Operación seducción Capítulo 6
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Capítulo 6

Izan

El primer día en un nuevo destino siempre es igual: formularios por firmar, saludos protocolarios y la sensación de que todos te evalúan en silencio, midiendo si serás un jefe razonable o un tirano con medallas.

Me presenté en la comandancia a las ocho en punto, con el uniforme de gala impecable y la expresión que había perfeccionado durante quince años: seria, inaccesible, profesional. La teniente que me recibió en recepción casi se olvidó de saludarme de tanto mirar las insignias de mi pecho.

—Coronel Herrera, bienvenido. El comandante Villalba ya está en su despacho. Le acompaño.

—No es necesario —respondí—. Conozco el camino.

Gael había llegado una semana antes que yo, ocupando el despacho contiguo al que ahora sería mi centro de operaciones durante los próximos años. Me encontré con él en el pasillo, tomando café con la naturalidad de quien lleva toda la vida en ese lugar.

—¿Nervioso? —Me preguntó, sonriendo por encima del borde de su taza.

—¿He estado nervioso alguna vez?

—En la academia, antes de la primera revisión de uniformes. Temblabas.

—Temblaba de frío. Era noviembre.

—Temblabas de miedo, Izan. Admitámoslo.

Lo ignoré y entré en mi nuevo despacho. Era amplio, con ventanas que daban al patio de armas y una vista que incluía, a lo lejos, el brillo del Atlántico. En mi mesa, esperaban tres carpetas con los nombres de los oficiales que estarían bajo mi mando directo.

Marcos Vidal, teniente, de treinta y seis años. Meticuloso, eficiente, con una capacidad para el detalle que bordeaba lo obsesivo. Se presentó con una carpeta de bienvenida que incluía hasta el menú de la cafetería de la base, organizado por días de la semana.

Diego Ríos, sargento, de cuarenta y dos años.

Veterano con canas prematuras y una sonrisa fácil que contrastaba con la cicatriz que le cruzaba la ceja izquierda, recuerdo de una misión de entrenamiento que había salido mal.

Me estrechó la mano con fuerza, evaluándome con ojos que habían visto demasiado como para impresionarse fácilmente.

Elena Fuentes, cabo, veintinueve años. La más joven del equipo, con una postura perfecta y una mirada directa que me gustó de inmediato. No se inmutó al conocerme; simplemente asintió y dijo:

—Coronel, espero que mi trabajo hable por mí. No soy buena con los discursos.

—Entonces nos llevaremos bien —respondí—. Yo tampoco.

La mañana transcurrió entre papeleo y reuniones de coordinación. A las doce, mientras revisaba informes de suministros, mi teléfono vibró. Leo.

—Papá, tengo un problema —dijo nada más descolgar, sin saludo previo.

—¿Estás bien? ¿Ha pasado algo?

—¡No, no es eso! Es que… es que mañana hará un mes que Nora y yo estamos juntos oficialmente.

Y quiero hacerle un regalo. Algo especial.

Pero no sé qué comprar. He pensado en flores, pero eso es básico.

He pensado en joyas, pero eso es… ¿demasiado?

¿Y si le compro un libro? ¿O un perfume? Papá, estoy perdiendo la cabeza.

Sonreí, aunque sabía que él no podía verme. Dieciocho años y descubriendo que el amor requiere táctica.

—Leo, respira. ¿Qué le gusta a Nora?

—Todo. Le gusta todo. Le gusta leer, le gusta la música, le gusta… —hizo una pausa—. Le gusta la ropa cómoda. Dice que Lara siempre le regala cosas bonitas de su tienda, pero que ella nunca se compra nada porque piensa que no se lo merece.

—Entonces cómprale algo que la haga sentirse merecedora.

Diego entró en ese momento para traerme un informe firmado. Me cubrí el micrófono con la mano.

—Diego, ¿conoces alguna tienda de ropa de mujer decente en Cádiz? Para regalos. Cosas… especiales.

Diego, que tenía el don de la información local, no dudó.

— Luna de Sal , mi coronel. Es la mejor boutique de la ciudad. Diseñan lencería, pijamas, batas… Cosas de lujo. Mi mujer me mataría si supiera que sé eso, pero tengo tres hermanas. Es en la calle Ancha, número veintitrés. No tiene pérdida.

—Gracias —dije, y volví a Leo—. Tengo una dirección. Iré esta tarde y te envío fotos de las opciones. Tú eliges y yo compro.

—¿De verdad? ¡Eres el mejor padre del mundo!

—Soy el único que tienes. No tengo competencia.

Colgué y me encontré con la mirada de Diego, que intentaba disimular una sonrisa.

—¿Hija, mi coronel?

—Novia de mi hijo. Primer mes.

—Ah. —Diego asintió, aprobando—. Entonces Luna de Sal es perfecta. Aunque se lo advierto, es caro. Pero vale cada céntimo. Mi hermana mayor se compró una bata allí y desde entonces no se la quita ni para dormir. Dice que se siente como una reina de Hollywood.

—Anotado.

El resto de la jornada pasó sin incidentes. Gael apareció a comer para invitarme a un bocadillo de pringá en la cantina, y aproveché para confirmarle que todavía no me había vuelto loco.

