Operación Femme Fatale Chapter 1 #12
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Chapter 1 #12

—¡¡Oh!! ¿Se puede ser más mono (creo que esto ya lo he dicho antes)? ¿¿Qué sería??

Me dejó un poco desubicada, pero no hice nada hasta estar sentada en mi asiento, de ventanilla, como siempre, y menos mal, porque así podía ver su cara observando la mía desde el andén.

Saqué su regalo del bolso y vi que era un CD.

Se lo enseñé con cara extraña y cuál fue su sorpresa cuando, además, saqué mi discman del bolso, lo que hizo que se partiera de risa, ni que lo hubiéramos planeado, y le mandé besos por el cristal hasta que ya no nos vimos.

En aquel entonces, es cierto que no había Spotify ni nada parecido y todos íbamos con nuestro discman a todas partes, luego llegaría el iPod, etc.

Y he de decir que aquella sorpresa me alegró el viaje, aunque también hizo que no pegara ojo, porque quería escucharlo detenidamente.

Me lo había regalado el guaperas de la uni.

Me mandó un SMS cuando llegó a casa (tampoco teníamos WhatsApp) diciendo: «Cuídalo con cariño, es mi cd favorito. Hazme tú uno».

¿Qué significaba eso? Porque era muy probable que, viviendo en ciudades distintas, no nos volviéramos a ver más.

¿Quería volver a verme? ¿No había pasado la noche conmigo por obligación?

Estaba flipando, y lo que sé es que ese día me fui en el tren con la sonrisa permanente escuchando un cd de una cantante italiana que no había oído hablar en mi vida y de la que soy fan desde entonces (por cierto, tengo que encontrar ese cd, porque me encantaba.

Lo malo es que a ver dónde lo escucho ahora.

¿Seguiré guardando ese discman en alguna caja?).

Pero la cosa no se termina aquí, amigas mías. Yo que creía que se trataba de un ligón de manual, que le había hecho un favor a un amigo, pues ¡NO!

El finde siguiente volví. No estoy loca, mi amigo Juanma me llamó diciendo que no sé qué le pasaba a James, que me quería volver a ver. Juanma es un cielo, pero es cero romántico y estaba hasta extrañado. Yo era su mejor amiga, su protegida, ¿qué estaba pasando?

Total, que me fui de nuevo a mi antigua ciudad, me cogí un hotelito, porque no quería tener la presión del tren por si la cosa prometía, y he de decir que prometió y que perdí la pasta del hotel.

No sabía muy bien qué esperar, solo nos habíamos dado un beso y un cd, por lo que estaba bastante perdida.

Y tampoco quería quedar de loca desesperada que se coge un Ave en cero coma detrás del guaperas de turno, así que Juanma y yo planeamos contar que él, casualmente le diría, «Pues creo que vuelve este fin de semana, porque tiene un cumpleaños familiar o algo así», a ver cómo reaccionaba él.

Y la reacción fue que me llamó diciendo «¿Dónde te recojo?

».¿Hola? ¿Me he perdido algo…? Me dijo que Juanma le había dicho que volvía y tenía que volver a verme.

Si me veis la cara… Menos mal que él no me la veía, porque yo estaba flotando, y mis compañeras de piso, que lo conocían, habían estudiado en la misma ciudad y sabían quién era flipaban más todavía.

Total, que, siguiendo con la trama creada con Juanma, le dije que tenía cena de cumple el viernes (tenía que dejarme el máximo tiempo del finde libre por lo que pudiera pasar) y que, si quería, nos podíamos ver después de la cena, que no me recogiese, porque me estarían esperando y que mejor más tarde.

Prefería que no supiera lo del hotel de momento.

Eso hicimos y apareció como un galán en el punto acordado, siempre con sus pintas desenfadadas, su gabardina oversize , su barbita de dos días superrubia como su pelo despeinado, y sus ojazos azul cielo.

Pensaba que nos iríamos a echar unos bailes como la vez pasada (ya os dije que era un bailongo), pero no, me dijo que quería enseñarme una cosa.

Subimos la cuesta empinadísima que nos llevaba al portal de la casa de su padre (sus padres estaban divorciados) y, de repente, nos metimos en un ascensor, pero de coche. Se puso supertontorrón y la cosa parecía que prometía.

Llegamos al parking y… ¡Oh, la la! El pibonazo de la uni tenía mi coche preferido por aquel entonces: ¡un mini rojo descapotable! Era el hombre de mi vida (pensé yo en ese momento).

Nos montamos en el coche, capota abajo y nos alejamos del centro.

Yo callada, no sabía qué me quería enseñar y, como se trataba de alguien conocido y localizable, no me tenía que preocupar por rapto.

Tras varios kilómetros, llegamos a una zona cercana, pero en la playa, donde luego me enteraría de que sus padres tenían un chalé.

Bajamos del coche y una playa kilométrica nos esperaba.

Su casa estaba en el otro extremo, por lo que teníamos que recorrerla enterita.

Ahora vais a flipar. No sé vosotras, pero, yo cada vez que en una película empieza a llover a cántaros cuando la pareja se está besando, me repatea, porque pienso que es algo impostado y que no pasa. Pues bien, atentas al relato, porque todavía hoy yo flipo.

