Operación Femme Fatale Chapter 1 #7
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Chapter 1 #7

Un día entrando en casa veo un montón de maletas de tamaño enorme en el portal, todas las bolsas eran como de deporte y, al abrirse el ascensor, salieron dos chicos vestidos en chándal, los dos iguales, que me saludaron muy amablemente.

Eran los nuevos vecinos, dos deportistas de élite que acababan de llegar a la ciudad para entrenarse en uno de esos centros de alto rendimiento muy cercano al campus.

La verdad es que a simple vista estaban muy bien y uno de ellos era especialmente guapo. Con el tiempo, me enteré de que eran jugadores de waterpolo y nos solíamos cruzar bastante cuando se iban o volvían de entrenar.

Una noche que justo se había estropeado el ascensor, subía yo por las escaleras cuando me encuentro a Dani en la puerta.

Estaba esperando al repartidor de sushi, que debía de subir detrás de mí.

Me paré un poco a descansar. Ellos vivían en el tercero y yo en el cuarto, y así, de paso, me alegraba la vista.

Me contó que su compañero de piso se había ido el fin de semana a ver a la familia y estaba solo, así que me dijo si me apetecía pasar a ver una peli y cenar con él, a lo cual, aunque me pilló de sorpresa, porque poco más de un «qué tal» habíamos intercambiado en el portal desde su llegada, no me negué.

Como una loca subí al cuarto, tiré las cosas y me fui directa al baño, Me tenía que adecentar un poco para ese chicarrón del norte.

Como si lo único que hubiera hecho era dejar las cosas y llamar a mi madre, llegué a su casa (aunque me había dado tiempo a cambiarme de ropa interior, echarme perfume, desodorante y demás acicalamientos necesarios por lo que pudiera pasar).

Cenamos muy a gusto, pareciera que tenía preparado no cenar solo porque había pedido un montón de comida, y de postre pues ya sabéis lo que tocaba: ¡la vecina del cuarto!

La película era un tostón, una fricada de esas que les gusta a los tíos, pero yo me hice la remolona y en nada estábamos a otra cosa.

He de decir que no hay nada como un cuerpo de élite, y no me refiero a los polis, sino a los deportistas.

Qué cuerpo, ¡qué músculos! Suave como un bebé y con tableta de chocolate incluida (el postre).

No tengo que dar muchos más detalles, pero salí de aquella casa el domingo un poco antes de que volviese su compañero, no digo más.

Porque, además de superapasionado, se tomó el fin de semana como un entrenamiento y la cosa fue incesante.

Luego, con la edad, supongo que habrá cambiado, pero lo de ese chico era interminable o insaciable, ¡madre mía!

Repetimos cada vez que el compañero se iba. Él decía que iba a ver a su familia, pero yo creo que tenía una novia fuera también, porque se iba muy a menudo, lo que me aseguraba a mí fin de semana de entrenamiento especial.

Ese curso me tuvo muy entretenida y en forma, pero, finalmente, nos dejamos de ver porque empezaban las competiciones serias y no podía tener más entretenimientos que su deporte. Era cierto, pero ya sabéis cómo nos puede sentar a nosotras eso. En el curso siguiente ya me había cambiado de piso.

Recuerdo que desaparecimos el uno de la vida del otro hasta que una vez en un avión coincidimos por casualidad. Yo viajaba por trabajo y él volvía de una competición. Todo fue muy cordial y amistoso, pidió cambiarse a mi lado en el vuelo y charlamos durante todo el viaje.

Ahora que lo pienso, creo que me mintió en cuanto al deporte que practicaba, porque nunca lo he visto con su equipo de waterpolo y supongo que todos vendrían del mismo torneo.

Yo creo que era nadador, pero, como nunca me dijo su apellido, tampoco me dio por buscarlo, la verdad. De todas formas, eso es lo de menos.

No os vais a creer lo que pasó después.

Bajamos del avión, era bastante tarde, ya de noche y, como no había muchos taxis, quedamos en compartir el mismo, ya que ambos íbamos al centro.

Pues bien, cuando estábamos entrando en la ciudad, parados en un semáforo, ¡un coche a toda velocidad nos enviste a lo loco por detrás!

El taxi salió despedido y nos quedamos en medio de un cruce a expensas de que nadie viniese desde el otro sentido. ¡Qué miedo!

Ninguno de los integrantes del vehículo contaba con lo que acababa de pasar.

Recuerdo que mi parte del coche fue la peor parada y me tuvieron que sacar, porque me quedé encajonada entre mi asiento y el delantero y, como llevaba una revista en la mano que no solté, terminé con una raja en toda la cara (en plan malota), porque me la había clavado enterita.

Salimos del coche, nos sentamos en la acera y el taxista se encargó de llamar a la policía mientras ponía verde a la rubia que conducía el coche que nos acababa de comer.

