Capítulo 8
Izan
Pasé tres días intentando convencerme de que Lara Salas era simplemente una mujer ruidosa. Una anomalía estadística. Un error de cálculo en el universo que, por alguna razón cósmica, había decidido instalarse en mi cabeza y alquilar espacio con opción a compra.
No funcionó.
Cada vez que cerraba los ojos, veía su sonrisa burlona.
Cada vez que oía una risa en la calle, giraba la cabeza esperando que fuera ella.
Y cada noche, cuando intentaba dormir, mi mente traicionera reproducía en bucle el momento en que la había sujetado por la cintura, cuando había estado a punto de…
¿de qué? ¿De besarla? ¿De confesarle que no podía dejar de pensar en ella?
Absurdo. Todo era absolutamente absurdo.
—Papá, estás raro —dijo Leo el jueves por la mañana, mientras desayunábamos en silencio.
—Estoy concentrado —mentí, sin levantar la vista del periódico que no estaba leyendo.
—Estás raro desde que Lara vino a traer la cartera. ¿Os peleasteis?
—No nos peleamos. Simplemente… discutimos.
—Eso es pelear.
—Es diferente.
Leo me miró con esa expresión que heredó de su madre, la que decía «Sé que estás mintiendo, pero te dejaré porque te quiero».
—Nora me ha invitado a una barbacoa familiar el sábado —dijo, cambiando de tema con la sutileza de un tanque—. En casa de su padre. Para conocer a toda la familia. ¿Vienes?
—No.
—Por favor.
—Leo, no necesito que me presenten como si fuera tu tutor legal. Tienes dieciocho años.
—Y tú eres mi padre. Y quieren conocerte. Y Lara estará ahí.
La mención de su nombre hizo que mi mano se tensara sobre el tenedor.
—¿Y eso por qué debería importarme?
—Porque hacéis ese… ese… —gesticuló con las manos buscando la palabra—. Esa cosa. Como en las películas. Enemigos que se tiran los trastos y luego se miran como si quisieran comerse el uno al otro.
—No hacemos ninguna cosa.
—Papá, os conocéis desde hace dos semanas y ya habéis tenido más tensión sexual que los actores de una película de Hollywood.
Escupí el café. Literalmente. Sobre el periódico que no estaba leyendo.
—¿De dónde sacas esas cosas?
—Internet. Y Gael. Gael dice que te gusta Lara y que eres demasiado rígido para admitirlo.
—Gael habla demasiado.
—Gael habla la verdad. Ven el sábado. Por favor. Por Nora. Por mí. Para que dejes de dar vueltas en casa como un león enjaulado.
Suspiré. Miré al techo. Conté hasta diez en árabe, algo que aprendí en una misión y que siempre me calmaba.
—Está bien —dije finalmente—. Pero no esperes que hable con ella. Ni que sonría. Ni que sea agradable.
—No espero milagros —respondió Leo, sonriendo—. Solo tu presencia.
El sábado llegó con un sol implacable y una humedad que hacía que el uniforme de gala pareciera una opción razonable en comparación con la ropa civil. Me puse unos vaqueros oscuros y una camisa de lino azul y conduje a casa de Javier Salas con Leo canturreando en el asiento de al lado.
—Relájate —dijo mi hijo, notando mi tensión al agarrar el volante.
—Estoy relajado.
—Estás a punto de romper el cambio de marchas.
Aflojé los dedos. Respiré. Recordé que era un coronel entrenado para situaciones de estrés extremo. Y, sin embargo, la idea de verla de nuevo me producía una ansiedad que ninguna misión en territorio hostil había logrado despertar.
Llegamos a las doce del mediodía. La casa de Javier estaba en plena efervescencia. Música salía de algún altavoz escondido, el olor a carbón encendido flotaba en el aire y desde el jardín llegaban risas y voces animadas.
—¡Leo! —gritó Nora desde la puerta, corriendo a abrazarlo—. ¡Has venido! ¡Y tu padre también!
