Operación Femme Fatale Chapter 1 #30
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Chapter 1 #30

Horas después, nos echaban del local, era casi de día y cada mochuelo se tuvo que ir a su olivo.

Yo intenté que James se alejase. Eso sí, mandándole un mensaje de «nos vemos en unas horas» y unos soles para que no se desanimase y contase con quedar conmigo mañana o, mejor dicho, hoy, cuando hubiese salido el sol, como las personas de bien.

Tanto Juanma como Miki se ofrecieron a llevarme, por lo que yo lo tenía claro y lié a Juanma para que acercase a Lucía (siempre había estado coladita por Juanma), a ver si surgía algo... Aunque mi intención era la que vosotras sabéis.

En el coche con Miki continuó la fiesta: música a toda pastilla y haciendo trompos por la Gran Vía como si fuésemos adolescentes.

Le tuve que reñir un poco, porque a esas alturas de nuestras vidas solo nos faltaba que nos detuviese la policía por cafres a los cuarenta.

Por no decir que el coche no se debe coger en aquel estado. Nunca lo hagáis, por favor.

Después de recuperar un poco el aliento, me dejó en el hotel, se despidió con un piquito muy cuco en los labios y se fue. La que se quedó con cara de pez en aquel momento fui yo. Reconozco que me ponía muy nerviosa y solo ese besito inocente me recorrió de arriba a abajo.

Salí del coche apenada y pedí la llave. Mi cuarto estaba en la décima planta y el ascensor se encontraba en la decimoséptima, por lo que tardó bastante en llegar. Cuando ya estaba dentro, de repente escucho una voz como la de Miki, que le dice al de recepción:

—Hola, acaba de entrar mi mujer, yo he ido a aparcar, muy buenas noches.

Atranco la puerta para que el ascensor espere y aguardo con cara de incrédula ¡Era él!

Entonces me dio por reír. Empecé y, como con Greta, con esa risa floja, no podía dejar de reír.

Me salían hasta lágrimas, y esa vez era como de pena contenida, porque pensaba que no lo volvería a ver, pero ¡allí estaba!

Entró sonriendo y con su mirada picarona y, en cuanto se cerraron las puertas, me besó con una pasión de película.

Chicas, rematamos la faena. Tantos años después y aquella espinita nos la acabábamos de quitar.

Todo resultó a las mil maravillas, yo lo sabía, y quizás, si no hubiera pasado lo que pasó, ahora sería el padre de mis hijos.

Pero bueno, al menos tengo un gran amigo de los de para siempre, y quizás el donante de semen de mi hija, quién sabe.

Cómo es el destino y lo que nos hace sufrir, menudo disgusto llevaba cuando llegué al hotel y cómo se desarrolló luego la noche.

¡Qué bien! Qué a gusto y qué complicidad.

Se quedó a dormir, pero, a eso de las 12, se dio una ducha rápida y dijo que debía irse.

Comía con su abuela y luego debía regresar a su ciudad con su mujer y su hijo.

Qué gracia. Cuando terminamos horas antes la faena que nunca pudimos rematar en el pasado me miró con su sonrisa picarona y me dijo:

—Sabes que tenía que pasar, ¿verdad?

Y era cierto, tenía que pasar. Y no me arrepiento, quizás te quedas con una mezcla entre alegría, ternura y tristeza.

Pero bueno, ñoñerías fuera, prueba superada y otra muestra en mi haber o, mejor dicho, en mi ser.

Cuando salía por la puerta, le dije:

—¡Miki! Tenía que pasar. —Y lo señalé con el dedo. Él se rió y me lanzó un beso.

Bueno, una vez sola, caí derrotada de nuevo en la cama y me dormí hasta las tres de la tarde.

Muerta de hambre, me duché, me vestí y, lo siento por las que no lo aprueben, pero me fui directa al McDonald’s.

Moría por una hamburguesa con esas patatas que nunca sabremos si lo son, y una Coca Cola light (nada de cero, odio cuando solo tienen cero).

Me encanta el McDonald’s y es lo mejor después de una noche tan larga como la pasada.

Desde allí, aproveché para escribir a James y tantear el terreno y poder planificar el resto de mi día, ya me conocéis.

Enseguida me respondió y me dijo que le diese mi ubicación, que me recogería sobre las seis, que me abrigase, porque nos íbamos a ver el mar.

Buen plan, ¿no? Y si me lleva a su casa de la playa, ¡rematamos la faena!

Me abrigué y, como había traído un bolso grande, estilo shopper , metí una muda y un par de cosillas por si las moscas para no terminar como la última vez: calada y con una camiseta de rugby hasta recuperar mi ropa.

A las seis como un clavo estaba en la puerta del hotel.

Esta vez ya no tenía aquel Mini tan mono, lo había cambiado por un Jeep negro con focos redondos que igualmente me encantaba.

Durante el trayecto me contó que se dedicaba al tránsito portuario y prácticamente se pasaba el día en el puerto peleándose con navieras y contenedores.

