Operación seducción Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Llegamos a veinte minutos. Las cintas se detuvieron automáticamente. Los dos nos apoyamos en los manillares, jadeando, incapaces de hablar durante unos segundos.

—Empate —dijo Noelia, que se había acercado—. Ninguno de los dos sabe perder.

—No es un empate —dije, recuperando el aliento—. Es que no quería humillarle delante de su nuevo gimnasio.

—Es mi gimnasio —corrigió Izan—. Y no me humilla. Me… reta.

—¿Y le gusta que lo reten?

Nos miramos. El aire entre nosotros vibraba de algo más que de calor deportivo.

—Más de lo que debería —dijo finalmente, bajando la voz.

Fue en el siguiente ejercicio cuando todo se complicó.

Habíamos pasado a la zona de peso libre y yo, en mi infinita sabiduría, había decidido que podía levantar más de lo que mi cuerpo estaba dispuesto a permitir. Cogí una barra con discos que eran claramente excesivos, me posicioné bajo ella y empecé el levantamiento.

Funcionó las dos primeras repeticiones. La tercera empezó bien. Y entonces mis brazos dijeron «Hasta aquí hemos llegado», mis piernas perdieron estabilidad y sentí que la barra se me escapaba de las manos y se me deslizaba hacia atrás.

No tuve tiempo de gritar. No tuve tiempo de moverme. Solo tuve tiempo de pensar «Esto va a doler» antes de que una sombra se interpusiera entre el suelo y yo.

Izan.

Se había movido más rápido de lo que creía posible para un humano. Su mano derecha agarró la barra a medio caer, su izquierda me empujó hacia un lado, y el peso que podría haberme destrozado el pie quedó suspendido en el aire, sostenido por su brazo como si fuera una pluma.

—¿Está bien? —preguntó, dejando la barra en el suelo con la otra mano.

Asentí, incapaz de hablar. No por el susto, aunque también. Sino por la cercanía. Estaba a centímetros de mí, con el pecho subiendo y bajando con la respiración acelerada, con los ojos clavados en los míos buscando señales de daño.

—¿Se ha hecho daño? —Insistió, y su voz tenía un tono diferente. Preocupación real. Miedo, incluso.

—No —logré decir—. Gracias. A usted. Por… —gesticulé hacia la barra—. Por eso.

—Debería haber pedido ayuda. Ese peso es excesivo para usted.

—Pensaba que podía.

—¿Por qué?

—Porque usted levantaba más. Y yo no quería… —me detuve, avergonzada de mi propia confesión.

—¿No quería qué?

—Quedar por debajo. En cualquier sentido.

Algo cambió en su expresión. El miedo se transformó en… ¿comprensión? ¿Ternura? Imposible decirlo, pero durante unos segundos, mientras el gimnasio entero observaba en silencio, nos quedamos así. Demasiado cerca. Demasiado expuestos.

—La próxima vez —dijo finalmente, con una sonrisa tan pequeña que casi la perdí—, presume un poco menos.

—La próxima vez —respondí, devolviéndole la sonrisa con la misma intensidad—, deje de ser tan perfecto.

Se quedó callado. Yo me quedé callada. Y en ese silencio, cargado de algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar, el mundo entero pareció contener la respiración.

—Lara…

—Izan…

Nos interrumpimos mutuamente. Nos reímos, incómodos, y el momento se rompió como una burbuja de jabón.

Me aparté, recogiendo mi toalla, mi dignidad maltrecha y mi corazón que latía demasiado rápido para ser solo por el ejercicio.

—Me voy a duchar —dije—. Y luego me voy. Gracias otra vez. Por salvarme. Del peso. Y de… otras cosas.

No esperé respuesta. Salí de la sala de musculación con la cabeza alta y las piernas temblando, sintiendo su mirada clavada en mi espalda como una marca física.

En la ducha, dejé que el agua caliente me limpiara el sudor y esperaba la confusión. No funcionó. Cuando salí, con el pelo envuelto en una toalla y la ropa de calle puesta, Noelia me esperaba en la recepción con una expresión que no supe interpretar.

—¿Qué? —pregunté, a la defensiva.

—Nada —dijo, demasiado inocente—. Solo que he visto algo interesante.

—¿El qué?

—A ti. A él. A eso. —Señaló hacia la sala de musculación, donde Izan seguía entrenando, visible desde el mostrador—. A la química. A la tensión. A lo que pasa cuando dos personas que se supone que se odian de repente se salvan la vida mutuamente.

—No me salvó la vida. Me salvó el pie.

—Detalles.

—Noelia…

—Lara, mírame. —Me agarró de los hombros, obligándome a mirarla—. Estos dos —señaló alternativamente hacia mí y hacia donde estaba Izan—. Acaban besándose… o matándose. Y sinceramente, no sé cuál de las dos opciones me da más miedo.

Quise replicar, decirle que estaba loca, que no pasaba nada, que Izan y yo éramos simplemente… ¿qué éramos? ¿Enemigos? ¿Competidores? ¿Dos personas que no podían estar en la misma habitación sin provocarse, pero que tampoco podían estar separadas?

—No va a pasar nada —dije, pero mi voz sonó débil incluso para mí.

—Claro —Noelia soltó una carcajada—. Claro que no.

Por eso te has quedado callada cuando casi te besaba con los ojos en la sala de pesas.

Por eso él ha sonreído, cosa que, según Jimena, no hace desde que llegó a Cádiz.

Por eso los dos estáis cambiando de horario para coincidir, aunque digáis que es para evitaros.

—No es para coincidir…

—Lara.

—Noelia.

Nos miramos. Y luego, a través del cristal de la recepción, vi a Izan salir de la sala de musculación. Nuestros ojos se encontraron por última vez y él levantó ligeramente la mano en un gesto de despedida que no llegó a ser un saludo.

—Mierda —suspiré.

—Eso —convino Noelia—. Eso es exactamente lo que es. Mierda con nombre y apellido. Y uniforme.

Me fui a casa con el corazón en la garganta, preguntándome cuándo exactamente había perdido el control de mi vida.

Y si realmente quería recuperarlo.