Operación Femme Fatale Chapter 1 #13
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Chapter 1 #13

Jose – Con este voy a ser muy breve, porque nunca debió suceder.

Se trata de un amigo de toda la vida. Terminamos una noche borrachos todos como piojos, seis en una tienda de campaña, y él acabó a mi lado.

Una cosa llevó a la otra, pero solo nos dimos cuatro besos, cero apetecibles y cero ganas de repetir.

Uff, repelús, pasemos al siguiente (igual hasta lo borro del capítulo).

A este lo tendría muy a mano, pero quita, quita, ni de coña. Su mujer es una histérica, me mata seguro.

No lo voy ni a catalogar, sorry .

Jorge – O muy desesperada me hallo (y creo que ese es mi estado actual) o mucho me costaría volver a dirigirle la palabra. Pero ya se sabe, no voy a ser yo la de «de este agua no beberé», que mira cómo estamos y basta que lo digas para que acabe con el que menos me apetece.

Este fue como mi primer amor, o enamoramiento, de pubertad.

Nada reseñable en términos sexuales, porque no hubo más que una mano fría metiéndose en mi pantalón (él también exploraba), pero, aparte de unos besitos, no hubo mucho más.

Lo malo es que, al ser como el primero, parece una cosa extraordinaria.

Aún me acuerdo de las cartas que nos escribíamos, imaginaos la gracia, viviendo en el mismo sitio y molestando al cartero todas las semanas.

Os recuerdo que he cumplido cuarenta, las millennials no saben de lo que hablamos, pero el correo postal fue protagonista de una época adolescente, entonces para nosotros crucial, y ahora, de lejos, un poco bochornosa, pero nos ayudó a seguir soñando.

Nada, esta historia está llena de boberías, porque, además, en esa época de hormonas a tope se metió por medio otra chica con la que tonteaba que me han dicho que terminó siendo su mujer.

¡Madre mía, qué loco todo! Yo lo pillé una noche que volvía de liarse con otra, menudo drama, y claro, por eso sí que yo no paso.

Total, que un desencanto entonces mortal y dramático.

Luego un chico que lo odiaba intentó hacerle creer que yo le había engañado con él…

En fin, una telenovela que, en aquel momento, imaginaos, era como que ¡se acababa el mundo!

Lo cierto es que, tras unos años, el tío se te había quitado de la cabeza para siempre sin dolor, pero, cuando eres una cría, ¡menuda tragedia!

Muchos años después me escribió un mensaje, porque volvía a la ciudad por trabajo y quería cenar conmigo.

De primeras, le dije que sí, pero luego el innombrable con el que tonteaba yo por aquel entonces me convenció para que cancelase la cena.

En cierto modo, soy de las que piensa que todo pasa por algo y que hice bien en no ir.

Era muy probable que pasase algo. Figúrate, fuera de tu ciudad (hablo por él), no te conoce nadie y con una tía que sabes que le gustas o al menos le has gustado.

Pues blanco y en botella, me la llevo al hotel y no me quedo con el trauma de no habérmela tirado antes de casarme con la otra, ¿no?

A mí no me queda ninguna espinita, la verdad, y, aunque físicamente con cuarenta años está igual que cuando tenía quince, nos hemos cruzado muchas veces en fiestas y bares y he podido comprobar que, personalmente, la cosa ha ido a peor.

Yo, tan digna como siempre, no he vuelto a hablar con él.

Ni «hola» nos hemos dicho. Vamos, hombre, ¡ja!

Lo que os decía, todo pasa por algo.

Realmente, me va a ser muy difícil decir cómo es, porque mi percepción es la de una cría. Por aquel entonces era GUAPO, DEPORTISTA, ESTUDIOSO, ORGULLOSO, CABEZÓN, DULCE Y CARIÑOSO. Ah, y un poco CREÍDO, pero claro, es que era muy mono.

Lo vamos a definir como GUAPO y ORGULLOSO.

Julio – Uy, este… ¡Se calienta la cosa, chicas!

Julio sí que es de mi etapa femme fatale .

Tras varios trabajos (siempre he sido de ir cambiando tras tres o cuatro años en la misma empresa, siempre por prosperar o cambiar de país), estaba yo dirigiendo por primera vez un departamento.

La empresa era familiar, internacional, pero familiar, y trabajaba mano a mano con el dueño, su hermano, el sobrino, la prima…

Vamos, una saga de gente que todos estaban emparentados.

Había varios edificios dependiendo del área en la que se desarrollase tu trabajo, y claro, había con personas que nunca te cruzabas o ni sabías que trabajaba en tu misma compañía.

Mi amiga Greta trabajaba en una de los otros edificios (siempre hemos estado cerca). Yo, como me parecía más divertida la gente, me solía ir a comer con ella y sus compañeros, por tanto, en mi oficina al principio yo creo que tenía fama de estiradilla, aunque luego ya vieron que no lo era.

Greta me hablaba muchas veces del sobrino del jefe, que era un ligón, que iba siempre con su cochazo y que se había zumbado a media empresa (bueno, de las no familiares, claro). Total, que Julio por aquí, Julio por allá, pero yo nunca me había cruzado con él, la verdad.

