Chapter 1 #5
Hace mil años, cuando ya había terminado la universidad, decidí irme a estudiar a París un verano y, en uno de esos fines de semana parisinos, mi mejor amigo Luis vino a verme.
Luis, como ya os comenté, es un amor, y nos encanta hacer viajes juntos.
Además, no vivimos en la misma ciudad, pero solemos juntarnos en diferentes lugares del mundo y hacer un reencuentro de los nuestros.
Luis es mi amiga loca, es gay de los pies a la cabeza y, aunque a simple vista no se le nota, además es un ejecutivo de éxito, cuando le das de beber, se transforma. Y durante las juergas se convierte en lo más divertido del mundo… ¡Cómo lo quiero! (a él la noche también le confunde).
Pues bien, vino a verme y planeamos copas en casa, él me había traído una botellita de ron.
Siempre pedía a los que me venían a ver que me trajeran una botella (el alcohol en Francia, además de caro, ¡es malísimo!
Te pides un ron-cola y eso sabe a veneno).
Total, que, con el combustible preparado y la ruta hecha (Luis siempre lleva las direcciones y lugares que hay que ver, es como una guía Michelin andante), decidimos que aquella noche tenía que ser para Luis, y nos propusimos un plan por la zona de «ambiente».
Yo ya sabía que serían muchas risas, pero que no me iba a comer un colín, pero nos lo pasaríamos en grande.
Recorrimos varios locales hasta que encontramos uno en el que la música era divertida y el ambiente también.
Nos pedimos unas copitas de champagne , es lo mejor para no morir con el veneno de otros supuestos espirituosos de importación, y ¡a darlo todo!
Luis no paraba de fichar a tíos monos, y ambos descubrimos un rincón en el que había sentados tres chicos, monísimos, look francés total y he de decir que dos de ellos estaban tremendos, aunque yo ya sabía que poco se podía hacer.
Empezamos a bailar cerca de su mesa con tan buena suerte que nos pusieron una canción española y ahí sí que nos vinimos arriba totalmente.
Los reyes de la pista, vaya. Ellos no dejaban de mirar y nosotros tampoco, hasta se me estaba olvidando que eran gays y nos ofrecieron sentarnos en su mesa.
Lo acabábamos de conseguir. Teníamos a nuestras presas, bueno, sus presas, a tiro.
A mí uno, el que tenía más cara de niño (estaba claro), me encantaba, con ese charme francés y unas superpestañas.
Era como de anuncio de Dior Homme, con su camisa blanca y su americana negra.
Total, como no todos podían estar hablando con Luis a la vez, yo me puse a hablar con el que me chistaba, y el tío ¡me daba bolilla!
Yo estaba encantada. Era muy simpático, le gustaba mucho España y empezamos a hablar de nuestros países.
En un momento, me dijo si me apetecía un cigarro, y cierto es que yo no fumo.
Es más, me asquea bastante, pero esa noche dije «¡Vamos!
todo sea por irme con este chico al cubículo de fumar».
Resulta que era la época en la que empezaron a prohibir fumar en los locales, y muchos habilitaron zonas especiales para fumadores.
Pues este pub había construido como una pecera en la que se entraba de dos en dos a fumar, como si fuera un armario de cristal como los que usan los magos y prestidigitadores para escaparse luego.
Una cosa muy rara, pero oye, era mi momento y, si me ahogaba, mi socorrista no estaba nada mal, ¿no?
Pues allá que me fui con el franchute a la pecera de fumar.
Luis flipando, por supuesto. Nos metimos en esa jaula para dejar de fumar (yo creo que el que se mete ahí muchas veces por fuerza lo deja) y se encendió un cigarro, me lo dio y luego otro para él.
La verdad es que era tan sexi fumando que ni me enteré del resto, solo sé que la pecera se llenó de humo, no se veía nada, y el chico me plantó un pico en todos los morros.
¡Flipé! Los ojos me hacían chiribitas, no sé si por la tremenda nube gris que nos rodeaba o por lo loco del asunto.
Y, por supuesto, después de un par de tosidos causados por la emoción (o el humo), le correspondí como Dios manda.
Salimos de allí colorados como tomates, y no era de vergüenza, sino del sofocón que nos dio en aquellos dos metros cuadrados, qué locura.
Total, que el local encendió las luces y no me dio tiempo ni de contarle a Luis lo que acababa de pasar.
Salimos los cinco de allí y fuimos paseando un rato hasta cerca del apartamento donde me estaba quedando y nos despedimos cordialmente. Yo le di mi contacto a Bruno y quedamos en hablar a través de nuestras redes sociales.
