Operación seducción Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

—El riesgo es necesario para la vida —repliqué, tomando el mío—. Sin riesgo, no hay recompensa.

—¿Y qué recompensa busca usted, señorita Salas?

—La que encuentre, coronel. La que encuentre.

Leo se sentó en un taburete, observándonos con una sonrisa que intentaba disimular, pero fallaba estrepitosamente.

—Deberíais hacer un podcast —dijo—. «El militar y la diseñadora». Seríais famosos.

—Seríamos arrestados —respondí—. Por incitación al caos.

—O por exceso de sarcasmo —añadió Izan.

Nos miramos. Y por un segundo, solo un segundo, no hubo tensión. Hubo… ¿entendimiento? ¿Complicidad?

Luego, Leo estornudó, fingido; estaba segura y el momento se rompió.

Decidí marcharme cuando el reloj marcó las diez y media. Tenía que abrir la tienda temprano y, aunque la conversación, si es que se podía llamar así a ese intercambio de hostilidades veladas, era extrañamente entretenida, sabía que estaba cruzando líneas que no debería cruzar.

—Me voy —dije, dejando la taza en el fregadero—. Leo, gracias por el café. Coronel, gracias por… bueno, por ser usted mismo. Siempre es educativo.

—¿Eso es un cumplido? —preguntó, poniéndose de pie.

—Es una observación. Hay diferencia.

Leo nos precedió hacia la puerta, probablemente para asegurarse de que no nos matáramos el uno al otro en el trayecto. Izan caminaba a mi lado, demasiado cerca, lo suficiente como para que pudiera oler su colonia: algo amaderado, masculino y perturbadoramente agradable.

Llegamos al recibidor. La puerta de salida estaba a la derecha, pero entre ella y nosotros había una mesa auxiliar con un jarrón que Izan debió mover al entrar, porque ahora ocupaba más espacio del debido.

—Permítame —dijo él, intentando pasar por delante para abrir.

—No, permítame usted —respondí, moviéndome al mismo tiempo.

Nos encontramos en el umbral, ambos intentando pasar por el mismo espacio, con nuestros cuerpos a escasos centímetros de distancia.

Tropecé con el borde de la mesa. Perdí el equilibrio.

Y entonces sentí su mano en mi cintura, firme, cálida, sorprendentemente fuerte, sujetándome para evitar que cayera.

El mundo se detuvo.

Estaba demasiado cerca. Podía ver las motas doradas en sus ojos azul grisáceos, la textura de su barba, el pulso acelerado en su cuello. Su mano en mi cintura se tensó, no para alejarme, sino para… ¿acercarme? No, eso debía ser mi imaginación.

—¿Está bien? —preguntó, y su voz sonaba más grave de lo normal, más ronca.

—Perfectamente —respondí, aunque mi propia voz sonó un poco temblorosa—. Los militares también sirven de airbag, veo.

—Solo en emergencias.

—¿Y esto es una emergencia?

Nos miramos un segundo. Dos. Tres. El tiempo suficiente para que mi corazón decidiera que correr una maratón sería buena idea. El tiempo suficiente para que él tragara saliva, visiblemente, como si estuviera luchando contra algo.

—Lara… —empezó.

—No —dije, retrocediendo bruscamente, rompiendo el contacto—. No diga mi nombre así. No con ese tono. No aquí. No ahora.

—¿Qué tono?

—Ese. El que suena como si estuviera a punto de cometer un error.

—¿Y si el error ya lo cometimos?

Lo miré. Realmente lo miré. Y vi que él también lo sentía. Esa atracción absurda, inconveniente, completamente inapropiada. Esa química que no pedimos y que no podíamos ignorar.

—Entonces lo corregimos —dije, forzando una sonrisa—. Adiós, coronel. Cuídese. Y por favor, no olvide más cosas en mi tienda. Mi corazón no resiste más visitas de entrega.

—Lara…

Pero ya estaba fuera, caminando por el sendero de gravilla, sintiendo su mirada clavada en mi espalda como un tacto físico.

No me giré. No hasta que estuve en mi coche, con las manos temblando ligeramente sobre el volante, mirando por el retrovisor esa figura imponente que seguía en la puerta, inmóvil, observándome alejarme.

— Es un problema —dije en voz alta, arrancando el motor—. Es un problema enorme. Y me gusta. Eso es lo peor. Que me gusta.

Conduje hasta casa en piloto automático, con la mente rebotando entre la sensación de su mano en mi cintura y la expresión de su rostro cuando casi… ¿Qué? ¿Cuando casi, qué?

No sabía. No quería saber.

Llegué a mi casa, me duché, me metí en la cama con un libro que no leí. Y cuando por fin caí en un sueño inquieto, soñé con ojos azul grisáceos y manos fuertes y una voz grave que decía mi nombre como si fuera una oración.

No sé cuánto tiempo habría durado esa noche de insomnio torturado, pero el teléfono me despertó a las ocho de la mañana. Era Noelia.

—¿Dónde demonios estabas anoche? Te llamé tres veces.

—En la casa de Izan Herrera —respondí, aún medio dormida.

Silencio. Luego, el grito de Noelia, lo suficientemente fuerte como para hacerme apartar el teléfono de la oreja.

—¡¿QUÉ?!

—Le llevé su cartera. Se le había olvidado en la tienda.

—¿Y eso requería una visita nocturna a su mansión?

—Requería que no pensara que soy una inútil que pierde cosas.

—Lara, tú no perdiste nada. Él perdió su cartera.

—Detalles.

—¡Detalles! —Noelia sonaba como si estuviera a punto de explotar—. Estás perdiendo la cabeza. Y la dignidad. Y probablemente la ropa interior en algún momento próximo.

—Noelia…

—¡Admítelo! ¡Te gusta el militar rígido!

—Es insufrible —dije, pero mi voz carecía de convicción.

—Y tú eres una mentirosa. Y me encanta. Sigue así. Quiero ser dama de honor en vuestra boda.

—Por Dios —resoplé.

—Empieza la operación seducción.

Colgué antes de que pudiera seguir y me quedé mirando al techo, preguntándome cuándo exactamente mi vida había dejado de tener sentido.