Capítulo 12
Izan
Pasé la mañana del viernes frente a la pantalla del ordenador del despacho, intentando concentrarme en los informes de suministros de la comandancia, pero mi dedo índice se negaba a obedecerme.
En lugar de desplazarse por las hojas de cálculo militares, se desviaba una y otra vez hacia el icono del navegador, hacia ese perfil de Instagram que había memorizado sin querer: Luna de Sal .
No era mi intención husmear. O quizás sí.
Desde aquella rueda de prensa desastrosa en el Ayuntamiento, desde que vimos nuestra fotografía bajo el paraguas rojo propagándose como un virus por las redes, sentía una necesidad irracional de vigilar el perímetro.
De proteger algo que, técnicamente, no me pertenecía.
Empecé a revisar los comentarios de sus últimas publicaciones. Al principio parecían normales: elogios a los diseños, consultas sobre tallas, fotos de clientas luciendo bikinis en playas exóticas. Pero al profundizar, noté una fisura. Un patrón que no encajaba.
Un usuario llamado @moda_verdadera42 escribió: «Interesante cómo las 'diseñadoras' de hoy copian a los grandes sin rubor. El modelo 'Atardecer en Cádiz' es calcado de una firma italiana de hace décadas.»
Luego, @clienta_descontenta: «Compré un conjunto y se deshizo a la segunda lavada. Calidad de mercadillo a precio de lujo. Estafa pura.»
Y otro, @arte_original: «Lara Salas no diseña, compra diseños a estudiantes y los firma como suyos. Lo sé porque mi primo trabajó para ella.»
Vi doce comentarios. Luego, veinte. Luego, cincuenta.
No eran quejas aisladas de clientes insatisfechos.
Era una táctica. Los perfiles tenían nombres genéricos, fotos de stock robadas de internet, fechas de creación recientes.
Todos seguían un guion similar: cuestionar la autenticidad de sus diseños, insinuar fraudes, sembrar dudas sobre la calidad.
Un ataque coordinado, metódico, como una operación de desinformación en territorio hostil.
Apagué la pantalla y me recliné en la silla, masajeándome las sienes. No era asunto mío. Lara Salas era una mujer adulta, empresaria, con recursos legales y un equipo de comunicación. No necesitaba que un coronel del Ejército de Tierra actuara como su guardaespaldas digital.
Y, sin embargo, mi mano derecha se cerró en un puño sobre la mesa, tensa. Algo en mi interior, esa voz instintiva que había salvado mi vida en Afganistán, me gritaba que esto iba más allá de un simple troleo en internet. Era personal. Era peligroso.
Decidí que necesitaba evidencia visual. Necesitaba verla, leer su lenguaje corporal, confirmar si estaba realmente afectada o si mi intuición militar me estaba jugando una mala pasada.
Fui al gimnasio a las seis de la tarde, hora en la que sabía que ella solía quemar adrenalina tras cerrar la boutique. Noelia me recibió en la recepción con una ceja arqueada y una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—Vaya, el coronel —dijo, cruzándose de brazos—. Dos visitas en una semana. ¿Ha decidido que el CrossFit es mejor que la disciplina militar?
—He venido a nadar —mentí.
—Claro. Y yo soy la reina de Inglaterra.
No insistí. Me dirigí a la sala de musculación, donde la vi.
Lara estaba en la zona de estiramientos, intentando recuperar la flexibilidad tras una sesión en la elíptica.
Llevaba unos leggins negros y una camiseta de tirantes azul y su pelo castaño caía en una coleta despeinada.
Desde lejos, parecía la imagen de la vitalidad.
Pero cuando me acerqué, cuando ella levantó la vista y me vio, noté la fisura. La sonrisa que me dedicó fue demasiado rápida, demasiado brillante, como un flash de cámara que oculta la oscuridad.
—Coronel —dijo, jadeando ligeramente—. ¿Vienes a supervisar mi técnica de sentadillas?
—Vengo a… —dudé—. A hablar contigo.
—Estoy ocupada. —Se puso de pie, agitando los brazos para disipar la tensión—. Tengo que preparar la nueva colección. Y atender a mi gente. Y mil cosas.
—Lara.
—¿Qué?
La miré fijamente. Ella sostuvo mi mirada durante dos segundos, tres, y luego la desvió hacia el espejo, hacia su propio reflejo, como si buscara refugio en sí misma.
—Estás forzando la sonrisa —dije, bajando la voz para que solo ella pudiera oírme—. He visto los comentarios.
Su cuerpo se tensó. Vi cómo se cerraba, cómo levantaba los hombros en una postura defensiva que reconocía de los interrogatorios en la zona de operaciones.
