Operación seducción Capítulo 10
35%

Capítulo 10

Izan

El miércoles por la mañana, mientras revisaba informes de suministros con la concentración de un ajedrecista en la partida final, mi teléfono sonó con un número desconocido pero oficial.

—Coronel Herrera, habla el concejal Martín Ruiz, delegado de Cultura y Eventos del Ayuntamiento de Cádiz.

—Dígame —respondí, enderezándome en la silla.

—Estamos organizando una gala benéfica para finales de mes. Destinatarios: asociaciones de mujeres víctimas de violencia y de veteranos de guerra. Necesitamos el apoyo de instituciones militares y de empresarios locales de cierto renombre. Su nombre fue propuesto por el gobernador militar.

—¿Y qué necesitan exactamente?

—Su presencia. Su apoyo institucional. Y si es posible, su colaboración en la organización de algunas actividades. Sería un gesto de acercamiento entre las Fuerzas Armadas y la sociedad civil.

Consideré la propuesta. Una gala. Gente vestida de etiqueta. Discursos. Fotografías. Todo lo que detestaba. Pero también era una causa justa y mi posición exigía ciertos sacrificios protocolarios.

—Acepto —dije—. Envíeme los detalles.

—Excelente. La reunión de coordinación es mañana a las diez en el Salón de Plenos. Allí conocerá al resto de los colaboradores.

Colgué y olvidé el asunto durante el resto del día. Tenía asuntos más urgentes: una inspección sorpresa en la base, un informe de inteligencia que revisar y la constante distracción de una diseñadora de lencería que parecía haberse instalado en mi cerebro con un contrato de alquiler vitalicio.

A las diez menos cuarto del jueves, me presenté en el Ayuntamiento con mi uniforme de gala, impecable, sintiendo el peso de las medallas como si fueran anclas.

El Salón de Plenos olía a cera de muebles y a historia política, ese aroma particular de los edificios públicos que intentan parecer importantes.

Había unas veinte personas presentes. Empresarios con trajes caros, representantes de asociaciones con camisetas identificativas y funcionarios con carpetas que parecían contener los secretos del universo.

Y entonces la vi.

Lara estaba en el extremo opuesto de la sala, vestida con un traje pantalón azul marino que dejaba ver unos tobillos elegantes y unos zapatos que probablemente costaban más que mi primer coche.

Estaba hablando con una concejala, gesticulando con las manos, con esa energía que parecía emanar de sus poros.

Nuestros ojos se encontraron. Los dos nos quedamos inmóviles.

—¿Coronel Herrera? —El concejal Martín apareció a mi lado, ofreciéndome la mano—. Qué alegría que haya venido. Y qué coincidencia, ya conoce a nuestra patrocinadora principal.

—¿Patrocinadora principal? —Repetí, sintiendo cómo el suelo se movía bajo mis pies.

—¡Sí! Luna de Sal . Su empresa ha tenido una tremenda repercusión nacional. Las redes sociales, las influencers… son exactamente el tipo de visibilidad que necesita nuestra gala. Y como usted representa a los veteranos y ella a las empresas locales comprometidas con la igualdad…

No escuché el resto. Estaba demasiado ocupado procesando la información. Lara. Patrocinadora principal. Gala. Semanas de organización. Juntos.

Ella se acercó con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

—Coronel —dijo, extendiendo la mano formalmente—. Qué… agradable sorpresa.

—Señorita Salas —respondí, estrechándola—. Coincidimos de nuevo.

—El universo tiene un sentido del humor retorcido —murmuró, solo para mí.

—O un plan de tortura bien diseñado.

El concejal nos miró alternativamente, con una expresión que intenté interpretar. ¿Entusiasmo? ¿Conspiración?

—¡Pero qué química! —Exclamó de repente, golpeándose la frente con la palma de la mano—. Perdóneme, pero estoy viendo algo aquí. Ustedes dos… la energía que desprenden. ¡Es perfecta!

—¿El qué? —dijimos Lara y yo al unísono.

