Capítulo 11
Lara
El viernes amaneció con el sonido de mi teléfono vibrando contra la mesita de noche como una máquina de tortura moderna. Abriendo un ojo, vi la pantalla iluminada: treinta y siete notificaciones de Instagram, quince de Twitter, ocho mensajes de WhatsApp y tres llamadas perdidas de Noelia.
Ninguna cantidad de café del mundo preparaba a una persona para eso.
Me incorporé en la cama, con el corazón ya acelerado por el presentimiento de catástrofe que solo pueden provocar las redes sociales a las siete de la mañana. El primer mensaje de Noelia decía simplemente: «NO AbrAS INSTAGRAM. Demasiado tarde, ¿verdad? Voy para allá. Con croissants. Y vodka.
El segundo decía: «He comprado veinte croissants. Uno por cada captura de pantalla que tengo que mostrarte.
El tercero: «¿Por qué no me dijiste que ibas a salir en el periódico con él? ¿CUÁNDO OS HABÉIS CASADO?»
Salté de la cama como si me hubieran electrocutado. Abrí Instagram con los dedos temblorosos y allí estaba. La foto. Nosotros. Bajo el paraguas rojo, demasiado cerca, con expresiones que podían interpretarse de mil maneras incorrectas.
El titular del medio local que la había compartido rezaba: «La diseñadora más famosa de Cádiz y el nuevo coronel podrían estar iniciando una relación. ¿Boda militar a la vista?»
Boda. Boda militar. Como si fuéramos a celebrarla en un cuartel con cañonazos de confeti.
El teléfono vibró de nuevo. Un mensaje de Marta, mi encargada.
Marta: Jefa, ¿quién es el militar guapísimo? Las influencers están preguntando en masa. ¿Confirmamos la relación? ¿Lanzamos una colección de novias?
Otro de una colaboradora habitual.
Melisa: Lara, cariño, ¿por qué no me dijiste que tenías novio? ¡Y encima militar! ¡Qué romántico!
Otro. Y otro. Y otro.
Entré en pánico. No el pánico bonito de las películas, con respiración controlada y lágrimas cinematográficas. Era un pánico real: corazón acelerado, manos sudorosas y la certeza de que iba a vomitar encima de mi propio teléfono.
El timbre de la puerta sonó con la violencia de quien sabe que interrumpe una crisis existencial.
Noelia irrumpió en mi casa como un tornado moreno, con una bolsa de papel de panadería en una mano y su teléfono en la otra, ya mostrándome la pantalla antes de que pudiera decir hola.
—Mira —dijo, sin saludo previo—. Mira esto. Mira lo que has hecho.
—Yo no he hecho nada —protesté, aunque mi voz sonó como si viniera de muy lejos.
—Has caminado bajo un paraguas con el hombre más atractivo de Cádiz, has permitido que os fotografiaran y has hecho que Internet decida que os casáis en primavera.
—Dejó la bolsa sobre la mesa y empezó a deslizar capturas de pantalla—.
Mira, el foro de mamás de Cádiz ya está discutiendo si eres demasiado para él.
Los comentarios de la foto del periódico ya suman tres mil cuatrocientos.
Y subiendo. Hashtag #LaBodaMilitar. Hashtag #ParejaDelAño. Hashtag #QuiénEsEseCoronel.
—¡No somos una pareja!
—Internet opina lo contrario. —Noelia me miró con una mezcla de compasión y diversión—. Y Internet es el tribunal supremo del siglo XXI.
Me dejé caer en el sofá, cubriéndome la cara con las manos.
—Esto es un desastre. Una catástrofe. Mi empresa… mi reputación… todo…
—Tu empresa está vendiendo como loca desde que salió la foto. Las chicas quieren saber qué ropa interior llevas para conquistar a un coronel. —Noelia se sentó a mi lado, abriendo la bolsa de croissants—. Come. El azúcar ayuda con el shock.
—No tengo hambre.
—Come igual. Necesitas fuerzas para la rueda de prensa.
—¿Qué rueda de prensa?
Noelia me miró con esa expresión que usaba cuando pensaba que estaba siendo deliberadamente tonta.
—Lara, tienes tres mil comentarios en una foto que sugiere que tienes novio. Tienes que desmentirlo. O confirmarlo. O hacer algo, porque si no, en dos horas van a empezar a especular sobre la fecha de la boda y los nombres de vuestros hijos.
Cogí un croissant y lo mordí con violencia. Estaba frío. Todo estaba frío.
Mientras yo me ahogaba en croissants y ansiedad, Izan estaba viviendo su propia versión del infierno.
Lo supe porque Leo me llamó a mediodía, intentando contener la risa.
—Lara, tienes que venir a buscar a mi padre —dijo, sin preámbulos—. O a matarlo. Lo que prefieras.
—¿Qué?
—Gael. Gael no deja de seguirlo por la comandancia haciendo sonidos de paloma. Carraspea y dice «Buenos días, Romeo» cada vez que pasa junto a su despacho. Lleva cinco veces en dos horas.
—Dile que pare.
—He intentado. Nora ha intentado. Incluso el sargento Diego ha intentado. Gael es inmune a la vergüenza ajena.
—¿Y tu padre?
