Operación Femme Fatale Chapter 1 #22
59%

Chapter 1 #22

No me gustan ese tipo de relaciones o que pudiese parecer un enchufe, o que, de repente, tras tanto trabajo se pueda poner en entredicho mis logros profesionales por haberme tirado al hijo de uno de los jefes. No, y punto.

Lo hablamos y a ambos nos pareció lo justo (entre nosotras, el niño sabía latín, así que no había que pensar en fuegos artificiales y en aquellos momentos mi carrera era lo primero).

Seguimos hablando, pero no nos volvimos a ver. Años después, yo ascendí, dejé la empresa y nuestro contacto se enfrió, pero me dejó muy buen recuerdo aquella convención. Sí, señor.

Podemos decir que Vincent es de los GUAPOS, ATRACTIVO, LIGÓN, INTELIGENTE, RICO, POLÍGLOTA, BUENA GENTE.

Y lo voy a resumir en GUAPO y RICO.

W

Mira que mis ligues siempre han sido muy internacionales, pero no tengo W en mi harén.

X

Me pasa lo mismo con las X. Lo cierto es que no son muy comunes y, como os he contado, no soy muy de norte. A los únicos que conozco con nombre en X son a los gallegos y de momento no he tenido el placer.

Y

Yamil – Esta historia es bastante exótica.

Creo que en algún momento ha salido, pero estábamos por aquel entonces Greta y yo viviendo fuera de España, y un día nos invitan a un cumpleaños cuya temática era «Fiesta Hawaiana». Tenía superbuena pinta, y yo tenía un vestido rojo con estampados tropicales que me iba al pelo.

Fuimos a la casa en cuestión y el ambiente era genial, todo el mundo ataviado con collares hawaianos, coronas de flores, y habían preparado una mesa donde se supone que estaba el bar con múltiples ingredientes y, lo más importante, las instrucciones para poder hacer cócteles de todo tipo.

Nosotras, para variar, siempre dando la nota, y hasta bailamos sevillanas sin tener ni puñetera idea.

Resulta que, en cuanto supieron que éramos españolas, de repente, empezaron a pinchar flamenquito y rumbitas y ya nos ves a las dos taconeando y dando palmas como si hubiéramos salido de la feria de abril.

Lo mejor de todo es que el resto de los asistentes nos rodeaban y comentaba «¡si es que es innato!

», «cómo se nota que tienen el arte dentro estos españoles».

.. Madre mía, nosotras desternilladas de la risa.

Qué pareja, sin haber bailado sevillanas en su vida.

Cuando ya nos cansamos de dar que hablar, nos decidimos por irnos a la cocina en la que el ambiente era un poco más calmado, pero la comida y las buenas copas estaban allí.

Empezamos a entablar conversación con unos chicos de aspecto muy mono, buena pinta, muy guapos…, y allí nos quedamos.

Empezamos con los típicos jueguecitos de beber y la cosa se puso interesante.

¡¡¡POR CIERTO!!! Esto, aunque no venga a cuento, porque yo os tenía que hablar de Yamil, os lo tengo que contar, porque nos dejó a todos impactados esa noche y resulta que se trata de una historia real.

Como os decía, estábamos haciendo juegos y, de repente, se les ocurre contar «historias increíbles pero ciertas que nos hayan pasado» y una chica que estaba jugando con nosotros empezó a contar algo que le había pasado a sus actuales compañeras de piso.

Vivían tres chicas en un piso del centro de tres habitaciones y todas ellas trabajaban, por lo que cada noche cada una se preparaba la comida para el día siguiente, la guardaban en un tupper y la metían en el frigorífico para llevársela al trabajo por la mañana.

Eran, como ya he dicho, tres, pero dos de ellas eran más amigas entre sí y la tercera había venido después y tenían menos confianza con ella. Esta tercera era un poco más gordita que las demás.

Lo cierto es que, una tarde, las dos más amigas se juntan y se dicen la una a la otra:

—Oye, quiero hablar con (la vamos a llamar María, por ejemplo, es que no recuerdo sus nombres)…

Quiero hablar con María, porque estoy notando que, cuando llego al trabajo, mi tupper no está tan lleno como lo había dejado la noche anterior, y me parece muy raro, porque me está pasando todos los días desde hace unas semanas.

La otra le dice:

—¿A ti también? Porque a mí me está pasando lo mismo y no me lo explicaba. Tenemos que hablar con ella, porque a lo mejor se levanta por la noche con ansiedad (la noto nerviosa últimamente) y se come la mitad de nuestra comida.

Total, que esperan a que llegue María y le dicen:

—María, tenemos que hablar. Ya hace un tiempo que estamos notando que nos falta comida de nuestros tuppers y es mejor que lo reconozcamos abiertamente para ver cómo solucionar esto.

Si tienes problemas o estás nerviosa o lo que sea, lo podemos solucionar juntas, pero coger de la comida que preparamos para el trabajo no nos parece que esté muy bien.

La pobre María salta del asiento y dice:

—¿Cómo? ¿Que a vosotras también os falta? Yo creía que me lo estabais haciendo a propósito para que perdiese peso y me estaba empezando a mosquear…

—-¿En serio? —dijo la primera—.No me lo creo.

