Capítulo 2
Lara
A las dos de la tarde, mi casa parecía el plató de una comedia de televisión.
Mi padre había llegado con su corbata de los domingos, a pesar de que le había dicho que era informal.
Beatriz traía una tarta de queso casera que olía a gloria bendita.
Nora iba y venía del espejo del recibidor cada treinta segundos, cambiándose de pendientes cuatro veces.
Y Noelia… Noelia había optado por sentarse en el sofá con los brazos cruzados, observando la puerta como si esperara que en cualquier momento irrumpiera un comando talibán.
—Beatriz, por favor, dile a tu hija que deje de poner esa cara de funeral —susurré a mi madrastra mientras preparaba la mesa en el jardín.
—Lara, tiene dieciséis años. A esa edad, todo es cuestión de vida o muerte. Y además… —bajó la voz—, tu padre también está nervioso. Anoche no durmió, preguntándose si debería hacer una investigación de fondo sobre el chico.
—¿Papá? ¿El director de banco que cree que Internet es una herramienta satánica inventada por los jóvenes para corromper a las masas?
—Ese mismo. Anoche, a las tres de la mañana, lo encontré en el ordenador, buscando «Cómo hackear Instagram sin que se den cuenta».
Bufé, aunque una parte de mí se sintió conmovida.
Ese era Javier Salas. Frío, distante, ejecutivo impecable en la oficina, pero un papá oso desesperado cuando sus hijas corrían peligro emocional.
Siempre nos había sobreprotegido con una intensidad que a veces ahogaba, pero que yo entendía.
Perder a tu mujer y a tu hijo en veinticuatro horas te dejaba cicatrices que nunca sanaban del todo.
—Todo va a salir bien —dije, más para convencerme a mí misma que a ella—. Seguro que el chico es normal. Seguro que su padre es amable. Seguro que Noelia no acaba usando el spray de pimienta.
—¿Qué spray de pimienta? —preguntó mi padre, apareciendo detrás de mí con dos botellas de vino en las manos.
—Ninguno —respondimos Beatriz y yo al unísono.
Nora apareció entonces en la puerta del jardín, con el móvil en la mano y la cara iluminada por una luz que no tenía nada que ver con el sol de Cádiz.
—Están aquí —susurró, y su voz temblaba de emoción—. Acaban de aparcar. Leo viene con su padre. Dios, estoy nerviosa. Lara, ¿tengo el pelo bien?
—Estás preciosa —dije, y era verdad. Con su camiseta amarilla y sus vaqueros, con su pelo rubio oscuro suelto sobre los hombros, Nora era la imagen misma de la juventud despreocupada que yo había perdido hacía demasiados años entre facturas y proveedores.
Escuchamos pasos en el sendero de entrada. El crujir de la grava bajo unos zapatos que sonaban… formales. Demasiado formales para un chico de dieciocho años.
—Recordad —siseó Noelia, poniéndose de pie y adoptando una pose que pretendía ser intimidante pero que más bien parecía estreñimiento—, si hace un movimiento raro, yo tengo el spray…
—¡Noelia! —gruñí entre dientes.
Y entonces aparecieron.
El chico, Leo, era alto, delgado, con una melena rubia despeinada y una sonrisa nerviosa pero sincera. Llevaba vaqueros y una camisa que parecía planchada por alguien que sabía lo que hacía. Parecía… normal. Bueno, incluso. Guapo de esa forma discreta que te hacía querer mirarlo dos veces.
Pero no fue él quien robó mi atención. Fue el hombre que venía detrás.
Alto. Imponente. Con una espalda que parecía haber sido diseñada para soportar el peso del mundo.
Vestía una camisa azul marino remangada sobre unos antebrazos que parecían esculpidos en mármol, y unos vaqueros oscuros que…
bueno, que no dejaban nada a la imaginación en cuanto a la forma de sus piernas.
Tenía el pelo corto, castaño oscuro con algunas canas en las sienes que le daban un aire de…
autoridad. Y la barba. Esa barba de tres días, perfectamente recortada, que hacía que las manos me picaran de la necesidad de tocarla para ver si era tan áspera como parecía.
Pero fueron sus ojos los que me dejaron sin habla.
Azul grisáceo. Fríos como el acero, pero con algo ardiendo en su interior.
Una intensidad que me hizo sentir, por un segundo, como si él pudiera ver a través de mi camiseta de tirantes, a través de mi sarcasmo y mis bromas, directo hasta esa parte de mí que seguía llorando por una madre que no recordaba.
—Buenas tardes —dijo Leo, con una voz educada y un acento que mezclaba el español neutro con algo más suave y musical—. Soy Leo. Y este es mi padre, Izan.
