Chapter 1 #11
Íbamos bajando, según ellas, superlentas; según yo, rápidas de más, pero, como yo les estaba intentando hacer entender, no sabía en qué árbol me había estampado.
Solo sé que era como a la mitad tras una curva.
Imagínate lo fácil que era eso en pleno bosque.
Por suerte, Isaac nos había dejado otra pista en el punto exacto atando otra cinta roja en el árbol en el que me tenía que adentrar en el bosque.
Fuimos las cuatro, esta vez yo no iba cubierta de nieve, y a los cincuenta metros estaba él igual que el día anterior, con su equipo rojo y sus gafas.
Hice una presentación rápida, dejando claro que mis amigas las esquiadoras ya se iban, y me quedé sola con él.
Estaba supernerviosa y solo había sido un beso, pero ¡qué beso!
Como no podía ser de otra manera, el día fue mejor que el anterior, y se lo había currado, pero bien.
Había llevado en la mochila todo un almuerzo de montaña con un toque romántico: bocadillos de queso con mantequilla (mi primera vez en una viaje a Francia me horripiló esa mezcla, pero luego le cogí el gusto), uvas negras y una botellita pequeña de vino blanco.
Muy chic, hasta se había llevado un mantelito para comer sobre la nieve.
Os juro que la cosa no podía ser mejor, mi viaje se estaba convirtiendo en toda una aventura misteriosa, porque él no dejaba de sorprenderme.
Fueron unos días maravillosos en los que mis amigas apenas me vieron el pelo, porque yo estaba «a otra cosa». Eso sí, Isaac se había propuesto enseñarme a esquiar y todos los días bajábamos esa maldita pista roja.
Recordándolo ahora con cuarenta años, lo cierto es que hasta me pongo un poco triste, porque era tan niña y fue tan chulo ese viaje.
Los días se pasaron volando, y las noches ni os las cuento.
Como ya he comentado, mis amigas me perdieron la pista (muy a colación con el tema de la historia), porque empecé a pasar las noches en la 613 y solo bajaba para ducharme y desayunar con ellas para cotillear un poco y que no me odiasen del todo.
Me quedé embobada de aquel chico. No tenía defectos, al menos detectables a simple vista, era superdulce y cero chulesco.
Al revés, supercaballero. Se notaba su educación de alto standing y tenía un toque misterioso que me rompía en dos, además de esa mirada pícara para comérsela.
En fin, que me encantaba y me trastocó de mala manera.
Las vacaciones se terminaban y lo perdería de vista para siempre.
Sus padres habían fallecido hacía cinco años (más tarde entendí que no se esforzase mucho en conseguir otro billete para volver a casa esos días y prefiriese quedarse solo en la residencia).
Y él era el pequeño de dos hermanos que, supuestamente, regresaría a Bélgica con sus tíos cuando terminase la carrera este año.
Su vida estaba ya planificada por parte de sus tíos, que se hacían cargo de él desde que sus padres no estaban.
Y era muy probable que pasase a trabajar en la empresa familiar que su padre había levantado y de la que él era heredero.
No tenía mucho hueco para la improvisación y para él aquellas dos semanas habían sido una liberación, porque no debía rendir cuentas a nadie de sus decisiones. Qué triste solo de pensarlo.
Me guardé todas esas cintas, notas y pistas que todos los días me iba dejando y todavía creo que las tengo guardadas en alguna caja del altillo (en el fondo, la femme fatale también tiene su corazoncito, y este episodio fue muy bonito.
Varias veces he pensado en tirarlas, pero hay algo que me hace que las guarde.
Total, no molestan a nadie y no tengo un marido celoso al que le puedan incomodar).
Llegamos a prometernos (ay, santa y dulce adolescencia) que algún día nos buscaríamos para escaparnos juntos, pero eso, como bien sabéis, nunca pasó. ¿Qué será de mi dulce caballero rojo?
Por lo que habéis podido ver, a Isaac lo meto en DULCE, GUAPO, CARIÑOSO, INTELIGENTE, VALIENTE, DEPORTISTA, SIMPÁTICO Y MISTERIOSO.
Y resumiendo, lo encasillaré como INCREÍBLE y CARIÑOSO.
Vamos a por el siguiente, que creo que en la J tengo varios candidatos…
J
James – Aunque tenga nombre inglés, es español de los pies a la cabeza, pero su padre era de Irlanda y por eso le pusieron ese nombre.
A este chico lo tenía yo fichado en la facultad, porque era de dos cursos superiores y la verdad es que era un ligón de campeonato.
Lo veíamos en la cafetería de la uni y lo cierto es que esa «hornada» estaba bastante llena de «pibonazos».
Había dos concretamente, James y su amigo Javi, que estaban para comérselos, y ellos lo sabían, claro.
Todas las chicas pululaban a su alrededor.
Pero bueno, nunca nos hablamos durante la carrera.
Eran como inaccesibles para las pequeñas.
