Ojos en la noche Mediodía #16
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Mediodía #16

De alguna forma, el espectáculo del ocaso colmaba sus sentidos y la relajaba.

Y como tantas veces en las últimas semanas se puso a pensar.

En Jeff, en Carmen, en todo lo ocurrido…

, y en lo sola que se sentía. «No me puedo quejar —razonaba—.

Quizá tenían razón Carmen y Jeff al decirme que siempre caigo de pie como los gatos».

Lo cierto es que había tenido suerte, mucha suerte; no solo con el cambio de fortuna que la había llevado a dirigir la agencia, sino simplemente por seguir viva.

Cuando supo del asesinato de John Carlton sintió terror; no tenía duda alguna de que aquel crimen lo había orquestado Rich.

Y que ella podía ser la siguiente. Entonces conoció el miedo de verdad.

No iba a comprar sola al supermercado, dejó de correr por la playa y al final ni siquiera osaba salir a la calle.

Presentía que había un contrato de muerte a su nombre.

Al enterarse del extraño fallecimiento de Rich, sintió un alivio indecible; pero mucho de aquel miedo de entonces la perseguía aún.

Se cruzó con una pareja de enamorados que andaban playa adentro, donde no alcanzaba el agua; le recordaron a Jeff y Carmen. ¡Dios santo, cómo le dolía ese pensamiento! «¡No va a disfrutar de su traición!», se dijo.

Recordaba a su rival cuando se vieron la última vez, en la cafetería; admiraba la firmeza que demostró su antigua amiga, pero ella continuaba decidida a interferir en todo momento en esa relación, a recuperar a Jeff.

Lanzó una mirada al sol que se hundía en el océano y al juego de luces que creaba; un murmullo suave provenía de las olas. ¿Qué sería?

¿Merecía la pena estropear su propio futuro corriendo tras Jeff?

Quizá debería relajarse, dar una oportunidad a la vida.

Aún lo amaba, pero había muchos hombres atractivos en el mundo y ella no sentía vocación de monja.

¿Y ese muchacho que trabajaba en Friendlydog?

Resultaba obvio que estaba loco por ella y a ella le encantaba coquetear con él.

Pero era una mala idea. Había que evitar un romance con un cliente; ya había tenido suficientes problemas al mezclar sexo y trabajo.

Ella era joven, su sangre estaba en ebullición y la vida seguía allí, provocándola, buscándola. Se sentía sola y el mundo estaba lleno de hombres. ¿Por cuánto tiempo estaría esperando a Jeff?

¿Qué posibilidades tenía ella? Sí, claro que querría castigar a Carmen y recuperarlo a él, pero ¿a qué precio? ¿Sacrificaría su vida por él? ¿Y si al final de mucho luchar Jeff se quedaba con Carmen?

Algo que venía del mar le estaba diciendo que buscara caminos nuevos, que la savia joven corriendo por sus venas debía emplearse en amor en lugar de odio.

Pero a Muriel le costaba renunciar a sus objetivos. «Haré lo posible para recuperarlo. Volverá a ser mío», se prometió.

La luz disminuía con rapidez, e incluso allí, en la playa casi desierta, sintió miedo.

Ese temor se había convertido en una costumbre difícil de desterrar.

Miró a su alrededor con aprensión. Sin importarle la arena en los pies se puso las zapatillas deportivas y fue corriendo a toda velocidad hacia donde tenía el coche.

«Haré todo lo que haya que hacer para que vuelva a mí…, al menos durante unos meses», se dijo.

Pero en las últimas semanas había aprendido, de la forma más inesperada, que a veces a continuación de una derrota podía llegar un gran éxito. «¿Y si después de ese tiempo no lo he recuperado?». Aceleró su carrera; la oscuridad la perseguía. La arena frenaba sus pies, pero su mente se movía veloz.

«Pues si al final de esos meses no es mío…

—se dijo cuando ya llegaba al paseo—, ¡que se lo quede esa maldita Carmen!

—Y se extrañó al notar que aquel pensamiento la hacía sentirse mejor—.

Gano con mi felicidad, no con su desgracia», concluyó cuando, jadeante, abría la puerta de su vehículo.

