Ojos en la noche Ocaso
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Ocaso

Había calma y armonía en la tarde. El viejo salió de su ranchito de adobe y estuco y, olfateando el aire, sintió un reflujo de felicidad que le subía desde el centro del pecho hasta la garganta.

Aquel día el cielo regalaba un grupito de nubes grises, de un azulón oscuro en su interior, pero de bordes blancos en los que el sol inyectaba luz y belleza, creando brillos inéditos e impresiones doradas.

Le faltaba poco al astro para hundirse en el mar y al cruzar las nubes en su camino lanzaba trazos luminosos en un espectáculo infrecuente y hermoso.

El viejo escuchó el rumor de las olas, el graznido de las aves, el murmullo de los insectos.

Y, cuidando de no exponer sus ojos demasiado tiempo, sus párpados cazaron un poco de aquella luz, dejando que penetrara en las retinas e iluminara su interior.

Ya oía el ronroneo de la tierra, la música del cielo, el canto de despedida del sol y el coro de los animales que poblaban el océano. Las ballenas azules, los leones marinos, los peces.

El viejo se unió a la canción que lo rodeaba y, moviéndose de atrás hacia delante, empezó a tararear suavemente aquel canto antiguo, el de las palabras paipais que, de tan sagradas, eran impronunciables, prohibidas.

Cuando detuvo el canto y su moción, la luz creció en su interior. Lentamente proyectaba las imágenes deseadas y estas se fueron encarnando, los contornos queridos aparecieron, borrosos primero, definidos luego, claros al fin.

Allí estaban, otra vez, tal cual estuvieron hacía pocas horas, en la tarde, durante la comida después de la misa principal, cuando se reunieron los cuatro como una familia.

Lucía contaba algo, todos la escuchaban, y a veces incluso sonreía, dejando ver unos hermosos dientes.

Se la veía contenta, se recuperaba. Pronto el recuerdo de aquel hombre estaría lejano y su corazón curado.

A su lado Alba, erguida, orgullosa de su hija, luciendo su largo pelo recogido atrás.

Sus ojos oscuros, brillantes, buscaban a Agustín con mirada de mujer enamorada.

Y luego volvían, felices, a Lucía. Al cruzar sus miradas, le sonreía y hasta lo había llamado «abuelo» en una ocasión.

Como en el tiempo en que su hijo vivía y él era parte de la familia.

Solo que nunca, ni siquiera en vida de su hijo, se había sentido tan bien con su nuera.

Estaba sorprendentemente amable, se la veía feliz.

Y también Agustín. Amistoso, lo trataba como si fueran amigos de la infancia.

Lo hacía sentirse bien, como si hubiera recuperado, en aquel español altanero, tantas veces odiado, al hijo que perdió.

Y allí también, en aquellas imágenes, se podía ver a sí mismo; él, formando parte del grupo.

No sobraba, era la pieza necesaria para que todo encajara.

Después de tantos años solo, viéndola a escondidas, se encontraba ahora, sin temor, al lado de su querida nieta; tenía familia.

El más anhelado de sus sueños se había hecho realidad.

Pero de pronto notó que el instante mudaba y que aquel tiempo pasado, hacía solo pocas horas, cambiaba a futuro.

Oyó el aleteo del águila. Quiso rechazarla.

Quiso no verla. Quiso huir de la visión.

Pero era la imagen la que lo buscaba a él; era imposible detenerla.

Quiso quedarse donde había estado, junto a su familia, no ver aquello.

Pero no podía evitarlo; la visión venía hacia él.

El temor lo hizo estremecerse. ¡No, Dios mío!

¡Él águila de nuevo! ¡Precisamente cuando después de tantos años alcanzaba la felicidad!

Presagio. Presagio. Y vio el águila, pico de poder, probando sus alas antes de lanzarse al vuelo.

Pero era otra águila. Era un ave joven y cuando sus miradas se encontraron vio los ojos de su querida Lucía.

Ya no era el águila de cabeza blanca, la llamada «calva», símbolo del imperio del norte.

Era un águila real, la de México. Dejó de temer.

Pero supo que su nieta volvería a cruzar la frontera.

Sería inútil intentar retenerla. Dentro de unos meses, quizá dentro de unos años, ella se iría.

Pero esta vez sabiendo adonde, madura, precisa, y en busca de sus ambiciones.

Y entonces sería el águila mexicana, pico hambriento, alas de poder, la que se abatiría sobre el norte.

«¡Que teman allí!», se dijo mientras la visión retrocedía y las plumas se transformaban en ropas y en el pelo azabache de la chica.

De nuevo, la familia estaba alrededor de la mesa, y Lucía contando algo que todos escuchaban.

Supo que, a pesar de partir, la muchacha mantendría siempre sus vínculos; no los iba a abandonar, regresaría con frecuencia.

Feliz, el viejo volvió a tararear su canción y al poco, con cuidado, fue abriendo los ojos. El sol se había puesto en el océano, pero dejaba como testamento fugaz reflejos dorados y luminosidades rojizas en nubes y mar.

«Debo enseñarle a disfrutar de esta belleza al cura», pensó.