Capítulo 35
Izan
Habían pasado dos días desde que el baúl desapareció.
Dos días desde que alguien se había llevado el cuaderno de tela azul, el último vínculo tangible de Lara con su madre, y había dejado a su paso un vacío que ni sus brazos podían llenar.
Yo apenas dormía. Las noches se habían convertido en una vigilia interminable, sentado frente a las pantallas de seguridad o paseando por el jardín de mi casa con el teléfono en la mano, esperando una llamada que no llegaba.
Algo no encajaba en el tablero en el que estábamos jugando.
Victoria Alcázar era demasiado inteligente, demasiado escrupulosa en sus métodos corporativos, para exponerse personalmente de una forma tan burda.
Las amenazas, el acoso, el robo del cuaderno…
tenían un sello diferente, más visceral, más personal.
Pero no lograba ver el patrón. No lograba encontrar la hebra que deshiciera el nudo.
Estaba frente a la ventana de mi despacho, mirando cómo el amanecer teñía de gris el horizonte de Cádiz, cuando el móvil vibró sobre la mesa. Un número privado. Descolgué con el corazón acelerado, preparado para otra amenaza, para otra sombra en la línea.
—Coronel Herrera —dijo una voz femenina, modulada, educada, impecable—. Soy Victoria Alcázar.
El nombre cayó entre nosotros como una losa. Apreté el teléfono con más fuerza de la necesaria, sintiendo cómo se tensaban los músculos de mi mandíbula.
—Señora Alcázar —respondí, intentando que mi voz no delatara la sorpresa ni la rabia acumulada.
—Necesito reunirme con usted —dijo, sin preámbulos—. En persona. Hoy. En Cádiz.
—¿Por qué iba a aceptar?
—Porque sé que es un hombre inteligente —respondió, y detecté un matiz de cansancio en su tono, algo que no esperaba—. Y porque creo que ambos estamos siendo manipulados. Hay alguien más moviendo los hilos, coronel. Y si quiere proteger a Lara Salas, debería escucharme.
No tenía opción. No podía ignorarla. Acordamos encontrarnos a mediodía en el Hotel Atlántico, ese edificio blanco y elegante que se alzaba frente a la bahía como un barco varado en la orilla.
Llegué quince minutos antes de la hora convenida.
Escaneé el hall con la mirada, buscando posibles amenazas, memorizando las salidas de emergencia, ubicando a los guardias de seguridad.
El lugar respiraba lujo discreto: mármol pulido, arreglos florales altos que olían a jazmín y dinero, y un murmullo de conversaciones ahogadas entre los huéspedes que desayunaban tarde.
Victoria apareció puntual. Impecable, como siempre.
Llevaba un traje de chaqueta de seda color marfil, ceñido a la cintura, con joyas de perlas que brillaban con la misma frialdad que sus ojos.
Se sentó frente a mí en el salón privado que había reservado, cruzó las piernas con una elegancia estudiada y me miró directamente sin pestañear.
—Gracias por venir —dijo, sirviéndose ella misma un vaso de agua de la jarra que había sobre la mesa. Sus manos no temblaban.
—No tiene por qué agradecérmelo —repliqué, manteniendo la distancia—. Hablo.
Ella asintió, tomando un sorbo de agua antes de hablar.
—No voy a negar que intenté comprar Luna de Sal en varias ocasiones —empezó, con una calma inquietante—. Ni que contraté a detectives para evaluar la situación financiera de la empresa. Esos son hechos. Negocios.
—Los negocios no incluyen cuchillos clavados en fotografías ni cuadernos robados —espeté.
—Exacto —dijo ella, y por primera vez vi una fisura en su máscara de hielo.
Una sombra de preocupación, o tal vez de miedo—.
Por eso estoy aquí. Porque yo no ordené esas amenazas.
No contraté a nadie para acosar a Lara ni para robarle sus pertenencias personales.
Alguien está utilizando mi nombre, mis recursos, mi…
mi obsesión por su empresa para dañarla de verdad. Y eso me incomoda.
La miré fijamente, escudriñando su rostro en busca de la mentira. Pero no la encontré. Sus ojos eran claros, demasiado claros, y su postura no mostraba la tensión defensiva propia del culpable.
—¿Quién? —pregunté.
—No lo sé —respondió, y esta vez su voz bajó un tono—.
Pero tengo sospechas. Alguien que conoce mis movimientos, que tiene acceso a mi dinero, que quiere ver a Lara Salas destruida de una forma que yo nunca contemplaría.
Porque si yo quisiera destruir a Lara Salas…
—hizo una pausa, dejando que el silencio se alargara hasta resultar insoportable—.
Ya lo habría conseguido. Y no con cuchillos ni con notas anónimas.
Lo habría hecho de forma limpia, legal e irreversible.
