Ojos en la noche Mediodía #15
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Mediodía #15

Carmen no se detuvo en el pueblo; tomó la calle principal y al llegar a la taberna del puerto enfiló el camino del sur, el que, bordeando el monte y los acantilados, conducía a la playa.

Sabía que sería vista y que debería saludar a los que se cruzaran con ella; así era en una localidad pequeña donde todos se conocían.

Y también que alguien iba a alertar de su presencia a su tía o incluso a don Agustín.

Pero no tenía donde elegir. Quería encontrar a don Anselmo a la hora del almuerzo y la única opción para llegar a él era cruzar el pueblo.

—Don Anselmo —suplicaba Carmen—. Por favor, ayúdeme. Usted puede, haga algo.

Estaban sentados en la penumbra del interior del ranchito del viejo.

Carmen tuvo que aguardar a que Anselmo terminara su consulta, y se sorprendió al encontrarse con Lucía, que ayudaba al abuelo atendiendo a algunos pacientes bajo la supervisión de este.

La recibió con un fuerte abrazo y un beso; el cariño con que la chica le mostraba su amistad hizo que Carmen se sintiera feliz.

La fama de curandero del viejo seguía extendiéndose y más ahora que hasta el cura lo proclamaba como un gran médico naturista. Carmen se sorprendió al ver entre los que aguardaban turno a gente de aspecto urbano y que habrían recorrido un largo camino hasta allí.

Esperó sentada en el banco, bajo el enramado de buganvillas; la vista del mar era hermosa y el lugar respiraba paz.

Anselmo la recibió afectuosamente, insistiendo para que Carmen compartiera el almuerzo con él, y como Lucía regresaba al pueblo para almorzar con su madre, se quedaron solos.

Pero poco pudo comer ella; estaba nerviosa y casi no probó bocado. Había dejado el apartamento de Jeff sin desayunar, con prisa; luego paró en Breakfast House, en una de las salidas de la autopista de San Diego, para tomar un café y un dónut en la barra.

Se había sincerado con Anselmo, contándole su historia con Muriel y Jeff, su amor, su traición, su esperanza, su desespero.

El viejo, que llevaba puesto su sombrero incluso en el interior de la casa, la escuchaba con atención, afirmando de vez en cuando con la cabeza, pero en su faz no dejaba ver, como habitualmente acontecía en él, sus sentimientos.

—Debes confiar en ti misma, Carmen —dijo cuando ella, con los ojos húmedos, terminó su relato—. Tú sabes que eres lo mejor para Jeff. Y él también lo sabe. Tranquilízate. Tu angustia es la penitencia que te corresponde por traicionar a tu amiga.

—No, no puedo tranquilizarme, don Anselmo. Por favor, ayúdeme. —Deslizó una de sus manos encima de la mesa hasta tocar la de él—. Use su poder, haga una magia. Una magia de amor.

—No. —El viejo sacudía la cabeza, negando—. Ya no hago ese tipo de cosas; se lo prometí al cura.

—Le daré lo que quiera, por favor.

—No, lo siento.

—Por favor.

—De verdad, hija. —El tono era tajante—. Ya no hago eso.

Quedaron en silencio, mirándose, mientras Carmen apartaba su mano de la del viejo y la juntaba a la otra en su extremo de la mesa. «Dios mío, tengo que convencerlo».

—Yo vine a avisarlo de que querían matarlo.

—Cuando habló de nuevo su voz sonaba firme, calmada, pero una lágrima cruzaba su mejilla—.

Sin mi ayuda, usted estaría muerto. Tiene una deuda conmigo.

—Carmen hizo una pausa para estudiar al hombre.

La expresión de este no había cambiado y guardaba silencio—.

También me pidió la foto y una firma de Rich.

—Ella hablaba ahora con lentitud, con firmeza—.

Yo se lo envié y luego Rich murió. Solo nosotros sabemos eso.

No lo saben Lucía, ni Alba, ni don Agustín.

—¿Me amenazas?

—No, de ninguna manera —se apresuró a desmentir—. Pero usted es un hombre de honor y yo hice cuanto pude por usted. Y aún puedo hacer más. Tarde o temprano Lucía querrá volver a Estados Unidos, usted lo sabe, y sabe que no podrá impedirlo. Y esta vez yo la cuidaré por usted.

»Por favor, no puedo vivir con esta angustia.

—Extendió de nuevo sus manos sobre la mesa tomando las de Anselmo.

Sus ojos estaban llenos de lágrimas—. Ayúdeme, se lo suplico.

Usted puede salvarme la vida. Una última magia.

Una magia blanca de amor. No hará daño a nadie.

Solo haga que él me quiera a mí, que Muriel no me lo pueda quitar.

—¿Qué vas a hacer con esa muchacha? —Anselmo estaba tendido en su camastro descansando después de comer. Pero esta vez no le importó que Coyote interrumpiera su sueño. Hacía tiempo que no sabía de él y lo echaba de menos—. ¿La vas a ayudar?

—No lo creo, Coyote. Ya he intervenido demasiado en la vida de la gente. —Se incorporó para ver al animal. El color de su pelaje, gris amarillento de joven, era ahora casi blanco, traslúcido—. Que ocurra lo que tenga que ocurrir.

