Operación seducción Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

—¡Jesús Bendito! —Exclamó Jimena—. Mi primo está destinado en su unidad y dicen que es un tipo duro, exigente, que no sonríe nunca, pero que todas las secretarias están locas por él. Dicen que es guapísimo. Y mirad esa foto… ¡Es verdad!

Tomé el móvil de las manos de Noelia, fingiendo indiferencia. La miré de nuevo. Sí. Era él. Más rígido si cabe, más militar, con ese aire de autoridad que había llenado el jardín de mi padre el domingo pasado.

—Parece un maniquí —dije, devolviendo el teléfono con despreocupación forzada—. Seguro que es aburridísimo.

—Lara, ese hombre te miró el domingo como si fueras el último pastel en la vitrina de una pastelería —dijo Noelia, con una sonrisa maliciosa—. Y tú le miraste a él como si fuera un desafío personal. No me vengas con indiferencias ahora.

—No me miró así. Me miró como si fuera un error de cálculo. Sus propias palabras.

—Y tú le dijiste que era restrictivo. —Noelia soltó una carcajada que resonó en el gimnasio casi vacío—.

Dios, Lara. El universo quiere convertir esto en una telenovela.

«La diseñadora de lencería y el coronel rígido».

Capítulo uno: El encuentro. Capítulo dos: La tensión sexual.

Capítulo tres: El uniforme cae al suelo.

—Cállate.

—Capítulo cuatro: Ella le enseña a reír. Él le enseña a… ¿Qué enseñan los militares? ¿A hacer la cama en dos segundos?

—Noelia, te juro por Dios que, si sigues con esto, te corto el suministro de café de la boutique.

—Capítulo cinco: Se besan en la playa al atardecer…

—¡Que no va a pasar nada! —Exclamé, levantándome de la esterilla con más brusquedad de la pretendida—. No volveré a verlo jamás. Fue una comida incómoda, un malentendido, un… un accidente cósmico. Nada más.

Jimena y Noelia intercambiaron una mirada que decía «Caro, claro, ya veremos».

Cogí mi bolsa y me dirigí a las duchas, sintiendo sus miradas clavadas en mi espalda como alfileres.

No volvería a verlo. No quería volver a verlo. Era rígido, arrogante, exasperante… y había algo en su mirada que me hacía sentir desnuda, aunque llevara puestas tres capas de ropa.

Era peligroso. Y yo no necesitaba peligro en mi vida. Necesitaba estabilidad. Rutina. Hombres como Pablo, que eran predecibles y seguros y no me miraban como si pudieran ver a través de mis defensas.

Mientras me duchaba, dejando que el agua caliente me relajara los músculos tensos, repetí como un mantra: «No volveré a verlo. No quiero verlo. No me interesa».

El destino, naturalmente, estaba escuchando y preparándose para reírse de mí.

Esa noche, después de cenar sola en mi casa un plato de pasta con pesto y una copa de vino que se convirtió en dos, estaba en el sofá revisando diseños para la próxima colección otoño-invierno cuando sonó el teléfono.

Nora.

Miré la hora. Diez y media. Tarde para una llamada de mi hermana, que normalmente estaba metida en sus libros a esa hora.

—¿Nora? ¿Pasa algo?

—Lara… —Su voz sonaba rara. Nerviosa. Como si estuviera a punto de pedirme que escondiera un cadáver—. Necesito un favor enorme. Un favor de esos que solo puedo pedirte a ti porque eres la mejor hermana del mundo y me quieres mucho y…

—Nora, respira. ¿Qué has hecho?

—¡No he hecho nada! Bueno, casi nada. Es que…

es que Leo tiene un problema. Un problema técnico.

De ordenadores. Y es muy importante. Y su padre no entiende de tecnología, claro, porque es militar y probablemente sigue usando telégrafos de guerra, y yo pensé en ti porque eres moderna y tienes empresa y entiendes de estas cosas…

—Nora, ve al grano.

—Necesitamos que vengas a casa de Leo mañana por la tarde. A ayudar con un problema de… de… ¡de su página web! Sí. Él tiene una web para un proyecto universitario y se ha caído o algo así. Y el padre de Leo está desesperado porque es para una beca importante y…

Sentí que el suelo se movía bajo mis pies.

—¿A casa de Leo? ¿Mañana?

—Sí. A las seis. Por favor, Lara. Es importante para mí. Para nosotros. Para mi relación. Si Leo pierde esta beca porque su web no funciona y su padre no puede arreglarla…

—Nora, yo diseño ropa interior. No soy técnica informática.

—Pero entiendes de ordenadores. Y de páginas web. Y de… de cosas modernas. Por favor. Te debo una. Te debo mil.

Cerré los ojos. Podía decir que no. Debería decir que no. Era una excusa transparente, una trampa cósmica, una forma ridícula de que el universo me pusiera de nuevo frente a esos ojos azul grisáceos que había jurado no volver a ver.

—Lara… —suspiró Nora y sonó tan joven, tan desesperada, tan enamorada—. Por favor.

—Está bien —dije, escuchando mi voz como si viniera de muy lejos—. Mañana a las seis. Pero solo para arreglar la web. Nada más.

—¡Eres la mejor! ¡Te quiero! ¡Te adoro! ¡Eres…!

Colgué antes de que pudiera seguir.

Miré al techo, donde una lámpara de diseño proyectaba sombras suaves.

Izan Herrera. De nuevo. En su casa. Con su presencia imponente y su humor seco y su forma de mirarme como si fuera un enigma que necesitaba resolver.

— Mierda —dije al vacío.

Porque sabía, con esa certeza que a veces nos golpea antes de que la razón pueda explicarla, que esto no era solo sobre una web caída.

Era el principio de algo.

Y no tenía ni idea de si me iba a gustar o me iba a destrozar.