—No tuve elección —murmuré, pero ella ya me había tomado del brazo para arrastrarme hacia el jardín.
Y entonces la vi.
Lara estaba junto a la barbacoa, con un vestido amarillo que parecía hecho de luz, riendo de algo que Noelia le había dicho. Su pelo castaño caía suelto sobre sus hombros y llevaba unos pendientes grandes que brillaban cuando movía la cabeza. Parecía… radiante. Irritantemente radiante.
—¡Ah! ¡El coronel! —Exclamó Noelia, viéndome llegar—. Justo a tiempo. Estábamos organizando la competición.
—¿Qué competición?
—De paellas. Los hombres cocinan, las mujeres juzgamos. Es tradición.
Miré a mi alrededor. Javier estaba allí, con un delantal que decía «Rey de la Brasa». Había otros dos hombres que no conocía, probablemente vecinos o familiares, también con delantales ridículos.
—Yo no cocino —dije.
—Todo el mundo cocina —respondió Noelia, con una sonrisa demasiado amplia—. Es cuestión de supervivencia.
—Soy militar. Mi supervivencia depende de otras habilidades.
—Hoy depende de hacer una paella decente. —Lara se había acercado, con esa sonrisa burlona que ya reconocía demasiado bien—. ¿O tiene miedo de quedar en ridículo, coronel?
—No tengo miedo. Tengo estándares.
—Los estándares se dejan en la puerta. Aquí solo hay una regla: el que quema la paella lava los platos durante un mes.
—No pienso…
—Papá. —Leo me miró con esos ojos que sabía usar cuando quería algo—. Por favor. Por mí.
Maldije internamente. Maldije a Gael por sus consejos paternos. Maldije a Leo por saber manipularme. Y maldije a Lara por estar ahí, sonriendo, esperando que fallara.
—Está bien —dije entre dientes.
—¡Excelente! —Noelia desapareció dentro de la casa y volvió con algo en las manos. Un delantal. Rosa. Con flamencos bailando sobre un fondo de lunares amarillos—. El uniforme oficial de los cocineros guapos.
—Ni hablar —dije, retrocediendo.
—Es eso o el de «Soy un bombón» —respondió Noelia, sacando otro delantal aún más ridículo.
—Papá… —insistió Leo.
Miré el delantal rosa. Miré a Lara, que se tapaba la boca con la mano, intentando contener la risa. Miré a Javier, que asentía con complicidad, como diciendo «Todos pasamos por esto».
—Me quito la camisa —dije, quitándome la prenda de lino y quedándome en camiseta blanca—. Y me pongo eso. Pero que conste en acta que estoy siendo torturado.
—Anotado —dijo Lara, y su voz temblaba de la risa contenida—. Aunque debo decir, coronel, que el rosa le sienta mejor de lo que esperaba. Le da un toque… ¿Accesible?
—Accesible no es una palabra que me defina —respondí, atándome el delantal con movimientos bruscos.
—Por eso es divertido verlo intentarlo.
La competición de paellas fue un desastre.
Javier se tomó el asunto con la seriedad de un general dirigiendo una invasión, organizando sus ingredientes en filas perfectas y midiendo el agua con un termómetro.
Los otros dos hombres, unos primos de Beatriz, según supe después, intentaban improvisar, con resultados que iban desde lo comestible hasta lo sospechoso.
Yo estaba en mi paellero, intentando recordar cómo se hacía una paella decente. Mi madre, antes de que la enfermedad se la llevara, había intentado enseñarme. Pero eso fue hace más de treinta años y los recuerdos estaban enterrados bajo capas de protocolos militares y de manuales de supervivencia.
—¿Necesita ayuda? —preguntó Lara, apareciendo a mi lado con una copa de tinto de verano en la mano.
—No.
—Parece que está sacrificando ese arroz.
—Estoy tostando el grano.
—Está quemándolo.
—Hay diferencia.
—Entre el arte y el desastre, sí.
