Chapter 1 #21
Decidí ponerme el bikini y metí dentro de los bolsillos del albornoz unas chocolatinas y una botella de champán, que seguro que me sentaría de maravilla en aquel momento zen que iba a tener.
Primero, me daría un baño, y luego me iría a la sauna con mi botellita y mis chocolates. El baño me sentó increíble, porque la piscina infinita tenía una cristalera desde la que veías todo el mar y las playas a lo largo de la costa, era como estar en otro mundo.
Salí del agua y, siguiendo mis planes, me llevé «el botín» a la sauna y me aseguré de abrir un poco la ventana, no fuera a ocurrir que me quedase dormida con la chispita del champán y apareciese mañana ahogada dentro de esa cabaña de madera.
Estaba muy a gustito y tranquila en mi momento de relajación cuando, de repente, entra un chico en la cabaña y me dice si me importa que me acompañe.
Yo cómo le iba a decir que me importaba si el hotel no era mío y esa zona era de uso público, así que accedí con una sonrisa y entró a interrumpir mi escapadita secreta.
Como me daba un poco de vergüenza el momento festín que me estaba dando, lo invité a tomarse una copa. Eso se suele hacer por cortesía y lo normal es que la gente no acepte, ¿o sí? Bueno, el caso es que este sí lo hizo.
Se sentó a mi lado y empezamos a charlar. Me preguntó lo típico, que qué hacía aquí, que de dónde era… Por cierto, él se llamaba Vincent, pero, al detectar mi acento, se puso a hablarme en español.
Le conté que estaba allí por trabajo y que al día siguiente tendría que dar una gran charla en una reunión muy importante y que estaba muy contenta con el proyecto.
Él se interesó mucho por ello, pero yo no quise contarle nada más que lo estrictamente necesario, nada confidencial, ya que mi ponencia era secreta y el proyecto un lanzamiento global, por tanto, esa información no podía salir a la luz hasta el día siguiente.
Él me miró con una sonrisa de complicidad y asintió como complacido. Yo no le di más importancia.
Empezamos a hablar de la vida, de nuestros gustos por la música, los viajes…
La verdad es que el rato estaba siendo de lo más agradable.
Él me contó que estaba allí por un tema familiar.
Su padre quería que él siguiese sus pasos y trabajase con él en Asia, pero no lo tenía claro.
Estaba analizando el negocio y creía que al día siguiente, quizás, se podría decidir. No me dio muchos más detalles.
Una copa llevó a otra y pronto se nos terminó la botella, pero Vincent solicitó otra al personal del hotel y en nada teníamos allí un carrito con botellas y copas. Yo estaba flipando por el servicio y un poquito también por la primera botella que nos acabábamos de tomar. ¿Sería el dueño del hotel?
Vincent, de repente, cambió el hilo musical rollo zen que estábamos escuchando y conectó por bluetooth su lista de música.
Eso ya estaba tomando un cariz más festivo.
Y empezó a bailar en medio de la sauna. A mí me dio por reír y con el champán eso fue imparable.
Me sacó a bailar, y el resto ya os lo podéis imaginar.
Terminamos en el jacuzzi compartiendo más que palabras (menos mal que también estaba dentro de la cabaña, porque nadie podía enterarse de que la española se había enrollado con un desconocido en su primera noche en Asia.
Era un poco desvergonzado, ¿no? En este caso, el jet lag me había confundido, o abrumado).
Vincent era un amor y la verdad es que el tiempo volaba. De repente, miro el reloj y:
—¡Oh, no! ¡Me tengo que ir! —¿Ya? —preguntó él—. Quédate un poco más conmigo.
Me puse el albornoz y le dije que no podía. Debía descansar y estar perfecta mañana para el «gran día», pero que, si todavía seguía por aquí mañana, tendríamos una fiesta en el hotel con mi empresa y quizás podría escaparme antes y vernos de nuevo.
Nos despedimos y yo me fui a la cama más feliz que una perdiz.
Dormí como un bebé. Entre el jet lag , el champán y Vincent, había eliminado todas las toxinas posibles y estaba lista para deslumbrar.
Me puse mi atuendo escogido para la gran presentación y me fui muy temprano del hotel hacia las oficinas para estar segura de que no había problemas técnicos ese día con mis archivos (nadie se libra de la ley de Murphy y más vale prevenir).
¡¡¡LLEGÓ EL MOMENTO, CHICAS!!!
He de decir que lo bordé en la presentación.
Iba muy tranquila, porque, como os conté, era un proyecto que había mamado y me lo sabía de pe a pa (bueno, he de confesar que, además, me tomé una pastillita rosa que me recomendó una vez una profesora antes de presentar mi proyecto de fin de carrera.
Os la recomiendo, te deja en modo «poderosa», con una tranquilidad y una seguridad en lo que estás diciendo, nunca me falla).
Mis ideas encantaron y todo el mundo aplaudía y pedía mi plan ya en su país cuanto antes.
La sala estaba llena de personas: en las primeras filas, los jefes (aquellos que me habían incitado a la eliminación de toxinas.
