Operación Femme Fatale Chapter 1 #15
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Chapter 1 #15

Se lo dije a las demás (a Julia no, porque no se despegaba de Rocío) y todas se descojonaron de ella. «Ni caso», me dijeron.

Total, que la tía no me quitaba ojo ni a mí ni a él. Estaba como poseída.

Como Luis me estaba haciendo caras desde lejos en plan gracioso, la otra no sabía dónde meterse de ira. Se revolvía en su metro cuadrado de espacio vital y se terminó la copa de un trago y se fue a hablar con Luis.

Como sabéis, a digna no me gana nadie y, tras ver a la loca en acción, cogí mi bolso, abrigo en mano, me acerqué a ellos, le susurré a Luis al oído, «¡Nos vamos!», y le tiré del brazo mientras nos escapábamos del local.

¡ Touchdown , señoras! Tocada y hundida.

Al día siguiente, mis amigas me contaron que la cara de Rocío fue memorable y que se volvió totalmente loca. Empezó a beberse las copas que encontraba por ahí y acabó como una cuba y enrollándose con el que se le puso a tiro.

Sé que Julia se mosqueó un poco conmigo, pero yo lo estaba más con ella por no defenderme.

Yo me fui con Luis a su casa y bueno, no estuvo mal, aunque el tío besaba mejor que follaba, no os voy a engañar, me dejó un poco plof .

No me quise quedar ni a dormir, porque la noche había sido movidita y resultó que el premio no era para tanto.

Quedamos otra vez entre semana, pero lo dicho, había algo que hacía que la chispa que tenía vestido la perdiese desnudo.

A Rocío se le pasó la tontería cuando un día dije, en su presencia, a propósito, que había decidido no quedar más con él.

Y me di cuenta de que toda la película mental que había montado eran celos.

Luis no quería nada con ella y ella lo sabía desde hacía amucho tiempo, pero tampoco quería que ninguna de nosotras pudiera acceder a él, ¿os parece normal?

Cómo somos las tías a veces, peor que los perros marcando el territorio, ¡ mamma mia !

Luis desapareció de mi agenda, y creo que pronto dejó la ciudad. Hace mucho que no se nada de esa pandilla.

Lo podemos incluir en SIMPÁTICO, GUAPO, DIVERTIDO, ATREVIDO, BUENA GENTE, EMPRENDEDOR.

En resumidas cuentas, un SIMPÁTICO, ATRACTIVO (un poco FLOJO).

LL

Se que esta letra ya dejaron de incluirla en el abecedario hace tiempo, pero soy una cuarentona romántica y le voy a hacer un homenaje, nombrándola, aunque ya no contemos con ella, y conozca a pocas personas cuyo nombre empiece por LL.

Lo siento pero no tengo LL en mi harén. Eso sí, este párrafo, ¡ va por ti LL !.

M

Miki – Su verdadero nombre es Miguel, pero todo el mundo le llama Miki desde pequeño, y la verdad es que le pega todo, porque es superachuchable y buena gente como Mickey Mouse.

Este es uno de mis preferidos, porque, además, es un amigo de verdad.

No sé si recordaréis cuando os contaba la historia de James, que, durante la carrera, tenía a mis dos mejores amigos siempre de guardaespaldas, porque siempre coincidíamos juntos en clase. Bueno, pues el segundo en discordia era Miki.

Siempre, durante la carrera, nuestra relación había sido de amistad pura y dura.

Él siempre tenía una novia que iba y venía, una relación un poco tormentosa, y yo nunca había pensado que pudiera verme de otra manera, a mí, su compañera y amiga a la que no paraba de hacerle cosquillas por debajo de la mesa (era muy gracioso) y, además, siempre se metía conmigo por estar liándome con “ese”, (el chico que tocase en cada momento), ninguno le valía para mí.

Estábamos en el último año de carrera y ambos ya habíamos acabado lo que sea que tuviéramos con otras personas.

Miki empezó a insistir en clase con que lo invitase a cenar y no había un día que no me preguntase «¿Cuándo me invitas a cenar a tu casa?

». Yo pasaba de él, porque siempre estaba con sus coñitas y no me creía nada de él, hasta que ya meses después un día se puso serio y me dijo «Quiero cenar contigo a solas».

Me asusté un poco, porque no sabía si pasaba algo y me tenía que dar una noticia o no sé, pero lo cierto es que aquella vez accedí y lo invité a cenar a mi casa.

Yo de cocinillas no tengo nada, así que le hice uno de mis platos estrellas: pasta al pesto.

Por supuesto, con pesto de bote, todo un manjar.

Pero bueno, creo que a él la comida le daba un poco igual.

Encima se rio de mí por mi manera de desmenuzar el atún, y todavía lo recuerdo cada vez que abro una lata.

Cenamos, era un jueves, por tanto, al otro día temíamos clase.

Tomamos algo de postre, no recuerdo muy bien el qué, y nos fuimos al cuarto de estar.

Le llamaron la atención las fotos que tenía sobre la estantería y, en una de estas, queriendo alcanzar una de ellas, me intentó besar.

Yo le aparté la boca, pese a que no me había disgustado el beso, porque como, le dije, «creo que esto no estaría bien».