El miedo, escondido entre las sombras, la amenazaba.

Agustín se volvió hacia los fieles que llenaban la iglesia y, alzando su mano con los dedos índice y pulgar levantados, pronunció la fórmula:

—La bendición de Dios padre todopoderoso…

De pie en la segunda fila de bancos, una al lado de la otra, estaban Alba y Lucía.

Lo observaban con atención, con cariño, tocándose la frente al santiguarse.

Las dos mujeres que amaba. Sus miradas se habían cruzado varias veces durante la celebración.

Estaban bellas, radiantes. Y él se sentía feliz.

—Que el Padre, el Hijo…

Buscó al fondo de la iglesia; allí, más allá de los bancos, se encontraba Anselmo siguiendo la misa de pie.

Lo había estado observando; lo había visto en oración, durante la ceremonia de la misa, elevando las palmas al cielo, tal como muchos de los fieles nativos hacían, como para pedir protección…

, o como para tomar energía. ¿Dónde habría dejado su sombrero blanco de campesino?

Seguramente en el suelo, se dijo. Pero el caso era que allí estaba Anselmo, recibiendo la bendición, santiguándose.

Su antiguo enemigo no solo cumplía su parte del trato, sino que participaba en la ceremonia con plenitud.

Aquello lo llenaba de satisfacción. Ahora el viejo lo observaba, tocándose el vientre con la mano, trazando el símbolo de la cruz al ritmo de la invocación.

Sus pupilas se clavaron en las suyas, las miradas se entrelazaron y de repente, como en una explosión, un recuerdo, una revelación se le hizo evidente a Agustín.

Los ojos eran distintos, pero de nuevo, igual que en la noche oscura cuando vio al diablo, Anselmo le recordaba a Francisco, a su padre.

Y como su padre, Anselmo se encontraba más atrás de los bancos, en el mismo lugar en que este se colocaba en la iglesia.

Y recordó las enigmáticas palabras de Francisco al despedirlo frente al autobús que le llevaba al seminario: «Hijo, aprende a ser hombre antes que cura».

Había pensado miles de veces en su significado, sin llegar nunca a estar seguro de haberlo comprendido.

Sentía que, de alguna forma, su padre regresaba desde su memoria de un pasado tan lejano, identificándose con el viejo brujo.

De repente se daba cuenta de que él mismo, en su guerra contra Anselmo, había estado imitando al cura de su pueblo, el que luchó hasta ver vencido a su padre.

—Y el Espíritu…

Todo el mundo colocó su mano en la parte izquierda del pecho.

Ahora creía entenderlo. Hombre de humanidad.

Haciendo las paces, pero de verdad, perdonando cuentas pendientes con Anselmo, también lograría la paz con el recuerdo de su padre.

Supo que el pacto acordado con el viejo ya no le valía; Anselmo no podía quedarse en el fondo de la iglesia.

Debía ir junto a su familia, al frente, con su nieta y su nuera, y sentirse querido por ambas.

Debía acudir al templo por voluntad propia y no forzado por una amenaza, tal como hizo durante tantos años su propio padre.

Él no bautizaba a la fuerza, como se decía que algunos misioneros hicieron en tiempos antiguos.

Ni tampoco por un pacto, como ocurrió en su propio caso.

Habían quedado en almorzar los cuatro en casa de Alba al terminar la misa principal. Después de comer hablaría con el viejo; este sería libre de ir o no a misa. Lo exoneraba de su palabra.

—… Santo. —Todos pusieron su mano en la parte derecha del pecho finalizando el signo de la cruz—. Estén siempre con vosotros. —De repente se dio cuenta de que, al liberar a Anselmo, él también sería libre—. Podéis ir en paz —dijo.

La misa había terminado y Agustín se quedó viendo cómo los fieles se dirigían a la puerta.

Anselmo no se movió y tampoco sus dos mujeres.

Lo miraban. Notaba sus labios dibujando una sonrisa y vio cómo los de ellas se la devolvían.

Ahora él sentía la paz del Señor, la paz consigo mismo, la que acababa de dar a los demás. Al fin era hombre y cura.