Luis no daba crédito:
—O sea, ¿que nos vamos a un local gay y la que liga es mi amiga hetero?
Pues sí amigas, así fue. Resulta que estaban allí porque uno de ellos, el otro guapísimo rubio con más pinta de mayor, bueno, más cerca de nuestra edad, gestionaba una marca de bebidas y estaba allí, porque habían hecho un evento esa noche, antes de llegar nosotros. Pobre Luis.
Pero la cosa no acaba ahí…
Cotilleando un poco sus redes sociales me di cuenta de que me acababa de enrollar con un bebé.
¡Acababa de entrar en la universidad! Yo le había dicho que tenía veintidós.
Vamos, que me había comido unos cuantos, pero, como tenía tanta cara de niño y tampoco contaba con volver a verle…
Estaba a punto de volver a casa, por lo que se quedaría todo en una simpática anécdota.
Pero la anécdota, o como lo queráis llamar, tuvo segunda parte, porque por casualidades de la vida, mi amiga Greta, otra de mis incondicionales, se fue a trabajar allí meses después y nos fuimos Luis y yo (no podía ser de otra manera) a verla un fin de semana largo.
Decidimos hacer copas en casa, como siempre, y prepararnos para una boîte parisina que nos habían dicho que estaba superbién.
El sitio estaba genial, era como una antigua iglesia, toda de piedra y con techos altísimos, y nos arreglamos como si fuéramos «alguien» esa noche, con nuestras mejores galas.
¡Viva la lentejuela! Por si nos ponían problemas en la puerta, porque era un sitio superexclusivo.
No hubo momento crisis y el hombretón de seguridad nos dejó pasar sin problema.
Bueno, al pobre Luis lo miraron raro, pero, al decir que venía con las reinas de la purpurina, pasó sin problema.
Una vez dentro, como siempre, ¡fiesta! Los tres corrimos a por una copa y al centro de la pista. En una de estas, Luis se fue al baño y, al volver, me dice:
—Pese a que a veces la noche me confunde, juraría que he visto a tu yogurín de este verano.
—¿¡Cómo!? ¿Estás seguro…?
Vamos, ni corta ni perezosa arrastré a mis dos amigos a la zona de sillones en una especie de reservado a la entrada del local para comprobar si el descubrimiento que acababa de hacer Luis era cierto.
Ahora, con perspectiva, lo pienso y digo «¿qué necesidad había?
», pero esa noche estábamos todos bastante confundidos y, además, el niño era una monada.
Efectivamente, ¡era él! Y como estaba borracha, no me dio ninguna vergüenza acercarme a saludar, separada por un grueso cordón rojo de esos que limitan espacios o separan colas.
Él y sus amigos (esta vez no eran los mismos de la anterior, sino que había chicas entre ellos) estaban dentro del reservado y, tras saludar a Bruno, nos invitó a entrar.
Se acordaba perfectamente tanto de mí como de Luis, lo que me alegraba enormemente por no haber quedado de loca turista acosando a un francés del reservado.
La noche estuvo agradable y divertida, y nos invitaron a champagne y bombones que me salvaron la vida (ahora os cuento). La verdad es que sus amigos y amigas fueron muy amables con nosotros y estuvimos allí hasta que terminó la noche y nos echaron a todos. Ya casi había amanecido.
Él había estado muy cariñoso, pero no pasó nada allí dentro.
Pero, al salir, me cogió de la mano, me subió a su moto y se despidió de todos con una sonrisa en la boca.
Yo flipando, como era de esperar, pero me dejé llevar, literalmente.
De vez en cuando, mientras seguía alucinando, recorriendo las calles de París a toda velocidad, se me caía la cabeza sin querer y nuestros cascos se chocaban…
Qué vergüenza, pero es que estaba en otra órbita.
Llegamos a su casa y tuvimos que subir no sé cuántos miles de escaleras hasta llegar arriba, porque vivía en el ático. Muy parisino todo. Yo llegué extasiada y él, ya acostumbrado a esa ascensión, estaba preparado para hacerme gozar esa noche. El resto me lo reservo.
Por si creíais que la cosa se acababa aquí, nos despertamos con ganas de más y, cuando ya me iba a ir, porque era casi la hora de comer y mis amigos no sabían nada (porque encima mi móvil estaba sin batería), le pedí ducharme.
Necesitaba limpiar mi mente y mi cuerpo de tanta lujuria (al final, el pequeñín había estado a la altura…
y no es porque viviera casi en el cielo).