—Todavía estás cuerdo —dijo, masticando con entusiasmo—. Pero me has preguntado por una boutique de lencería, así que el deterioro mental ya ha empezado.

—Es para Leo.

—Claro, claro. Y yo soy el Papa.

A las seis de la tarde, me encontré frente al número veintitrés de la calle Ancha, preguntándome en qué momento exacto mi vida había tomado este giro surrealista.

Yo, coronel Izan Herrera, destinado a misiones de paz en zonas de conflicto, ahora estaba a punto de entrar en una boutique de lencería para comprarle una bata a una adolescente que apenas conocía.

La fachada era elegante. Letras doradas sobre fondo negro: Luna de Sal . Escaparates que mostraban maniquíes con batas de seda y conjuntos de satén que brillaban bajo la luz del atardecer. Una puerta de cristal que prometía aire acondicionado y juicio social.

Respiré hondo y entré.

El interior olía a algo floral y caro. La iluminación era cálida, acogedora, diseñada para hacer que cualquier mujer se sintiera como si estuviera en un spa de lujo.

Había percheros con prendas de colores suaves, estanterías con perfumes y lociones y, en el fondo, una cortina de terciopelo que daba a lo que supuse que eran los probadores.

Y detrás del mostrador central, ella.

Lara estaba de espaldas a mí, organizando una pila de cajas con una eficiencia que me resultó extrañamente familiar. Llevaba un vestido blanco sencillo, el pelo recogido en una coleta despeinada y sandalias doradas que hacían juego con los pendientes que asomaban por debajo de sus orejas.

No debería haber sido una sorpresa. Diego había dicho que era la mejor boutique de Cádiz. Ella tenía una boutique exitosa en Cádiz. Las matemáticas eran simples.

Pero a veces las matemáticas no preparan para el impacto.

Levantó la vista cuando la puerta sonó con su campanilla. Nuestros ojos se encontraron. El tiempo se detuvo.

—¿Tú? —Dijimos al unísono.

Ella parpadeó. Yo me quedé petrificado en el umbral, con la mano aún en el pomo de la puerta, sintiendo cómo el aire acondicionado me golpeaba la cara mientras el calor subía por mi cuello.

—¿Tú? —Repitió ella, como si la primera vez no hubiera sido suficiente.

—Yo —confirmé, soltando la puerta y entrando del todo. La campanilla volvió a sonar, marcando mi derrota con un tintineo alegre.

Lara se apoyó en el mostrador, cruzando los brazos con una lentitud deliberada. Su expresión pasó de la sorpresa a algo más peligroso: diversión maliciosa.

—Coronel Herrera. En mi tienda. Solo. —Sonrió, y era la sonrisa de un depredador que ha encontrado a su presa favorita—. Debo admitir que no tenía esta fantasía en mi lista.

—No es una fantasía —respondí, enderezando los hombros—. Es una compra.

—Ah. Claro. —Se acercó, rodeándome como si fuera un caballo de compra—. ¿Y qué compra un militar rígido en una boutique de lencería femenina? ¿Calcetines de seda? ¿Bata de baño para sus sesiones de…? ¿Cómo era? ¿Sesenta largos exactos?

Dos dependientas, una joven y otra un poco mayor, con gafas, observaban la escena desde detrás de un mostrador lateral, intentando contener la risa con resultados variables.

—Vengo a comprar un regalo —dije, manteniendo la voz nivelada—. Para Nora. Leo está atacado porque es su primer mes oficial juntos.

—Ah, qué dulce. —Lara se detuvo frente a mí, demasiado cerca, lo suficiente como para que pudiera oler su perfume—. ¿Y por qué no ha venido Leo en vez de ser usted quien entre solo en una tienda donde vendemos sujetadores?

—¿Hay alguna ley que lo prohíba?

—No. Pero hay normas sociales. Convenciones. Usted, coronel, está violando al menos siete de ellas con su sola presencia.

—Soy militar. Estoy entrenado para operar fuera de las convenciones.

Ella soltó una carcajada que resonó en la boutique. Las dependientas ya no intentaban disimular; se habían dado la vuelta, fingiendo organizar perchas, pero sus hombros temblaban.

—Operar fuera de las convenciones —repitió Lara, volviendo al mostrador—. Me encanta. Muy bien, operativo Herrera. ¿Qué necesita exactamente?

—Una bata. De seda. Elegante, pero no excesiva.

—Tiene suerte de que conozca la talla, el estilo y los complejos de mi hermana pequeña.

—Lara se movió por la tienda con la seguridad de quien conoce cada centímetro de su territorio.

Sacó una bata de un estante, la examinó, la descartó.

Sacó otra, azul claro, con un bordado sutil en los puños—.

Esta. Es de seda natural, lavable y con bolsillos, porque las chicas de dieciséis años necesitan bolsillos para sus secretos.

Y es azul, el color que a Nora le favorece.

La cogí, sintiendo el peso sedoso entre mis dedos. Era perfecta. Claro que lo era.

—¿Cuánto cuesta?

