Operación seducción Capítulo 7
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Capítulo 7

Lara

Descubrí la cartera a las nueve de la noche, cuando ya había cerrado la tienda y estaba haciendo la caja del día. Estaba allí, olvidada en un rincón del mostrador, como si fuera un cliente tímido que no se atrevía a pedir atención.

—Marta, ¿has visto esto? —La llamé, sosteniendo la cartera de piel negra entre dos dedos como si fuera evidencia de un crimen.

Mi encargada se acercó, secándose las manos con un trapo.

—Es del militar. Del coronel. Se le olvidó cuando salió corriendo como si tuviera un misil en el trasero.

—No salió corriendo.

—Casi. Estabas tan ocupada provocándolo que ninguno de los dos se dio cuenta.

Dejé la cartera sobre el mostrador y la miré. Era elegante, gastada en los bordes por el uso, con las iniciales «I.H.» grabadas en una esquina. Una cartera de hombre que había viajado mucho, que había visto cosas, que guardaba secretos.

Debería haberla dejado en la caja fuerte y llamarle por la mañana. Eso habría sido lo profesional, lo sensato, lo aburrido.

En cambio, la abrí.

—Lara, eso es ilegal —susurró Marta, pero se quedó mirando por encima de mi hombro.

—Es un acto de servicio público. Necesito encontrar un número de teléfono de contacto.

El interior estaba organizado con precisión militar.

Compartimentos para tarjetas, billetes doblados por valor, monedas en un apartado separado.

Una fotografía en un bolsillo transparente: Leo de niño, quizás de cinco o seis años, sonriendo desdentado frente a un castillo de arena.

Otra foto, más vieja, más gastada por el paso del tiempo: una mujer rubia, preciosa, con el sol reflejado en el pelo como un halo dorado, abrazando a Izan frente al mar.

Él era joven, apenas un muchacho en uniforme, y sonreía con una libertad que yo no le había visto nunca.

—Esa debe ser la madre —murmuró Marta—. La inglesa.

—Charlotte —dije, recordando lo que Nora me había contado—. Se divorciaron hace años.

—Pero él sigue llevando su foto.

Miré esa imagen durante unos segundos más de los que me correspondía. Había amor ahí, eso era evidente. Amor juvenil e intenso, el tipo de amor que te marca para siempre, incluso cuando termina. ¿Cuántos años habrían pasado desde que se tomó esa foto? ¿Quince? ¿Veinte? Y, aun así, él la conservaba.

Sentí una punzada extraña en el pecho. No eran celos, no podía ser. No tenía derecho a sentir celos de un hombre que me irritaba más que el hielo en el café.

—No hay teléfono —dije, cerrando la cartera con más fuerza de la necesaria—. Voy a llevarla personalmente.

—¿Ahora? ¿A su casa? —Marta me miró como si acabara de sugerir que robáramos un banco—. Lara, son las nueve de la noche. Llámale y que venga él mañana.

—¿Y darle la satisfacción de pensar que soy una desastrosa que pierde cosas? Ni hablar. Voy yo. Es cuestión de honor.

Marta suspiró, conociéndome lo suficiente como para saber que no había argumento que pudiera detenerme.

—Al menos llama a Noelia para que sepa dónde estás. Por si acaso resulta que es un asesino en serie y te entierra en el jardín.

—Es militar, no asesino.

—¿Y cuál es la diferencia?

—Los militares tienen permiso para matar. Los asesinos no.

Cogí mi bolso, metí la cartera con cuidado y salí a la noche de Cádiz con la determinación de quien va a una batalla que no ha elegido.

Conduje hasta su calle y sonreí al ver todas esas casas modernas y amplias, con jardines que parecían sacados de revistas de arquitectura. Y al final de la calle, la suya.

Me quedé en la acera durante un minuto completo, simplemente mirando.

La casa era impresionante. No en el sentido ostentoso, sino en el sentido de alguien que había pensado en cada detalle.

Fachada blanca con grandes ventanales que dejaban ver la luz cálida del interior.

Un jardín frontal con olivos maduros que debían tener décadas, buganvillas trepando por pérgolas de madera y una entrada de gravilla que crujía bajo los pies con un sonido de exclusividad.

Y al fondo, visible desde la calle, la piscina. Infinita, reflejando las luces de la casa y las primeras estrellas del cielo. Una terraza con sofás de exterior, una zona de barbacoa y lo que parecía ser un jacuzzi.

El timbre era discreto, elegante. Esperé, sintiendo cómo los nervios empezaban a hacer su aparición tardía. ¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué no esperó hasta mañana? ¿Por qué no había llamado?

La puerta se abrió.

Izan estaba allí, con una camiseta de algodón gris y unos pantalones de chándal negros, descalzo, con el pelo aún húmedo de la ducha. Sin uniforme. Sin armadura. Solo él, sorprendido, con los ojos abiertos de par en par y la boca ligeramente entreabierta.

—¿Tú? —dijo, y era casi cómico que usáramos la misma palabra que el día en la boutique.

—Yo —confirmé, levantando la cartera como si fuera un trofeo—. Ha olvidado esto. En mi tienda. En el mostrador.

Parpadeó y miró la cartera. Después miró mi cara y luego la cartera otra vez.

—¿Ha venido usted… a mi casa? ¿A las nueve de la noche?

—A las nueve y cuarto, para ser precisos. Y sí, he venido. Considérelo un servicio de entrega premium. Luna de Sal : cuidamos de nuestros clientes incluso cuando son descuidados.

