Chapter 1 #28
Como íbamos por las nubes, le propuse entrar en el local.
Estábamos en la terraza, pero dentro parecía que la cosa se animaba y la gente comenzaba a bailar.
Tras varias canciones en las que yo no paraba de insinuarme y de hacer bailes sexis, la cosa se animó y, en un momento en el que un chico del bar me estaba hablando, él me cogió de la mano y me arrastró hasta él abrazándome y soltándome uno de esos besos de película que hasta a mí me dejó KO.
Estaba claro que lo de la necesidad de marcar el territorio en los chicos es un instinto que tienen extradesarrollado (lo cual, en mi caso, me viene de perlas).
Acababa de abrirse la caja de Pandora y, tras ese paso, yo sabía que Álex no iba a parar, así que yo me hacía la huidiza en la pista, lo que hacía que él quisiera más y más.
Tras varios moscones espantados, Álex me cogió de la muñeca y me sacó del bar y me dijo que había demasiado alboroto y que mejor podíamos terminar la noche en el hotel. ¡Genial! ¡¡Eso es lo que quería!!
Dicho y hecho, nos montamos en un taxi y regresamos al hotel.
Ya era tarde y no había nadie salvo el responsable de la recepción, que le tocaba hacer guardia.
Subimos en el ascensor. La cosa se nos escapó de las manos y, cuando salimos del pequeño elevador, ya íbamos medio desnudos.
Por supuesto, subimos a mi planta, no hubo ni que preguntar…
Y el resto… pues solo os puedo decir que maravilloso.
Álex es un romántico y por supuesto que tras nuestro primer revival solicitó una botella de champagne al servicio de habitaciones y me dijo «Lo prometido es deuda».
No me había hecho falta ni utilizar esa baza del avión, porque él mismo lo había pensado.
Y la cosa no paró ahí, no nos podíamos desenganchar, hasta que ya empezaba a cambiar el cielo de color y nos quedamos dormidos.
Decidimos que, como ambos conocíamos ya París, era más interesante permanecer en el hotel, y he de decir que dimos bastante trabajo al servicio de habitaciones durante todo el fin de semana.
El domingo, antes de cenar, ambos propusimos que era mejor que esa noche durmiésemos cada uno en su habitación, él porque al día siguiente tenía que pilotar un avión y de su buen descanso dependía la vida de todos los viajeros (yo incluida) y yo porque tenía que preparar mi «reunión del lunes».
Esa noche aproveché para repasar el plan de encuentro con Bruno. Ya sabía dónde estaba su estudio de arquitectura y había localizado una cafetería cercana en la que poder intentar el encuentro.
Bajé temprano a desayunar para emprender la segunda parte de la misión parisina pronto, ya que quería ver si lo podía pillar entrando al trabajo.
Estaba desayunando cuando se me acerca una de las azafatas del equipo de Álex y me dice si me puede acompañar. La verdad es que estábamos solas en el comedor, por lo que me pareció buena idea tener a alguien con la que charlar un poco mientras terminaba mi café con croissants .
Lo primero que me soltó fue:
—Ya nos ha dicho Alex que eres una muy buena amiga de la infancia.
Yo casi me atraganto con el café.
—Sí, sí, de la infancia. Hacía muchísimo que no coincidíamos por la distancia, ya sabes. Pero ha sido una agradable sorpresa. Vengo por trabajo sola y encontrar a mi gran amigo Álex ha sido todo un regalo. —Y nunca mejor dicho.
Se notaba que la chica quería investigar, tenía pinta de cotilla.
Cuando ya nos despedíamos, me dice:
—Encantada y hasta pronto. ¡Seguro que coincidimos en la boda! —Con un tonito de malicia que hacía entrever que lo de la amiga de la infancia se lo creía a medias.
Eso me pilló desprevenida porque no tenía ni idea, pero ¡para digna yo! Y no me iba a trastocar mi plan una azafatilla chismosa. Siempre he sabido salir airosa de las situaciones imprevistas.
—Ah, sí, sí. Eso seguro, ¡menudo fiestón nos espera! ¡Lo estoy deseando! Bueno, aunque nos veremos antes, vuelvo en vuestro vuelo, así que hasta más tarde.
Listo, se quedó chafada al ver mi reacción totalmente natural, asumiendo que yo sabía que Álex se casaba, pero, si os soy sincera, casi me sentí aliviada.
Ahora entendía lo que había pasado ese fin de semana.
Había sido la despedida de soltero de Álex, y me sentí alagada de que hubiese querido pasar tanto tiempo conmigo, además de la cantidad de «muestras» que me llevaba encima.
.. Mi objetivo estaba cumplido y ninguno de los dos preguntaría.
Salí del hotel hacia el estudio de arquitectura. Estaba relativamente cerca, tan solo tenía diez minutos andando, por lo que preferí pasear y admirar la bonita ciudad.
Como os dije, mi plan era sentarme en la cafetería de enfrente y forzar un encuentro.
Me senté dentro, quería primero divisar el horizonte y ver a qué me enfrentaba y cómo de fácil sería. Además, no quería parecer una loca acosadora.
