Chapter 1 #27
He dormido bastante poco, la vedad, así que hoy toca Red Bull mañanero.
Ayer se hicieron las cuatro cuando llegaba a casa y me he levantado muy temprano para regar las plantas (aparte de mi perrín, que ayer dejé en casa de Greta, mis plantas son mis otros bebés).
Se me dan muy bien y las tengo preciosas, pero cada vez que salgo de viaje, que por mi trabajo es bastante a menudo, sufro por ellas, aunque Pepe siempre se ofrece a pasarse por casa, pero, en estos momentos, si puedo evitarlo, mejor.
Además, ahora mismo mi salón parece como un episodio de CSI.
Me he hecho un panel de tareas, planes a seguir, ya sabéis, toda mi operación con esquemas, tablitas, calendarios y listas.
No quiero que nadie lo vea, se pensarían que soy una tarada o que soy una espía que trabaja encubierta para otro país en una misión secreta. .. ¡Quita, quita! Mejor que no.
Ya salgo para el aeropuerto.
Voy vestida en plan ejecutiva agresiva, con mis labios al rojo vivo, que eso a Álex siempre le ha gustado.
Supuestamente, viajo por trabajo y aprovecharé el fin de semana, porque, además de mi reunión de hoy, el lunes tengo otra muy importante, y de ahí que me quede todo el fin de semana en la ciudad del amor… Yo creo que cuela perfectamente.
He querido llegar con tiempo para sentarme en un sitio estratégico.
Como voy en business , nos llamarán primero, pero quiero que, cuando entre la tripulación al avión, yo esté sentada en las sillas justo al lado de la entrada para que Álex me vea incluso antes de tomar los mandos de la nave (lo tengo todo requetepensado).
Acaba de entrar Álex con su equipo y lo que he hecho es ponerme en plan interesante con el portátil y, cuando justo pasaban, levantar la cabeza y gritar:
—¡Álex! ¿eres tú? —Automáticamente se ha parado me ha mirado de arriba abajo y yo me he levantado para darle dos besos—. ¿Qué tal está mi piloto preferido? ¡Qué casualidad!, espero que me lleves a buen puerto hoy…
—¡Qué sorpresa más agradable! ¡La de años sin verte y sigues igual! Ahora tengo que trabajar, pero, cuando lleguemos a París, si no tienes muchísima prisa, por favor, espérame y nos tomamos un café.
Touch down! Justo lo que quería.
Ya está, todo listo para tener un encuentro agradable con él. Ahora, durante el vuelo, tengo que pensar bien la trama para conseguir que el café dé paso a una cena.
Esto no os lo he contado, pero, si no me fallan los cálculos, puede ser que estemos hasta en el mismo hotel.
Gracias a mis dotes de investigadora secreta, él no vuela de vuelta hasta el lunes.
Ahora que lo pienso, no estoy segura de si será mi vuelo, pero, cuando estuve haciéndome pasar por su hermana, pregunté en dónde se alojaba por si no lo localizaba en el aeropuerto y me dijeron que no era siempre seguro, pero que la compañía solía operar con el hotel Westin Paris-Vendôme, y a mí me iba de maravilla, supercéntrico y encantador, al lado del Louvre y de la zona de compras.
Perfecto, así que me faltó tiempo para hacer la reserva.
Ahora solo queda ver si realmente es también su hotel.
De todas formas, no es lo más importante.
Lo realmente importante es salir airosa de nuestro primer encuentro y que dé pie a algo más.
Genéticamente, es tan cañón que mis hijos, bueno, mi hijo (que ya sería mucha carambola que fuesen dos) sería ¡¡guapííííííísimo!!
Chicas, creo que la cosa no se va a dar mal. Estamos en pleno vuelo y ha venido una azafata con un café con leche: «gentileza del comandante» y una nota.
La nota decía:
¡Qué mono! ¿Verdad? Era un galán y veo que lo sigue siendo.
Esto es una buena noticia, ¿no os parece? Quiere que nos veamos y, además, está muy simpático. Ya tengo trama…, le voy a decir que esa copa de cava (en este caso, de champagne , que estamos en París) me la debe, y a ver si con la tontería de la copita y la deuda se ofrece de verdad esta noche.
¡Uy! Abróchense los cinturones, estamos a punto de llegar.
Qué buen piloto, ha sido un aterrizaje perfecto, de esos que ni notas el golpecito cuando se toma tierra. Voy a salir, no he facturado equipaje, por lo que esperaré a Álex justo en la puerta de entrada al aeropuerto.
Ya viene con toda su tripulación.
—Chicos, continuad sin mí que tengo que saludar a una buena amiga. Os veré en el hotel.
Tras dejar a sus compañeros (todas las azafatas me miraron de arriba abajo, ya os decía yo que las debe de traer a todas de calle), me cogió muy galán, como os decía que él es, por el brazo y me dio un achuchón supercariñoso mientras salíamos de la terminal.
