Ojos en la noche Mediodía #14
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Mediodía #14

—Muchas de las misiones en Baja funcionaban con los indios trabajando una semana en ella y cuatro recolectando y cazando en los montes cercanos; luego aquello no era una cárcel.

El indígena regresaba por voluntad propia.

¿Pero no viste lo que ocurrió? Cuando las misiones desaparecieron, para poder sobrevivir, los indios tuvieron que trabajar otra vez en la agricultura o en la ganadería y casi siempre para otros.

Precisamente para terratenientes y propietarios criollos que se apoderaron de sus tierras después de la desamortización.

Y muchos murieron de hambre. Estaban mucho mejor con las misiones.

Los terrenos de las misiones les pertenecían a ellos.

¡Los frailes consideraban que la misión no era suya, sino de los nativos que las trabajaban!

—Vamos, don Agustín. —Ahora era Anselmo el que hablaba, en su boca bailaba esa sonrisa irónica suya—.

Eso es lo que los misioneros decían. Que las misiones eran de los indios.

Y que ellos lo controlaban todo por diez años, hasta que los paisanos aprendieran la religión, a trabajar los cultivos, las pequeñas industrias…

Pero lo cierto es que nunca cedieron el control.

—Si aún no estaban preparados… —repuso Agustín, cauteloso.

¿Cómo sabía el maldito Anselmo tanto? Tenía que ir con cuidado con él—.

Además, el gobierno de las misiones estaba manejado por los propios indígenas, los había sacristanes, pastores, enfermeros, catequistas, policías, cocineros y también capitanes y gobernadores nativos que cuidaban de la protección.

—Sí. Pero era el misionero quien los nombraba —respondió Anselmo—. Era una teocracia. Se supone que mandaba Dios, y el sacerdote en su nombre. Pero en realidad era el cura quien decidía, con la inspiración de Dios o la suya propia.

Agustín tomó un trago de tequila. ¡Maldito Anselmo!

¿Cómo sabía tanto? ¡Teocracia! ¿De dónde había sacado aquel indio la palabra «teocracia»?

Y mientras pensaba en responderle, otros pensamientos lo asaltaban.

Anselmo le había contado cómo había buscado el saber.

Y lo del pecado de Lucifer. Lucifer y Anselmo.

¿Quién era el diablo con el que luchó a la puerta del ranchito de Anselmo? ¿Había ganado él, Agustín, un pobre mortal, a Lucifer? ¿No sería todo una treta de Anselmo? ¿No sería aquel viejo el propio diablo? ¿Era Anselmo el vencedor?

Estaba seguro de que aquellas preguntas volverían una y otra vez a inquietarlo en el futuro, pero ahora tenía de qué ocuparse; Anselmo había dejado de hablar y todos lo miraban a él esperando una respuesta. ¡Y la tendrían!

—Anselmo nos quiere confundir con palabras como «teocracia».

¿De dónde la has sacado? Pero ¿no creéis que es mejor que se rijan las cosas bajo un principio de amor cristiano y siguiendo los dictados de la Santa Madre Iglesia que por las leyes de los hombres, a veces corruptos y siempre a la búsqueda de su propio beneficio… ?

Por las caras de sus contertulios, Agustín se percató de que tendría que luchar mucho para convencerlos de aquello. Pero a él no le importaba argumentar y discutir cuantas veces hiciera falta.

Y supo que en privado se entendería con el viejo, y que llegarían a ser grandes amigos, pero que en público seguirían discutiendo durante el resto de sus vidas.

Carmen se despertó sobresaltada. Su corazón aún daba brincos y deseaba llorar.

La pesadilla; era aquella pesadilla que últimamente la asaltaba casi todas las noches.

Encendió la luz. El despertador marcaba las cuatro y cuarto de la madrugada, llevaba menos de cinco horas de sueño.

Jeff dormía sobre su lado derecho, dándole la espalda.

Ella apoyó la mano en su hombro, acariciándolo, y el muchacho murmuró algo en sueños.

No pasaba nada, todo estaba bien, él dormía a su lado.

Apagó la luz y se acurrucó contra aquel cuerpo querido en busca de calor y sosiego.

Acababa de ver a Muriel coqueteando con Jeff, intentando seducirlo, llevándoselo.

Aún veía la sonrisa de suficiencia de su antigua amiga.

Y ella se sentía impotente, indigna, rastrera.

No podía evitar perderlo, estaba como paralizada.

Deseaba moverse, hacer algo, gritar, pero no podía.

Era horrible. Imposible describir aquel sufrimiento.

Desde su encuentro con Muriel, aquellas imágenes venían una y otra vez.

Casi siempre durmiendo, pero a veces hasta despierta.

«Todo está bien —se dijo—. Todo está bien, él me quiere y es mío».

Se apretó un poco más contra la espalda de Jeff. Tenía frío. Un frío que se concentraba casi en la boca del estómago, por debajo de los senos.