Me pedí un café, conecté mi portátil a la red wifi de la cafetería y revisé los correos de ese día. Al cabo de una media hora, la calle se empezó a animar y empezaron a transitar por allí numerosas personas que se dirigían al trabajo.
El estudio estaba en un edificio que, aparentemente, casi todo parecían oficinas y no paraba de entrar y salir gente. Estaba en la planta primera y los ventanales daban a la calle, por lo que no podía ser mejor para tenerlo controlado desde el sitio en el que me había sentado.
Las luces se encendieron de pronto y una persona ataviada con casco de moto se quitó el abrigo y se acomodó en una de las mesas que daban al gran ventanal.
Tras quitarse el casco, me di cuenta de que se trataba de Bruno, pero ¿por dónde había entrado?
¿Cómo era posible si no había quitado el ojo de la puerta?
¡Se me había escapado! Seguramente, al venir en moto, quizás el edificio tenga una entrada para vehículos hacia una de las calles laterales y por eso no lo había visto entrar.
Desde allí podía verlo todo el tiempo trabajando en su mesa de diseño. Pronto, la oficina se llenó de gente y yo seguía pensando cuál sería mi siguiente paso.
Tras una media hora o tres cuartos, ocurrió lo inesperado.
Una chica pelirroja con una sillita de bebé se paró delante del portal y llamó al timbre.
Al cabo de dos minutos, Bruno saltó de la silla y se asomó a la ventana para mirar hacia abajo, la saludó mientras ella le señalaba una bolsa y salió corriendo.
En un segundo, Bruno estaba en la calle.
Parece que se trataba de su mujer y su bebé.
Ella venía a traerle un paquete que tenía toda la pinta de tratarse de la comida para ese día.
Él se veía feliz, un poquito más gordito (como me habían hecho sospechar sus fotos de Instagram), pero feliz.
Besó a la chica y sujetó al bebé con tal dulzura que una lagrimilla corrió por mi mejilla.
Chicas, acababa de darme cuenta. Nunca lloro, ya lo sabéis, pero aquello me había hecho ver que ese paso no lo podía dar.
Bruno estaba comenzando una vida nueva con una familia.
Creo que no podía irrumpir en un brote de locura de los míos e intentar algo que, sinceramente, en este caso, y tras ver aquella escena que desbordaba amor sincero por todas partes (por mucho que los franceses sean unos golfos), creo que no iba a ser nada fácil y que seguro me iba a hacer sentir una mierda.
Acababa de tachar a uno de los candidatos de la lista de titulares, Bruno descartado.
Contaba con otros once, no pasaba nada, y dos de ellos ya habían caído, así que no me podía sentir mal, para nada.
Terminé mi segundo café y recogí mis cosas.
Salí de la cafetería y, ataviada con mi supertraje sastre rojo con falda de tubo que no pasaba desapercibida, hice lo propio de una femme fatale , asegurándome de que Bruno me miraba. Le guiñé un ojo y le dije adiós con la mano de manera sugerente. Me puse las gafas de sol y bajé la calle.
Me tenía que despedir de alguna manera, ¿no? La cara de Bruno fue todo un poema. Se levantó de la silla, pero yo continué mi marcha.
Capítulo cerrado. Me sentía muy bien pese a no haber conseguido unos Minibrunos de recuerdo.
El viaje de vuelta fue estupendo, incluso me quedé dormida un poco.
Álex, tan galante como siempre, me volvió a enviar un café, esta vez con una tarjeta gentileza del comandante que decía «Me ha encantado verte», a lo que yo le respondí pidiéndole a «mi amiga la azafata cotilla» que le entregase otra nota de mi parte en la que yo le decía «Y a mí, siempre. ¡FELICIDADES!».
La nota era misteriosa y hasta podía parecer que el encontronazo no había sido fortuito y ambos sabíamos lo que había… No sé cómo se quedaría tras recibirla. Al salir del avión, como la cabina estaba abierta, grité:
— Ciao, Álex! —Y él salió corriendo a darme dos besos de despedida y un cariñoso abrazo.
Me dijo al oído:
—Eres la mejor.
¡Ay, qué mono es! Aunque se vaya a casar, he tenido un fin de semana de esos de película. Es un amor y un buen amigo.
De verdad, las más puritanas no os preocupéis, esto no cuenta como cuernos.
Somos grandes amigos que nos hemos hecho un favor mutuo.
Más vale despedirse conmigo que no con una stripper o una francesita descarada o, peor aún, con una de las cotillas de su tripulación, ¿no os parece? ¡Qué lindo, Álex!
Vuelta al hogar y a la rutina, aunque, pensando en mi rutina actual, tiene de todo menos rutinario, ja, ja, ja.
Esta semana voy a pasarme por la oficina para que no se desmadre el personal.
Jueves noche. Hoy toca repetición de la jugada y dejarme pasar por el Odisea para volver a ver a Chus y, ahora sí, intentando sonsacarle algo de nuestro amigo común Rodrigo.
Como os he contado millones de veces ya, Chus es más que predecible. Hoy he decidido enfundarme en un vestido palabra de honor, supercorto, que me ponía en la época en la que tonteábamos y que sé que le flipa. A este modelito no se podrá resistir ni de coña.