Un día me llega un correo del famoso sobrino del jefe pidiéndome unos datos un poco raros de unos productos que yo sabía que él no necesitaba ni trabajaba con ello, pero yo, por la curiosidad que tenía de hablar con él, me hice la tonta y se los preparé.

Cuando le envié lo que me pedía, tuve respuesta automática: «¿Puedes venir a verme?». Y claro, cómo le iba a decir que no, era el sobrinísimo.

Me fui hacia su despacho y me di cuenta de que desde sus cristaleras se veía perfectamente nuestro edificio, que tenía techo de cristal, y es más, se veía mi mesa perfectamente. El tío llevaba tiempo observándome y yo sin darme ni cuenta.

Total, que en nuestra reunión ya vi que los datos le daban exactamente lo mismo, menuda «pieza».

Pero, como yo estaba soltera y entera y encima jugaba con ventaja, porque sabía de qué palo iba este chico, decidí seguirle el juego y hacerme la tonta tontísimaaaaa.

Claro, Greta era mi cómplice y todo se lo contaba, menuda época de risas a costa del sobrinísimo.

Tras esa reunión, cada vez el sobrino necesitaba más a menudo visitar a su tío, cuyo despacho estaba al lado del mío.

Y empezó a enviarme mensajitos a través del chat interno hasta que, después de hacerme la remolona varias veces, quedé con él para cenar.

Figuraos, yo ya sabía a lo que iba. El tío había puesto en práctica la fase del cortejo y la estaba llevando a cabo al pie de la letra, yo meada perdida.

Como no podía ser de otra manera, me invitó a cenar a un restaurante de alto copete que, por la complicidad con el camarero, me dio la sensación de que todas sus conquistas pasaban por allí. Si lo que me había contado Greta era cierto, el restaurante podía estar encantado con aquel cliente VIP.

Tras la cena, me llevó a un sitio muy chulo. Lo tenía todo pensado, se trataba de una especie de coctelería que estaba en un jardín y todo el mundo se tomaba la copa sentado en la hierba. Muy mono todo y muy romántico, aunque ya te digo que, por mi parte, de amor nadita, yo tenía un plan clarísimo.

Él estaba siendo muy cortés y caballeroso en todo momento. Por cierto, no os he dicho que el chico estaba «cañón» y era normal que cayeran a sus pies, porque en la empresa no había nada de buen material.

Pues a lo que estábamos, él seguía tentando a ver cómo de tonta era yo o cómo de inocente, y claro, la niña de tonta no tenía un pelo, así que, después de mucho pelar la pava por su parte, le dije:

—Julio, que ya somos mayorcitos. Arráncate, que hemos venido a lo que hemos venido. —El tío se quedó muerto.

—No sabía que eras tan directa —me dice—. Como en la empresa eres tan misteriosa…

Os juro que por dentro me estaba meando. Total, que, dejándole claro que de mojigata no tenía un pelo, eso a él le puso como una moto y ya os digo yo dónde acabaron los cócteles: jardín abajo (estábamos sentados como en una pequeña cuesta).

Después de liarnos a lo Leyendas de Pasión , nos fuimos de allí. Menos mal que estaba oscuro, porque la gente pudo flipar. Nos subimos en su coche y me dice:

—Esto tenemos que repetirlo.

Y le digo:

—¿En serio, Julio? Creía que la noche no había terminado todavía…

Bueno, bueno, yo creo que al tío le empezó a apretar el pantalón y en cinco minutos estábamos en su casa.

Prueba superada. Le había roto los esquemas totalmente, ya que lo normal para él era quedar varios días, besitos, coñitas y ya luego ¡premio!

, pero yo había optado por hacerlo por él e ir directo a la última fase.

He de deciros que el chico era un adonis en la cama, rollo Sombras de Grey , pero sin correas. Fue interminable y cada vez más placentero, hicimos de todo. Tremenda la cosa.

Julio se quedó flipado, porque, según me dijo, en la vida hubiera pensado que acabaríamos así la primera noche. ¡Ja! No sabía con quién había dado. Yo no era una más de la lista, yo era esa a la que no podría atrapar, y así fue.

Después de aquella noche, todas las semanas acababa algún día durmiendo en su casa. Yo dejaba mi coche en la oficina y volvíamos los dos en el mismo. Nunca nos pillaron, pero creo que su prima sabía algo, porque, de repente, venía tanto por allí como un pincel que no le cuadraba.

Sexualmente, la operación valía la pena, un día por semana tenía sexo del bueno y los fines de semana eran para salir con mis amigas en busca del amor de mi vida, una auténtica devorahombres.

Lo que Julio no se podía creer es que fuese tan madura para mi edad. Así me decía, con las cosas claras y sin pajaritos en la cabeza. Pues claro, no me va a romper el corazón un tío mayor que se tira a todo lo que se mueve.

Al cabo de un año en la empresa, conseguí un trabajo mucho mejor y me fui. Y recuerdo que aún quedamos alguna vez estando en mi siguiente trabajo, pero ya poco a poco dejó de hacerme gracia y decidí centrarme en otras cosas. Vosotras ya me entendéis.