Operación Femme Fatale Chapter 1 #18
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Chapter 1 #18

Por supuesto, él decía que lo tenía controlado y jamás dejó que yo me drogase (cosa que le honra y que siempre le agradeceré), porque, aunque no entraba en mis planes, soy antidrogas.

Nunca se sabe en una noche tonta las estupideces que puedes llegar a hacer por parecer más guay (cuántas tontas y tontos han caído).

Como os digo, él decía que solo era diversión, pero, cuando ya lo hacía todos los días, y su carácter se empezó a crispar, ahí fue cuando dije «esto no me conviene».

Empecé, por supuesto, a quedar con otros, y muchas de las letras que os he contado se solapan en el tiempo con Rodri, porque yo sabía que él hacía lo mismo. Lo malo es que siempre volvía a caer en sus redes y eso es lo que no sabía cómo cortar sin que me doliese por dentro.

A veces, pensaba que intentaba ser su salvadora, que lo convencería para salir de ese círculo vicioso, pero al final la que más tenía que perder era yo y él no se quería lo suficiente como para darse cuenta de que su encanto natural se perdía con cada rayita.

Un día, hablando con Greta de mi cacao mental y de lo mal que lo pasaba a veces por culpa de este idiota, por no hablar de la pasta que me había dejado en él, me dijo que había que cortarlo de raíz.

Así me pasase un mes llorando, porque no podía permitir sentirme mal cuando estar con alguien significa estar feliz.

Y era verdad, tenía toda la razón. Pero era tan duro…

Un día, saliendo del metro, me entregan un papelito que decía « Maestro Safhir, soluciona todos tus problemas con su magia » y unas lunas y soles dibujadas.

Yo, que ya habréis notado que estoy como una cabra, dije:

Yo, que ya habréis notado que estoy como una cabra, dije:

—Esta es la señal que estaba esperando. Voy a hablar con el tal Safhir y a ver qué me cuenta.

Total, que lo llamo, y me da una dirección y una cita. Busco en internet, porque no tenía ni idea de dónde era eso, y me fui a verlo.

El sitio estaba superalejado del centro, en una barriada un poco sospechosa, que porque tenía veintipocos años y no ves le riesgo cerca nunca, pero ahora lo pienso y no me metería allí ni de broma.

Llamo al timbre y me abre una señora negra (o de color), ataviada con vestimentas muy coloridas como de una tribu africana, y me dice:

—Espera un momento, que el Gran Maestro enseguida te atenderá.

—«El Gran Maestro» (estaba flipando)… Pasa un rato, imagino que eso siempre queda bien y da un toque interesante y de majestuosidad a lo rocambolesco de todo aquello y la señorita vuelve—.

El Gran Maestro reclama su presencia en la sala Sol.

Como os digo, flipante.

Entro en la habitación contigua y, tras unas cortinas de esas de chorros que hacen ruido cuando las atraviesas, me encuentro una sala forrada de telas de todos los colores en las paredes y adornos africanos por todas partes.

La sala no tenía ventanas, o al menos estaban tapadas, y la única luz la daban las velas rojas y negras que lo rodeaban (no se por qué la llamaban la sala Sol cuando era bastante tenebrosa).

La imagen era impresionante y el Gran Maestro era tan negro como su ayudante y, además, iba vestido de negro, por lo que la única luz que emanaba de su ser era el blanco de sus ojos y sus dientes, aunque en aquel momento ni se los veía, porque estaba superserio. Os juro que daba mucho miedo.

Me armé de valor para abrir la boca y le expliqué lo que me pasaba, y entonces él, en lugar de decirme «te lo voy a quitar de la cabeza y voy a solucionar tu sufrimiento», me dijo que, con su ayuda, lo podría recuperar y hacer que fuese mío para siempre.

—¿Perdona? Eso no es lo que yo quiero, embrujar a alguien para que se quede conmigo.

Pero ¿de qué me está hablando este señor? Qué miedo…, ¿no? Puff, me empecé a agobiar y no sabía cómo salir de allí, así que pensé que lo mejor era no llevarle la contraria por lo que pudiera pasar. Ese hombre manejaba una magia muy negra. ¡Imaginaos si me hace algo malo a mí!

Me empieza a explicar el ritual y me dice que me llamará para darme las instrucciones de lo que tenía que hacer, pero que le tenía que conseguir una foto de Rodrigo.

Pues mal empezábamos, jamás se había dejado fotografiar.

Odiaba las fotos, eso era una misión imposible, pero, de todas formas, no pensaba llevar nada a cabo de lo que me dijese.

Me voy de allí con una sonrisa falsa del todo y agradeciendo un montón su ayuda (por supuesto, previo pago) para no levantar sospechas y me voy a mi casa.

Esa misma noche me llama el «Maestro». No os imagináis qué miedo me dio esa llamada.

Me dijo que cogiese lápiz y papel y empezase a anotar todo lo que necesitaba para hacer el ritual que me conseguiría a mi hombre…

(ahora lo pienso y me meo sola, pero en aquellos momentos estaba cagada, y perdón por las alusiones tan poco finas).

