Chapter 1 #10
Estaba yo luchando contra la ley de la física, no sé qué ley era, pero yo luchaba contra la que me hacía ir hacia abajo y sin control, porque ese era mi problema, que me ponía nerviosa y, en lugar de frenar, ¡aceleraba!
Iba por la mitad de la pista, más o menos, y, en una de estas curvas locas en las que no se sabía qué habría después, pillé una placa de hielo y salí disparada hacia los árboles del lateral a mi derecha.
Menos mal que no había acantilado, porque ahora mismo no estaría aquí contándoos la historia.
Bueno, pues salí disparada y caí en plan croqueta. Por supuesto, mis esquís hacía tiempo que se habían separado de mí, Paré a los pies de un árbol rebozada en nieve (qué bochorno). Menos mal que no me había visto nadie o, si me habían visto, lo que era seguro es que no me conocían.
Bueno, chicas, pues sí que me había visto alguien.
Yo estaba sacudiéndome la nieve en medio del bosque de abetos cuando, de la nada, aparece un chico vestido de rojo y portando mis esquís en sus manos.
Aunque iba de rojo, para mí fue como la aparición de un ángel en aquellos momentos y la que se puso roja fui yo de la vergüenza de saber que alguien había visto mi espectáculo circense.
El chico se acerca, no como yo, sino con un control de la nieve espectacular, y me dice:
—¿Estás bien?
Claro, yo me quedé un poco descolocada.
—¿Cómo sabes que soy española, por mi aterrizaje triunfal?
Y me eché a reír a lo loco, con lágrimas incluidas, aunque no sé si las lágrimas eran de la vergüenza de pensar qué coño habría visto.
El chico, muy amable, se empezó a reír y me dijo:
—Hombre, teniendo en cuenta que llevas la bandera en tu espalda, me he tirado un órdago y veo que era ganador (era cierto, mi cazadora tenía la bandera española detrás y ni me acordaba. ¡Qué chico más majo!).
Se sentó a mi lado muy tranquilo y, pese a que yo estaba superagobiada, mi sentido del ridículo era máximo en aquel momento. Él intentaba quitarle hierro al asunto y decía que ni se acordaba de la caída. Ya, ya… Lo que era es un supercaballero.
Se quitó las gafas y… ¡Oh, Dios, qué ojos!
Eran color miel, tan bonitos, y con unas pestañas negras enormes.
Os juro que nunca después he visto una mirada tan limpia, alegre y penetrante como aquella.
Era como pura, no sé, me quedé impactada.
A veces pienso que no era real y alguien desde arriba me lo había enviado.
Total, que nos quedamos charlando un buen rato, compartimos unas chocolatinas de las mías, porque estábamos en pleno bosque, pero el día se nos pasó volando.
Resulta que yo pensaba que se trataba de un estudiante más que había venido desde España (pero lo raro es que no lo había fichado en el autobús), pero NO, era un estudiante del colegio en el que nos quedábamos, que había perdido el autobús que lo llevaba al aeropuerto para volver a casa por vacaciones y, como conseguir nueva combinación de vuelo, etc.
, era un lío, decidió quedarse aquí solo estas dos semanas.
Tampoco sabía que estábamos ocupando su residencia, porque él estaba en la planta sexta (allí se alojaban los del último curso) y solía salir supertemprano por la mañana a las pistas, por lo que no se había cruzado con nadie en el comedor.
Hablamos un montón. Era un chico tremendamente agradable y, para mí, mi salvación, porque, aunque mis amigas no habían dejado de llamarme al ver que no bajaba y se esperaban lo peor, arriba, en pleno bosque, no había cobertura, por lo que, finalmente, las que peor pasaron el día fueron ellas. ¡Ja! El karma es sabio.
En nada se nos hizo de noche, pero Isaac, como conocía el lugar, iba preparado con linternas, una de estas que te colocas en la cabeza a modo de faro y otra manual.
Y propuso que bajásemos antes de que cerrasen el teleférico para volver.
Pero claro, había que bajar y la pista era roja…
Yo empecé a temblar otra vez de pánico. Le conté lo que había pasado con mis amigas y me dijo:
—Tú tranquila, te vas a agarrar a mi cintura como si fueses en una moto y yo conduzco.
Así que el tío no sé cómo nos colocó los esquís, de manera que bajamos los dos a toda velocidad. Como yo iba agarrada a él, no miraba, y llegamos en un pispás sanos y salvos al final de la pista.
Abajo ya no había nadie. Mis amigas se habían ido, pero la buena de Greta había dejado su pañuelo fosforito, inconfundible (sólo podía ser de ella) atado a un poste.
Al verlo, fui hacia él y había una nota dentro en la que me decían que por favor llamase y que estaban en la residencia pendientes del teléfono.
Pobres, estaban cagadas y sintiéndose fatal, porque se creían que por su bromita podría estar muerta enterrada bajo la nieve.
