Operación seducción Capítulo 3
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Capítulo 3

Izan

Conducir por Cádiz después de quince años de ausencia era como intentar leer un libro cuyas páginas habían sido reescritas mientras dormías.

Las calles seguían allí, sí, pero todo había cambiado de piel.

Nuevos semáforos donde antes había glorietas, edificios modernos que destrozaban el horizonte que recordaba de mi juventud, y esa luz particular del sur que golpeaba el parabrisas con una intensidad que Madrid había suavizado con su rutina y su prisa.

—Estás agarrando el volante como si fuera a escaparse —comentó Leo desde el asiento del copiloto, con esa mezcla de nerviosismo y diversión que solo los dieciocho años permiten.

Aflojé los dedos, consciente de que tenía razón. El coche nuevo, un todoterreno negro que había comprado tres días después de firmar los papeles de la casa, aún olía a plástico y a decisiones precipitadas. Como todo en mi vida últimamente.

—No me gustan los domingos de familia —dije, manteniendo la mirada en la carretera que nos llevaba al centro—. Los domingos son para reorganizar armarios y fingir que el lunes no existe.

—Papá, no es una familia cualquiera. Es la familia de Nora. Y tú no vas a quedarte, solo vas a dejarme y recogerme después.

—He cambiado de opinión.

Leo giró la cabeza tan rápido que casi escuché cómo crujía su cuello.

—¿Qué?

—He decidido quedarme. Quiero conocer a la familia de la chica con la que mi hijo está obsesionado. Es mi deber paternal. Además, tu madre me mataría si supiera que te he dejado solo con desconocidos.

—Mamá vive en Londres y piensa que todavía eres un desastre emocional. No te mataría, simplemente enviaría un emoji de cara palmada por WhatsApp.

Sonreí, aunque el gesto no llegó a mis ojos.

Charlotte. Mi ex. La mujer con la que había intentado construir un futuro cuando apenas era más que un niño con uniforme y estrellas en los ojos.

Nos habíamos conocido aquí, en Cádiz, durante un verano que olía a sal y a locura juvenil.

Ella era inglesa, estudiante de arte, con esa piel blanca que se quemaba con solo mirar el sol y una risa que sonaba como campanas de iglesia.

Se había quedado embarazada ese mismo verano.

Yo tenía veinte años y acababa de entrar en la academia militar.

Nos casamos por papeles, intentamos enamorarnos por obligación y, al final, nos divorciamos por cansancio.

—¿Estás pensando en mamá? —preguntó Leo, siempre demasiado perceptivo para mi gusto.

—Estoy pensando en que debería haber comprado vino. No se llega a casa de nadie sin vino.

—Has comprado vino. Está en la parte trasera, junto a las flores para la señora de la casa —dijo, a sabiendas de que había sido él quien lo había comprado todo.

—Ah. Entonces, estoy pensando que debería haber comprado un vino mejor.

Leo rio y el sonido llenó el coche de tal forma que mi pecho se apretó.

Era un buen chico. El mejor. Había salido a mí en lo físico, el mismo porte erguido, los mismos hombros anchos, aunque él era más rubio, más delicado en sus gestos, pero tenía el corazón de su madre.

Abierto, confiado, capaz de ver belleza donde otros solo veíamos obstáculos.

—Papá, ¿estás seguro de que quieres hacer esto? —su voz bajó, perdiendo la jovialidad—. Sé que no te gustan estas cosas. Los padres de Nora van a preguntarte mil cosas. Van a juzgarte. Especialmente el padre, que es director de banco y muy… formal.

—Soy coronel del Ejército de Tierra, Leo. Estoy acostumbrado a que me juzguen. Es parte del uniforme.

—Pero no llevas uniforme.

Miré mi reflejo en el espejo retrovisor.

Polo azul marino, vaqueros oscuros, zapatos casuales pero impecables.

Tenía razón. No llevaba uniforme, pero llevaba la postura.

La rigidez en los hombros. La barba perfectamente recortada a tres milímetros.

La cicatriz en la ceja izquierda, un recuerdo de una misión en Afganistán que no contaba ni en las cenas de Navidad, que me daba un aire de…

¿Qué había dicho Gael la otra noche? Ah, sí.

«De tipo al que no le entran chistes en los funerales».

Gael. Mi mejor amigo. El único ser humano capaz de hacerme reír a carcajadas desde que éramos cadetes en la academia.

También había vuelto a Cádiz y estaba reconstruyendo su vida tras el divorcio.

El suyo había sido escandaloso, con una ex que se había llevado hasta el canario, y era la única razón por la que no me había vuelto completamente loco con mi vuelta al sur.

—Confianza, Leo —dije, tomando la curva que nos acercaba a la dirección que el GPS anunciaba con voz de robot amable—. La confianza no se pide. Se gana. Y si estos padres tienen medio cerebro, verán en ti a alguien digno de confianza sin necesidad de que les expliques cómo conociste a su hija.

—Es que tengo miedo de que piensen que soy un degenerado por haberla conocido jugando online.

—¿Jugasteis a algo inapropiado?

—¡No! Jugábamos a War of Worlds . Es un videojuego de disparos.

