpos sin vida en un campo de batalla.
—Dios santo —susurré, quedándome inmóvil en la acera.
Marta apareció por la puerta del almacén, pálida, con una escoba en la mano que temblaba.
—No han tocado la caja fuerte —dijo rápidamente—. He revisado. Todo el dinero está. Y las prendas del escaparate… están ahí, tiradas, pero no se han llevado nada. Solo… esto.
Señaló el destrozo con un gesto que parecía querer borrarlo de la realidad.
Llegó la policía diez minutos después. No la patrulla habitual, sino la científica: dos agentes con guantes azules, cámaras fotográficas profesionales y botes de polvo para buscar huellas.
Inspeccionaron cada centímetro del escaparate, fotografiaron los cristales rotos y midieron los ángulos de impacto.
Uno de ellos, un tipo con barba canosa y ojos de cansancio, se acercó a mí quitándose los guantes.
—Señorita Salas, ¿tiene enemigos declarados? —preguntó, sacando una libreta.
—Soy empresaria —respondí, intentando que mi voz no sonara tan rota como me sentía—. Tengo competencia. No enemigos.
—Esto no parece un robo —señaló, mirando hacia el interior—.
Parece un mensaje. El daño es selectivo.
Han usado un objeto contundente, quizás un martillo o una piedra grande, pero solo han atacado el escaparate.
No han intentado forzar la puerta. No han tocado el almacén. ¿Ha recibido amenazas últimamente?
Pensé en el paquete de la noche anterior. En la prenda destrozada. En la nota con letras recortadas. Pero algo en mi interior, esa voz terca que me había convertido en la mujer que era, me impidió abrir la boca.
—No —mentí—. Nada.
El agente me miró con una intensidad que me hizo sentir expuesta, como si pudiera ver a través de mi camiseta barata hasta el miedo que se acumulaba en mi estómago.
Intentamos abrir la tienda con normalidad.
Eso fue lo peor. Ver a las chicas, Marta, Lucía y Sandra, intentando sonreír a los primeros clientes, barriendo discretamente cristales hacia los rincones, colocando carteles de «Disculpen las molestias, reformas en curso», mientras la policía seguía levantando huellas en el fondo. Una farsa grotesca de normalidad.
Estaba supervisando la colocación de unas cajas para ocultar el agujero del escaparate cuando sentí su presencia. No necesitaba girarme para saber que estaba allí. Era como una alteración de la presión atmosférica, un cambio en la temperatura del aire.
Izan.
Apareció por la esquina, vestido con vaqueros oscuros y una camiseta de manga corta gris que dejaba ver unos brazos que, en cualquier otra circunstancia, habrían distraído a media ciudad.
No llevaba uniforme. No estaba allí ni como coronel ni como autoridad.
Estaba allí como… como qué, exactamente, no quería admitirlo.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, cruzándome de brazos, adoptando la postura defensiva que usaba cuando el mundo se volvía hostil.
—Leo me ha llamado —respondió, sin acercarse demasiado, manteniendo una distancia respetuosa que me irritó e intrigó a partes iguales—. Nora vio lo del escaparate al pasar con el perro. Se lo contó a Leo. Leo me lo contó a mí.
—Pues puedes volverte. Ya tengo suficiente con la policía, con los empleados asustados y con los cristales en la moqueta. No necesito un héroe militar que venga a rescatar a la pobre diseñadora en apuros.
Mi voz sonó más afilada de lo que pretendía, cargada de toda la rabia y el miedo acumulados desde la noche anterior. Izan no se inmutó. No se enfadó. Simplemente me observó con esa calma suya que me sacaba de quicio.
—No estoy aquí como héroe —dijo, finalmente—. Estoy aquí como alguien que ha visto esto antes. Campañas de intimidación, Lara. Empiezan así. Pequeños actos. Destrozos sin robo. Mensajes que dicen «Puedo entrar cuando quiera». Luego escalan.
—¿Escalan? —Repetí, con una risa forzada—. ¿Estás diciendo que esto es solo el principio? ¿Que vendrá alguien con una bomba la semana que viene?
—Estoy diciendo que hay que tomárselo en serio —su voz bajó, volviéndose más grave—. No estás sola en esto. Pero si insistes en enfrentarlo sola, al menos hazlo con los ojos abiertos.