—Ciento ochenta euros —respondió ella, sin pestañear.

—¿Ciento ochenta?

—La calidad tiene un precio, coronel. Y esta es la mejor seda que encontrará en Cádiz. ¿O prefiere algo más barato? Tenemos opciones en poliéster. Para ocasiones menos… especiales. Pero le aseguro que a mi hermana no le gustaría.

Me miró con ese desafío en los ojos. Ciento ochenta euros por una bata que probablemente usaría para desayunar cereales. Absurdo. Ridículo.

—Envuélvala —dije, sacando la cartera.

Lara sonrió victoriosa y tomó la bata para llevarla a la caja registradora.

—¿Quiere tarjeta de felicitación? Podemos escribirla. Tengo letra muy bonita.

—No es necesario.

—¿Seguro? Podría poner: «Para Nora, con cariño del padre de Leo, que, aunque parezca un robot, tiene un corazón que late a sesenta largos exactos por minuto».

—Sesenta largos son de natación, no cardíacos.

—Detalles.

Pagué. Ella introdujo los datos con eficiencia, metió la bata en una bolsa de papel con el logo dorado de Luna de Sal y me la entregó con una reverencia exagerada.

—Ha sido un placer, coronel. Vuelva cuando quiera. Aunque le recomiendo traer refuerzos la próxima vez.

—Sobreviviré —dije, tomando la bolsa.

—Eso espero. Porque algo me dice que no será la última vez que nos veamos.

Nos miramos. Un segundo. Dos. El tiempo suficiente para que mi mente traicionera registrara cada detalle: el brillo de sus ojos, la curva de su sonrisa, el pulso acelerado en su cuello que delataba que ella también lo sentía.

Luego me di la vuelta y salí, con la campanilla anunciando mi retirada.

Caminé diez minutos antes de darme cuenta de que no recordaba haber salido de la tienda, ni haber girado en la esquina, ni haber pasado frente a la farmacia de la calle Real. Mi cerebro estaba ocupado procesando el encuentro, repitiendo cada palabra, cada gesto, cada segundo de tensión.

Esa mujer era insufrible. Provocadora. Irritante. Despertaba en mí un deseo de disciplina y orden que hacía años que no sentía.

Y sin embargo…

Y, sin embargo, había algo en ella. Algo que me hacía querer volver. No a la tienda, no a comprar más batas absurdamente caras. A ella. A su caos. A su forma de mirarme como si yo fuera un rompecabezas que necesitaba resolver.

Llegué a casa, dejé la bolsa sobre la mesa de la cocina y me serví un vaso de agua. Luego otro. Mi reflejo en el cristal de la ventana me mostró a un hombre con el pelo ligeramente despeinado, algo que no me permitía desde la academia, y una expresión que no sabía identificar.

Leo llegó una hora después, eufórico por ver la bolsa.

—¡Papá! ¿Lo has comprado? ¿En serio?

—En serio. Y costó ciento ochenta euros, así que espero que Nora la conserve hasta su jubilación.

—Ciento ochenta… —Leo abrió los ojos—. ¿Y te dijeron el precio antes de envolverla?

—Sí.

—¿Y no te desmayaste?

—Casi.

Leo rio, abrazándome con esa fuerza descontrolada que solo los jóvenes permiten. Yo le devolví el abrazo, aunque mi mente estaba en otra parte.

En una boutique con olor a flores caras. En una mujer con una sonrisa de depredador. En la sensación de haber perdido una batalla que ni siquiera sabía que estaba librando.

Fue Leo quien lo descubrió.

—Papá, ¿dónde está tu cartera?

Estábamos cenando, yo con la mente todavía en la conversación con Gael sobre los suministros del mes que viene.

—En el bolsillo de la chaqueta, supongo.

—No está. He revisado. Y tampoco está en el coche, ni en la entrada, ni…

Entonces lo recordé. La saqué para pagar. La dejé sobre el mostrador mientras ella envolvía la bata. Y luego… ¿La recogí?

No. No la recogí. Estaba seguro. Había estado tan concentrado en mantener la compostura, en no dejar que mi expresión traicionara el efecto que ella me causaba, que había olvidado lo más básico.

—Está en la tienda —dije, con una calma que no sentía.

—¿En Luna de Sal ?

—Sí.

Leo me miró con una mezcla de preocupación y diversión.

—¿Quieres que vaya yo a recogerla mañana?

—No —respondí demasiado rápido—. Yo iré. Es mi responsabilidad.

—Papá, seguro que si llamas te la envían…

—Iré yo —repetí, y mi tono no admitía discusión.

Leo levantó las cejas, pero no insistió.

Más tarde, en mi habitación, miré el techo y repasé mentalmente la operación. Había entrado en territorio hostil. Había mantenido la posición bajo fuego sarcástico. Había completado la misión de compra. Y había cometido el error táctico más básico: dejar atrás inteligencia sensible.

Mi cartera. Con mi documentación. Con mi dirección. Con mi número de teléfono.

En manos de Lara Salas.

El caos, descubrí esa noche, no solo tenía nombre.

También tenía mi información personal.

Y algo me decía que sabría usarla en mi contra.