Operación seducción
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Capítulo 1
Lara
El domingo se instaló en el porche de mi casa, con esa pereza propia de las mañanas de junio en Cádiz.
Tenía los pies descalzos sobre el frío del mármol, una taza de café del tamaño de un cráter frente a mí, y el cuaderno de mi madre abierto en la página en la que ella había dibujado, veintiocho años atrás, un vestido de novia que nunca llegó a confeccionar.
— Lara, estás hablando sola otra vez —murmuré, imitando la voz de Noelia mientras trazaba una línea fluida sobre el papel.
Y es que sí, hablaba sola. Lo hacía siempre que diseñaba.
Era mi forma de mantener conmigo a quienes me faltaban, supongo.
A mi madre, que se había llevado consigo mi única oportunidad de conocerla cuando yo tenía dos años y ella decidió que su corazón no resistiría traer a mi hermanito al mundo.
A ese hermano que nunca respiró, pero que, de alguna forma, seguía ocupando una silla vacía en todas nuestras comidas familiares.
El móvil vibró sobre la mesa de hierro forjado. Miré la pantalla: Marta, mi encargada de tienda, con tres signos de exclamación que ya anunciaban una catástrofe.
—Dime, Marta, pero si es para decirme que la impresora de tickets se ha muerto otra vez, te cuelgo y finjo que estoy en una isla desierta.
—¡Lara! ¡Paula Montesinos acaba de subir un story en la playa con nuestro bikini 'Atardecer en Cádiz' y la web se ha caído! ¡Estamos teniendo más tráfico que el Puente de la Constitución en hora punta!
Ahogué una risa en el café. Claro que sí. La bendita Paula, con sus tres millones de seguidores y su talento para hacer que cualquier prenda pareciera la octava maravilla del mundo.
—Marta, respira. Llama a Carlos y dile que si no arregla esto en quince minutos, personalmente iré a su oficina a explicarle, con un diagrama de flujo, por qué su vida va a ser un infierno.
—Tú estás muy tranquila para alguien que está perdiendo ventas a razón de mil euros por minuto.
Me encogí de hombros, aunque ella no pudiera verme.
—Marta, Luna de Sal empezó en un garaje de veinte metros con una máquina de coser prestada y cincuenta euros en el banco.
Hoy tengo una boutique que factura siete cifras al año, envíos a toda Europa y quince influencers peleándose por lucir mi ropa interior en redes sociales.
Que se caiga la web es buena señal. Significa que estamos vivos.
Colgué antes de que pudiera protestar, aunque se me escapó una sonrisa. Sí, era un éxito. Mi éxito. Y a veces, cuando diseñaba en este porche, rodeada de buganvillas y del olor a café recién hecho, sentía una punzada aguda en el pecho al pensar en lo mucho que a mi madre le habría gustado verlo.
Ella había soñado con un pequeño taller.
Con vestidos hechos a mano. Con una vida sencilla entre telas y agujas.
Y yo, su hija, había construido un imperio de seda y encajes que ella ni siquiera hubiera imaginado.
A veces me preguntaba si estaría orgullosa o si pensaría que me había vendido al diablo del capitalismo.
Probablemente se habría reído de mí y me habría dicho que dejara de dramatizar mientras tomábamos té en tazas de porcelana.
Volví al cuaderno. Ese cuaderno era mi Biblia, mi talismán, mi terapia de trescientos euros la hora.
Lo había encontrado hacía años, guardado en un baúl del desván de mi padre, entre fotografías amarillentas y vestidos de novia que nunca se habían usado.
Mi madre lo había llenado de bocetos, de notas, de sueños que se llevaron la muerte y el olvido.
Y yo, cada vez que diseñaba, sentía que ella respiraba sobre mi hombro, corrigiendo mis líneas con una mano invisible.
— Algún día diseñaré el vestido más bonito de mi vida —dije en voz alta, citando una de sus anotaciones al margen de un dibujo.
El repartidor de telas llegó entonces, interrumpiendo mi momento de intimidad con el más allá. Era Manolo, un señor de sesenta años que llevaba veinte años trayéndome mercancías y que me conocía lo suficiente como para no sorprenderse de verme en pijama a las once de la mañana.
—Niña, que traigo el lino que encargaste de Italia. Y te aviso que pesa más que mi suegra en época de castañas asadas.
—Manolo, si sigues comparando mis tejidos con tu familia política, voy a empezar a ofenderme en nombre del algodón egipcio.
Me miró con esa expresión de paciencia infinita que reservan los hombres de su generación para las locas como yo y dejó la caja en el porche.
—Tu padre me ha dicho que Nora os va a presentar a alguien hoy.
—Sí, al novio misterioso. El que conoció jugando al Fortnite o no sé qué demonios.
—Eso es lo de los tiros, ¿no? —Arrugó la nariz—. En mi época, para conocer a una chica, le escribías una carta con tu mejor pluma.
—En tu época, Manolo, todavía se creía que la Tierra era plana.
—Mira quién habla, que tú crees que los hombres son de Marte y las mujeres de Venus.
—Yo creo que los hombres son de la Tierra y las mujeres también, pero algunos se quedaron estancados en el Paleolítico —repliqué, firmando el albarán con una floritura innecesaria.
Se fue riendo y yo volví a mi café, a mi cuaderno, a mi soledad acompañada.
El móvil volvió a vibrar. Esta vez era ella. Mi vía de escape. Mi paño de lágrimas. La única persona capaz de hacer que un sábado de resaca pareciera una aventura épica.
Noelia: Estoy fuera. Abre que me estoy asando como un pollo y llevo el spray de pimienta en el bolso listo para usar.