Sentí un escalofrío recorriendo mi espalda. La certeza de que decía la verdad me golpeó con la fuerza de un puñetazo en el estómago. Si no era ella… entonces el enemigo real seguía oculto, más peligroso aún porque desconocíamos su rostro.
Victoria se levantó, dejando una tarjeta de visita sobre la mesa.
—Si encuentra al responsable, llámeme —dijo—. Porque esa persona también me ha convertido en víctima. Y no me gusta ser peón en el tablero de nadie.
Se marchó con la misma elegancia con la que había llegado, dejándome solo en el salón, con el sabor amargo de la verdad en la boca y la sensación de haber estado persiguiendo la sombra equivocada durante semanas.
Salí del hotel con la cabeza dando vueltas y el corazón acelerado por la adrenalina y la frustración. Necesitaba ver a Lara. Necesita asegurarme de que estaba bien, de que seguía a salvo, aunque ahora supiera que el peligro venía de otro lugar, de una dirección que no podíamos prever.
La encontré en el taller de Luna de Sal .
No en la boutique principal, sino en el santuario de arriba, donde las costureras trabajaban con sus máquinas de coser industriales y el olor a tela nueva y a café recién hecho impregnaba el aire.
Había insistido en volver. Decía que necesitaba coser, diseñar, crear.
Que era su manera de respirar cuando el mundo se volvía demasiado asfixiante.
La observé desde la puerta durante unos segundos, sin ser visto.
Estaba sentada ante su mesa de trabajo, con un trozo de encaje azul entre las manos, concentrada en una puntada que parecía exigirle toda su atención.
Tenía el pelo recogido en un moño despeinado, manchas de tinta en las manos y una expresión de absoluta paz que contrastaba con el caos de los últimos días.
Las costureras la vieron entrar. Una a una, dejaron sus trabajos. Se levantaron. Y empezaron a aplaudir.
El sonido fue espontáneo, sincero, desgarrador.
No era el aplauso protocolario de un desfile de moda ni el reconocimiento superficial de clientes satisfechos.
Era el aplauso de una familia que veía a su cabeza resistir y reconocía el valor de seguir adelante a pesar de todo.
Marta fue la primera, con los ojos brillantes.
Luego vinieron Lucía, Sandra y las demás, hasta que todo el taller resonó con ese golpeteo rítmico de manos contra manos.
Lara levantó la vista, confundida al principio. Y entonces, al comprender, rompió a llorar.
No eran lágrimas de tristeza. Eran de emoción, de alivio, de amor.
Se llevó las manos a la boca, intentando contener los sollozos, pero era imposible.
Las costureras se acercaron, la rodearon, la abrazaron.
Vi cómo Marta le decía algo al oído, cómo Lara asentía con la cabeza, cómo se fundían en un abrazo colectivo que me hizo sentir, incluso desde la distancia, el calor de esa familia improvisada.
Entré entonces, sin hacer ruido. Lara me vio y, entre el mar de brazos que la sostenía, me sonrió.
Una sonrisa húmeda, temblorosa, pero real.
Me acerqué y ella se soltó del grupo para venir hacia mí, para esconderse en mi pecho, para dejar que yo la sostuviera mientras ella lloraba contra mi camisa.
—Son mi familia —murmuró, con la voz ahogada—. Todo este tiempo pensé que Luna de Sal era solo mía, mi creación, mi refugio. Pero es de ellas. Es de todas nosotras.
La abracé más fuerte, besando su coronilla, sintiendo el peso de su cuerpo contra el mío y la certeza absoluta de que no importaba quién moviera los hilos en la oscuridad ni qué enemigo acechara desde las sombras.
Mientras tuviéramos esto, mientras tuviéramos a estas personas que nos sostenían, mientras tuviéramos la capacidad de crear belleza a partir del dolor, el mal no podría ganar.
—Vamos a encontrar al culpable —prometí, susurrándole al oído—. Y vamos a recuperar el cuaderno. Pero mientras tanto, sigue creando. Sigue respirando. Porque mientras haya gente dispuesta a aplaudirte, Lara, mientras haya gente dispuesta a luchar contigo, no estás sola. Nunca lo has estado.
Ella se apartó un poco, secándose las lágrimas con las palmas de las manos, y me miró con esos ojos color miel que habían visto tanto dolor, pero que aún conservaban la capacidad de iluminarse.
—Gracias por estar aquí —dijo simplemente.
Y en ese momento, con el sonido de las máquinas de coser retomando su ritmo constante y familiar, y el olor a tela nueva flotando en el aire, supe que la reina había movido ficha.
Pero también supe que nosotros teníamos algo que Victoria Alcázar ni ningún otro enemigo podía comprar ni destruir: una familia.
Y eso era suficiente para seguir jugando.