Capítulo 4
Lara
El lunes me golpeó como un camión de diez toneladas, pero de esos bonitos, rosas, con lazos y encaje. Abrir la boutique a las nueve de la mañana después de un domingo familiar intenso era como intentar nadar con ropa de plomo: técnicamente posible, pero absolutamente agotador.
—¡Jefa, tenemos un problema! —gritó Marta desde la trastienda antes de que siquiera pudiera colgar mi bolso en el perchero de la oficina.
—Si es que se ha muerto la impresora de tickets otra vez, te juro que la convierto en una escultura moderna y la vendo en Wallapop —respondí, ajustándome la blusa de seda que había elegido para enfrentar la semana con dignidad.
—¡Es peor! ¡Tenemos una fila de espera para los probadores y solo tres probadores disponibles! ¡Y ha venido la reportera de Cádiz de Moda para hacer la entrevista sobre la colección de verano!
Miré hacia el salón de ventas. Efectivamente.
Un mar de mujeres de todas las edades, formas y tamaños ocupaba la boutique, sosteniendo bikinis y conjuntos de lencería como si fueran reliquias sagradas.
El éxito de la mención de Paula Montesinos seguía dando frutos, y aunque llevábamos ya cuatro días de locura, la afluencia no bajaba.
—Marta, respira. —Tomé a mi encargada de los hombros.
M tenía veintisiete años, tatuajes de acuarela en los brazos y una capacidad para el drama que rivalizaba con la de Noelia—.
Primero: la reportera se sienta en mi oficina, le ofreces café y le dices que llego en cinco minutos.
Segundo: llamas a Sandra y a Lucía —mis dos dependientas de fin de semana— y les pides que vengan ahora, les pago horas extra y les doy pizza para cenar.
Tercero: activamos el sistema de citas para los probadores. Cuarto: yo me encargo de hacer magia.
Marta asintió, ya más tranquila, y se lanzó a la acción. Yo me quedé un segundo en la entrada, observando mi reino.
Luna de Sal no era solo una tienda. Era el sueño que mi madre no pudo cumplir, llevado a la enésima potencia.
Había empezado en un garaje, sí, pero ahora ocupaba dos plantas en el centro de Cádiz: arriba, la boutique con sus probadores amplios, sus espejos con luz regulada y sus sofás donde acompañantes sufridores podían esperar cómodamente; abajo, el taller donde tres costureras transformaban mis diseños en realidad palpable.
Y aquella mañana, el espacio bullía de vida.
Mujeres probándose bikinis para sus vacaciones en Bali, novias buscando el conjunto perfecto para la noche de bodas, señoras de sesenta años que querían sentirse sexis de nuevo y encontraban en nuestras piezas la excusa perfecta para mirarse al espejo con ojos diferentes.
—Señorita Salas —me llamó una clienta habitual, Carmen, una abogada de cincuenta años que venía cada temporada—. ¿Me ayuda con este bañador? Me siento ridícula con este escote.
Cogí el modelo «Atardecer en Cádiz», el mismo que había estallado en redes sociales, y la miré con una sonrisa.
—Carmen, usted no se va a sentir ridícula. Se va a sentir como la dueña del mundo. Venga, vamos a crear un espectáculo.
La llevé al probador más grande, el que tenía cortinas de terciopelo azul y luz cálida.
Mientras ella se cambiaba, yo preparé el terreno: saqué un kimono de seda de nuestros accesorios, unos pendientes dorados largos y me puse fuera de la cortina como si fuera el presentador de un programa de transformaciones.
—¡Atención, señoras! —Anuncié en voz alta, haciendo que las demás clientas se giraran—. Tenemos aquí a una mujer que cree que a los cincuenta hay que vestir de monja. Vamos a demostrarle que el océano Atlántico se va a quedar pequeño cuando ella aparezca en la playa de La Caleta.
Carmen salió entre risas, sonrojada pero radiante. El bañador le sentaba de muerte: azul cobalto que realzaba sus ojos, corte que disimulaba lo que ella quería disimular y realzaba lo que debía ser realzado.
—No me gusta —dijo, mirándose al espejo con una crítica excesiva.
—Mentira —respondí, ajustándole un tirante—.
Te encanta. Lo que pasa es que llevas veinte años creyendo que no mereces llamar la atención.
Pues sí, mereces. Mereces tanto que voy a obligarte a llevártelo.
Y estos pendientes. Y este kimono. Y vas a salir de aquí como si fueras a comprar Cádiz, no como si fueras a esconderte en una hamaca.
Las demás clientas aplaudieron. Carmen se rio y vi cómo sus ojos se humedecían un poco.
—Eres peligrosa, Lara.
—Soy vendedora. Hay diferencia. Aunque pequeña.
Durante las siguientes horas, el ritmo no bajó.
Hablé con la reportera, una chica joven que parecía intimidada por mi capacidad para hablar sin parar, firmé un par de autógrafos para clientas que me seguían en Instagram y ayudé a una quinceañera a elegir su primer sujetador sin hacer que su madre tuviera una crisis existencial.
A las ocho de la tarde, cuando cerramos las puertas con el cartel de «Mañana cerrado por descanso», tenía los pies hinchados, la voz ronca y una sensación de triunfo que solo superaba mi necesidad urgente de una ducha y una copa de vino.