No está mal, le podría pegar. Además, eso le permite estar cerca del mar, que es una de sus tantas pasiones.

No me comentó nada de su familia, pero tenía toda la pinta de lobo solitario, ya me entendéis, triunfador, pero sin ataduras.

Es una pena (bueno, o no, en este caso para mí), porque es una bellísima persona y seguro sería un padre increíble.

Al ir acercándonos al mar, me di cuenta de que me llevaba a la misma playa donde hacía tantísimos años nos habíamos empapado. Todo apuntaba a que hoy no llovería, menos mal…

Paseamos por la arena, charlamos y, como siempre, llegó un momento en el que me cogió de la mano cual pareja de toda la vida. Es tan mono y tan achuchable… Si no viviera tan lejos, igual hasta le daba una oportunidad.

Me dijo que, como sabía que me quedaba toda la semana, al menos ese fin de semana no me iba a escapar (otro igual).

Nos sentamos al final de la playa en unas escaleritas que daban al paseo marítimo justo en frente de su casa (bueno, delante de ella). Eso era nuevo, recuerdo que la última vez el paseo no estaba tan bonito (aunque con la noche que hizo todo se veía negro), pero ese mirador no estaba.

Charlamos y charlamos y salió el tema de aquella vez en la que me llamó y, según él, lo dejé plantado.

—¡Oye! ¡Pero si no tuve opción! Si tú supieras cómo me quedé de chafada!

—¿En serio? Porque me rompiste en dos. Había decidido presentarte a todo el mundo y lanzarme a la aventura de las relaciones serias, pero, al ver que no venías, asumí que tú no sentías lo mismo y por eso desaparecí.

—¡No me lo creo! Definitivamente, los tíos sois tontos.

En ese momento, James me besó, lo que ya me estaba tardando, y, como os había comentado, me parece que, en el pasado, sus besos eran de película. Creo que es de los que mejor besa.

El tiempo con él se pasaba volando. En nada estaba anocheciendo, precioso, por cierto, y decidimos…, bueno, decidió que nos fuésemos a su casa.

¡Qué tío! Estaba todo preparado. Al parecer, se había venido temprano para dejar la casa toda lista: calefacción encendida, cama hecha y nevera con provisiones (para no volver a molestar a su amigo el pizzero, que espero que ya no sea el mismo).

Me dijo que también había avisado a su hermana para que no se le ocurriese aparecer por allí este fin de semana.

¿Es o no es una monada?

Me preparó una cenita buenísima: pescado al horno y helado de postre. Bueno, y vinito del bueno, por supuesto.

James es de esas personas con las que estás y parece que nunca os habéis separado, todo fluye como el mar, como si fuera ayer. Es una gozada, porque no tienes que preocuparte por sacar temas de conversación, todo sale solo y, además, sigue siendo un payasete romántico.

Me dijo que esa noche había luna llena y si me apetecía verla, a lo que no me pude resistir y nos volvimos a abrigar para volver a la playa.

La noche estaba estrellada, toda una suerte esta vez, y la luna se veía preciosa (dicen que es buena para la concepción, ¿no? A ver si me ayuda… Siento romper el momento romántico, perdonad).

Paseamos por la arena hasta que, en un punto, le dio un pronto, me cogió en brazos y empezó a darme vueltas en círculo (os imagináis mis risas…).

Cuando le pedí por favor que parase, porque me iba a ahogar de tanto reír, nos caímos al suelo y comenzó la pasión a lo loco.

Acabamos como dos croquetas rebozadas en arena, pero fue fantástico.

Yo le dije que nos iban a denunciar por escándalo público, pero él era un maestro y debajo de su gabardina XXL (esta sí que era la misma) nadie podía imaginar lo que pasaba dentro.

Volvimos a casa para no quedarnos helados.

La arena en aquella época estaba superfría y, dada nuestra facha tras aquel revuelto de croquetas, nos tuvimos que dar una ducha calentita para quitarnos toda la arena que se nos había colado hasta en las rendijas más insospechadas de nuestros cuerpos.

Y ya os aseguro que fue calentita calentita.

James, por si no os lo llegué a contar, era tremendo, y era capaz de reponerse en cero coma. Con él la industria de las pastillitas azules se hubiera arruinado.

Todo fue fantástico y, además, nos preparó la habitación de nuevo en la azotea y, aunque había muchas otras habitaciones en la casa, me dijo que, si no me importaba, a él le hacía gracia que volviésemos a dormir en el suelo, bajo aquel techo abuhardillado, como la primera vez.

Me encantó la idea, es para comérselo, pero me rallé un poco, porque él es tan bueno, o al menos conmigo…

No quería confundirme y desviarme de a lo que había ido (cuando quiero, soy una Cruella), pero o James era un mago de la conquista, que seguro lo era porque siempre se ligó a quien quiso, o podía suceder que se estuviese encariñando de nuevo.

El fin de semana fue fantástico, y he de confesar que demasiado corto, pero ambos debíamos trabajar el lunes, James en su puerto y yo, además, de en mi empresa (teletrabajando), tenía que ver a Elías.