—Entonces eres un degenerado por los videojuegos, no por los contenidos. Hay diferencia.

Leo me miró con esa expresión, entre exasperada y divertida, que había perfeccionado en los últimos años.

—A veces no sé si eres el mejor padre del mundo o el peor.

—Soy militar. Soy eficiente. No necesito ser el mejor, solo necesito no ser un desastre.

La casa era encantadora. Eso, tuve que admitirlo nada más verla.

Una casa baja, de esas que solo se encuentran en ciertos barrios de Cádiz, con un jardín frontal desbordante de buganvillas y un porche que invitaba a sentarse a contemplar la vida.

Había algo en ella que olía a café recién hecho y a domingo sin prisas.

Algo que me hizo sentir, por un instante, como un intruso en un mundo en el que no encajaba.

Estacioné junto al bordillo y apagué el motor. Leo respiró hondo, visiblemente nervioso, y revisó su camisa por tercera vez.

—Estás perfecto —dije—. Recuerda: son ellos quienes deben impresionarte a ti, no al revés.

—Eso es muy arrogante.

—Es muy militar. Vamos.

Salimos del coche. Yo llevé las flores, un ramo de lis que había comprado en la floristería de la esquina tras consultar con la dependienta si era apropiado para una comida familiar incómoda, y el vino. Leo llevó su corazón en la mano, palpitante y expuesto.

Mientras caminábamos hacia la puerta, una cortina se movió en una de las ventanas laterales. Una figura oscura, una mujer con el pelo rizado y la postura de boxeador, nos observaba con una intensidad que habría hecho sentir incómodos a los agentes del Mossad.

—Nos están haciendo el reconocimiento visual —murmuré.

—¿Qué?

—Nada. Sigue caminando.

Y entonces la vi.

No era muy alta, pero tenía una presencia que llenaba el umbral. Pelo castaño oscuro, ondulado, cayendo sobre hombros que parecían haber sido diseñados para sostener el mundo con elegancia. Piernas largas, piel bronceada, y unos ojos…

Dios, esos ojos.

Color miel. No, más que miel. Como el whisky escocés cuando el sol lo atraviesa. Dorados, brillantes, llenos de inteligencia y de algo más peligroso: humor. Un humor que ya se estaba filtrando en su mirada mientras me evaluaba de arriba abajo.

Hicimos las respectivas presentaciones, pero yo no podía prestar atención a nada, esa era la verdad, porque los ojos de Lara, la hermana mayor de la novia de mi hijo, me tenían distraído.

Y sí, la miraba con todo el disimulo del que era capaz, aunque eso jamás lo admitiría.

Ni siquiera bajo tortura en territorio enemigo.

Entré en la casa, guiado por la risa de Lara.

El interior correspondía al exterior: luminoso, acogedor, lleno de detalles que hablaban de una vida vivida con intensidad.

Fotografías en las paredes que mostraban a una familia sonriente, a una mujer rubia que debía ser la madre y a una niña que se parecía sospechosamente a Lara, plantas por todas partes y un olor a comida casera que hizo que mi estómago protestara con indignación.

La comida fue un campo de batalla disfrazado de reunión familiar. Estábamos sentados alrededor de una mesa larga en el jardín, bajo una pérgola de madera que filtraba el sol de junio en patrones geométricos sobre el mantel blanco.

A mi izquierda, Javier Salas, el padre, director de banco, cincuenta y cinco años de cortesía aprendida en reuniones de consejos de administración, intentaba sonsacarme información sobre mi carrera militar con la sutileza de un interrogatorio policial.

—¿Y dice que estuvo en el extranjero? —preguntó, sirviéndome más vino sin preguntar.

—Misiones de paz. Afganistán. Líbano. El Líbano fue más tranquilo. En Afganistán aprendí que el té verde sabe mejor cuando crees que puede ser tu última taza.

—Vaya —Javier frunció el ceño, procesando mi respuesta—. Y su exmujer, ¿está…?

—En Londres. Casada. Feliz, según los informes que recibo de Leo.

—Ah. —Un silencio incómodo—. Y usted volvió a Cádiz por…

—Porque mi hijo decidió que quería vivir con su padre. Y porque después de quince años en Madrid, echaba de menos ver el mar sin tener que coger el coche.

A mi derecha, Beatriz, la madre de Nora, profesora de literatura, con una dulzura que contrastaba con la tensión de su marido, intentaba incluir a Leo en la conversación, preguntándole por sus estudios con genuino interés.

Leo respondía con esa educación suya que me enorgullecía, aunque sus ojos no dejaban de buscar a Nora, que estaba sentada enfrente, sonrojada y feliz.

Y enfrente de mí, ella.

Lara.

No había dejado de hablar desde que nos sentamos.

Pero no era una charla vacía. Era un torrente de ironías, observaciones agudas, bromas sobre su propio trabajo «Diseño ropa interior, así que siempre llevo la seguridad puesta», y comentarios mordaces sobre la situación «¿Quién diría que conocer a alguien por Internet en este siglo seguiría siendo tabú?

Ya tenemos coches eléctricos, pero Dios nos libre de Tinder».