—Son tonterías de Internet —respondió, encogiéndose de hombros con una naturalidad que habría engañado a cualquiera menos a mí—. Envidiados, trolls , competencia desleal. Lo habitual cuando tienes éxito.
—Hay decenas de perfiles. Es una campaña organizada.
—¿Y eso te importa? —Se giró, desafiante—. ¿Desde cuándo te preocupa mi empresa, Izan?
Usó mi nombre de pila. Lo hizo como un arma para crear distancia.
—No debería importarme —admití—. Pero me importa.
Nos quedamos en silencio, con el zumbido de las máquinas de cardio llenando el vacío.
Fue entonces cuando Noelia apareció por el rabillo del ojo, observándonos desde la puerta con una expresión que no supe interpretar.
Cuando Lara se dio la vuelta para recoger su toalla, Noelia se acercó a mí y me susurró, rápido, urgente:
—No duerme. Ha estado tres noches revisando los comentarios hasta las cuatro de la mañana. Ayer la encontré llorando en el vestuario. No le digas que se lo he contado, pero… haz algo.
Asentí apenas perceptiblemente y Noelia se alejó antes de que Lara pudiera girarse.
Gael llegó a casa a las nueve de la noche, con una bolsa de comida china y una botella de whisky que sabía que no me atrevería a abrir entre semana. Pero esa noche hice una excepción. Necesitaba que algo ardiera en mi garganta para ahogar la preocupación que me carcomía.
—Estás raro —dijo Gael, sirviéndose un vaso sin pedir permiso—. Más raro de lo habitual. Y eso ya es decir.
—Estoy pensando en el trabajo —mentí, sentándome frente a él en la isla de la cocina.
—En el trabajo no se frunce el ceño así. Se frunce así —hizo una mueca exagerada— cuando hay una mujer de por medio.
Dejé el vaso sobre la encimera con un golpe seco.
—No es eso.
—Izan, llevas veinte minutos mirando el móvil como si esperaras que explotara. Y cada dos frases mencionas a Lara. 'Lara dijo esto', 'Lara hace lo otro', '¿Crees que debería avisarla de…?'
—No he dicho eso.
—Lo has pensado. —Gael bebió un sorbo, observándome por encima del borde del vaso—. No dejas de hablar de esa mujer desde que llegaste a Cádiz.
—Estás exagerando.
—Estoy siendo objetivo. —Se inclinó hacia adelante, bajando la voz—. Te gusta. Y no es un simple interés pasajero. Te gusta de verdad. De esos que duelen.
Quise protestar. Quise enumerar las razones por las que era absurdo: la diferencia de edad, de temperamento, de estilo de vida. Quise recordarle que yo era un hombre divorciado, rígido, con un hijo que ya era adulto, y ella era… ella era un terremoto.
Pero las palabras se atascaron. Porque Gael tenía razón.
Desde aquel primer domingo en el jardín de su padre, desde que sus ojos color miel me desafiaron sin miedo, no había pasado un día sin que Lara ocupara mis pensamientos.
Y ahora, sabiendo que estaba en peligro, aunque ella se empeñara en negarlo, esa preocupación se había transformado en algo más oscuro, más urgente.
—Es complicado —dije finalmente, mirando el fondo de mi vaso.
—El amor siempre lo es —respondió Gael, y por una vez en su vida, no sonrió.
No pude dormir. A las once de la noche, me encontraba conduciendo por las calles casi vacías de Cádiz, rumbo a la calle Ancha. No tenía un plan. Solo sabía que necesitaba verla, hablar con ella, convencerla de que denunciara esa campaña de acoso antes de que escalara.
La boutique estaba a oscuras, salvo la tenue luz del almacén trasero. Toqué el timbre de la puerta de servicio. Esperé. Toqué de nuevo.
Finalmente, se abrió una rendija. Lara apareció con el pelo suelto y una expresión de sorpresa que rápidamente ocultó detrás de una máscara de irritación.
—¿Qué haces aquí? —preguntó, sin abrir del todo—. Son las once de la noche, Izan.
—Necesito hablar contigo. Es importante.
—Mañana.
—Ahora.
Suspiró, pero abrió la puerta. Entré en un almacén ordenado, lleno de cajas de cartón con el logo de Luna de Sal y rollos de tela envueltos en plástico. Olía a jazmín y a café frío. En el fondo, una mesa de trabajo estaba cubierta de papeles y tenía un portátil encendido.