Además, me conocía a los compañeros de clase y ya todo el mundo sabía que cenábamos juntos aquella noche, por lo que el cotilleo estaba servido. Me negaba a ser la comidilla de la clase y formar parte de una conquista más en su lista. Éramos amigos y no quería fastidiar eso.

Lo dejé un poco compuesto y sin novia y, al poco rato, decidió irse.

Al día siguiente, él fue el digno en este caso e hizo como si no hubiera pasado nada burlándose del plato de pasta, lo cual me alegró, porque seguía siendo el mismo y, como tampoco sabía si podía haber hecho una apuesta en clase con los amigos, prefería protegerme por si acaso.

El curso pasó muy rápido y mi relación con Miki era fantástica. Además, habíamos planeado hacer el mismo máster el año siguiente y, quizás, hasta compartiésemos piso.

Llegó la graduación y la fiesta esperada.

Esa noche lo daríamos todo. No teníamos nada que perder y ya éramos licenciados, así que me puse muy mona y al lío.

La cena estuvo muy bien y las copas también.

Y luego decidimos todos irnos a los locales de la zona de la playa.

Esa zona estaba muy chula, porque eran como chalets pequeños que habían convertido en locales de copas y discotecas y el ambiente estaba asegurado.

Si te cansabas de uno, te pasabas al siguiente y así hasta el final de la playa.

La tontería entre Miki y yo tras la fatídica cena había ido in crescendo , siempre dentro del supercariño que nos profesábamos.

Esa noche era distinta. Estábamos felices y, en una de esas discotecas con forma de casita, él me cogió de la muñeca y me dijo:

—¡Ven, vamos al siguiente!

Me llevó a la siguiente discoteca, que era como una casita con forma de seta, como las casas de los Pitufos.

Nos pedimos una copa y, no sé por qué, pero los dos sabíamos que esa noche pasaría algo.

Nos empezamos a besar apasionadamente y fue como si encajásemos a la perfección, estábamos solos y nos daba igual todo.

Ya no volveríamos a clase al día siguiente ni nadie podría decir nada.

Tras terminarnos la copa, nos fuimos a mi casa, esa vez sabiendo a lo que íbamos, y a los dos nos apetecía un montón.

Llegamos y, como locos, directos a mi cuarto.

Empezamos a besarnos y, cuando estábamos medio en bolas y a punto de pasar a la siguiente fase, suena el timbre.

¡NOOOOOO!

¿Pero quién podía ser?

Resulta que Emma había perdido las llaves de su casa y no podía entrar, así que apareció en mi casa desesperada y tan agobiada que ni se percató de la escena que acababa de interrumpir.

Miki comenzó a vestirse y quedamos en hablar otro día. Menudo momento nos acababa de chafar… Lo cierto es que no lo comentamos, pese a que hablamos muchas más veces después, pero no tuvimos oportunidad de volver a quedar hasta que nos mudamos de ciudad.

Finalmente, todo cuadró para que Miki y yo compartiésemos piso, y un grupo de amigos y compañeros de carrera nos mudamos a un piso estupendo. Como éramos tantos, pagábamos una miseria por un pisazo enorme a todo lujo y cerquita de la nueva facultad.

Estaba claro que teníamos algo pendiente y lo bueno es que ninguno de los habitantes de la casa sabía lo que había pasado el día de la graduación, así que teníamos que ser discretos y jamás hablamos de nada, pero la complicidad estaba ahí y se notaba.

Yo creo que alguno de los compañeros pensaba que entre nosotros había algo, aunque, como ya en la universidad nos queríamos tanto y siempre estábamos de broma, pues se sembraba esa duda y yo creo que por eso no se atrevían ni a preguntarlo.

La primera fiesta fue tremenda, conseguimos liarnos en la cocina en alguna salida a por hielos sin que nadie lo notase.

Estábamos todos superborrachos, la casa estaba llena de gente y nadie quería moverse, lo cual fue la oportunidad de oro para nosotros.

Dijimos que queríamos salir sí o sí, que teníamos pases para no sé qué discoteca y que nos íbamos.

Como había tanta gente, nadie se percató de lo raro que podía parecer que nos fuésemos solos los dos, pero así fue, y desaparecimos.

Era nuestro momento, solos y en esa ciudad en la que nadie nos conocía, así que nos enrollamos como si no hubiera un mañana.

Al volver, en el coche nos entró el calentón y estuvimos a punto de consumar, pero, por miedo a que nos viese algún vecino o alguien saliendo de la fiesta, decidimos irnos a casa y hacerlo sobre una cama como Dios manda.

¡ERROR! (no dejéis jamás que se enfríe el momento).

Al entrar, todavía quedaba alguno pululando por allí, por lo que nos fue un poco complicado desaparecer inmediatamente sin contar mucha cosa de la discoteca en la que habíamos estado y colarnos los dos en mi cuarto.

Al final, lo conseguimos y nos dispusimos a terminar lo que habíamos empezado varias veces sin éxito, pero, como os he dicho, se había enfriado la cosa y, aunque intentamos volver a concentrarnos, era como que el tema no iba bien.

Él se ralló y algo hizo un cortocircuito en su cabeza, pese a que yo creo que la más culpable de que la cosa no funcionase en ese momento era yo, pero él se agobió y se fue.