Lara: ¿Desde cuándo llevas spray de pimienta?
Noelia: Desde que tu hermana anunció que hoy conoceríamos al novio psicópata. Abre. Ya. O llamo a la policía.
Suspirando, dejé el lápiz sobre el cuaderno y fui a abrir la puerta del jardín. Noelia estaba allí, efectivamente sudando bajo el sol de junio, con una camiseta de tirantes que dejaba ver sus tatuajes de brazo completo y una coleta despeinada que danzaba con la brisa.
—Tienes cara de haber dormido tres horas —dije, apartándome para dejarla pasar.
—He dormido dos. Anoche cerré el gimnasio tarde porque Pablo, el bombero, se empeñó en enseñarme a hacer dominadas en la barra. Y no, no es un eufemismo, aunque me ofreció llevármelas a casa.
—¿Y tú qué le dijiste?
—Que si me llevaba sus dominadas, yo le llevaría mis rechazadas. Que son muchas y muy variadas.
Reímos juntas mientras entrábamos a la cocina. Noelia se sirvió directamente del termo de café sin pedir permiso, como hacía desde que éramos adolescentes y ella venía a mi casa a escapar de sus padres gritones.
—Hablando del novio de Nora… —empezó, sentándose en la isla de la cocina con la elegancia de una gorila en una tetería.
—Noelia, por favor.
—¡No me mires así! Lara, tu hermana tiene dieciséis años. Dieciséis. Yo, a esa edad, todavía creía que Nirvana era un estado de iluminación budista y no una banda de Seattle. Y ella se ha enamorado de un tío que conoció por Internet. ¿Sabes cuántos psicópatas hay en Internet?
—¿Tantos como en un gimnasio a las nueve de la mañana cuando llegan los ejecutivos a sudar la borrachera?
—¡Esto es serio! He hecho una lista. —Sacó un papel arrugado de su bolsillo trasero—. Señales de alarma: uno, no quiere hacer videollamadas. Dos, siempre tiene excusas para no quedar. Tres, dice que es modelo, pero no tiene Instagram. Cuatro…
—Noelia, Leo sí tiene videollamadas con Nora. Todos los días. Y sí quieren quedar, de hecho, viene hoy a comer y lo sabes. Y no es modelo, es estudiante de informática.
—¡Informática! —exclamó, como si hubiera dicho «terrorista»—. Seguro que sabe hackear cuentas bancarias. Lara, tu hermana va a aparecer desmembrada en una maleta en la estación de trenes.
—Has visto demasiadas series de Netflix .
—He visto suficientes casos como para saber que, si un chico de diecisiete años conoce a una chica de quince años por Internet, algo huele mal.
Serví más café en mi taza, pensando en cómo explicarle que su instinto protector se había confundido con su tendencia natural al drama escénico. Noelia era así. Amaba con intensidad demoníaca, protegía con uñas de leona y catastrofizaba con el entusiasmo de una presentadora del telediario.
—Mi padre y Beatriz también vienen a comer —dije, cambiando de tema—. Así que habrá testigos si el chico resulta ser Jack el Destripador.
—Perfecto. Así, cuando llamemos a la policía, habrá más gente para declarar.
—Eres una pesimista profesional.
—Soy una realista con experiencia. Recuerda que mi vecina conoció a su ex por Tinder y resultó que él estaba casado, con tres hijos y una hipoteca conjunta en Valencia.
—Eso fue desafortunado, pero no estadísticamente relevante.
—Y recuerda que el año pasado, en el gimnasio, apareció aquel tío que decía ser entrenador personal y resultó que buscaba gente para una secta de macrobióticos.
—Eso fue diferente. Él solo quería que comieras semillas de chía.
—¡Exacto! ¡Semillas de chía! ¡Eso es psicopatía pura!
Estábamos en pleno debate sobre los peligros de las redes sociales —Noelia defendiendo que TikTok era una herramienta de espionaje ruso y yo argumentando que al menos nos había librado de los políticos en las cenas de Navidad— cuando el timbre de la puerta principal sonó con esa urgencia particular que solo emplean los adolescentes con prisa.
Nora irrumpió en la cocina como un tornado rubio, con las mejillas encendidas y los ojos brillando con esa mezcla peligrosa de ilusión y rebeldía que caracteriza a los dieciséis años.
—¡Ha pasado! ¡Leo viene hoy! ¡Esta tarde! ¡A comer! —Saltaba literalmente sobre el linóleo—. ¡Es tan formal! ¡Es tan adorable!
Noelia y yo intercambiamos una mirada. La suya decía «Aquí está la víctima hablando de su secuestrador con ternura». La mía decía «Por favor, no saques el spray de pimienta delante de mi padre».
—Nora, cariño, respira —dije, agarrándola de los hombros—. ¿Estás segura de que quieres que sea hoy? Podemos aplazarlo. Hacerlo otro día. Cuando… no sé… cuando Noelia no lleve armas químicas en el bolso.
—¡No llevo armas químicas! —protestó Noelia, aunque su mano derecha traicioneramente buscó la cremallera de su bolso.
—¡No vais a arruinar esto! —Nora se apartó de mí, cruzándose de brazos con esa pose desafiante que había aprendido de mí—. Leo es el chico más dulce del mundo. Me escucha. Me hace reír. No es un psicópata. No es un estafador. Y si seguís con esta actitud, me voy a ir a vivir con él a Madrid.
—Ves —dijo Noelia, señalándome con el dedo—. Ya quiere irse a vivir con él. Clásico. Primero la aíslan de la familia…
—¡Noelia, cállate! —Gritamos Nora y yo al unísono.