Operación Femme Fatale Chapter 1 #17
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Chapter 1 #17

Decidimos hacer una pequeña fiesta en casa, muy reducida, solo tres amigas y ya, con unas copitas de champán y una tarta de fresas buenísima.

Después de hacer un poco el canelo y mucho beber, bailar y cantar, como dice la canción, nos creció la insensatez y, tras darnos de beber, a darlo todo que nos fuimos.

Decidimos que, como todo había empezado muy chic, nos podíamos ir a una discoteca repija de la milla de oro, donde de vez en cuando nos dejábamos ver, pero a mí, personalmente, no me encantaba.

La gente solía ser un poco rancia y, salvo esa noche, nunca había ligado yo en ese sitio.

Yo creo que por eso no me gustaba, pero a Lucía, una de las que celebraba conmigo el cumpleaños esa noche (junto con Greta, por supuesto), le gustaba mucho ir.

Esa noche, además, había una fiesta de la embajada francesa, así que todo seguía siendo superchic.

Llegamos al local, oscurísimo, como siempre, no entiendo cómo la gente se distinguía allí dentro, y decidimos ir a pedir.

Afortunadamente, la barra estaba iluminada y, al menos, podíamos saber lo que nos estaban dando.

Como no había mucho abarrotamiento en ese momento, nos quedamos en ese sitio aprovechando la luz y así poder analizar un poco la situación.

Al poco rato, tres chicos nos abordaron. Eran franceses y creo que iban bastante achispados, pero lo cierto es que no estaban nada mal, ya sabéis ese charm francés tan sofisticado que nos vuelve locas a todas, très chic!

Greta y yo partíamos la pana allí, porque éramos las que hablábamos francés, aunque Lucía con su inglés supo salir del paso divinamente y camelarse al tercero en discordia.

Yo me lancé al que tenía el pelo más larguito y nariz un poco aguilucha, superatractivo.

Y en nada lo tenía comiendo de mi mano, así que, sintiéndolo mucho, les dijimos al resto « á bientôt » y nos fuimos a la casa de Pascal, que realmente no era su casa, sino la casa del hijo del embajador francés al que había venido a visitar aquella semana.

Eso me impuso un poco, pero me dijo que tranquila, porque sus padres vivían en el piso de abajo, era un dúplex, pero independiente, así que no solían subir mucho (eso esperaba yo).

La casa era preciosa, llena de cuadros, y se notaba que, pese a que solo viviera allí el hijo del embajador, la limpieza no la hacía él precisamente.

Ya sabíamos a lo que íbamos y el francés se empezó a poner a cien rápidamente, pero claro, pese a que yo tomaba la píldora, no quería pillarme nada raro traído de Francia aquella noche y le dije que sin condón no había bombón.

Ya lo veis a él rebuscando por todos los rincones de la casa de su amigo, que, teniendo en cuenta que, si los embajadores vivían abajo, no me creo que fuese a dejar los condones a la vista de cualquiera.

Total, que no había condones en ninguna parte de la casa.

Así que, mientras Pascal se ponía de los nervios, porque quería rematar la faena y no los encontraba, decidí bajar a la calle en busca del material en cuestión, porque, teniendo en cuenta que él no conocía la ciudad y no hablaba ni papa de español, más valdría que fuese la chica quien le consiguiese sus gomitas.

Salí del edificio, pero realmente tampoco era mi zona y no tenía ni idea de dónde podía encontrar una farmacia, y mucho menos abierta a las seis de la mañana.

Creo que estuve dando vueltas media hora.

Nada, era imposible. Incluso llegué a preguntar en un chino de estos 24 horas y por poco me echan del local.

A saber lo que se pensó de mí. Finalmente, me crucé con un tío un poco más joven y me armé de valor y le paré.

Cuando el tío escuchó de mi boca «Oye, ¿no tendrás un condón a mano?

», su cara fue de traca. Le tuve que explicar que estaba con mi novio y habíamos tenido un problemilla.

El chico respiró y se apiadó de aquella loca, sacó de su cartera un preservativo y desapareció antes de que le pidiese algo más. Menos mal, lo había conseguido.

Llego a la casa del embajador y llamo a la puerta toda emocionada porque había regresado con la presa, pero cuál fue mi sorpresa que, cuando llego, me dice Pascal:

—Oh, chérie , has tardado tanto que me puse a jugar yo solito.

¿Cómo? ¿Que se había puesto tontorrón y en lugar de seguir buscando se había hecho una paja? No me lo podía creer. ¡Puto francés! ¿Pero de qué iba? ¿Qué se creía este gabacho (y perdonadme, que me encanta Francia y los franceses, pero este fue un auténtico cretino)?

Como os lo cuento, alucina, vecina. Yo me pillé el rebote de mi vida y me piré de allí sin mirarlo ni a la cara.

¡Qué cerdo! Me fui tan rápido que me olvidé el sujetador (ahora que lo pienso, me fui a buscar los preservativos sin sujetador).