No os había contado que teníamos horarios de llegada y la residencia cerraba a las seis y, al llegar y ver que estaba cerrada, me temía que dormiríamos a la intemperie, pero Isaac (mi salvador) me dijo que, como era el único que se había quedado tirado en vacaciones, el conserje le había dado una llave maestra por si tenía cualquier problema o si necesitaba entrar en la cocina u otra sala durante las vacaciones, con lo que estábamos más que salvados.
Entramos en la residencia. Lo primero que hice fue enviar un mensaje a mis amigas para decirles que estaba bien, que no hacía falta llamar a las autoridades y que en un rato subiría a la habitación.
Eso hizo que mi teléfono empezase a sonar a lo loco, pero decidí no contestar todavía y hacerles sufrir un poquito más.
Isaac y yo nos adentramos en la cocina a escondidas para cenar de extranjis aprovechando su llave maestra (estábamos muertos de hambre).
Era como si lo conociese de toda la vida. Tenía un aura a su alrededor de paz y de alegría con las que se pasaban las horas volando con este chico.
Nos hicimos una cena a la española: tortilla de patatas, ensalada de tomate y, de postre, esto ya era un poco más internacional, gofre con helado de vainilla… ¡Buenísimo!
Al terminar, decidimos subirnos ya a las habitaciones. Yo estaba en la quinta planta, habitación 501 como los Levi´s (fácil de recordar) y él estaba en la sexta, en la 613, la última de la última planta y la más cercana al ático.
Pero, antes de despedirnos, me dijo que quería enseñarme una cosa, y yo ya pensando mal (este me quiere llevar a su cuarto), pero NO, lo que quería era enseñarme la terraza.
Entramos y aquello era como un espectáculo de luces, porque parecía que se podía tocar el cielo.
Las estrellas estaban tan cerca y era todo tan especial…
Os digo, chicas, que no podía estar más agradecida a las cabronas de mis amigas de haberme colado en la pista roja.
No sé el tiempo que estuvimos observando el cielo, pero la cosa fue increíble.
Cuando nos íbamos, porque ya nuestras caritas estaban heladas y nuestras narices parecían la de Rudolph, él abrió la puerta de la terraza con su llave, se giró de repente hacia mí y me dio el beso más romántico de toda mi vida.
Me estremecí por dentro y os juro que las estrellas se quedaban pequeñas. ¡Guau!
No dijo nada más, os dije que era muy misterioso, y nos despedimos allí.
Esa noche no pegué ojo. Claro, ya os podéis imaginar.
Mis amigas no daban crédito. Es más, hasta dudaban de si me estaba inventando la historia, porque claro, no lo habían visto y no podían confirmar con certeza la existencia de ese caballero de armadura roja.
Pero claro, por otro lado, ¿cómo iba a estar yo sola por ahí en plena montaña suiza y, sobre todo, aparecer a estas horas más contenta que unas Pascuas?
En fin, amaneció muy pronto y otro día de nieve. Yo estaba deseando volver a verle, pero no tenía su móvil y, para entrar en la planta sexta, hacía falta la llave maestra, así que solo quedaba esperar.
Cuando nos bajábamos a desayunar, Julia, que salió desde la habitación contigua (yo dormía con Emma y Julia con Greta), despegó de la puerta un pósit que decía:
Claro, ellas no entendían nada y, si os soy sincera, yo tampoco. lo único que sabía es que la nota era suya.
¿Y eso que quería decir? Nuestro escondite solo podía ser (descartando la terraza, porque no tenía llave y las mañanas eran para esquiar) nuestro bosque, por llamarlo de alguna manera, donde yo había caído por accidente…
NOOOOO, ¡¿me estás diciendo que pretende que me vuelva a tirar, buscando la muerte, por esa pista roja?!
Pues sí, mi ángel se acababa de convertir en demonio y parecía que quería, como mis amigas, quitarme el miedo a esquiar, o que me mease en los pantalones, una de dos.
Os podéis imaginar mi pánico subiendo a la montaña en el teleférico.
Estaba cagada, porque no lo entendía. Sabía lo mal que lo había pasado el día anterior y, aun así, me estaba empujando al precipicio.
Lo malo es que era tan mono que estaba deseando volver a ver sus ojos color miel, no era justo.
Llegamos arriba y tenía que buscar la dichosa cinta roja.
Luego pensé que, sabiendo que el día anterior había localizado fácilmente el pañuelo de Greta, quizás pensó que no me costaría hacer lo mismo con su cinta roja.
Y así fue, había dejado la cinta en la entrada del infierno, es decir, en la entrada de la pista de ayer en la que hice la croqueta de mala manera.
Pues nada, chicas, al matadero. Si quería verlo, no me quedaba otra que lanzarme al abismo.
Claro, el misterio era tal que mis tres amigas, flipando, no se lo querían perder, pero les hice prometer que solo con una condición: ellas me acompañaban a velocidad crucero hasta el punto de encuentro, lo veían para cerciorarse de que era real y luego se piraban pista abajo para dejarme a mí con mi caballero rojo (parece que lo entendieron, y eso hicimos).