Empiezan a discutir, porque pensaban que María mentía para no reconocer su gula nocturna y la otra compañera, que todavía no había hablado, dice:

—Pues muy bien. Si lo que decís es verdad y ninguna reconoce el robo de la comida, vamos a llamar a la policía.

Esta última pensaba que la amenaza haría que María confesase y todo saliera a la luz, pero no fue así, al contrario, María insistió en que hiciese la llamada.

Todas de acuerdo y llaman a la policía.

—Señor agente, siento molestarles, porque tendrán cosas mucho más importantes que resolver, pero es que somos tres compañeras de piso que tenemos un problema y ya no sabemos cómo solucionarlo.

Llevamos varias semanas notando que el tupper que nos preparamos y dejamos en la nevera por la noche, cuando llegamos al trabajo, se ha reducido a la mitad.

Cómo se lo digo, ¡nos falta comida! Y ninguna de nosotros admite haberla robado. No sabemos qué hacer.

Contra todo pronóstico, porque las tres pensaban que las iban a mandar a paseo, el agente le dice:

—No diga nada ni se ponga nerviosa, cojan ahora mismo las llaves de su casa y tal cual están ahora mismo salgan de la casa y cierren con llave. No hagan ruidos ni digan nada, simplemente salgan de la casa y, desde fuera, me indica la dirección, que vamos en camino ahora mismo.

La chica se queda loca. Inmediatamente, coge las llaves de las tres que siempre dejaban en la entrada y comienza a hacer aspavientos con los brazos para decirles a sus compañeras desde la puerta que saliesen y que se callasen con el dedo en la boca.

Siguen las instrucciones del policía y bajan a la calle a la espera de que lleguen los agentes.

Lo cierto es que no tardan nada, les dicen que no se preocupen y que les esperen allí fuera.

Al cabo de unos minutos, los agentes salen del edifico acompañando esposado a un hombre y lo meten en el coche patrulla.

Las chicas, atónitas, esperan a que el agente les explique.

Al parecer, es algo que se estaba repitiendo por la zona y por eso, en cuanto escucharon la historia, los policías salieron pitando.

Una de las prácticas comunes en las grandes ciudades es que, aprovechando cualquier descuido, sacando la basura, etc.

, etc., los «sin techo» se metan en una casa y se escondan debajo de la cama.

Las tres chicas no se lo podían creer: «¿Pero cómo es posible? Notaríamos el olor o algo, ¿no?», «¿Y tanto tiempo ha estado en nuestra casa?», ¡¿Pero qué me está contando, señor agente?!».

El policía les explicaba que, como tenía todo el día para estar en la casa, aprovechaba su ausencia para lavarse y por eso no olía mal y por las noches comía mientras dormían lo que dejaban preparado en la nevera.

Cierto era que una de ellas pasaba muchas noches en casa de su novio, por lo que, si estaba debajo de su cama, era fácil no haberlo detectado.

El pánico se apoderó de ellas recordando todo lo vivido esos días en la casa desde que les faltaba la comida y el temor de que les hubiera hecho algo mientras dormían (¡qué horror!

Solo de pensarlo se me pone la carne de gallina).

Por supuesto, esa noche ni se atrevieron a dormir en su casa y en nada dejaron ese piso.

¿Cómo os quedáis? La historia es fuerte, eh, me cago de miedo cada vez que la cuento, pero al final puede ser perfectamente cierta. En nuestro día a día en el que vamos a mil, ¿quién se para a revisar a diario debajo de su cama?

Que sepáis que yo ya solo tengo camas tipo canapé con arcón de almacenaje debajo. Eso sí, siempre lleno de cosas para asegurarme de que nadie se puede meter dentro. ¡Me muero!

Por supuesto, la chica ganó el juego de las historias, porque todos nos quedamos sin habla.

Siguiendo con lo que nos concernía, que era la fiesta, tras este shock , propusimos pasarnos a los juegos de beber, que eran más divertidos y menos siniestros, por lo que empezamos a beber chupitos a lo loco.

En una de estas a mí me empieza un hipo de esos tremendos que no puedes parar, superexagerado y que hasta te duele.

Pues sí, otra vez dando de qué hablar. Ya no sabía qué hacer: tragar con la boca cerrada, beber con el vaso boca abajo…

¡Nada funcionaba! Y, de repente, uno de los chicos que estaban con nosotros se me acerca, apunta su mano hacia mí y me la introduce en el diafragma, presionando superfuerte hacia dentro.

Hasta me asustó, porque no sé si estaba tocando algo interno por la profundidad de su presión (a todo esto, mientras hacía esta operación, me había puesto un dedo de su otra mano en los labios a modo de «tranquila, no digas nada», y sus ojos miel intensos se clavaban en los míos, lo que me ponía todavía más nerviosa).

Pasados unos minutos, retira la mano y me dice:

—¿Todo bien?

Y realmente todo estaba bien. Mejor que bien, me acababa de salvar y ya no tenía hipo, pero me daba un poco de vergüenza aquel manoseo tan extraño.

Me había puesto a cien, porque el chico, además, de supermisterioso con ese aire oriental (pero de Oriente Medio, no de China) y su olor a perfume de esos orgásmicos me había hipnotizado.