Chapter 1 #8
Mi compañero de carrera, Fausto (que no os lo había presentado), el lunes siguiente me dijo que su amigo se había quedado encantado conmigo y que quería volver a verme.
Fue todo tan misterioso que no me dio ni el teléfono, así que le dije a mi compi que le diera mi móvil y que me llamase.
Esa noche recibí un SMS de un número oculto y era Elías, que se pasaría por mi casa el viernes después de las ocho.
OK, ya tenía un momento de relax en medio de tanto libro.
Os recuerdo que estaba en plenos exámenes, pero bueno, una noche romántica y misteriosa tampoco pasaría nada.
La noche llegó y apareció en mi casa con un ramito de margaritas chiquitín, parecían silvestres. ¡Qué mono!
Pues bien, después de tanta monería y una noche igual o mejor que la primera, empecé a intentar indagar en este chico, que no podía ser normal. Era demasiado bueno todo. Y, efectivamente, estaba en lo cierto, no era real ni de la realeza, y tampoco iba a durar.
El chico se iba a vivir a Suecia, porque su prometida, ojo al dato, su prometida, era de allí y debía dejar el país en poco tiempo. ¿Perdona? ¿Qué broma era esa? ¿A qué venía ese trato hacia mí si se tenía que ir? No entendía nada.
Resulta que era su novia desde hacía muchísimos años.
De hecho, su primera y última novia, porque sus padres, amigos de siempre, por cuestiones profesionales y económicas, ya se encargaron de veranear juntos desde pequeños en una isla griega y planearon su boda antes de que ellos se tomaran el primer cubata.
Vamos, si os decía lo de la película de princesas, esto era lo mismo, pero al revés, y el pringado era él.
Se tenía que ir, pero ¿y qué pasaba conmigo? ¿Por qué me había querido conocer con tanta insistencia?
Me había visto saliendo de la facultad un día que esperaba a nuestro amigo común (yo ni cuenta, claro) y luego, como yo me quedaba a estudiar por las tardes en la biblioteca, por lo visto él, con la excusa de esperar a su amigo, ya que vivían en la misma urbanización, se sentaba en un banco del jardín que daba a la cristalera donde yo siempre estaba estudiando y allí me observaba.
Estaba flipando, pero qué acoso era ese. ¡¡Para nada!! Porque está comprometido desde que llevaba pañales, no entendía nada.
Le dije que cómo se sentía después de aquello.
Acababa de serle infiel a su prometida dos veces físicamente, y ni se sabía las veces, una por sentada en el banco, mentalmente.
No lo entendía. Me dijo que quería estar con alguien que hubiera escogido él al menos una vez en la vida.
Qué triste ¿no? Se me pusieron morritos temblorosos, porque no me esperaba esa respuesta.
Él era plenamente consciente de su porvenir y, aun así, por sus padres se iba a ir a vivir a un frío país y a casarse con una chica que quería, eso sí me lo dijo, pero que no había escogido. Qué triste.
Por la pena que me dio nos vimos todas las noches hasta que se fue.
Podéis llamarme tonta, porque así fue, pero me parecía tan tierno y tan dulce…
Eso sí, menos mal que se iba muy lejos, porque eso es lo que me hacía tener la mente fría y saber que mi corazón se quedaría intacto tras su marcha.
Pero la verdad es que puedo decir que fue la relación más fugaz y dulce que he tenido en la vida. Lo que no me pase...
En fin, mi querido Elías es de los BUENOS, GUAPOS, DULCES, LEALES, Y VALIENTES (dentro de lo que cabe, se lanzó, aunque solo fuera por una vez en su vida). Igual le pido que se lance una segunda. Genéticamente, mi hijo sería de revista.
Categoría de BUENO Y GUAPO.
F (Puff…)
Felipe – Este creo que no debo ni incluirlo, porque realmente se trata de un amigo de carrera, muy majo, con el que me llevaba muy bien y luego coincidimos en el máster, pero que para mí era como un osito de peluche.
Era mi amigo. Cierto es que en la carrera alguna vez lo tuve casi en frente, a tiro para poder lanzarle miraditas sin que causase sospechas (nuestra clase era como un auditorio) y me parecía una monada, pero luego, con el tiempo, y justo una noche años después de haber terminado los estudios que él me invitó a cenar a su casa, la cosa estaba clara.
Yo ya sabía lo que él quería, pero yo no estaba convencida de aquello.
Cuando llegamos al postre, él se abalanzó sobre mí y me besó, pero yo le tuve que hacer una cobra, porque no estaba bien aquello si pasaba.
Yo sabía que él era un chico serio y, si pasaba, quizás, quisiera ir a más, pero yo no lo veía como el hombre de mi vida (aunque, visto lo visto, y en la situación en la que me encuentro, creo que no he llegado a dar con él todavía).