En fin, que en la embajada francesa, si vais a objetos perdidos, igual os encontráis mi soutien-gorge .

Por eso os decía que mucho no cuento con este tipejo, pero, como en este caso el condón nos lo ahorraríamos, ya veremos.

Lo pondré entre los GUAPOS, CREÍDOS, VAGOS, FRANCÉS, ENCANTADOR (pero de serpientes) y BIEN POSICIONADO.

Lo voy a catalogar como CRETINO e INTERESANTE.

Q

Sintiéndolo mucho, no tengo ninguna conquista que comience por Q. Muchos estaban como un queso, pero empezaban con otra letra.

R

Rodrigo – Rodri para los amigos y las pringadas como yo.

No sé si os acordáis de que, a ratos, ha aparecido el innombrable en alguna otra letra. Pues, queridas, aquí lo tenéis. Os presento al que más quebraderos de cabeza me ha dado en mi vida. Bien es verdad que, cuando nos conocimos, yo era una pardilla recién llegada, hoy no me hubiera dejado camelar.

Acababa de llegar con mis amigos a la ciudad y nos creíamos los reyes del mambo, todavía nos mantenían nuestros padres y no nos teníamos que preocupar de todos los gastos que luego te vas dando cuenta de que no los regalan y que hay que pagarlos.

Casi siempre salíamos todos juntos, chicos y chicas, pero aquella noche decidimos que era noche de chicas y nos fuimos mis compañeras de casa y yo a romper la ciudad.

Era la segunda vez que íbamos a aquel local que luego se convirtió en uno de nuestros favoritos, porque ponían música superdivertida.

Todas las paredes del bar estaban decoradas con miniaturas de botellas de todas las bebidas existentes en el mundo y la luz en aquel sitio era como naranja, lo cual le daba un toque muy tropical.

Estábamos bailando a lo loco las cuatro, Greta, Julia, Lucía y yo, cuando, de repente, nos rodea un grupo de chicos «guapetes» y con ganas de pasárselo bien.

Nos cayeron muy bien en un primer momento, educados, buena pinta, graciosos y bailongos (esto era un plus, porque a nosotras nos encantaba bailar).

Total, que bailamos, charlamos, y nos intercambiamos los teléfonos.

Yo ya había fichado al mío, que, por cierto, era el más mono: pelo larguillo y ojos azules.

Greta también fichó, Lucía también y a Julia no le gustó ninguno, porque ella ya le había echado el ojo al dueño de otro local (uno de los socios de Luis que os comenté).

Esa misma semana Rodri me escribió para ver qué plan teníamos para el fin de semana siguiente, y resulta que celebrábamos el cumpleaños de uno de nuestros compañeros de casa y el fiestón estaba en plena planificación, así que, tras decírselo al sexo opuesto (que no les encantó la idea de traer más gallos al corral, pero que después cedieron a nuestras súplicas a cambio de invitar a chicas de la uni), decidimos invitarlos a la fiesta.

Vinieron todos los de la última noche y unos cuantos más (la cara de nuestros chicos fue un poema. Mucho macho junto, les quitaban opciones, claro).

Los invitamos a unas copas y, en un momento que me fui a mi cuarto, Rodri me abordó por detrás, y creo que volvimos a la fiesta media hora después (no os voy a contar en qué nos estuvimos entreteniendo, pero si aquella moqueta hablase…).

Claro, yo estaba encantada, me gustaba mucho aquel chico y todo hacía indicar que a él yo también.

Todo parecía fantástico, nos llamábamos a menudo y, aunque nosotras saliésemos por libre, yo siempre terminaba en su casa o en la de algún amigo, pero con él.

No sabíamos cómo llamarle a aquello y a mí me descolocaba bastante, porque sus amigos y las mías nos consideraban novios, pero él jamás pronunció aquella palabra en más de cinco años de tontería.

Imaginaos mi empanada mental cuando nos veíamos todos los santos días, porque yo lo recogía en su trabajo con mi coche cada tarde cuando salía de la oficina y lo dejaba en su casa (previo revolcón en un escondite cercano) y, además, todos los fines de semana me llamaba a las tantas para que me fuese a dormir con él.

Llegó un momento en el que a mí aquella cosa abstracta me empezaba a minar.

Se ponía celoso si yo quedaba con otros, pero ¿él podía tener libertad de movimiento?

Pues NO. El problema es que mi enganche era considerable, porque conmigo era muy dulce en la intimidad y sé que me quería un montón, pese a que no fuese a ser la mujer de su vida. Oye, esas cosas pasan.

Imagino que, cuando eres tan joven y te gusta el chico que no deja de llamarte, pierdes el norte y lo dejas todo por él, pero yo sabía que me manipulaba y que había dejado pasar muchos trenes por algo que yo misma sabía que no llegaría a nada.

He de decir que, al principio, me lo pasaba superbién y me enseñó un montón de cosas de la ciudad, la noche, planes muy divertidos…, pero la cosa se truncó cuando la droga pasó a ser otra de sus acompañantes nocturnas frecuentes.