—¡Para coordinar las actividades! —El concejal parecía eufórico, como si acabara de descubrir la cura para el resfriado común—.

Necesitamos a alguien que una el aspecto institucional con el aspecto social.

Alguien que conecte con los veteranos pero también con el público joven. ¡Ustedes dos! ¡Juntos! ¡Es brillante!

—No creo que sea… —empecé.

—Yo prefiero trabajar sola… —dijo ella al mismo tiempo.

—¡Nada de objeciones! —El concejal hizo una marca en su libreta—. Responsables conjuntos de la coordinación de actividades. Reuniones tres veces por semana. Informes conjuntos. ¡Perfecto!

Perfecto. Esa palabra nunca había sonado tan amenazante.

La reunión comenzó. Y durante las siguientes dos horas, Lara y yo demostramos que podíamos ser profesionales mientras nos destruíamos mutuamente con cortesía.

Ella propuso una pasarela de moda benéfica.

Yo sugerí que sería más apropiado una exhibición de tácticas militares de rescate.

Ella argumentó que la moda atraía más público.

Yo repliqué que el público necesitaba contenido, no solo apariencias.

Ella sonrió y dijo que el contenido sin apariencias era como un militar sin uniforme: funcional pero aburrido.

Yo respondí que mejor aburrido que superficial.

Los demás asistentes nos miraban como si estuvieran viendo un partido de tenis, siguiendo la pelota de un lado a otro con expresiones de creciente interés.

—Quizás —intervino una asistente social de mediana edad— podríamos combinar ambas cosas. Una demostración de rescate con modelos luciendo diseños de Luna de Sal .

—Ridículo —dije.

—Ingenioso —dijo Lara.

—Imposible —añadí.

—Desafiante —corrigió ella.

—Absurdo.

—Creativo.

El concejal Martín se inclinó hacia el hombre de su izquierda y susurró, lo suficientemente alto para que lo oyera:

—¿Ve esa tensión? Eso es pasión. Eso es compromiso. Van a ser un equipo magnífico.

Lara y yo intercambiamos una mirada que decía «Este hombre está loco» y «Estamos condenados» simultáneamente.

Cuando terminó la reunión, salí del Salón de Plenos con la determinación de ir directo a mi coche y olvidar que el mundo existía. Pero Gael estaba en el vestíbulo, apoyado en una columna con esa sonrisa suya que siempre precedía a algo desagradable para mi salud mental.

—¿Qué haces aquí? —pregunté.

—Soy el representante de los veteranos en la comisión organizadora —respondió, encogiéndose de hombros—. ¿No te lo dije?

—No.

—Debería haberlo hecho. —Me dio una palmada en la espalda con fuerza suficiente para hacerme tambalear—. ¿Ves? El destino también tiene sentido del humor.

—No es el destino. Es una conspiración.

—Es la misma cosa. —Gael miró hacia la puerta del Salón de Plenos, donde Lara acababa de salir, hablando por teléfono—. Y hablando de destino…

—No digas nada.

—Parece que el tuyo viene con tacones y una empresa de bragas de lujo.

—Lencería —corregí automáticamente.

—Eso es lo que te importa ahora. La precisión terminológica. —Gael se rio—. Estás perdido, amigo. Y me encanta verlo.

Salí del edificio y descubrí que el cielo de Cádiz había decidido imitar mi estado de ánimo: gris, cargado, a punto de estallar.

Las primeras gotas empezaron a caer cuando aún estaba en lo alto de las escaleras y, en cuestión de segundos, se convirtieron en un diluvio que golpeaba el suelo con violencia.

No tenía paraguas. No había previsto la lluvia. Era militar, no meteorólogo.

—¿Se ha quedado sin escudo? —La voz de Lara apareció a mi lado. Ella sí tenía paraguas. Uno enorme, rojo, con lunares blancos que parecían burlarse de mi situación.

—Puedo esperar —dije, aunque el agua ya me empapaba el cuello de la camisa.