Lo primero que me preguntó fue si tenía tiempo para tomar algo con él, a lo que, por supuesto, respondí que sí, porque hasta esa tarde no tenía mi supuesta «reunión» de ese día.
Entonces dijo que perfecto, que mejor irnos ya hacia el centro, que era mucho más agradable que quedarnos allí en el frío y feo aeropuerto.
Salimos del edifico hacia el parking de personal autorizado y allí cogimos una lanzadera de su compañía (hasta el viaje al centro de París me saldría gratis). Durante el trayecto, me preguntó que dónde me alojaba y hasta cuándo y, cuando le dije que en el hotel Westin, casi se muere de la risa.
- —¿En serio? Ese es el hotel que me han asignado para este fin de semana. Yo me quedo hasta el lunes.
- —¡Y yo! Tengo una reunión el lunes por la mañana y regreso de vuelta el lunes por la tarde.
- —¿No será en el vuelo de las 19:50?
- —Déjame que lo mire en mi tarjeta de embarque. ¡Efectivamente!, ¿no me digas que vuelvo a volar contigo?
- —¡Pues sí, qué alegría me das! Con lo bonito que es Paris, y ya que me quedo el fin de semana, será fantástico poder sacar tiempo con una vieja amiga, siempre que ella pueda y quiera, ¡claro! A mis compañeros de tripulación los tengo más que vistos.
Y me guiñó un ojo.
—Cuenta con ello, Álex, esto es cosa del destino y por supuesto que me encantaría pasar tiempo contigo este fin de semana. Así me pones al día de tu vida. —Aunque yo estaba pensando en otra cosa.
—Estupendo, pues, si te parece bien, nos tomamos un café ahora en el lobby del hotel de bienvenida París y quedamos esta noche para cenar. Te dejo tiempo para tu reunión y así yo como con mi equipo, para que no digan que los abandono nada más llegar.
—Me parece perfecto, Álex. ¡Qué alegría verte!
Tal y como comentó Álex, solicitamos nuestras llaves y nos sentamos en la cafetería del hotel, una preciosa estancia decorada con butacas de terciopelo morado maravillosas, paredes forradas de espejo y molduras de madera.
La complicidad entre nosotros seguía como el primer día, así que el rato fue superagradable.
Yo estaba en la habitación 27 y Álex en la 12, lo cual era perfecto, porque todos sus compañeros estaban en la misma planta y, si conseguía que él subiese a mi cuarto, era preferible que su tripulación no estuviera muy cerca para que ese no fuese un impedimento.
Quedamos a las nueve en el hall del hotel para ir a cenar. Él dirigía, por lo que no tenía ni idea de dónde me llevaría.
Yo, mientras tanto, subí a mi cuarto, me cambié de ropa, zapatillas cómodas y me fui a dar una vuelta. Tenía todo el resto del día libre para hacer unas compras antes de volver a prepararme para la gran velada.
Ya de regreso, tras mi visita obligada a La Durée (adoro los macarons de ese sitio) y una vuelta por Galeries La Fayette, Saint Honoré y las calles comerciales del centro, aterricé en la supercama de mi habitación con el tiempo justo para echarme un rato antes de mi ducha y mi puesta de largo para la cena (lo de largo es una forma de hablar, había preparado un minivestido de esos de quitar el hipo).
¡Qué bien me ha sentado la ducha! Estoy con una energía… Pensaba que Álex me sería algo más difícil, pero todo está saliendo a las mil maravillas y espero que la noche sea fantástica. Luego os cuento qué tal ha ido la cena.
Cuando he bajado, Álex ya me estaba esperando, superguapo, americana azul marino, vaqueros que le hacían un culito que qué os voy a contar y un suéter gris clarito ajustado que, bueno… Sin comentarios.
Ya había pedido un taxi y en breve cruzamos el Sena hasta llegar a un pequeño restaurante del 6earrondissement, muy coqueto y tradicional, pero lo que más me gustó es que no era la típica cena superelegante romántica, sino que el sitio estaba lleno de gente y las mesas eran corridas, por lo que, aunque estábamos muy cerca el uno del otro, justo al lado teníamos a otras personas disfrutando del lugar como nosotros.
Bueno, me gustó, porque el sitio era muy divertido y la comida buenísima, pero tan poca intimidad no sé si quería decir que no pretendía que pasase nada más entre nosotros…
Pronto descubrí que no estaba todo perdido.
Tras la cena, fuimos caminando hasta uno de los bares de la zona de Odéon en el que nos tomamos unos mojitos de fresa y pudimos intimar un poco más.
Él empezó a jugar con las fresas y a darme pedacitos de esa fruta tan afrodisiaca directamente en mi boca, lo que me demostró que el chico romántico y juguetón que yo había conocido acababa de resurgir de sus cenizas.
Yo no me resistía lo más mínimo y llegó un momento en el que ya no sabíamos ni cuántos mojitos llevábamos.
Yo estaba intentando alargar la velada para que llegásemos al hotel tarde y que no se pudiese encontrar a nadie de su grupo en recepción que pudiese trastocar mis planes.