Operación seducción Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

La miré. Realmente la miré. Y ella me devolvió la mirada, sin pestañear, sin miedo, con ese desafío constante que hacía que mi sangre corriera más rápido.

—Deberíamos bajar —dije, porque si seguíamos allí, no sabía qué iba a pasar.

—Deberíamos —accedió, pero ninguno de los dos se movió.

Fue Leo quien rompió el hechizo, irrumpiendo con una caja de pizza que olía a gloria bendita.

—¡Está arreglada! ¡Eres un genio, Lara! —exclamó, mirando la pantalla.

Nora apareció detrás con refrescos y platos de papel.

—¿Y bien? ¿Han matado el uno al otro todavía? —preguntó, inocente.

—Casi —respondió Lara, tomando un trozo de pizza—. Pero hemos decidido posponer el asesinato hasta después de la cena.

La cena fue un campo de batalla disfrazado de velada amistosa. Leo había preparado pasta, su especialidad, aprendida de su madre, y Nora había traído una tarta de chocolate que, según confesó, había comprado en una pastelería, pero que pretendía haber hecho ella.

—Lara, cuéntale al coronel cómo empezaste con tu empresa —pidió Nora, con esa mirada de «Estoy emparejando a mi hermana con el padre de mi novio y es lo mejor que he hecho en mi vida».

Lara suspiró, pero sus ojos brillaron.

—Empecé en un garaje. Con una máquina de coser prestada y cincuenta euros. Mi padre pensaba que estaba loca. Mi madrastra me apoyaba en silencio. Y yo… yo solo quería demostrar que podía.

—¿Y por qué lencería? —preguntó Leo, genuinamente interesado.

—Porque mi madre soñaba con un taller de moda. Y porque creo que la ropa interior es la primera armadura que llevamos puesta cada día. Si te sientes bien por dentro —sonrió, y la sonrisa fue directa a mí—, todo lo demás fluye mejor.

—Filosofía de armario —comenté, cortando mi pasta con precisión quirúrgica.

—Filosofía de vida. Usted debería probarla. Seguro que lleva ropa interior aburridísima. ¿Calzoncillos grises? ¿De algodón básico?

—Mis calzoncillos son asunto de seguridad nacional —respondí, y Leo se atragantó con el agua.

—¿Ha hecho una broma, coronel? —Lara se llevó una mano al pecho, fingiendo sorpresa—. Estoy conmocionada. Pensé que su sentido del humor había sido dado de baja por falta de uso.

—Tengo sentido del humor. Simplemente es más… selectivo que el suyo.

—¿Selectivo o elitista?

—¿Usted sabe distinguir entre ambos?

—Yo sé distinguir entre muchas cosas. Entre la química real y la química forzada, por ejemplo. —Tomó un sorbo de vino, mirándome por encima del borde de la copa—. Entre tensión sexual y tensión… profesional.

La mesa quedó en silencio. Leo y Nora intercambiaron una mirada que decía «Estamos aquí sentados, pero somos invisibles».

—¿Y cómo distingue la química real? —pregunté, bajando la voz.

—Porque la química real no necesita explicaciones. Solo necesita… espacio para respirar.

Terminamos la cena entre risas forzadas y conversaciones seguras. Leo y Nora se fueron al jardín a dar un paseo, una excusa transparente para dejarnos solos, y yo me encontré de pie en la cocina, recogiendo platos, sintiendo la presencia de Lara detrás de mí como una tormenta eléctrica.

—Deja eso —dije, sin girarme—. Hay servicio de limpieza mañana.

—¿Servicio de limpieza? —Su voz estaba más cerca de lo que esperaba—. ¿Y a mí me pregunta si tengo plantas?

—Las plantas requieren compromiso emocional. El servicio de limpieza solo requiere un pago puntual.

—Usted es un rompecabezas, coronel Herrera.

Me giré. Estaba demasiado cerca. Lo suficiente como para ver las pecas sobre su nariz, el brillo de sus ojos y el pulso acelerado en su cuello, que delataba que ella también lo sentía.

—Y usted es un terremoto, señorita Salas.

—¿Me acaba de llamar terremoto?

—Los terremotos son impredecibles, destructivos y… imposibles de ignorar.

—Suena como una descripción terrible para una cita.

—No estamos en una cita.

—No —susurró, y su aliento olía a vino y a algo más dulce—. Pero casi lo preferiría. Al menos en una cita sabría qué esperar.

—¿Y qué espera de mí?

Ella retrocedió un paso y el momento se rompió como una burbuja de jabón.

—Espero que sea menos rígido de lo que parece. Y que algún día aprenda a reírse de sí mismo. —Cogió su bolsa del suelo—. Leo, Nora, me voy. La web funciona. El deber llama.

Los dos adolescentes aparecieron del jardín, despeinados y sonrientes, y Lara se despidió con abrazos para ellos y con un simple asentimiento para mí.

—Coronel —dijo desde la puerta, ya con una mano en el pomo—. La próxima vez que quiera saber por qué vengo a algún sitio, pregúnteme directamente. Ahorraremos tiempo.

—Lo haré.

—Y compre ropa interior de colores. La vida es demasiado corta para los calzoncillos grises.

Se fue, dejando una estela de perfume cítrico y confusión.

Leo se fue a dormir temprano, feliz con su web arreglada y su cita con Nora asegurada para el fin de semana. Yo me quedé en el salón, con una copa de whisky que no me apetecía beber, mirando la oscuridad del jardín a través de los ventanales.

Gael había dicho que me gustaba.

No me gustaba. Eso era demasiado simple, demasiado infantil. Me gustaban el orden, la disciplina, los planes bien ejecutados. Lara era caos. Era ruido. Era una mujer que hacía bromas sobre mi ropa interior y me miraba como si pudiera ver a través de todas mis capas de contención.

Y eso era exactamente el problema.

Porque quería que volviera a mirarme así.

Mi teléfono vibró y vi un mensaje de un número desconocido.

Desconocido: Sesenta largos exactos son demasiado estrictos. Pruebe mañana con cincuenta y nueve. La vida necesita margen de error.

Sonreí. Solo un poco. Solo el borde de los labios.

Y por primera vez en mucho tiempo, no me sentí solo en esa casa enorme y ordenada.