Operación seducción Capítulo 9
30%

Capítulo 9

Lara

—Admite que te gusta.

—No me gusta.

—Admite que te gusta y te dejo ir al baño.

—Noelia, estoy en mi propio gimnasio. Puedo ir al baño cuando quiera.

—Pero no querrás ir conmigo bloqueando la puerta.

Suspiré, ajustándome las zapatillas de deporte mientras mi mejor amiga me miraba desde su posición de guardia frente a los vestuarios. Llevábamos veinte minutos en esa conversación, una versión renovada del mismo interrogatorio que me había estado haciendo desde la barbacoa del sábado pasado.

—No me gusta Izan Herrera —repetí, pronunciando cada palabra con la claridad de quien jura ante notario—. Es rígido, arrogante y exasperante y tiene un sentido del humor que podría medirse en milímetros de hielo.

—Y, sin embargo, hablas de él cada cinco minutos.

—No hablo de él cada cinco minutos.

—Hace tres minutos dijiste: «¿Crees que los militares saben cocinar algo que no sea rancho de campaña?» —Noelia cruzó los brazos, victoriosa—. Y antes de eso, preguntaste si la barba de tres días era un requisito para el ascenso. Y antes de eso…

—¡Estaba siendo sarcástica!

—Tú solo eres sarcástica con quien te importa.

Quise responder, pero Pablo eligió ese momento para aparecer con su sonrisa de anuncio de dentífrico y su camiseta tres tallas más pequeña de lo necesario.

—Lara, preciosa, tengo dos entradas para ese restaurante nuevo del puerto. ¿Cenamos hoy? Te prometo que no hablo de trabajo. Solo de… nosotros.

—Pablo —dije, sin mirarlo siquiera—, prefiero pasar la noche viendo documentales sobre tiburones asesinos antes que soportar otra conversación sobre tus abdominales.

—¿Tiburones asesinos? —Repitió, confundido.

—Al menos los tiburones no hablan. Solo atacan. Es más honesto.

Noelia se rio, y Pablo se fue con el rabo entre las piernas, murmurando algo sobre «Mujeres complicadas».

—Ves —dije, señalando su retirada—. Eso es lo que me gusta. Hombres simples y predecibles que no requieren instrucciones de montaje.

—Izan requiere instrucciones de montaje —admitió Noelia—. Pero una vez montado, apuesto a que funciona de maravilla.

—¡Noelia!

—Solo digo que…

Se interrumpió porque Jimena entró en el gimnasio como si llevara una bomba de noticias en los bolsillos. El pelo rosa se agitaba a la velocidad de su entrada y los ojos brillaban con esa luz que solo aparecía cuando tenía información de alto calibre.

—¡Chicas! ¡Escándalo! ¡Notición! ¡Alerta rosa!

—¿Qué? —Preguntamos al unísono.

—¡El coronel! ¡El coronel Herrera! ¡Se ha apuntado al gimnasio!

El mundo se detuvo. O al menos mi mundo. Sentí que el suelo de goma del gimnasio se había convertido en hielo y que yo estaba a punto de resbalar hacia un precipicio sin nombre.

—¿Cómo? —Logré articular.

—¡Acabo de procesar su ficha! ¡Izan Herrera, cuarenta años, dirección en la zona residencial de La Caleta! ¡Ha elegido el horario de las seis! ¡Todas las tardes!

Noelia me miró con una expresión que decía «Te lo dije» tan fuerte que casi pude oírla.

—Eso es… coincidencia —dije, intentando convencerme a mí misma.

—Coincidencia es que llueva el día de tu boda —respondió Jimena—.

Esto es destino. O casualidad. Aún no sé cuál.

Pero lo que sí sé es que todas las clientas van a cambiar su horario para las seis.

Incluso la señora Pilar, que lleva diez años viniendo a las nueve de la mañana porque dice que a esa hora no hay escándalo juvenil.

—Yo cambiaré de horario —dije, demasiado rápido—. Vendré por la mañana. A las siete. Cuando no haya nadie. Cuando él no esté.

—Lara…

—¡Lo digo en serio, Noelia! No pienso coincidir con él. No pienso verle. No pienso…

—¿Evitarle en tu propio gimnasio? —Terminó ella, arqueando una ceja—. ¿O en Cádiz? ¿O en el planeta Tierra?

—Donde haga falta.

Esa misma tarde, a las cinco y media, estaba convencida de que había ganado.

Había cambiado mi rutina, adelantado mi horario, llegado antes de que el sol empezara a ocultarse.

El gimnasio estaba prácticamente vacío a esa hora.

Solo un par de jubilados en las bicis estáticas y una chica haciendo abdominales en la zona de esterillas.

Me dirigí a la sala de musculación con la determinación de quien va a la guerra. Iba a hacer mi rutina de piernas, sudar lo suficiente como para olvidar cualquier pensamiento inapropiado, y marcharme antes de que…

Abrí la puerta de la sala de musculación.

Y allí estaba él.

Izan Herrera, en persona, con una camiseta de tirantes gris que dejaba ver unos brazos que parecían esculpidos por Miguel Ángel en un día de inspiración divina.

Estaba en el banco de press , levantando una barra con discos que yo ni siquiera podía despegar del suelo, y el sudor brillaba sobre su piel de una forma que me pareció absolutamente injusta.

Nuestros ojos se encontraron.

Se quedó inmóvil, con la barra suspendida sobre su pecho, y durante un segundo que duró una eternidad, vi en su expresión algo que no supe identificar. ¿Sorpresa? ¿Vergüenza? ¿La misma sensación de trampa del destino que yo estaba sintiendo?

—¿Tú? —Dijimos al unísono.