«Todo está bien, él me quiere a mí —se repitió—.

¿Pero qué ocurrirá cuando Muriel, usando su prerrogativa de jefa, lo llame a su despacho?

». La conocía bien. Era una maestra en manipular, en jugar una a una sus cartas de poder.

No lo haría la primera vez; sino que, como espadachín que tantea a su rival, le lanzaría una mirada tierna, una sonrisa cómplice.

No, no iba a pasar nada la primera vez, sería solo trabajo.

Quizá tampoco ocurriría nada la segunda vez.

Pero crearía expectación en Jeff, espera.

«Muriel sabrá aguardar el momento oportuno —pensó dando una vuelta en la cama—.

¡Dios mío! ¿Qué hará Jeff cuando ella se le ofrezca?

¿Será lo suficientemente fuerte para rechazar la tentación, el sexo?

». Deberían irse, deberían buscar otro trabajo, dejar la agencia.

Pero Jeff decía que no veía motivos y ella no se iría dejándolo a él allí, a solas con su rival.

El chico simulaba no importarle que ahora Muriel mandara tanto, que tuviera tanto poder.

Seguro que su vanidad masculina se hinchaba sabiendo que la gran jefa lo quería, que daría cualquier cosa por que la perdonara, por que volviera con ella.

Jeff no apreciaba el peligro que corría de caer de nuevo en las redes de aquella araña seductora.

El despertador indicaba las cinco menos cuarto. Apagó la luz y dio otra vuelta en la cama para abrazar al muchacho por la espalda. Continuaba sintiendo frío en el pecho. Era la angustia.

—Dios mío, Jeff —susurró—. No puedo continuar así. No puedo vivir así.

Si había pecado traicionando a su amiga, cumplía de sobra su penitencia; aquello era mucho más que un infierno. El miedo no la dejaba disfrutar del amor, de la vida, de las ilusiones, de los sueños de futuro…, ni siquiera del sueño físico.

—He de hacer algo —dijo a media voz mientras daba otra vuelta en la cama.

Al rato encendió la luz y saltó del lecho. Anduvo hacia la ducha quitándose el corto camisón que tanto tentaba a Jeff. No vestía otra ropa. El reflejo del espejo de un armario le mostró su cuerpo desnudo, bello.

El sol estaba ya en lo alto cuando los militares la detuvieron en un tramo de la carretera principal justo antes del cruce con la de acceso a Santa Águeda. Viajaban en un furgón Chevrolet descubierto y portaban fusiles y cascos. Carmen no se inquietó, la vigilancia militar era habitual en la zona.

Aquella madrugada, después de la ducha, había dejado en el espejo del baño una nota para Jeff.

«Me voy a Santa Águeda. Siento que algo serio le ocurre a mi tía.

Tendré el móvil conectado». El teléfono sonó cuando cruzaba Del Mar, antes de entrar en los atascos matutinos de San Diego.

Jeff la interrogó sobre su inesperado viaje y Carmen insistió en lo de su tía.

Sí, claro que su tía tenía teléfono en casa, pero ella a veces notaba cosas. No pareció que Jeff quedara convencido.

—¿Qué te ocurre, Carmen? —preguntó—. Eso no es normal.

—Tú no lo entiendes, Jeff —repuso ella—. Es mi sangre mexicana. Sé que debo ir.

Las colinas pardas, cubiertas de roca y pedruscos, casi sin vegetación, se recortaban contra un cielo azul que se había librado ya por completo de las brumas de la mañana.

Más abajo unos nopales y matas resecas bordeaban la ruta.

El paisaje le era entrañable, familiar. Un correcaminos cruzó unos metros más adelante en la carretera para perderse en los matorrales.

Carmen enfiló la curva anterior a la entrada del pueblo; en aquel lugar el camino, mal asfaltado y cubierto de grava, se hacía peligroso.

Como aviso al viajero había dos cruces de hierro en memoria de unos hermanos que perdieron la vida allí años atrás.

Cada semana tenían flores frescas. Y más allá la capillita siempre blanca, siempre recién encalada del hijo de Anselmo, el padre de Lucía.

Justo donde murió al despeñarse con su camioneta.

En su interior había una cruz, la imagen de la Virgen de Guadalupe y muchas flores, siempre había flores.

Esas señales eran recuerdo para el difunto y advertencia para los vivos.

Pero a Carmen no le parecían tristes. Eran testimonios llenos de colorido y recordaban la vida, lo bello.

La muerte en México era algo más vecinal, más cercano, no tan tabú, menos trágico que en el norte.

Al coronar el repecho vio, extendiéndose abajo, los campos en varios tonos verdes y el reflejo del riachuelo.

Era un oasis atrapado entre el desierto de matojos y piedras que acababa de cruzar y las rocas de la bahía.

Y allí estaba el pueblo: Santa Águeda con sus casas coloristas, la torre de la iglesia y el océano al fondo. Aquella vista la hacía sentirse bien.