Quise gritarle. Quise decirle que no me tratara como a una víctima, que no me mirara con esa mezcla de preocupación y lástima que me hacía sentir pequeña.
Quise decirle que yo había construido un imperio desde cero, que había sobrevivido a la muerte de mi madre, a la indiferencia de mi padre durante años, a la soledad de los domingos, y que no necesitaba que un hombre con complejo de salvador viniera a decirme cómo vivir mi miedo.
Pero las palabras se me atascaron. Porque, en el fondo, sabía que tenía razón.
—Puedo ocuparme sola —dije, más suave esta vez, casi un susurro.
—Lo sé —respondió—. Pero no tienes por qué.
Se quedó allí, quieto, sin imponerse ni intentar abrazarme ni consolarme con gestos intrusivos. Simplemente… estuvo.
La mañana transcurrió con una lentitud tortuosa. El seguro apareció a las diez, un tipo con traje a rayas y cara de pocos amigos que valoró los daños mientras yo intentaba concentrarme en los pedidos del mes siguiente sin lograr enfocar la vista en las cifras.
Y durante toda esa mañana, Izan permaneció.
No se quedó dentro de la tienda. Eso habría sido invasivo.
Se mantuvo en la periferia, en esa zona gris entre el interior y la calle, hablando con los agentes de policía en voz baja, señalando hacia las cámaras de seguridad del edificio de enfrente y tomando notas en un cuaderno pequeño que sacó del bolsillo trasero.
Vi cómo revisaba el ángulo del impacto en el cristal, cómo medía la distancia desde la acera, cómo hablaba con el dueño del kiosco de la esquina, preguntando si había visto algo.
Lo observé desde el mostrador, fingiendo organizar facturas.
Y por primera vez, vi algo distinto en él.
No era el militar rígido que me interrogaba sobre mi capacidad para nadar sesenta largos.
No era el hombre arrogante que me miraba como si fuera un problema logístico.
Era… sereno. Resolutivo. Un hombre que había aprendido a moverse en el caos sin perder la compostura, que convertía la protección en un arte silencioso.
Cuando el agente de la barba canosa se acercó a mí con una lista de preguntas formales, Izan intervino suavemente, proporcionando detalles técnicos sobre el tipo de cristal, la fuerza necesaria para romperlo y la probabilidad de que el autor usara guantes.
Hablaba con autoridad, pero sin arrogancia. Los agentes le escuchaban con respeto.
A las doce, cuando el seguro terminó sus gestiones y la policía se llevó las últimas muestras de polvo, me di cuenta de que había estado contando con su presencia. Que su silueta en la puerta, ese hombre alto de espaldas anchas observando la calle, me había dado una seguridad que no quería admitir.
Y entonces, sin despedirse, se fue.
Lo vi girar la esquina, con las manos en los bolsillos, y desaparecer entre la multitud de turistas de mediodía. No hubo gesto teatral. No hubo «Llámame si pasa algo». No hubo intento de convertir su ayuda en una deuda emocional. Simplemente… se marchó.
Me quedé en la puerta de la boutique, con el corazón extrañamente pesado, sintiendo un vacío que no tenía sentido. Quería haberle dicho gracias. Quería haberle ofrecido un café. Quería… quería que volviera.
—Ha sido discreto —comentó Marta, apareciendo a mi lado—. Para ser militar.
—Sí —suspiré—. Demasiado discreto.
Esa noche, cuando cerré la boutique, con el escaparate tapiado provisionalmente con una plancha de madera que Marta había pintado de rosa para que no quedara tan tétrico, Noelia estaba esperando en mi porche.
Llevaba tres cajas de pizza, una bolsa de hielo que le golpeaba la pierna y una botella de vino tinto que reconocí como la reserva que guardaba para emergencias existenciales.
—Trauma empresarial nivel cinco —anunció, entrando sin pedir permiso—. Requiere carbohidratos, alcohol y terapia de amiga.
—Noelia, estoy bien…
—Mientes. —Dejó las cajas sobre la mesa del porche y me miró fijamente—. Y, además, tienes cara de haber visto un fantasma. O de haberte enamorado. O ambas cosas, que es la combinación más peligrosa.
Intenté protestar, pero el olor a queso fundido y a hierbabuena, porque había traído también unas infusiones para «compensar el alcohol», según dijo, me derrotó.