—Mi padre está a punto de cometer un homicidio justificable. Y luego me mira a mí como si fuera mi culpa. Porque, según él, yo fomenté esto al invitarle a la barbacoa.
Suspiré, sintiendo una extraña solidaridad con el hombre que, según Internet, supuestamente era mi prometido.
—Leo, esto es un desastre.
—Lo sé. Pero al menos es divertido.
—¡No es divertido!
—Lara, mi padre ha sonreído tres veces hoy. Tres. Cada vez que alguien menciona tu nombre. Eso no es normal en él. Así que desde mi perspectiva de hijo desesperado por ver a su padre feliz, esto es lo mejor que le ha pasado en años.
Colgué sin saber qué responder. Porque si Izan sonreía con mi nombre, ¿qué significaba eso? Y ¿por qué mi estómago se revolvía con algo que no era solo pánico?
A las cuatro de la tarde acordamos encontrarnos frente al Ayuntamiento para prestar una declaración conjunta. Desmentir el rumor. Explicar que éramos simplemente… ¿Qué éramos? ¿Compañeros de trabajo? ¿Conocidos? ¿Enemigos que compartían paraguas?
Llegué primero con un vestido azul marino que elegí porque me parecía profesional y me daba confianza. Izan apareció cinco minutos después, con su uniforme de gala, impecable como siempre, pero con una expresión que podría haber derretido el hielo del Ártico.
—Esto es absurdo —dijo, como saludo.
—Totalmente absurdo —respondí.
—Tenemos que ser claros. Concisos. Sin ambigüedades.
—Sin ambigüedades —repetí, aunque mi voz temblaba.
Los periodistas nos habían visto llegar. Eran solo cuatro o cinco, de medios locales, pero las cámaras parecían multiplicarse como conejos. Nos rodearon antes de que pudiéramos entrar al edificio.
—Señorita Salas, ¿confirma su relación con el coronel Herrera?
—¿Hay boda de por medio?
—¿Cómo se conocieron?
—¿Es cierto que ya conviven?
Izan levantó una mano y su autoridad natural hizo que el alboroto se redujera a un murmullo.
—No hay relación —dijo, con esa voz grave que usaba para dar órdenes—. Somos conocidos. Coincidimos en eventos profesionales. La foto fue tomada fuera de contexto.
—Somos solo compañeros de trabajo —añadí, tal vez demasiado rápido—. De la gala benéfica. Nada más.
—¿Entonces no hay romance? —Insistió una periodista.
—¡Ni de broma! —Respondimos al unísono.
Nos miramos. Los dos con la misma expresión de irritación, los mismos ojos brillando de algo que no era solo enfado. Y en ese segundo, en ese instante de conexión involuntaria, las cámaras capturaron todo.
—Pues química sí que tienen —comentó uno de los periodistas, más para sí mismo que para nosotros.
—¡Ni de broma! —Volvimos a decir, al mismo tiempo, con la misma intensidad.
Pero ya era tarde. La mirada que intercambiamos, esa mezcla de frustración y algo más profundo, más peligroso, estaba siendo grabada. Inmortalizada. Compartida.
Nos separamos físicamente, cada uno yendo hacia un lado del edificio, como si nos quemara estar cerca.
—Esto no ha funcionado —murmuré para mí misma.
—Para nada —escuché que respondía él, aunque debería haber estado demasiado lejos para oírme.
Esa noche, después de una cena que no probé y una conversación con mi padre que consistió principalmente en él diciendo «No entiendo estas cosas de Internet» y yo asintiendo desesperadamente, me senté frente al ordenador para revisar las redes de Luna de Sal .
Todo parecía normal. Los comentarios sobre la boda habían disminuido, reemplazados por discusiones sobre quién había visto a quién con quién. El ciclo de la vida digital.
Y entonces lo vi.
Un comentario en el último post de Instagram, el que anunciaba la nueva colección de verano. Un usuario con un nombre genérico y sin foto de perfil. El mensaje era breve, pero afilado como una navaja.
«Interesante cómo algunas empresas usan sus 'contactos' para conseguir publicidad gratuita. Primero la influencer, luego el militar. ¿Qué sigue? ¿El alcalde? Luna de Sal = Luna de Mentiras.»
Sentí que el aire se me escapaba de los pulmones.
No era solo un comentario desagradable. Era una insinuación. Una semilla de duda plantada en público, delante de miles de seguidores. Y aunque intenté convencerme de que era solo un troll, un envidioso, alguien con demasiado tiempo libre, no pude evitar sentir que era algo más.
Porque el comentario tenía likes . Doce. Luego, veinte. Luego, treinta.
Y en mi experiencia, las mentiras en Internet crecían más rápido que la verdad.
—Marta —llamé por teléfono, con la voz temblando—. Necesito que revises todos los comentarios de las últimas veinticuatro horas. Y contacta con el departamento legal. Ahora.
—¿Qué ocurre, jefa?
—Alguien está intentando dañar a Luna de Sal . Y sospecho que no se detendrá en un comentario.
Colgué y miré la pantalla, donde el mensaje seguía brillando con su maldad anónima.
Y por primera vez desde que todo empezó, sentí que el paraguas rojo no nos había protegido de la tormenta.
La había atraído.