—Pero es una buena chica, está sufriendo mucho y te ha ayudado. Tienes una deuda.

—Ella también tiene una deuda que pagar. Traicionó a su amiga.

—No porque ella quisiera… Fue el amor…

—No, Coyote. No voy a hacer nada.

—Piénsalo. Quizá deberías…

—De acuerdo, Coyote —repuso el viejo pasado un tiempo—. Tú siempre instruyéndome sobre lo que debo hacer. Diciéndome lo que está bien y mal. Pero solo le haré creer que complazco su petición. Nada más.

—No es mucho.

Ambos se quedaron mirando el uno al otro en silencio.

—Anselmo —habló el coyote al rato—. Me voy.

—Ha sido una visita corta.

—Pero esta vez me voy para siempre.

Anselmo lo contempló alarmado, y se dio cuenta de que en los últimos días ese pensamiento había estado escondido, sin aflorar, en algún lugar de su mente.

—Pero, Coyote, ¿me vas a dejar después de tantos años? ¿Ahora que ya queda poco para que yo también muera?

—No puedo aguardar más, Anselmo. He superado varias veces la vida de un coyote.

Y mi misión ha terminado. Ya no estás solo.

Tienes familia, ellos cuidarán de ti. Transmites nuestro saber a tu nieta, y luego tú y ella lo pasaréis a más gente.

Así nosotros nunca moriremos del todo, y el mundo será más rico. Soy feliz.

—¡Espera, Coyote! —Anselmo se incorporó dando un paso hacia el animal.

Este sonreía mostrando su lengua y los pocos dientes que le quedaban, pero su imagen se diluía por momentos.

Esta vez no se iba como siempre, andando hacia el sur; estaba desapareciendo—.

¡Espera, aún me queda mucho que hablar contigo!

—No puedo. Debo seguir el camino. He detenido mi marcha durante muchos años. Ahora soy feliz y me voy en paz. Adiós, Anselmo.

Y el viejo dejó de verlo. Entonces sintió una pena terrible que le aprisionaba el pecho y se despertó angustiado con un sollozo. Incorporándose de su jergón, miró el lugar donde Coyote había estado y allí no había nada.

De pronto se dio cuenta. Durante tantos años, él, que veía lo que los demás no podían ver, había sido incapaz de entender lo que estaba ocurriendo.

—¡Adiós, abuela! —dijo con los ojos llenos de lágrimas—. Gracias por cuidarme, abuela, muchas gracias.

El sol se ocultaba entre vegetación y edificios a la izquierda de la autovía cuando Carmen encontró el tráfico detenido a la salida de Tijuana, antes de llegar al paso fronterizo de San Ysidro.

Después de mucho insistir había obtenido de Anselmo un «ya lo pensaré».

Eso no era suficiente. Carmen descubrió que el argumento que más parecía afectar al viejo era que ella iba a cuidar de Lucía si esta volvía a Estados Unidos.

Insistió, una y otra vez. Al final logró un quizá.

Pero Anselmo no se había comprometido. Aquello la preocupaba.

Ella quería encontrar paz interior, seguridad, pero el viaje no había resultado como deseaba. No se libraría de su angustia.

Al contrario que a la ida, la espera del regreso en la frontera acostumbraba a ser larga.

Cientos de coches en multitud de carriles, ramificándose, aumentando al acercarse al puesto de control fronterizo, aguardaban el paso a Estados Unidos.

La mayoría eran automóviles del norte, gentes que regresaban de compras, turismo o negocios.

Carmen entretuvo su tiempo escrutando a sus vecinos, que ahora avanzaban, luego se quedaban retrasados.

Difícil adivinar sus vidas, pero ella seguía sintiendo que era capaz de saber.

Sí, aquellos cuatro hombres de tez cobriza que viajaban silenciosos en el destartalado Ford sentían miedo.

De que cuestionaran sus papeles, de no poder entrar al paraíso del norte.

Las dos mujeres venían de compras. La familia con los niñitos rubios bronceados de sol regresaba de vacaciones. El hombre que viajaba solo, negocios…

De repente sintió un murmullo lejano. Era el ocaso. Por un momento, le pareció oír una extraña cantinela y se imaginó el astro hundiéndose en el mar.

Entonces tuvo el presentimiento, la convicción de que Anselmo había cedido a sus súplicas. Empezó a sonreír mientras sus ojos se nublaban de lágrimas felices. «¡Gracias, Dios mío…!».

Aquel sábado Muriel se dio el placer de correr a la orilla del mar.

Cuando se detuvo estaba cubierta en sudor.

Se sentó en la arena y se quitó las zapatillas; quería andar mojándose los pies en la amplia zona donde rompen las olas.

Podía ver, a través de la ancha playa, lejano, el embarcadero de Santa Mónica que seguía repleto de gente; pero allí, cerca del mar, fuera de un par de parejas bien abrigadas y un muchacho corriendo con su perro, la playa permanecía desierta.

El sol se ocultaba formando una bola roja en la lejana neblina y los reflejos de las olas.

El agua del Pacífico estaba helada y el murmullo del océano le traía a Muriel una extraña tonada que llegaba junto al olor a salitre y algas.