Capítulo 3 #2
—¿Y usted, coronel? —Me preguntó de repente, clavando sus ojos dorados en los míos—. ¿Qué opina de las relaciones online? ¿Son válidas o deberíamos volver a las cartas de amor escritas con pluma y lacre?
—Opino que cualquier relación que requiera explicaciones excesivas probablemente no merece la pena —respondí, cortando un trozo de pescado con precisión quirúrgica.
—Qué pragmático.
—Qué realista.
—¿Y no cree en el amor a primera vista?
—Creo en la información a primera vista. El amor requiere verificación de antecedentes.
Lara soltó una carcajada que resonó en el jardín. Era una risa sin filtros, contagiosa, peligrosa. Sentí que varios ojos se volvían hacia nosotros, pero ella no pareció notarlo.
—Me encanta —dijo, limpiándose una lágrima de la risa—. Un hombre que trata el amor como una operación militar. ¿Y qué pasa cuando la inteligencia falla? ¿Cuál es su plan B?
—No tengo plan B. Solo tengo la certeza de que el caos es inevitable y la disciplina es la única respuesta.
—Qué aburrido.
—Qué eficiente.
Durante el postre, una tarta de queso que Beatriz había hecho con sus propias manos y que era, admitámoslo, celestial, la conversación entre Lara y yo se convirtió en un duelo verbal.
Ella atacaba con sarcasmo; yo defendía con sequedad.
Ella provocaba con hipérboles; yo respondía con subestimaciones.
Era como jugar al ajedrez con alguien que cambiaba las reglas en cada movimiento, y aunque mi cara permanecía impasible, algo dentro de mí, algo que llevaba años dormido, empezaba a despertarse con cada intercambio.
—Tiene usted una forma muy particular de mirar a la gente —dijo ella de repente, mientras los demás estaban distraídos hablando de los estudios de Nora.
—Ah, ¿sí?
—Como si estuviera calculando la trayectoria de un misil. ¿Siempre es así de… intenso?
—Solo cuando encuentro algo que no encaja con mis cálculos.
—¿Y yo no encajo?
La miré directamente. Por primera vez en años, dejé que mi expresión se suavizara lo suficiente para que ella viera algo más allá del oficial rígido.
—Usted —dije, bajando la voz para que solo ella pudiera oírme— es un error de cálculo. Y no me gustan los errores.
Por un segundo, su sonrisa vaciló. Vi algo pasar por sus ojos. No era miedo. Era… reconocimiento. Como si ella también hubiera estado haciendo cálculos y hubiera acabado de descubrir que las matemáticas no cuadraban.
Nos marchamos a las seis de la tarde, cuando el sol empezaba a teñir el cielo de Cádiz de tonos anaranjados que habrían hecho que cualquier pintor vendiera su alma por capturarlos.
Leo estaba eufórico. Había conquistado a la familia, incluso a Noelia, que al final le había confesado, entre risas, que esperaba al menos un perfil psicopático medio interesante y que se había decepcionado con su normalidad.
Nora le acompañó hasta el coche y los dos se despidieron con esa timidez dulce de los primeros amores, prometiendo verse pronto, muy pronto, mañana si era posible.
Yo me despedí con un apretón de manos formal para Javier, un abrazo cortés para Beatriz y un asentimiento para Lara.
—Coronel —dijo ella, inclinándose ligeramente con una reverencia exagerada—. Ha sido… educativo.
—Señorita Salas —respondí, imitando su gesto con una inclinación de cabeza militar—. Ha sido… ruidoso.
—Me lo dicen mucho.
—No me extraña.
Subimos al coche. Leo no paraba de hablar, de describir cada detalle de la tarde, de analizar cada gesto de Nora como si fuera un criptógrafo descifrando un código vital. Yo conducía, asintiendo en los momentos adecuados, ofreciendo monosílabos de aprobación.
Pero mi mente estaba en otro lado.
Estaba en el porche, con el café y el cuaderno de bocetos. Estaba en la cocina, riendo de algo que había dicho Noelia. Estaba en esos ojos color miel que me habían desafiado durante toda la comida sin una pizca de miedo.
—Papá —dijo Leo de repente, interrumpiendo mi ensimismamiento.
—¿Sí?
—¿Te has dado cuenta de que Lara no ha dejado de mirarte durante toda la comida?
Mi mano se tensó sobre el volante.
—No sé de qué hablas.
Leo rio, esa risa joven y perspicaz que heredó de su madre.
—Claro que sí. Y tú la mirabas a ella. Era como ver un partido de tenis. Solo faltaba que sacaran palomitas.
—Estás imaginando cosas.
—Estoy siendo observador. Como tú me enseñaste.
No respondí. Seguí conduciendo, dejando que Cádiz pasara a mi lado en un borrón de edificios blancos y palmeras.
Llegamos a casa, esa mansión moderna que había comprado pensando en el espacio, no en el calor humano, y Leo se fue directo a su habitación, presumiblemente a llamar a Nora o a contarles a sus amigos online que la familia de su novia era «Increíble, tío, increíble».
Yo me quedé en el salón, mirando por los ventanales hacia la piscina infinita que reflejaba las primeras estrellas del cielo andaluz.
Y entonces pasó.
Mientras me servía un vaso de whisky, un hábito que había adoptado desde el divorcio para marcar el final de los días, mi mente traicionera me mostró una imagen: esos ojos.
Color miel. Dorados. Llenos de travesura y de algo más oscuro, más profundo.
Una tristeza que ella ocultaba tras cada broma, como si reír fuera su armadura contra el mundo.
Me sorprendí sonriendo. Solo un poco. Solo el borde de los labios.
Lara Salas. Dueña de un imperio de encajes. Hermana sobreprotectora. Hija de una sombra, porque había visto las fotos en la pared, había notado la ausencia materna en cada gesto de su padre. Y la mujer más desesperantemente irritante que había conocido en años.
— Mierda —murmuré al vacío, llevándome el vaso a los labios.
Porque sabía, con esa certeza que los militares desarrollamos para sobrevivir, que esto no había terminado.
Que nos volveríamos a ver.
Y que, contra toda lógica y toda disciplina, ya estaba pensando en cómo hacerlo.
En la habitación de arriba, Leo reía al teléfono. Y yo, el coronel Izan Herrera, el hombre que no perdía el control ni en zonas de guerra, me di cuenta de que había perdido algo más importante que el control.
Había perdido la batalla de no sentir curiosidad.
Y todo por unos ojos color miel que me habían mirado como si yo fuera el enemigo más divertido que habían encontrado en años.
— Mierda —repetí, bebiendo el whisky de un trago.
El peor plan de un domingo, efectivamente.