Sonó tan ridículo, tan repetido, tan inevitable que casi me eché a reír. Pero no lo hice. Porque estaba demasiado ocupada procesando la imagen de Izan Herrera fuera de su hábitat natural. Sin uniforme. Sin corbata. Sin la armadura de formalidad que siempre llevaba puesta.

—Cambió de horario —dijo él, dejando la barra en el soporte con un golpe sordo.

—Cambié de horario —confirmé—. Para evitarle.

—Yo también cambié de horario. Para evitarla.

—¿Por qué quiere evitarme?

—¿Por qué quiere evitarme usted?

Estábamos en un punto muerto, un empate de evitaciones mutuas que había resultado en el encuentro más incómodo posible.

—Lara… —empezó.

—No —dije, levantando la mano—. No diga mi nombre. No aquí. No cuando está… —señalé su atuendo, o más bien la falta de él—. así.

—¿Así cómo?

—Así… visible.

Él bajó la vista hacia sí mismo, como si acabara de recordar que llevaba puesta ropa deportiva, y luego me miró de nuevo. Y entonces pasó algo terrible. Sonrió. No mucho, solo un borde de labios, pero suficiente para transformar su rostro de mármol en algo casi… humano.

—¿Y si hacemos como que no nos conocemos? —propuso—. Dos desconocidos compartiendo la sala de musculación. Sin historia. Sin… tensiones.

—¿Puede hacer eso? —pregunté, incrédula—. ¿Puede fingir que no me odia?

—No la odio. Y no, no puedo fingir. Pero puedo intentar ignorarla.

—Inténtelo.

—Lo haré.

—Perfecto.

—Perfecto.

Nos miramos. Ninguno de los dos se movió.

—¿Necesitáis un árbitro para este duelo? —La voz de Noelia resonó desde la puerta, donde había aparecido con una toalla al cuello y una sonrisa de complicidad que me hizo desear poder teletransportarme.

—No es un duelo —dije, girándome hacia las mancuernas.

—Es un entrenamiento —añadió Izan, volviendo a su banco.

—Claro —Noelia se acercó, sentándose en un banco de abdominales—. Dos personas que se evitan mutuamente, que cambian de horario para no coincidir, y que ahora están aquí, sudando en la misma sala de musculación. Totalmente normal.

La ignoré. O intenté ignorarla. Cogí unas mancuernas que eran demasiado pesadas para mi rutina habitual, pero que necesitaba para demostrar… ¿qué? ¿Que podía? ¿Que no me intimidaba? ¿Que era tan fuerte como él?

Empecé con una tanda de bíceps, sintiendo cómo los músculos protestaban. Izan, en su rincón, había pasado a hacer flexiones de pecho. Podía verlo en el espejo, el reflejo de su espalda tensándose con cada repetición, y sentí una mezcla peligrosa de admiración y competitividad.

—¿Cuántas llevas? —preguntó de repente, sin girarse.

—¿Perdón?

—Repeticiones. ¿Cuántas?

—Doce.

—Yo hago veinte.

—Yo también puedo hacer veinte.

—Entonces, hágalo.

Lo hice. O intenté hacerlo. Llegué a los quince con los brazos temblando, a los diecisiete con la vista nublada y a los diecinueve con la certeza de que iba a necesitar una ambulancia.

Pero llegué a veinte. Y cuando dejé las mancuernas, jadeando, él estaba de pie a mi lado, ofreciéndome una botella de agua.

—Agua —dijo—. Para la campeona de los bíceps.

—No necesito su agua —respondí, aunque la tomé.

—No, pero la necesitará mañana, cuando no pueda levantar los brazos.

—Puedo con esto y más.

—Por supuesto.

Nos miramos. El espejo nos devolvía la imagen: él, alto, imponente, con el pelo mojado de sudor; yo, despeinada, roja como un tomate, pero erguida. Parecíamos un anuncio de ropa deportiva diseñado por alguien con un sentido del humor retorcido.

—¿Y ahora qué? —preguntó él—. ¿Más competición?

—¿Qué propone?

—Carrera en cinta. Veinte minutos. Quien aguante más velocidad, gana.

—¿Y el premio?

—El orgullo. ¿Necesita algo más?

—No —sonreí, y era una sonrisa de desafío—. El orgullo me basta.

Subimos a las cintas de correr, una al lado de la otra.

Noelia, desde su posición de espectadora, hizo una señal a alguien fuera de la sala y pronto me di cuenta de que había público.

Pablo, Bruno y Óscar habían aparecido, junto con otros clientes habituales, todos observando con interés, sin intentar disimular.

—¿Apuestas? —Escuché que preguntaba Bruno.

—Cincuenta euros al coronel —respondió Pablo—. Parece que tiene pulmones de acero.

—Yo voy con Lara —dijo Noelia—. Tiene algo que demostrar y eso es más potente que cualquier entrenamiento militar.

Empezamos. Las cintas zumbaban, nuestros pasos golpeaban la superficie con ritmos diferentes.

Izan corría con una eficiencia mecánica, constante, como si pudiera mantener ese ritmo durante horas.

Yo variaba, aceleraba, frenaba, volvía a acelerar, desafiando a mi cuerpo a seguir el ritmo de mi cabeza.

A los diez minutos, los dos estábamos empapados.

A los quince, mi costado empezaba a protestar.

A los dieciocho, vi que Izan también estaba sufriendo, aunque su expresión no lo delatara.

Tenía la mandíbula tensa, el cuello marcado de venas y sudaba de un modo que me distrajo lo suficiente como para perder el equilibrio durante un segundo.

—¿Se rinde? —jadeó, sin girarse.

—Nunca —respondí, acelerando.