¡Espero que lo de Vincent no hubiera sido un gigolo pagado por la empresa!), y luego todos los delegados de los países y demás departamentos implicados.
Éramos unos trescientos, así que yo hablaba para las primeras filas, porque era imposible ver a todo el mundo.
Salí del escenario como con cinco kilos menos. Estaba pletórica y muy orgullosa de todo el esfuerzo que me había llevado casi un año de trabajo. ¡Prueba superada!
Necesitaba un respiro, así que me fui por un lateral de la sala en busca de un baño. Cuando salgo de la sala, me dan un golpecito por detrás y me dicen:
—¡Enhorabuena por tu trabajo, gran presentación!
Me giro pensando que sería algún compañero y, de repente, ¡¡era Vincent!!
¿Qué hacía él allí y cómo que había visto la presentación? No entendía nada.
Me acompañó al baño, lo que me hizo reír, porque me recordaba a la noche anterior, y me explicó que él era el hijo del director de Asia.
—¿Perdona? Pero si el director es chino. Pero si tú no pareces chino ni tienes rasgos chinos. ¿Me tomas el pelo?
Al parecer, su mujer era sueca y por eso el hijo había salido en este caso más a su madre, rubio y de ojos claros, y por eso hablaba con ese acento europeo que no supe distinguir la noche anterior.
¡Menudo bochorno! No sabía dónde meterme. ¿Ahora qué hacía?
Le pregunté si había hablado con su padre de lo de la noche anterior o si tenía que disculparme de alguna manera, pero me dijo que NO, que nadie lo sabía y que podía estar tranquila. ¡Menos mal! ¡Qué liada más gorda!
—¿Y tú lo sabías? ¿Qué fue lo de ayer, alguna prueba para emborracharme y que hoy todo fuera un desastre?
Él se empezó a reír, y me dijo que para nada, que me había visto con su padre en el cóctel y había llamado su atención y que por eso se había decidido a seguirme hasta la terraza (estos chicos ricos, son un poco raritos. Cuando dicen que la realidad supera la ficción, os digo que es verdad).
Me dejó un poco más tranquila y le dije que nos veríamos entonces esta noche en la fiesta y que ya hablaríamos. Yo debía volver a mi puesto en la reunión y procesar lo que acababa de pasar.
No sentí miradas extrañas por parte del padre del susodicho y nadie me dijo nada salvo felicitaciones y enhorabuenas por mi proyecto, lo que me alegró el resto del día y me hizo olvidarme del chaparrón del baño.
Por la noche, tras volver al hotel a descansar un poco y ponerme el modelito de gala, bajé a la cena.
Estaba preparado como si fuese una boda y cada uno tenía la ubicación y mesa en la entrada.
A mí, tras mi gran ponencia, me habían puesto en la mesa de los jefes, lo que era todo un reconocimiento, pero, a la vez, un agobio por tener que estar siempre a la altura y alerta por el incidente con el hijo del director.
Todo fue muy correcto y lo cierto es que todos se portaron superamables conmigo. No hubo atisbos de saunas ni de botellas de champán en la piscina.
Tras la cena, empezaba la fiesta y el director de Asia me invitó a una copa y me dijo:
—Ha dejado usted deslumbrado a mi hijo.
¿Hola? ¿Qué coño significa esto?
Lo único que podía hacer en aquel momento era sonreír, porque no sabía dónde meterme.
Además, los asiáticos son tan educados y parece que siempre sonríen, pero por dentro puede estar cagándose en mi familia…
No sabía cómo escapar, pero, por suerte, él prosiguió diciendo que mi presentación había sido estelar y, quizás, gracias a ella su hijo aceptara formar parte de la empresa y trabajar sucediendo a su padre en Asia (uff, hablaba de mi presentación, ¡pensé morir!).
Volví a respirar y ya mi vestido había dejado de estrangularme.
Me dijo que me lo quería presentar para ver si así terminaba de decidirse, que, por favor, le echase un cabo en esa tarea.
Y allí estaba él, mucho más apuesto que la noche anterior con un smoking impecable y con una sonrisa picarona irresistible (ambos sabíamos lo que estábamos pensando).
Hechas las falsas presentaciones, su padre nos dejó solos y, supuestamente, yo debía convencerlo para que trabajase con nosotros. No sabía si era lo mejor, pero claro, su padre me lo había pedido.
Nos reímos un montón con lo extraño de lo que había pasado y le di las gracias por no haber dicho nada a su padre.
Le pregunté si trabajaría con nosotros y me dijo que, bueno, que quizás lo discutiría de nuevo con el jacuzzi .
¡Qué listo! No fue inmediato, porque era una fiesta de empresa, pero ya sabéis dónde terminamos.
He de decir que el viaje fue muy bien, yo volví a casa con el ego subido y, además, tenía un buen amigo en la delegación de Asia, pero no quería que pasase nada más.
Había sido gracioso, se había comportado genial conmigo por no dar otros detalles y me había hecho la estancia mucho más agradable, pero no quería que por aquello mi situación pudiese cambiar ni para mal ni para bien. No se podía saber en el trabajo.