Los ingredientes de la poción que debía hacer y luego pulverizar por encima de mí y por encima de él (entiendo que en un despiste) llevaba de todo, incluso tenía que comprar un pollo vivo (atentas al dato), matarlo yo con mis manos y sacarle unas gotas de sangre para el brebaje.

Colgué la llamada y, por supuesto, vi la luz. ¿Estábamos locos? Pero qué tomadura de pelo era esa, ni de coña iba yo a matar a un pollo. Y fue cuando vi la solución tanto a mi problema como al de cómo sacarme al Gran Maestro de encima.

Al día siguiente le llamé y le di las gracias. Le dije:

—Gran Maestro, no sé cómo lo ha hecho, pero gracias a usted me he dado cuenta de que ya no quiero estar con esa persona.

¡Ha conseguido lo que llevaba tanto tiempo intentado con una sola sesión!

¡Millones de gracias de verdad, gracias, gracias!

—Y le colgué (creo que se debió de quedar bastante descolocado).

Puff, me había librado del loco ese y, además, era cierto. Semejante chifladura, verme allí sentada delante de un señor que se hacía pasar por Maestro y que manejaba magia un poco tenebrosa ¡me hizo despertar!

Alguien que era capaz de que yo, una persona culta, con estudios, de buena familia e independiente, me rebajase a llegar a tales extremos es que me anulaba como persona y no me convenía a mi lado. Ahí estaba la clave, se había acabado mi dependencia para siempre.

La verdad es que menuda locura. Lo pienso y me avergüenzo, pero, al menos, me ayudó a despegarme de ese lastre que me hacía daño de verdad.

Mi vida cambió radicalmente y, a partir de entonces, dejé de quedar con él. Coincidió con la boda de Emma y, como sabéis, encontré otro clavo que, aunque no definitivo, me hizo mandar a Rodri a paseo.

He de confesar que, un año y medio después, y encima engañando a Félix (aunque ya sabía que lo nuestro tenía los días contados), me fui a una fiesta hawaiana en la que, de casualidad, me encontré con Rodri.

No nos lo esperábamos, porque hacía mil años que no hablábamos ni sabíamos el uno del otro, pero fue como si nos hubiéramos visto el día de antes en aquel local con luz naranja.

Estuvo muy majo y agradable, nos pusimos al día y el fiestón se trasladó a su ático en el que terminamos mis amigas y yo.

En aquel momento yo había cambiado muchísimo y él lo notaba, y se notaba.

No pudimos despegarnos esa noche charlando sin parar y, a sabiendas de lo que iba a hacer, yo forcé que esa noche se acordase de las buenas noches que le había dado durante tanto tiempo, y de las que ya no volvería a tener.

Es decir, que acabé en su cama demostrándole lo que había perdido.

Después de eso, la relación entre nosotros se recuperó desde la amistad, aunque nunca volvimos a quedar.

Como sabéis, me llamó para que cuidase de su amigo Chus y yo cumplí mi promesa.

Muchos años después, un día, caminando por una calle muy famosa de la ciudad, yo iba al teléfono y, de repente, de frente estaba él, que también iba al teléfono y que no me reconoció, porque iba muy concentrado en la conversación, así que no hice nada por parar a saludarle.

Mi amiga Greta me dijo el otro día que lo vio en una revista del corazón.

Al perecer, se ha casado con la hija de un forrado, así que me figuro que ha conseguido lo que buscaba en la vida: ser un mantenido.

Me alegro de que le vaya bien y haya sentado la cabeza.

Aunque ambos sabemos que, si me ve, se revolverían sus cimientos. Ya veremos si le toca la rifa.

Lo vamos a clasificar como GUAPO, LISTO, MANIPULADOR, DULCE (en el fondo, era un osito falto de muchísimo cariño), DIVERTIDO y un poco JETA .

Lo voy a resumir en DIVERTIDO y PELIGROSO.

S

Sergi – Era catalán y de ahí lo del nombre.

Esta historia es muy divertida y todavía mi amiga Greta me la recuerda de vez en cuando, pero estas son las cosas que pasan cuando las mentes creativas se ponen en marcha, y nunca mejor dicho.

A través de una amiga que acababa de empezar a trabajar en una agencia de relaciones públicas nos enteramos de que ese martes había un fiestón del sector de la publicidad, porque otorgaban unos premios o algo así en una discoteca del centro (menudo día para hacer una fiesta, pero, en aquellos momentos, la ciudad hervía y todos los días te podías liar sin planificarlo.

Eso sí, en martes, ni te cases ni te embarques).

Pues nos faltó tiempo, le pedimos unos pases y, como dos locas, nos fuimos a casa corriendo a ponernos nuestras mejores galas de viernes para aquel martes.

Lentejuela y raya en el ojo, nos tomamos los primeros cubatas en casa. Siempre es bueno que las primeras copas no sean garrafón, el veneno ya nos lo darán luego, pero las primeras para entonarnos que sean de las buenas.

Estábamos dispuestas a darlo todo, aunque realmente no conocíamos a nadie. Casi que eso era lo más divertido.