—Estoy revisando los pedidos de la semana que viene —dijo, cruzándose de brazos—. Tengo mucho trabajo. Si has venido a darme una charla sobre seguridad digital, olvídalo. Ya he contactado con un abogado.
—No es suficiente —respondí, acercándome—. Hay alguien detrás de esto. Alguien que te conoce. Que conoce tus diseños, tu empresa, tus puntos débiles.
—¿Y tú qué sabes de mis puntos débiles?
—Sé que eres terca. Que crees que puedes con todo. Que no pides ayuda porque piensas que es un signo de debilidad.
Abrió la boca para replicar, pero en ese momento sonó el timbre de la puerta principal. Los dos nos quedamos inmóviles.
—Será Marta —dijo ella, mirando el reloj—. Dejó unas muestras para recoger.
Fue ella misma quien abrió la puerta delantera. Yo me quedé en el umbral del almacén, observando. El repartidor llevaba una caja pequeña, de cartón corrugado, sin remitente visible. Lara firmó el albarán, cerró la puerta con llave y volvió hacia mí con la caja en las manos.
—Extraño —murmuró—. No esperaba nada hoy.
La abrió sobre la mesa de trabajo. Dentro, envuelta en papel de seda blanco, había una prenda. Un camisón de seda, de los suyos, de la colección de primavera. Pero cuando desplegó el papel, se reveló el horror.
La prenda estaba destrozada. Rajada con tijeras en docenas de cortes irregulares, como si alguien hubiera querido despedazarla con rabia. La seda colgaba en jirones y, entre los pliegues, una nota.
Lara la cogió con los dedos temblorosos. Letras recortadas de revistas, pegadas sobre papel amarillento, formaban una frase breve, escalofriante:
«El éxito también tiene fecha de caducidad.»
El silencio se instaló en la habitación como una niebla tóxica. Vi cómo el color desaparecía de su rostro, cómo sus manos empezaban a temblar de verdad, sin control.
—Una broma estúpida —dijo, forzando una risa que sonó como un cristal roto—. Seguro que es de algún competidor local. En el mundo de la moda pasa…
—Lara —intervine, acercándome y agarrando suavemente sus hombros—. Esto es una amenaza. Esto es delito.
—No es nada —se apartó bruscamente, guardando la nota en el bolsillo de su chaqueta—. Solo papel y tijeras. Mañana lo tiro y listo.
Pero sus ojos brillaban húmedos y vi el miedo real que intentaba ocultar tras su armadura de sarcasmo. Estaba aterrada. Y yo estaba furioso. Una furia fría, calculada, la que reservo para quienes atacan a los míos.
—Voy a llamar a la policía —dije, sacando el móvil.
—No —me detuvo, agarrando mi muñeca—. Por favor, Izan. Si esto sale a la luz, si los medios se enteran… mi empresa no se recupera. La gente compra fantasía, no drama. Si ven que Luna de Sal tiene enemigos que la amenazan, dejarán de confiar en la marca.
—¿Prefieres arriesgar tu vida?
—Prefiero manejarlo a mi manera.
Nos enfrentamos con la caja con la prenda destrozada entre nosotros como evidencia de una guerra que ella se empeñaba en negar.
Finalmente, asentí, a regañadientes, pero con la condición de que aceptara protección.
Que no estuviera sola en la tienda por las noches. Que me llamara ante la menor sospecha.
Me marché a las once y media, dejándola allí, envolviendo la caja en una bolsa de basura negra con gestos mecánicos, intentando aparentar que no le había afectado.
Estaba en mi coche, a punto de arrancar el motor, cuando el teléfono vibró en el salpicadero. El nombre de Leo parpadeaba en la pantalla.
Descolgué.
—Papá —su voz sonaba extraña, agitada, con un matiz de miedo que hizo que mi corazón se acelerara de inmediato—. ¿Sigues cerca de la calle Ancha?
—Acabo de salir. ¿Qué ocurre?
—Es que… es que Nora me ha llamado. Estaba paseando cerca de la boutique de Lara y ha visto algo raro. Una sombra en la puerta trasera. Y luego ha oído un ruido. Como de cristales rotos.
Apreté el volante con fuerza.
—¿Dónde estás ahora?
—En la esquina de la calle Ancha con San Francisco. Esperando. Papá… creo que deberías venir. Ha pasado algo en la tienda de Lara.
Colgué sin despedirme. Pisé el acelerador.
El motor rugió en la noche, llevándome de vuelta hacia la luz tenue del almacén, hacia el peligro que Lara se empeñaba en ignorar, hacia una certeza que ya no podía eludir: aquello no era una simple campaña de desprestigio.
Era algo mucho más oscuro.
Y ella estaba sola.