—Llegas tarde —me reprochó Noelia desde el mostrador de recepción de Fuerza Bruta , su gimnasio.
—Pero llego viva. Hay diferencia.
—Veinte flexiones de calentamiento por impuntual.
—Te odio.
—Te quiero. Ahora, venga, que hoy toca matarnos en spinning y luego en yoga para que no nos dé un infarto.
El gimnasio de Noelia era mi segundo hogar.
No porque me encantara hacer ejercicio, de hecho, consideraba el deporte una forma de tortura autorizada por los médicos, sino porque era el único lugar donde podía desconectar de Luna de Sal , de mi familia y de la presión constante de ser Lara Salas, empresaria de éxito y hermana modelo.
Además, estaba Noelia. Y donde estaba Noelia, allí estaba el caos.
—¡Mira quién ha venido! —gritó una voz masculina desde la zona de pesas.
Pablo. El bombero. Guapo como un demonio y con el ego del tamaño de un camión de bomberos.
—Lara, preciosa, te he reservado un sitio en mi clase de CrossFit . Es a las ocho. Ven, te enseño a levantar pesas. Te hará bien para esos brazos tan… delicados.
Miré mis brazos. Delicados no eran. Tenían músculo, sí, pero también tenían celulitis y una cicatriz de cuando me caí de la bici a los doce años.
—Pablo, si te sigo a tu clase, lo único que levantaré será tu cadáver después de que muera de vergüenza por lo mal que lo harás intentando impresionarme.
Él se rio, sin inmutarse.
Apareció entonces Bruno, el profesor de surf, con el pelo mojado. Aunque no había olas en Cádiz esa semana, siempre parecía recién salido del agua y su perro Mojito, atado fuera, ladraba a los coches que pasaban.
—Olvídate de Pablo —dijo, apoyándose en el mostrador con una sonrisa que había derretido a media ciudad—. Ven conmigo el sábado a la playa. Te enseño a surfear de verdad. Sin camisetas mojadas, sin excusas. Solo tú, yo y el Atlántico.
—Bruno, llevas tres años intentando enseñarme a surfear. Si hubieras invertido ese tiempo en aprender chino mandarín, ya serías traductor de la ONU.
—El amor requiere paciencia —respondió, guiñando un ojo.
—Eso no es amor, es obsesión —intervino Noelia, apareciendo detrás de mí con dos botellas de agua—. Y ahora, fuera de mi gimnasio, los dos. O al menos dejad de bloquear la entrada con vuestros pectorales.
Óscar, el abogado, elegante incluso con ropa deportiva, apareció entonces con un ramo de flores. Sí. En un gimnasio. Con flores.
—Para ti, Noelia —dijo, con la voz de quien cree que está en una película de los noventa—. Lirios blancos. Como tu alma.
Noelia cogió el ramo, lo olió y lo dejó en la mesa de recepción sin más ceremonia.
—Óscar, mi alma es negra como el carbón. Y estos lirios se van a morir aquí, solos y abandonados, como tus esperanzas de que algún día salga contigo.
—Nunca dejaré de intentarlo —dijo él, marchándose con la cabeza alta.
—Eso es acoso —murmuré.
—Es persistencia. Hay diferencia. Aunque pequeña.
Nos metimos en la clase de spinning . Iván, el instructor, nos hizo pedalear hasta ver estrellas mientras contaba historias absurdas sobre su viaje a Tailandia, donde afirmaba haber aprendido a comunicarse con los elefantes a través del sudor.
—¿Crees que es verdad? —jadeé a Noelia, que pedaleaba a mi lado sin despeinarse siquiera.
—Creo que Iván fumó algo en Bangkok que le dejó secuelas permanentes. Pero mientras nos haga perder calorías, que cuente lo que quiera.
Después del spinning , yoga con Lorena, que nos transformó de bestias sudorosas a personas semihumanas capaces de mantenerse erguidas.
Estábamos en la zona de estiramientos, recuperando el aliento y discutiendo si el sushi de la esquina era digno de nuestro dinero o si seguía siendo un riesgo para la salud pública, cuando Jimena apareció como si hubiera estado esperando este momento desde hace semanas.
Jimena, la recepcionista con el pelo rosa y el don de la información, se sentó entre nosotras con los ojos brillando de excitación contenida.
—Chicas —susurró, aunque éramos las únicas en la zona—. Tengo un cotilleo que os va a volar la peluca.
—Jimena, si es sobre la vecina del tercero que tiene un romance con el frutero, ya lo sabemos. Lo vimos el martes en el Mercado Central —dije, estirando la pierna derecha hasta sentir el tirón en el isquiotibial.
—Mejor. Mucho mejor. —Sacó el móvil, deslizó la pantalla y nos mostró una fotografía—. Mirad esto. Es la noticia de ayer en el Diario de Cádiz . «Nuevo coronel destinado a la comandancia revoluciona la estructura militar de la provincia».
Miré la pantalla. Y el mundo se detuvo.
Allí estaba él. Izan Herrera. En uniforme de gala, impecable, con esa barba perfecta y esos ojos azul grisáceos que parecían mirar directamente a la cámara con el mismo desdén con que me habían mirado a mí el domingo.
—Dios santo —murmuró Noelia, tomando el teléfono para verlo mejor—. Es… es…
—Un problema —terminé, sintiendo cómo el calor subía a mis mejillas.