—Puede esperar y coger una pulmonía. O puede compartir mi paraguas y llegar seco a su coche. —Me miró con esa expresión suya, mitad desafío, mitad algo más suave—. Su elección, coronel.

—No es una elección. Es una trampa.

—Es un paraguas.

—Con usted dentro.

—Y, sin embargo, aquí estoy, ofreciéndole cobijo. ¿Acaso los militares no aceptan ayuda humanitaria?

Suspiré, maldije y finalmente me metí bajo su paraguas.

Era un paraguas grande, pero no tanto. Nuestros hombros se rozaban. Nuestros brazos se tocaban cada dos pasos. Y el espacio reducido nos obligaba a caminar sincronizados, ella marcando el ritmo con sus tacones, yo intentando no pisarle los pies.

Caminamos en silencio.

No el silencio cómodo de dos personas que disfrutan de la compañía mutua.

No el silencio incómodo de dos extraños.

Era otro tipo de silencio. Un silencio cargado de palabras no dichas, de preguntas no formuladas, de la certeza de que cualquier cosa que dijéramos rompería algo frágil que aún no habíamos definido.

Llegamos a mi coche primero. Me detuve junto a la puerta, sin abrirla de inmediato, sin querer que el momento terminara.

—Gracias —dije finalmente, y la palabra sonó insuficiente.

—De nada —respondió ella y su voz sonaba más suave de lo habitual.

Nos miramos. La lluvia caía alrededor del paraguas rojo, creando una burbuja artificial de intimidad que nos separaba del mundo. Estaba tan cerca que podía ver las gotas de agua en sus pestañas, el brillo húmedo de su piel y el pulso acelerado en su cuello, que delataba que ella también lo sentía.

—Lara…

—Izan…

Nos interrumpimos mutuamente. Sonreímos, incómodos, y el momento se desvaneció como el humo.

—La próxima reunión —dije, recordando que el concejal había dicho tres por semana—. Lunes. Diez de la mañana.

—Lunes —confirmó ella—. Diez.

—Lleve paraguas.

—Lleve usted mejor actitud.

—Mi actitud es perfecta.

—Su actitud es insufrible.

—Entonces coincidimos en algo.

Nos miramos una última vez y, por primera vez desde que nos conocimos, ninguno de los dos tuvo la última palabra. Simplemente asentimos y ella se alejó hacia su coche, el paraguas rojo bailando entre la lluvia como una flor improbable.

Me quedé allí, empapado a pesar del paraguas, sintiendo que había perdido algo que nunca había tenido.

Entré en mi coche y encendí la calefacción para secarme. Saqué el móvil para avisar a Leo de que llegaría tarde a casa y entonces vi la notificación. Un email del concejal Martín con el asunto «¡Excelente inicio!».

Abrí el mensaje. Era breve y entusiasta y contenía un archivo adjunto.

Una fotografía.

Nos mostraba a Lara y a mí, bajo el paraguas rojo, en el aparcamiento municipal. Estábamos demasiado cerca, demasiado inclinados el uno hacia el otro, con expresiones que no supe interpretar pero que, desde luego, no parecían profesionales. Parecíamos… ¿Qué? ¿Amigos? ¿Algo más?

El pie de foto decía: «¡Nuestros coordinadores ya trabajando en equipo! ¡La química es evidente!»

Y debajo, una nota del concejal: «Una periodista del Diario de Cádiz tomó esta foto sin que se dieran cuenta. Saldrá mañana en la edición local. ¡Qué imagen tan potente para la gala! ¡Dos mundos que se unen por una buena causa!»

Apagué el teléfono.

Miré por la ventanilla hacia donde Lara había desaparecido entre la lluvia. Y por primera vez en mucho tiempo, no supe qué hacer.

Porque esa imagen, capturada sin nuestro consentimiento, mostraba algo que yo no estaba preparado para admitir: que, bajo el paraguas rojo, en medio de la tormenta, habíamos encontrado un momento de paz.

Y que ese momento, aunque fugaz, había sido real.