Nos sentamos en los cojines del suelo, con las pizzas entre nosotras, y durante una hora Noelia logró lo que parecía imposible: hacerme reír.
Me contó historias absurdas del gimnasio: cómo Pablo, el bombero, se había quedado atrapado en el banco de press , cómo Óscar había intentado conquistar a Jimena llevándole flores de plástico porque «Las naturales se marchitan, como mi amor por ti», cómo Bruno había intentado enseñar surf a un grupo de jubilados y había acabado rescatando a tres de ellos de una corriente que ni siquiera existía.
Reímos hasta que me dolieron las costillas. Reímos hasta que las lágrimas que había estado conteniendo desde la mañana se confundieron con las de la risa. Y cuando el vino empezó a hacer efecto y la tensión en mis hombros se disipó un poco, Noelia cambió de registro.
Se quedó quieta, girando la copa entre sus dedos, y me preguntó:
—Si hoy hubiera venido cualquier otro hombre a ayudarte… ¿estarías pensando en él ahora?
La pregunta flotó en el aire de la noche, suspendida entre el olor a jazmín de mi jardín y el silencio repentino.
Intenté responder rápido. Intenté decir «Qué tontería» o «No estoy pensando en nadie».
Pero mi lengua se negó a moverse. Porque la verdad era que sí.
Que había pasado la tarde revisando el móvil por si había escrito.
Que había memorizado la forma en que se había inclinado para hablar con los policías.
Que había sentido un vacío cuando se fue, un vacío sin nombre.
—No sé —dije finalmente, y mi voz sonó tan vulnerable que me dio miedo.
Noelia asintió, sin presionar. Esa era su magia: sabía cuándo parar.
Se marchó a medianoche, dejándome sola en el porche con las cajas de pizza vacías y una cabeza llena de preguntas sin respuesta. Me quedé allí, mirando las estrellas, preguntándome por qué un hombre que me sacaba de quicio era el único en quien podía pensar cuando todo se derrumbaba.
Estaba recogiendo los restos de la cena cuando el móvil vibró sobre la mesa de hierro forjado. El nombre de Jimena parpadeaba con urgencia.
Descolgué.
—Lara —su voz sonaba agitada, con ese tono de histeria contenida que solo usa cuando hay verdadero peligro—. No quería preocuparte, pero… es que ha pasado algo raro.
Dejé la copa que tenía en la mano y sentí que el frío de la noche penetraba de repente en mis huesos.
—¿Qué ocurre, Jimena?
—Es que… mira, llevo toda la semana notando a un tipo raro.
Preguntando por ti. Por tus horarios. Primero fue el lunes, dijo que era repartidor y quería saber cuándo abrías.
Luego, el miércoles, preguntó a Lucía si salías pronto por las noches.
Y hoy… hoy ha venido otra vez, Lara. Ha preguntado si vivías sola. Si tenías seguridad en casa.
El mundo se detuvo.
—¿Has visto su cara?
—No… llevaba gorra y gafas oscuras. Pero Lucía dice que le ha dado mal rollo. Que se quedó mirando la puerta del almacén durante mucho rato después de que ella le dijera que no sabía nada.
Miré hacia el jardín, hacia la oscuridad más allá del círculo de luz del porche. De repente, las sombras entre los olivos parecían amenazantes. El crujido de una rama me hizo sobresaltar.
—Quédate en casa —dije, intentando que mi voz no temblara—. Cierra con llave. Y Jimena… gracias por avisarme.
Colgué.
Me quedé inmóvil en el porche, con el teléfono apretado contra el pecho, sintiendo cómo el miedo que había intentado negar toda la mañana se instalaba finalmente en mi estómago como un hueso afilado.
No era solo el escaparate. No era solo el paquete.
Alguien me estaba observando. Alguien quería saber cuándo estaba sola.
Y por primera vez en mi vida, deseé que Izan no se hubiera ido. Que estuviera allí, en la oscuridad del jardín, sereno y resolutivo, con sus ojos azul grisáceo escaneando las sombras.
Deseé no haberle dicho que no necesitaba un héroe.
Porque ahora, al mirar las tinieblas que se cerraban alrededor de mi casa, no estaba segura de poder serlo yo sola.