Capítulo 5
Izan
El martes me desperté con la certeza de que había cometido un error estratégico grave. No en el campo de batalla, aunque la comandancia tenía suficiente papeleo como para considerarse una zona de guerra, sino en el terreno doméstico.
Leo había pasado la noche anterior saltando de la alegría como si hubiera ganado la lotería, y cuando le pregunté por qué, soltó con la naturalidad de quien no conoce el peligro:
—¡Nora ha convencido a Lara para que venga mañana a ayudarme con la web! Es tan amable, ¿verdad? Viene a las seis. Dice que entiende de diseño y de páginas y todo eso.
Yo estaba tomando café. Casi escupo la taza.
—¿Lara? ¿Aquí? ¿Mañana?
—¿Qué pasa? —Leo me miró con esa mezcla de inocencia y perspicacia que utilizaba cuando sospechaba que ocultaba algo—. ¿No te gusta?
—No es cuestión de gustar —mentí, limpiándome la barbilla con la servilleta—. Es cuestión de… espacio personal.
—Papá, la casa tiene cinco dormitorios, tres salones y una piscina. Creo que hay espacio suficiente para que una diseñadora de ropa interior se siente sin invadir tu territorio.
—Diseñadora de lencería —corregí automáticamente porque, de alguna forma absurda, ese detalle me parecía importante.
Leo sonrió. Esa sonrisa lenta, conocedora, que heredó de su madre cuando Charlotte estaba de humor para provocar.
—Ah. Entonces sí que te fijaste.
—Me fijé en que habla demasiado —mentí de nuevo—. Y en que tiene una opinión, sobre todo. Es… agotadora.
—Nora dice que es la persona más divertida del mundo.
—Nora tiene dieciséis años. Su barómetro del humor aún se está calibrando.
Leo se encogió de hombros y se fue a su habitación, dejándome solo en la cocina con mi café frío y la conciencia de que, efectivamente, me había fijado.
Demasiado. En su risa. En sus ojos. En la forma en que desafiaba cada una de mis frases con una sonrisa que parecía decir «Soy más lista que tú y lo sabes».
Gael llamó a las once de la mañana, justo cuando intentaba concentrarme en un informe de suministros.
—¿Cómo va la vida de padre soltero y militar rígido? —preguntó con su voz de siempre, demasiado animada para la hora.
—Estoy ocupado.
—Nunca estás ocupado. Estás evitando. ¿Qué ocurre? ¿Leo ha traído a una novia a casa y te sientes viejo?
—Leo tiene dieciocho años. No es una novia, es… —dudé—. Es complicado.
—¡Ah! —La exclamación de Gael resonó en el auricular como un disparo—. Hay una mujer involucrada. ¿Quién es? ¿La madre? ¿Hermana? ¿Tía soltera y misteriosa?
—La hermana. Lara. Treinta años. Dueña de una boutique. Insoportablemente sarcástica. Viene hoy a ayudar con un problema informático.
Un silencio. Luego la carcajada de Gael, larga y escandalosa.
—¡Dios santo, Izan! ¡Te gusta!
—Estás delirando.
—¡Te gusta! ¡El coronel de hielo ha sido flechado! ¿Cómo es? ¿Rubia? ¿Morena? ¿Tiene tatuajes en lugares interesantes?
—Es… —cerré los ojos, viéndola en mi mente: el pelo castaño cayendo sobre sus hombros, esos pendientes grandes que colgaban moviéndose con cada gesto, esos ojos color miel que me miraban como si yo fuera un rompecabezas defectuoso—. Es complicada.
—Las mejores siempre lo son —dijo Gael y colgó antes de que pudiera insultarle.
Pasé el resto del día intentando ignorar que las seis se acercaban a la velocidad de un misil teledirigido.
A las cinco y cuarenta y cinco, estaba en el salón principal, vestido con vaqueros y una camisa de lino blanco que había planchado yo mismo con precisión militar. Leo me miró desde la puerta, intentando disimular una sonrisa.
—¿Por qué te has cambiado tres veces? —preguntó.
—No me he cambiado tres veces.
—Papá, he visto la ropa en la cama. Primero el polo gris, luego la camisa azul, ahora la blanca. ¿Es por Lara?
—Es porque hace calor —mentí por tercera vez en veinticuatro horas.
El timbre sonó a las seis en punto. Puntual. Eso me gustó, aunque no quisiera admitirlo.
Leo corrió a abrir y yo me quedé donde estaba, con los brazos cruzados, adoptando una postura que pretendía ser relajada, pero que probablemente parecía que estaba a punto de pasar revista a las tropas.
Escuché risas. La voz de Nora, aguda y emocionada. La voz de Leo, cálida y acogedora. Y luego, ella.
—No me digas que el coronel está haciendo guardia en su propia casa —dijo Lara, apareciendo en el umbral del salón con una bolsa de herramientas informáticas y una sonrisa peligrosa—. Pensé que los militares tenían gente para estas cosas.
—Los militares tenemos recursos para emergencias reales —respondí, sin moverme de mi sitio—. Una web caída no califica como una emergencia.
—Depende de la web. Si es la que gestiona la beca de tu hijo, yo diría que es una emergencia académica. —Dejó la bolsa en el suelo y me miró de arriba abajo—. Camisa de lino. Interesante. ¿Es tu versión de ropa casual o vas a algún evento náutico después?
—Es mi versión de «Estoy en mi casa y visto lo que me da la gana».
—Qué rebelde. Me impresiona.
Leo tosió disimuladamente. Nora se había quedado junto a él, observando la escena con los ojos brillando de emoción.