Estábamos como a la mitad del recorrido.

Íbamos bastante lentos, porque a cada paso nos parábamos a besarnos, esta vez ya con una pasión digna de la fama del tío que tenía enfrente.

Pues como era de noche, no se distinguía mucho el cielo y no nos dimos cuenta de que el cielo era negro, sí, pero no por ser de noche, que también, sino porque estábamos debajo de un tormentón de esos de rayos y centellas.

Pues bien, contra todo pronóstico, nos cayó la del pulpo.

Empezó a jarrear, pero a lo loco, y en dos minutos estábamos completamente empapados, pero, en lugar de correr, nos quedamos inmóviles y nos besamos como en esos anuncios de perfume en el que los dos son guapísimos y apasionados.

Pues igual, increíble pero cierto. ¡Me meo!

Porque la protagonista era yo y fue real, incrédula de mí (de verdad, creo que toda ficción parte de una realidad todavía más increíble).

Llegamos a su casa, estaba en primera línea en frente de la playa, y nos subimos corriendo a la buhardilla, donde él había preparado todo como nuestro rincón secreto para ese finde.

Podemos llamarlo «nidito de amor improvisado»: colchón en el suelo, un nórdico supersuave y un baño privado. No necesitábamos más.

Lo primero fue una ducha, porque estábamos literalmente chorreando. Os prometo que parecía que nos habíamos metido vestidos al mar.

Cuando salí de la ducha, una pizza cuatro quesos me esperaba y un apuesto cocinero o, más bien, recepcionista de pizzero (no seamos malas, que fue superromántico), y nos la comimos entre beso y beso, acompañados de un vinito blanco Albariño (como os digo, el chico perfecto).

El resto de la noche, rectifico, de la noche, el día, la noche siguiente y hasta el mediodía siguiente, fue casi idéntico.

Me pasé dos días con una camiseta de rugbi talla XL y nada más, y alimentándonos a base de pizza, por no comentar lo espectacular que fue el momento cama.

No me quería ir ¿Qué era aquello? El chico que yo había mitificado como ligón de playa, efectivamente, era de playa, pero era lo más mono, romántico y fantástico que os podáis imaginar (puff… Se me había olvidado, era muy guay).

El domingo, cuando nos íbamos, descubrimos que su hermana estaba en la planta de abajo y nos miró con una cara y risita picarona. Había estado allí todo el tiempo y no podía creer que nosotros no hubiéramos ni salido a la playa en más de dos días. Como os lo digo, pasión a full .

Pasó el fin de semana y yo tuve que volver. Y también tuve que recoger las maletas en el hotel que no había pisado. Cuando se lo conté a James, casi se mea. Al final se lo tuve que decir todo, porque se empeñó en volver a acompañarme al tren.

Fue muy bonito, muy intenso y muy especial, pero esa vez la vuelta fue triste, porque yo sabía que era muy probable que no volviese a verlo hasta dentro de muchos meses, o quizás nunca más.

Mi vida estaba en otra ciudad y no creía que la distancia fuese algo que entrase en sus planes o en los míos, quién sabe.

Aunque yo en aquella época y en mi nueva ciudad no paraba de salir, sí lo recordaba muchas veces, porque, como os digo, fue muy guay.

Además, cuando se acaba algo, porque no puede ser por la distancia o el momento, es como que se te queda esa cosita ahí, de morriña bonita, que siempre recuerdas con una sonrisa.

Además, cuando yo ya me había olvidado de él, tres o cuatro meses después, recibo una llamada.

Era James, quería invitarme a pasar un fin de semana largo en un barco con unos amigos.

¿Cómo? ¡No me lo podía creer! ¡¡¡Tiene un planazo y se acuerda de mí para acompañarlo y encima presentarme a sus amigos!

!! Quería llorar, pero de manera literal, y os voy a decir por qué: me encontraba a mil kilómetros, en casa de una amiga que me había invitado a pasar unos días en las fiestas de su pueblo.

Estaba en la otra punta del país, lejos de aeropuertos ni estaciones.

Físicamente, era imposible llegar a tiempo…

De verdad me quería morir. Os prometo que ese fin de semana que tenían que ser unos días de borrachera y diversión con mi amiga resultó ser un poco triste, porque en mi interior quería estar en la otra punta, subida a un barco y abrazada a aquel tiarrón que estaba como un queso (hubiese sido la parte 2 del anuncio de perfumes, subidos en la proa).

Ahora bromeo, pero me quedé superchafada.

Por supuesto, ya no volvimos a vernos. Cada uno hizo su vida y me imagino que le habrá ido muy bien, era estupendo.

Nunca quise preguntar a mis amigos que todavía viven allí por no dar más importancia a algo que guardo para mí y que nadie sabe, pero sí me hubiera gustado volver a verlo.

Quizás en otra época, con redes sociales y muchas más facilidades, la cosa hubiera sido diferente, quién sabe.

A James lo voy a incluir entre los GUAPOS, DULCES, ORIGINALES, GRACIOSOS, DETALLISTAS, DEPORTISTAS, INTRÉPIDOS Y TÍOS BUENOS.

Y, en resumen, APASIONADO Y GENIAL.