Izan. Qué nombre tan… militar. Tan rígido. Tan inflexible.
Él asintió y su mirada recorrió el grupo hasta detenerse en mí.
Y entonces pasó algo extraño. Sus ojos se entrecerraron casi imperceptiblemente, como si estuviera catalogándome, evaluándome, encontrándome…
¿deficiente? Sí, eso era. Me miraba como si fuera un problema logístico que necesitaba resolver.
—Lara Salas —dije, extendiendo la mano con mi sonrisa más profesional, la de «Soy dueña de un imperio y no me intimidas».
—Izan Herrera —respondió, y su mano se cerró sobre la mía.
Era fuerte. Cálida. Áspera en los dedos, suave en la palma. Y durante un segundo que duró una eternidad, sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el miedo y todo que ver con algo mucho más primitivo, más peligroso, más… prohibido.
—Como ha dicho Leo, soy su padre —añadió, y su voz era grave, profunda, el tipo de voz que te hacía querer escucharlo dar órdenes solo para poder ignorarlas después—. Disculpen la intromisión. Solo quería asegurarme de que mi hijo llegaba bien. No pretendo quedarme a comer.
—¡Papá! —protestó Leo, sonrojándose.
—Por supuesto que se queda —dijo mi padre, con esa cortesía bancaria que usaba cuando quería intimidar a alguien—. Hemos preparado suficiente. Y me gustaría conocer al padre del joven que pretende salir con mi hija menor.
Ahí estaba. El tono. La advertencia velada. El «Soy director de banco y averiguaré dónde vives».
Izan no se inmutó. De hecho, casi pareció… divertido. Una comisura de su boca se alzó ligeramente y, por un instante, vi algo más allá del militar rígido. Vi a un hombre que había jugado este juego antes, que sabía cómo funcionaban los padres sobreprotectores y que no tenía miedo de ellos.
—En ese caso —dijo, soltando mi mano con una lentitud que me pareció deliberada—, acepto la invitación. Pero debo advertirles: no soy buena compañía en las comidas. Hablo poco y opino mucho.
—Genial —murmuré, lo suficientemente bajo como para que solo Noelia lo escuchara—. Un militar con complejo de superioridad. Justo lo que me faltaba para completar el domingo perfecto.
Noelia me dio un codazo y supe que ella también lo había notado. La tensión. La electricidad. El hecho de que, mientras Leo y Nora se miraban con esos ojos de cachorros enamorados, sus respectivos adultos responsables acababan de iniciar una guerra silenciosa de miradas y prejuicios.
—Entonces —dije, forzando mi voz a ser más alegre, más bromista, más «Soy la anfitriona y esto es mi territorio»—, bienvenidos a la familia.
Espero que les guste el pescado. Y si no, siempre pueden fingir.
Es una habilidad muy útil en la vida, especialmente cuando tienes que soportar a familias ajenas.
Izan me miró entonces con algo que pudo haber sido respeto o pudo haber sido desafío.
—No me gusta fingir, señorita Salas —dijo, y su voz bajó un tono, volviéndose íntima, peligrosa—. Prefiero las cosas auténticas. Aunque sean incómodas.
Nuestros ojos se encontraron y supe, con esa certeza visceral que a veces te golpea en el estómago antes de que la razón pueda procesarla, que este hombre iba a ser un problema.
Un problema grande. Un problema de esos que te despiertan a las tres de la mañana con el corazón acelerado.
Un problema que, por primera vez en mucho tiempo, hacía que mi vida perfectamente ordenada pareciera aburridamente predecible.
—Perfecto —dije, sonriendo con todos los dientes—. Entonces vamos a pasar un domingo muy incómodo. Porque yo, coronel Herrera, soy auténtica hasta la médula. Y le advierto: no me gustan los uniformes. Me resultan… restrictivos.
Algo brilló en sus ojos. Una chispa. Un reconocimiento.
—Restringir es mi especialidad —murmuró, y no supe si era una amenaza o una promesa.
Detrás de él, Leo tosió disimuladamente. Noelia dejó caer el spray de pimienta sobre el césped, donde quedó olvidado. Y Nora, inocente de todo, tiró de la manga de su novio para presentarle oficialmente a la familia.
Pero yo seguía mirando a Izan. Y él seguía mirándome a mí.
Y en ese momento, mientras el sol de Cádiz calentaba mi piel y el olor a jazmín flotaba en el aire, supe que mi vida acababa de cambiar.
Para mejor o para peor, aún no lo sabía. Pero iba a ser divertido averiguarlo.