—Lara, ¿quieres algo de beber? —Intervino Leo, el anfitrión perfecto—. Agua, refresco, café…
—¿Tienes vino? —preguntó ella, sin apartar los ojos de los míos—. Creo que voy a necesitar refuerzos para enfrentarme a… al código fuente.
—Es una web de WordPress, no el Pentágono —dije, y mi voz salió más seca de lo que pretendía.
—Para ti todo es una operación militar. Para mí, todo es una oportunidad para beber vino. Diferencias de perspectiva.
Leo se fue corriendo a buscar una botella de blanco que ni siquiera sabía que teníamos y Nora lo siguió, dejándonos solos en el salón. La tensión se instaló entre nosotros como un incómodo tercer invitado.
—Tu casa es… —Lara miró alrededor, a la doble altura del techo, a la escalera flotante, a los ventanales que daban al jardín—. Es muy ordenada. Muy limpia. Muy… ¿Tiene usted alguna planta, coronel? ¿Alguna mascota? ¿Alguna prueba de que aquí vive un ser humano y no un robot?
—Tengo un hijo —respondí—. Eso es prueba suficiente de una vida caótica.
— Touché . —Se acercó a la ventana, mirando hacia la piscina—. Y la piscina. ¿La usa alguien o es solo decorativa?
—Leo la usa. Yo nado por la mañana, antes del trabajo. Sesenta largos. Exactos.
—Sesenta largos exactos —repitió, girándose para mirarme con una mezcla de diversión y algo más que no supe identificar—. Por supuesto que sí. Usted no nada, usted ejecuta una operación acuática.
—¿Y usted qué hace? ¿Diseña sujetadores mientras toma cócteles en el porche?
—Diseño lencería mientras tomo café en el porche. Los cócteles los dejo para cuando acabo de trabajar. Y sí, a veces lo hago en pijama. Es escandaloso, ¿verdad?
Leo y Nora volvieron con el vino y cuatro copas. La conversación se suavizó, aunque la electricidad seguía allí, flotando entre nosotros como el humo de una barbacoa invisible.
Subimos al despacho de Leo, una habitación en la segunda planta con vistas al jardín y dos ordenadores que parecían sacados de una película de hackers de los noventa.
—El problema está aquí —dijo Leo, señalando la pantalla con el ceño fruncido—. La web se cayó ayer y no he podido recuperarla. Es para la beca de investigación de la universidad. Si no presento el proyecto online antes del viernes, pierdo la plaza.
Lara se sentó en la silla, abrió su portátil y empezó a teclear a una velocidad que me sorprendió. No era solo una diseñadora con ideas bonitas. Sabía lo que hacía.
—Vale, Leo —dijo, sin levantar la vista de la pantalla—. Esto no es un hackeo ruso. Es un problema de plugin de seguridad que ha bloqueado el acceso. Lo arreglo en veinte minutos.
—¿En serio? —La cara de Leo se iluminó.
—En serio. Pero voy a necesitar que tú y Nora me traigáis pizza. Estoy muerta de hambre y no puedo trabajar con el estómago vacío. Además, así os dejo a solas con vuestro romance adolescente mientras yo me como unos pepperonis .
Nora se sonrojó. Leo asintió, feliz. Salieron de la habitación dejándonos a Lara y a mí solos en el espacio reducido del despacho.
—Veinte minutos —dije, apoyándome en la pared—. Eso es tiempo suficiente para que me diga por qué realmente ha venido.
Ella levantó la vista. Sus dedos siguieron tecleando, pero sus ojos se clavaron en los míos.
—¿Perdón?
—Su hermana le ha pedido ayuda con una web. Usted tiene una empresa multimillonaria. No hace reparaciones técnicas a domicilio. Así que ¿por qué está aquí?
Los dedos dejaron de moverse. Lara se giró por completo en la silla, cruzando las piernas con una elegancia casual que me distrajo más de lo que debía.
—¿Quiere mi teoría o la verdad?
—Empiece por la verdad.
—La verdad es que Nora me llamó con voz de cachorrito y soy incapaz de decirle que no. —Se encogió de hombros—. Y mi teoría es que el universo tiene un sentido del humor retorcido y quiere vernos juntos en una habitación pequeña para que uno de los dos explote.
—¿Y quién explotará primero?
—Apuesto por usted. Tiene cara de contener mucha… tensión.
Se volvió a girar hacia el ordenador, pero yo no pude evitarlo. Me acerqué. Dos pasos. Lo suficiente para oler su perfume, algo cítrico y fresco, como ella, y para ver el pequeño tatuaje detrás de su oreja que había notado el domingo, pero que no había podido identificar.
—Es una libélula —dijo ella, sin girarse, como si leyera mi mente—. Símbolo de cambio. De adaptabilidad.
—¿Y necesita recordarse a sí misma de que debe adaptarse?
—Necesito recordarme que el cambio no siempre es malo. —Tecleó algo más y la pantalla de Leo parpadeó, volviendo a la vida—. Aunque algunos cambios son más… perturbadores que otros.
La web se cargó. Perfecta. Funcional. Incluso más bonita de lo que había sido antes.
—He mejorado el diseño —dijo, cerrando el portátil—. Leo tiene buen gusto, pero la paleta de colores resultaba deprimente. Ahora tiene algo más… vital.
—¿Siempre arregla más de lo que se le pide?
—Siempre. Es mi defecto fatal. ¿El suyo? ¿Siempre sospecha de todo el mundo?
—Solo de quienes aparecen en mi casa sin avisar.
—He avisado. Hace veinte minutos. Con mi presencia.