La miré. Llevaba el pelo recogido ahora, con mechones sueltos enmarcando su rostro. El sol de junio le había pintado pecas nuevas en la nariz. Y su sonrisa… esa sonrisa que me provocaba y me desarmaba al mismo tiempo.
—¿Por qué disfruta tanto viéndome sufrir? —pregunté, bajando la voz para que los demás no escucharan.
—Porque ríe de usted, se pone tenso y luego responde con algo tan inteligente que me deja sin palabras durante tres segundos. Es adictivo.
—Tres segundos. Ese es mi récord con usted.
—Hoy vamos a batirlo.
Se quedó allí, observándome, mientras yo intentaba salvar el arroz de la muerte segura. Y de alguna forma, su presencia me hizo concentrarme más. Quería que viera que podía hacerlo. Que no era solo un militar rígido incapaz de cocinar.
—Necesito tomate —dije—. Y azafrán. Y que deje de mirarme así.
—¿Cómo?
—Como si estuviera esperando a que falle.
—No estoy esperando a que falle. Estoy esperando a que me sorprenda.
—¿Y si no lo hago?
—Entonces al menos será un desastre memorable.
La paella terminó siendo… comestible. No gané la competición, Javier se llevó el premio, un trofeo de plástico con forma de paellero que parecía más apropiado para un niño de diez años, pero tampoco quedé último.
Uno de los primos de Beatriz logró crear algo que parecía provenir de un accidente nuclear, así que mi honor quedó más o menos intacto.
—No ha estado mal —dijo Lara, probando un poco de mi creación—. Para un principiante.
—Para un militar improvisando.
—Hay diferencia.
—¿Cuál?
—El principiante no sabe lo que hace. El militar sabe que no sabe, pero lo intenta de todos modos por orgullo.
—¿Y cuál soy yo?
—Hoy ha sido militar. Mañana, quién sabe.
Después de la paella, Noelia decidió que necesitábamos una ensalada. Y que, por supuesto, Izan y Lara debían prepararla juntos.
—Nadie más sabe cortar aguacates sin cometer un crimen gastronómico —declaró, empujándonos hacia la mesa de la cocina con una cesta de verduras—. Y vosotros dos sois los únicos con paciencia suficiente para no mataros en el intento.
—¿Eso es un insulto o un cumplido? —pregunté.
—Es un hecho —respondió Noelia, desapareciendo antes de que pudiera protestar.
Nos quedamos solos en la cocina. Bueno, solos con Leo, Nora, Javier y Beatriz en el jardín, lo suficientemente cerca para oír si gritábamos, pero lo suficientemente lejos para darnos una ilusión de privacidad.
—Usted corta los tomates —dijo Lara, poniéndose un delantal que decía «La cocina es mi gimnasio»—. Yo hago los aguacates.
—Los tomates deben cortarse en octavos, no en rodajas. Las rodajas sueltan demasiado líquido.
—¿Y usted es experto en tomates además de en natación?
—Soy experto en eficiencia.
—La eficiencia mató al arte.
—El arte mató a la puntualidad.
Cortamos en silencio durante unos minutos. El único sonido era el de los cuchillos sobre las tablas de madera. Y entonces, sin querer, nuestras manos se rozaron al intentar alcanzar al mismo tiempo el aceite de oliva.
—Perdón —dijimos al unísono.
Nos miramos. Ella tenía una mancha de tomate en la mejilla. Probablemente yo tenía algo peor en la camiseta.
—Tiene… —empecé, señalando su cara.
—¿Qué?
—Tomate. Aquí. —Intenté limpiarla con el pulgar, pero ella se apartó.
—No. No haga eso.
—¿El qué?
—Eso. De tocarme como si fuera normal. Como si no hubiera… —se detuvo, mirando hacia el jardín para asegurarse de que nadie escuchaba—. Como si el otro día no hubiera pasado nada.
—¿Pasó algo el otro día?
—Usted me sujetó por la cintura. Yo casi… yo casi…
—¿Casi qué?
