Mediodía #13
Estaban en la sobremesa, tomando un café.
Anselmo no había visitado aquella casa desde hacía más de diez años, en vida aún de su hijo.
Observaba los muchos detalles que no habían cambiado con el tiempo: el cuadro, una lámina impresa enmarcada en cristal de la última cena de Jesús con sus apóstoles, la alacena con los platos…
Y lo hacía con cariño, sin pena. El tiempo había mitigado el dolor por la pérdida del hijo y el amor de su nieta lo hacía desaparecer.
Alba lo invitó, junto al sacerdote, a almorzar en su casa, y Anselmo disfrutaba de aquel momento, de la conversación, de la compañía.
Después de tantos años sin hablarle, Alba no parecía sentirse incómoda con él y le había dirigido varias sonrisas. Él se las devolvía.
«El cura puede conseguir lo que quiera de ella —se decía Anselmo, complacido—. Y está cumpliendo el acuerdo».
Lucía pasaba de momentos de tristeza a otros de entusiasmo, al contar las cosas nuevas, lo que la había sorprendido, lo que la impresionaba de ese mundo extraño y fascinante de más allá de la frontera.
—Solo el salón de la casa de los Reynolds ocupa más espacio que toda esta casa.
—Sus ojos brillaban—. El jardín es más grande que la plaza mayor del pueblo y tiene luces escondidas entre las plantas, que se encienden por la noche.
Hay una piscina preciosa solo para ellos, que también iluminan al atardecer.
Y un jacuzzi. ¿Sabéis qué es un jacuzzi?
Los otros negaron con la cabeza. Alba la miraba, fascinada; se sentía orgullosa de su hija. El golpe recibido en el accidente no se notaba y estaba hermosa, radiante.
—Es como una bañera grande, o como una piscinita pequeña, que tiene asientos de forma que el agua te cubre hasta el cuello.
Salen chorros de agua caliente y burbujas.
Es estupendo bañarte allí, en especial por la noche.
A Rich le gusta… —La sonrisa desapareció de su rostro—.
Bueno, le gustaba relajarse allí al caer la tarde.
—Al acabar la frase su mirada quedó perdida; el dolor continuaba.
La conversación, casi un monólogo de Lucía, había versado sobre las diferencias de vida en Estados Unidos frente a la de Santa Águeda. La muchacha estaba entusiasmada. La riqueza, la modernidad, lo cómodo de vivir en Los Ángeles.
—Jamás hubiese imaginado que existiera gente real viviendo de esa forma. Creía que solo era en la televisión.
—Seguro que los Clemente, los padres de Carmen, viven mejor —afirmó Alba.
—No, no lo creo. Los Reynolds tienen todo lo que necesitan e incluso lo que no…
—¿Pero son felices?
—Creo que igual que la gente de aquí —repuso Lucía después de meditarlo—. Más, porque son más ricos.
—La felicidad no ocurre fuera, sino dentro de nosotros —dijo Anselmo—. No por ser más ricos son más felices.
—Tiene razón —intervino Agustín.
La muchacha los miró, asombrada. ¿Desde cuándo aquel compañerismo? ¿Desde cuándo estaban de acuerdo?
—Vamos, abuelo, salgamos fuera —dijo Lucía cuando la conversación pareció languidecer—. Me apetece andar. Platiquemos un poco.
—¿Vais a salir con este calor? —repuso Alba.
—No hace calor, estaremos bien. —Lucía se levantó invitando a Anselmo y este la siguió.
—Pues yo voy a prepararle otro cafetito a don Agustín.
Alba miraba al cura dirigiéndole una amplia sonrisa. No le había preguntado siquiera si él quería un segundo café. Él percibió algo extraño en ella y tragó saliva.
A pesar de sus palabras, la mujer no se levantaba de la mesa y Agustín parecía como pegado a su silla.
Cuando la nieta y el abuelo salieron, Alba acercó con suavidad su mano sobre la mesa para rozar la de Agustín.
Él notó un nudo de emoción en el estómago y cómo se le erizaba el vello de los brazos, pero se sentía incapaz de mover su mano de allí.
Estaba clavada en la mesa. Miró los ojos de la mujer.
Almendrados, profundos, oscuros como los de Lucía, solo que con alguna arruguilla en las comisuras.
Luego, al sonreír ella, la mirada de Agustín se quedó prendida en sus labios carnosos que mostraban un poquito de unos dientes blancos.
Sintió que él también sonreía y que su mano acariciaba la de ella.
Su corazón latía acelerado y supo que amaba a aquella mujer con desesperación.
¿Qué les ocurría? ¿Qué le pasaba a Alba para que abandonara su recato?
¿Les habría puesto Anselmo algo en la comida?
Aquello era parte del plan del hechicero.
Estaba seguro. ¿Serían víctimas de un embrujo?
«Dios mío, ayúdame», imploró el cura en silencio.
Sus ojos volvieron a los de ella y se deleitó en la dulce mirada. Entonces supo que lo que había temido y deseado durante tantos años se haría realidad en unos instantes.
«No me dejes caer en la tentación…», empezó a rezar cuando los labios de ella se acercaban a los suyos, que esperaban entreabiertos.
—Abuelo, cuéntame qué ocurre.