—No soy descuidado. Estaba… distraído.

—¿Por qué? —sonreí, inclinándome ligeramente hacia adelante—. ¿Por mí?

Su mandíbula se tensó. Esa mandíbula que parecía esculpida en mármol.

—Entre —dijo, abriendo la puerta del todo—. No voy a discutir en la calle como un adolescente.

—¿Y prefiere discutir dentro como un adulto?

—Prefiero que los vecinos no me vean hablando con una lunática en mi puerta a las nueve de la noche.

—Lunática. Me encanta. Nuevo apodo.

Entré en su casa, intentando no mirar demasiado ni dejar que mi expresión traicionara lo impresionada que estaba. El interior correspondía al exterior: elegante, moderno, impersonal en su perfección. Todo en su sitio. Todo limpio. Todo ordenado.

—¿Y Leo?

—Está arriba. Estudiando.

—Ah. Entonces estamos solos.

Izan me miró y, por un segundo, vi algo en sus ojos que no supe identificar. No era irritación. Era… ¿anticipación?

—¿Quiere algo de beber? —preguntó, dirigiéndose hacia la cocina—. Agua, café…

—¿Vino?

—No bebo vino entre semana.

—Qué aburrido.

—Qué disciplinado.

Lo seguí a la cocina, una estancia enorme con una isla central y electrodomésticos que parecían capaces de lanzar cohetes a Marte. Se sirvió un vaso de agua. Yo me apoyé en la isla y dejé la cartera sobre la encimera.

—Ha revisado el contenido —dijo. No era una pregunta.

—He buscado un número de contacto. Eso es todo.

—Y ha visto las fotografías.

—También he visto que lleva cuarenta y siete euros en metálico, tres tarjetas de crédito y un carnet de biblioteca que venció hace dos años. ¿No le renovaron?

—No uso la biblioteca.

—Debería. La lectura amplía la mente. Aunque supongo que usted prefiere los manuales de táctica militar.

—Prefiero no tener que explicar mis hábitos de lectura a una diseñadora de bragas.

—Lencería —corregí—. Hay diferencia.

—¿Cuál?

—Una es funcional. La otra es arte.

—Usted y su arte —murmuró, bebiendo agua.

—Yo y mi arte —confirmé—. Que, por cierto, le ha costado ciento ochenta euros olvidar la cartera en mi tienda.

Levantó la vista del vaso. Nuestros ojos se encontraron y, de nuevo, sentí esa electricidad, esa tensión que parecía acompañarnos como un perro fiel.

—Gracias —dijo, y la palabra sonó extraña en su boca, como si no la usara a menudo—. Por traerla. Podría haber esperado a mañana.

—Podría haberlo hecho. Pero entonces no habría podido ver su cara de sorpresa. Y eso, coronel, vale más que ciento ochenta euros.

Estábamos en pleno intercambio de sarcasmos —yo defendiendo que el caos era una forma de vida válida, él argumentando que el orden era la base de la civilización— cuando Leo apareció en la puerta de la cocina, con los ojos saltando entre nosotros como si estuviera viendo un partido de tenis particularmente violento.

—¿Papá? ¿Lara? —dudó, pronunciando mi nombre como si no estuviera seguro de que fuera real—. ¿Estáis… discutiendo?

—Debatiendo —respondimos al unísono.

—Suena como discutir —murmuró Leo, acercándose con cautela—. Y suena como si llevarais… mucho tiempo haciéndolo.

—Tu padre tiene opiniones muy rígidas sobre la organización de armarios —dije, señalando la alacena perfectamente ordenada que se veía desde donde estaba—. Yo defiendo el derecho al desorden creativo.

—El desorden no es creativo —intervino Izan—. Es solo desorden.

—El desorden es libertad.

—El desorden es caos.

—¡Basta! —Exclamó Leo, levantando las manos—. Por favor. Estoy intentando estudiar ecuaciones diferenciales arriba y vosotros estáis aquí debatiendo sobre armarios como si fuera el Tratado de Versalles.

Nos miramos, Izan y yo, y por primera vez esa noche algo parecido a la diversión cruzó por sus ojos.

—Perdona, hijo —dijo Izan—. No pretendíamos interrumpir tu… ecuación.

—Diferencial —corregí—. Ecuación diferencial. Plural, ecuaciones diferenciales.

—Gracias, profesora —murmuró Izan.

—De nada, cadete.

Leo nos miró con una expresión que no supe interpretar. Parecía preocupado, pero también… ¿divertido?

—Voy a hacer café —dijo, dirigiéndose a la cafetera—. Para ambos. Porque claramente necesitáis descafeinaros.

—Yo no tomo café a estas horas —dijo Izan.

—Hoy sí —respondió Leo, firme—. Y tú, Lara, ¿quieres?

—Encantada. Con leche, si tienes. Y azúcar. Mucha azúcar. Para compensar la amargura de ciertos militares.

Izan resopló, casi una risa, casi un sonido de incredulidad.

Mientras Leo preparaba el café con la eficiencia de quien lo ha hecho mil veces, la conversación continuó, aunque suavizada.

Hablamos de Cádiz, de los cambios en la ciudad y de los mejores sitios para comer.

Descubrí que él prefería la cocina tradicional y los restaurantes sin pretensiones, donde la comida era honesta.

Yo defendía los nuevos locales de fusión, los experimentos, el riesgo culinario.

—El riesgo no es necesario para la excelencia —dijo él, aceptando el café que Leo le ofrecía.