Lo dicho, que no quería ponerme en la situación de decirle a mi amigo que aquello no podía ir a más y quedar como la Mata Hari devorahombres tras varios polvos porque sí.
No quería esa fama en nuestro círculo, y a él lo quería lo suficiente como para no hacerle daño, sabiendo lo que sentía anticipadamente.
Por tanto, no contemos con Felipe para planes mayores.
Solo me lo plantearía a la desesperada si no encuentro otra alternativa.
Él es de los DULCES, INTELIGENTES, LEAL, CARIÑOSO, MONO.
Y lo catalogo como AMIGO (esta es la clave para no contar con él), BUENO e INTELIGENTE.
Félix – Este es uno de mis relaciones más duraderas, si es que alguna vez las he llegado a tener en realidad, aunque ya os digo que no se trata del amigo de Chus, sino de otro posterior.
Sabéis eso de «de una boda sale otra boda» o eso de «un clavo saca otro clavo» , pues esta es la mezcla de ambos.
Estaba yo por aquel entonces trabajando fuera, creo que os lo he comentado en algún momento, y mi amiga de toda la vida Emma me avisa de que se casa. Y claro, esa boda era ineludible y, aunque sola, tenía que ir.
Mi vida sentimental era un verdadero desastre en aquel momento. Licenciada con un máster, trabajo en una buena empresa y una pringada de manual, colada por un tío que, ahora con perspectiva, y ya lo hemos hablado, disponía de mí como de un clínex (sí, me estoy refiriendo al amigo de Chus).
Consciente de mi penosa situación, vi la boda de mi mejor amiga como una posible escapada en la que poder conocer gente y, quizás, olvidarme de ese energúmeno. Y dicho y hecho, aunque la boda tuvo de todo.
Me compré un modelazo- La verdad es que me gasté una pasta, pero la ocasión lo merecía y me fui decidida a conquistar aquel nuevo territorio.
Mi amiga se casaba en el pueblo de su futuro marido, en un acantilado precioso muy cerca de Francia y la verdad es que era del todo desconocido para mí.
No sabía qué esperarme ni qué tipo de gente me iba a encontrar, nunca he sido muy del norte, pero bueno, necesitaba escapar.
Pues bien, la boda fue preciosa, como no conocía más a que a la novia, pues tampoco estaba en condiciones de pillarme una muy gorda, más que nada porque beber sola pues no era muy divertido, y tampoco quería que luego hablasen de la alcohólica amiga de la novia.
Pero bueno, cuando Emma dejó de lado todas las formalidades típicas de la protagonista de la fiesta, nos unimos para otear el panorama y ver si había alguno que valiese la pena.
Emma estaba casi más interesada que yo en encontrarme a alguien, sobre todo para que nuestras llamadas dejasen de ser tras un berrinche por alguna cabronada de mi «amante innombrable».
Repasamos a todos los asistentes solteros y la verdad es que había uno que no estaba nada mal.
Además, parecía muy divertido, porque no dejaba de bailar y de bromear con la gente y, pese a que no era del todo mi tipo (al menos hasta entonces), el chico no estaba mal y tenía unos ojos verdes preciosos.
Mi modelito tampoco pasó desapercibido. Las chicas del norte iban arregladas, pero de otro estilo, y yo venía marcando tendencia y, aunque quede feo decirlo, llamaba un poco la atención, lo cual me ayudó a que entre el sexo masculino y, sobre todo, entre los solteros, «la chica de rojo» (realmente era color teja, pero eso a los chicos no se lo pidas) no pasase desapercibida.
La gente mayor se fue yendo y empezó lo que los autóctonos llamaron discomóvil, y lo cierto es que fue un antes y un después en la velada.
La gente se desmelenó y todo el mundo parecía fuera de sí en medio de la pista.
El soltero interesante, que, además, luego me enteré de que era un ligón, hizo su aparición y vino a felicitar a la novia y, ya de paso, a que le presentase a aquella «chica de rojo» que no conocía.
Tal y como lo hizo, hoy en día no me hubiera ido con él ni en broma, pero os recuerdo que en aquella boda tenía que irme con otro por amor propio y por buscar la excusa perfecta para dejar al innombrable.
Ji, ji, ja, ja… Él se hacía el supersimpático y, en dos canciones, me comió la boca.
Yo no me negué, porque os recuerdo que ese era mi objetivo, y así fue.
El chico creció 5 centímetros esa noche, porque se había ligado a la más guapa de la fiesta y os podéis imaginar.
Sacaba pecho a modo pavo real, aquello parecía un desfile, porque no quedó rincón del baile por el que no me pasease para que constase que el que se había llevado a la de rojo era él.
Como os contaba al principio, esa boda tuvo de todo, de todo de todo, porque casi me quedo sin pelo.