Anselmo y Lucía paseaban por la calle principal del pueblo, en dirección al pequeño puerto. Una brisa agitaba las hojas de los árboles del paseo y el calor del día empezaba a ceder.
—¿Qué es lo que ocurre? —preguntó Anselmo.
—Vamos, abuelo, no disimules. No soy tonta.
Algo está pasando. Tú y el padre ya no peleáis.
Cuando mamá lo invitó a almorzar, él dijo que tú debías venir, que a pesar de todo eres mi abuelo y que, aun con tus rarezas, no eras malo.
Mi madre y yo nos mirábamos asombradas. No podíamos creerlo.
Antes te pintaba como al mismísimo diablo, solo te faltaban cuernos y cola.
—Quizá es que ahora conoce mejor al diablo —dijo él sonriendo.
—Cuéntame qué pasa.
—Creo que después de tantos años nos hemos dado cuenta de que nos unen más cosas de las que nos separan.
¿Para qué pelear por Dios, si Dios es el mismo?
Que el cura lo vea un poco distinto de como yo lo veo, o que yo lo vea distinto de como él lo ve, no tiene importancia.
El problema es que nuestros ojos son distintos y precisan gafas.
Pero las gafas que nos dieron nuestros padres, nuestras culturas, nuestras tradiciones, en lugar de ayudarnos a ver mejor, nos deforman la imagen aún más.
Son complicaciones que nosotros, los hombres, creamos.
»Dios no tiene problemas, es grande, poderoso, perfecto. Nosotros somos pequeños, miedosos, agresivos con los de nuestra propia especie, llenos de defectos. Y además está el orgullo. Aflojando ahí, se arregla casi todo lo demás.
—Parece como si os hubierais puesto de acuerdo en convencerme para que no regrese allí.
—Nos gustaría que te quedaras. —Anselmo la miraba esperanzado—. Aprende lo que yo sé, mi medicina. Aprende la tradición y el espíritu de nuestros paisanos, para que no muera conmigo.
—¿Qué dirá don Agustín? ¿Y mi madre?
—No te preocupes por él. Se va a alegrar. Y ella hará lo que él diga.
Continuaron paseando, en silencio, hacia el océano que se veía al fondo entre las casas.
—Abuelo, ¿qué le hiciste a Rich? —preguntó Lucía cuando ya llegaban al puerto.
—¿Aún te duele su muerte?
—Mucho.
—Por lo que yo sé, no era buena persona.
—Pero yo lo quería.
—Estaba casado.
—No me importaba.
—Era un asesino.
La muchacha se detuvo frente al murete que marcaba el final de la calle. Abajo, entre rocas, estaba la pequeña bahía, las barcas y el mar. Dejó que su mirada se perdiera en el horizonte.
—Lucía, tú eres joven y él solo te utilizaba. Sacaba partido de ti. No te quería.
—Sabía que me vigilabas.
—Claro, yo te quiero.
—Pero te has entrometido en mi vida. ¡No tienes ningún derecho! —Su mirada buscó la de Anselmo. Tenía los ojos llenos de lágrimas—. ¡Tú lo mataste!
De repente Anselmo sintió miedo. Miedo de perder a su nieta otra vez. Se estremeció.
—No, cariño —repuso sin apartar la mirada—. No tengo tanto poder. Tú viajabas con él. ¿Cómo puedes creer que yo te puse en peligro?
—Sé que tú hiciste algo.
—No, cariño.
—Júramelo por Dios. Por el dios en que tú crees.
Anselmo no dudó ni un instante. Había anticipado aquella conversación y sabía lo que ella esperaba. Quizá llegara un momento en que su nieta entendiera, pero aquel momento no era ahora. Solo había una respuesta posible:
—Te lo juro.
—Las misiones protegían al indígena —afirmó Agustín, acalorado quizá por la discusión, quizá por el tequila—. Los indios de Baja vivirían hoy mucho mejor si el Gobierno mexicano no las hubiera desamortizado…
Estaba sentado en el bar del puerto, compartiendo una botella con Anselmo y otros tertulianos.
El acuerdo con Anselmo no incluía dejar de discutir, y como en los últimos días el cura se sentía más cómodo en la taberna, había empezado a frecuentarla; estaba decidido a hacer ver a aquellos tipos duros la bondad de las misiones.
—Pero los misioneros trataban a los indios como esclavos —lo interrumpió Emilio, el tabernero—. Los azotaban, les hacían trabajar de sol a sol. El Gobierno mexicano no podía permitir eso.
—No creo que se dieran tantos azotes —se defendió Agustín—.
Lo que ocurre es que en las misiones se enseñaba a los indios agricultura, ganadería y pequeñas industrias como cerámica, cestería y tejidos.
Los indígenas de Baja, al contrario de los del sur de México, no estaban acostumbrados al trabajo organizado, solo recolectaban y cazaban.
Es normal que les costara acostumbrarse y que los misioneros impusieran disciplina. Era por su propio bien.
—Sí, pero los maltrataban y las misiones funcionaban como cárceles. —Emilio volvía a la carga—. ¿Cómo quiere que el Gobierno mexicano, que había luchado por la libertad contra los españoles, no interviniera?