Yo creo que iba drogada, porque no fue ni medio normal la torta que nos dio parados en un semáforo.

Dijo que se despistó. ¡Y tanto! Iba a 100 km por hora en pleno centro. El taxi quedó siniestro total.

Llamé corriendo a mi amiga Jessica y le expliqué lo sucedido. Su padre era traumatólogo y enseguida me dijo a dónde debíamos ir para que nos atendiesen lo antes posible.

Ya os imagináis lo que es un hospital. Terminamos a las tres de la mañana, pero nos hicieron pruebas de todo.

Dani, como muscularmente estaba bien dotado, solo sentía dolor de cabeza, pero yo parecía una maltratada entre los moratones de las piernas encajadas en el asiento, la raja en mi cara, y el collarín.

Bueno, a Dani también se lo pusieron por seguridad 24 h, pero yo estuve 3 semanas con el cuello tieso.

Aún hoy me acuerdo del choque por el dolor de mis cervicales cada vez que hago viajes largos o me tiro horas delante del ordenador.

En fin, que nos hincharon a calmantes, a él menos por el doping , pero yo iba en una nube.

Por eso fui débil y, cuando Dani me dijo que no podía dejarme sola esa noche, accedí.

Nos fuimos a su casa, casi mejor, porque no quería volver al pasado y que supiese dónde vivía ahora y, en lugar de reposar como nos habían ordenado, con lo drogados que íbamos, que no sentíamos ni dolor, “entrenamos” como locos hasta que salió el sol.

Por la mañana nos descojonábamos los dos desayunando de la aventura que nos había pasado y de que nadie lo diría después de tal trajín, pero bueno. Antes de comer le dije que me tenía que marchar y me fui con mi collarín a otra parte.

Mis amigas me dijeron que estaba loca y que era lo peor, porque a quién se le ocurre, pero si ya de normal la noche me confunde, imaginaos hasta arriba de calmantes y con un atleta de élite que no quería dejarme sola. Imposible negarse.

Esa fue la última vez que vi a Dani, y lo cierto es que no se que será de su vida. Una vez que dijo que le gustaría abrir su propio centro deportivo, pero hace tanto ya que vete tú a saber.

Este es DEPORTISTA, SALUDABLE, APASIONADO, SEXUAL, GUAPO, pero intelectualmente no sabría deciros. Es otro punto que tener en cuenta en el material genético.

Lo catalogo como DEPORTISTA y GUAPO.

E

Elías – Este fue un rollo raro, la verdad. Fantasioso, diría yo.

Estábamos en el último curso y habíamos acabado las clases ese día.

Ya solo nos quedaban los exámenes finales para ser todo unos licenciados y, tras la última tutoría con nuestro tutor, valga la redundancia, que era peor que una bruja y que a mí nunca me pudo ni ver, nos fuimos a la mítica discoteca en la que siempre acababa mi promoción.

Superdivertido, porque todos estábamos deseando terminar ya y se notaban las ganas de fiesta antes de que nos pusiésemos a estudiar como locos durante dos semanas sin salir de casa. Había que aprovechar aquella noche.

Esperando en la barra con unos compañeros a los que realmente no conocía muchísimo, pero sí habíamos coincidido en grupos de trabajo, uno de ellos me dijo que esa noche me quería presentar a un amigo.

Yo, como siempre, no sé decir que no a conocer a gente nueva y le dije que vale.

Me imaginaba al típico tío raro que me quería emplumar mi compañero, pero bueno, ya sabía yo cómo darle esquinazo a esos tipos.

Pero NO, amigas, horas más tarde y muchas copas encima también, apareció el susodicho amigo misterioso, y el niño parecía de revista, superrubio, ojos azules, muy pijo vistiendo, piel perfecta…

Vaya, que me podía encajar sin dudarlo en aquel momento de mi vida.

Me lo presenta y la verdad es que el chico era supereducado y amable.

Me invitó a una copa y al poco me dijo si le invitaba yo a mi casa, a lo que no quise negarme, porque realmente era demasiado guapo y la cosa había sido demasiado fácil como para desaprovecharla.

«Qué raro todo», pensaba yo, nunca me había ligado a alguien (encima tan mono) en tan poco tiempo.

La noche fue fantástica, porque él era tan…

príncipe. Sí, esa es la mejor palabra para definirlo.

Me sentía como en un cuento de hadas, porque todo eran cariños, caricias, dulzura en estado puro.

Y del resto, de fábula igualmente. El chico se fue encantado, aunque no me contó mucho de él.

Ya os digo que era como misterioso. Me quedé pensando «a ver si este es de la realeza, rollo príncipe de un mini país europeo que se va a otro país y se liga a una plebeya», típica película de sobremesa navideña.