—Nada. Olvídelo. Corte los tomates en octavos.
Continuamos trabajando, pero algo había cambiado. La tensión no había desaparecido, se había transformado. Era más suave, más complicada, como un hilo que se enreda pero no se rompe.
Y entonces descubrimos, casi sin querer, que trabajábamos bien juntos.
Cuando dejábamos de intentar llevar la razón y aceptábamos que su caos y mi orden podían coexistir, la ensalada empezó a tomar forma.
Ella añadió ingredientes que yo nunca habría considerado, granada, queso de cabra y un toque de miel, y yo organicé la presentación con una precisión que ella encontró adorablemente militar.
—Adorablemente militar —repetí, cuando ella lo dijo en voz alta—. Eso es un oxímoron.
—Es un cumplido. Raro, pero cumplido.
Terminamos la ensalada y la llevamos al jardín. Noelia la probó y declaró que era la mejor ensalada de la historia de las barbacoas familiares, aunque sospeché que exageraba para hacernos sentir incómodos.
Me despedí al atardecer, cuando el cielo de Cádiz empezaba a teñirse de colores imposibles. Leo se quedó un rato más ayudando a recoger y yo me encontré caminando solo hacia mi coche.
—Coronel.
Me giré. Lara estaba en la puerta, con la luz del porche iluminando su silueta.
—¿Sí?
—Ha sido… —dudó, buscando la palabra—. Ha sido tolerable.
—Tolerable es mi segundo nombre.
—Pensaba que era eficiente.
—Ese es el primero.
Se quedó en silencio un momento, mordiéndose el labio inferior. Quise decirle algo. No sabía qué. Que me gustaba verla reír. Que su caos me resultaba… reconfortante. Que llevaba días pensando en ella y que eso me aterraba más que cualquier misión.
Pero no dije nada. Porque soy cobarde. Porque soy militar. Porque no sé cómo se dicen esas cosas.
—Buenas noches, Lara.
—Buenas noches, Izan.
Usó mi nombre. Mi nombre de pila. Ni «Coronel» ni «Señor Herrera». Izan. Y sonrió. No la sonrisa burlona de siempre, sino una sonrisa suave, casi tímida, que desapareció antes de que pudiera estar seguro de haberla visto.
Me fui. Conduje a casa con la ventanilla bajada, dejando que el aire de la noche me despejara la cabeza. Y me sorprendí sonriendo. Una sonrisa real, no forzada, que duró todo el camino hasta casa.
Era la primera en mucho tiempo.
—Papá, ¿por qué discutís como si llevarais casados veinte años?
La voz de Leo me sobresaltó cuando entré en casa. Estaba en el salón, con el móvil en la mano, mirándome con esa expresión que ya empezaba a odiar.
—¿Qué?
—Con Lara. En la cocina. Os he visto. Os peleáis por cómo cortar un tomate, pero luego os miráis como…
—¿Como qué?
—Como si el resto del mundo no existiera.
—Estás imaginando cosas.
—Estoy siendo observador. Como tú me enseñaste.
Quise responder, pero el timbre de la puerta sonó. Gael. Por supuesto. El único ser humano que tenía llave de mi casa y la usaba sin anunciarse.
Entró con su sonrisa habitual y una bolsa de cervezas artesanales.
—He visto tu coche llegar —dijo—. Y he visto a una mujer en la puerta de los Salas que te miraba como si fueras el último caramelo de la caja. —Abrió una cerveza y me la ofreció—. No la mires así, Izan.
—¿Cómo?
—Así. Como si quisieras guardarla en un museo y, al mismo tiempo, echarla a correr. —Bebió de su propia cerveza—. Porque esa mujer va a darte más guerra que toda una compañía de reclutas. Y algo me dice que vas a disfrutar cada maldito segundo.
Tomé la cerveza. No respondí. Porque Gael, por una vez en su vida, tenía razón.
Y porque, en el fondo, eso era exactamente lo que quería.