Al año siguiente de la graduación, la mía (a él hacía 3 años que le había perdido de vista), decidió la delegada de la promoción, bueno, exdelegada, porque ya no estábamos estudiando, decidió proponer una cena de antiguos alumnos en el chat de la uni.
Y claro, todo el mundo empezó a responder que sí.
Acabábamos de empezar nuestra carrera profesional y todos estábamos deseosos de contarlo, y por qué no, de fardar un poco delante del resto (además de la buena juerga que se podía montar si nos juntábamos todos de nuevo). Total, que yo también acepté.
El rencuentro fue genial. Aunque parezca mentira, en un año se suceden muchos cambios.
Había compañeros que se habían casado, otros se habían ido al extranjero, otros, como yo, habíamos cambiado de ciudad y, sobre todo, parecíamos mucho más liberados de todo el estrés de aquel último año de carrera.
Yo me había puesto monísima, claro, y ciertamente mi partida me había sentado bastante bien o, al menos, eso parecía ante la mirada y las atenciones del sexo masculino. Son de simples...
Pero bueno, la cena fue una delicia y decidimos, como no podía ser de otra manera, volver a la discoteca que tantas noches habíamos cerrado años antes (creo que ya os he hablado de ella).
Yo, como siempre, me rodeé de mis chicos preferidos, como yo les llamaba, que eran mis dos guardaespaldas, porque todos los años me los ponían uno a cada lado en clase (aunque os parezca mentira, mi universidad era privada y todavía nos colocaban a cada uno en un sitio determinado), lo cual, para mí, era perfecto, porque a estos dos los adoraba.
La noche iba a pedir de boca y a pedir de copa, porque eso era un no parar.
Se notaban las ganas cuando, de repente, mi amigo Juanma levanta la mano y aparece por la entrada del local este chico, James.
Yo, con cara de boba, veo cómo se saludan efusivamente y se van a la barra a por una copa.
Me quedo en este caso con cara de póker y le digo a mi otro guardaespaldas:
—Oye, ¿de qué conoce Juanma a ese?
Y me dice:
—¡Pero si es su vecino de toda la vida, juega a rugbi con su hermano y salen juntos muchas veces!
—¿Perdona? ¿Que llevo cuatro años al lado de este pieza y nunca me ha dicho que era uña y carne de James el guaperas? ¡No me lo creo!
Total, que me faltó tiempo para coger el móvil y, mientras estaba pidiendo en la barra, decirle a mi amigo por mensaje «Oye, si me quieres presentar a James, yo no le haría ningún feo.
..». Y como Juanma me conoce como si me hubiera parido y me quiere un montón, al cabo de un ratito aparece James con dos copas en la mano (no os he dicho que era un cachondo de cuidado) y me dice:
—¿Puedo invitarle a una copa señorita?-.
Mi cara en ese momento pasó a no sé qué estado, pero me quedé muerta. Imaginaos, que el guaperas de la facultad al que has observado en la distancia (porque era inaccesible) venga y te diga que te invita a una copa. Me puse hasta nerviosa.
Pero tranquilas, poco duraron los nervios, porque James era un fiestero y enseguida me sacó a la pista a bailar como si me conociera de toda la vida y como si le hiciese hasta gracia, oye. Me reí muchísimo esa noche.
Como os he dicho, yo me había mudado de ciudad, y en tren de alta velocidad llegaba a mi casa en nada.
Como sabía que la noche prometería, apareciese James o no (esto fue del todo imprevisto), me saqué un billete para las ocho de la mañana, lo que haría que pudiera estar en casa con tiempo de echarme a dormir antes de comer.
Sabía que con mis chicos la noche se alargaría hasta el amanecer seguro.
Cerró la discoteca y cada mochuelo a su olivo, y fue entonces cuando James me preguntó dónde vivía.
Claro, se creía que seguía viviendo allí mismo, pero no, estaba a unos cuantos kilómetros de mi actual casa, por lo que se ofreció a acercarme a la estación del tren.
¿Podía ser más mono? No sé lo que le había dicho mi amigo Juanma, pero James estaba siendo conmigo el perfecto anfitrión.
Yo hasta me estaba sintiendo un poco mal, porque lo había visto en acción y conmigo estaba siendo del todo respetuoso.
Yo creo que por nuestro amigo, lo cual me hacía pensar que no le atraía sexualmente para nada.
Llegamos a la estación y esperó conmigo hasta que llegó el tren.
Incluso se rio de mí, porque me pedí un Cacaolat (no podía ser otra marca) con hielo (sí, con hielo) en la cafetería mientras esperábamos.
No sé por qué, pero es algo que me pide el cuerpo después de salir y hasta creo que me suaviza la resaca (probablemente sea una invención psicológica mía, pero me funciona este placebo).
El tío se meaba de la risa con mis rarezas.
Me acompañó hasta el andén, en aquella estación todavía se podía hacer.
No había los controles exhaustivos que tenemos ahora y.
cuando ya me iba a soltar la mano (porque me llevaba de la mano todo el tiempo), me dio un beso de película mientras me metía algo (que sacó del bolsillo de su gabardina) diciendo:
—Creo que te gustará.