Ojos en la noche Mediodía #9
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Mediodía #9

—No, querida mía. —Cuando una sonrisa tan amplia le iluminaba la cara, los ojos del viejo se hacían pequeños y las arrugas se multiplicaban en las comisuras—. Ya ves, estoy bien. ¿Cómo te encuentras?

—No te veía, abuelo, no te veía. —La chica tenía una venda en la cabeza y sus ojos mostraban lágrimas—. ¡No podía verte y creía que habías muerto!

—¡Pero bueno! ¡Todito para tu abuelo! —Alba se lamentó tratando de parecer divertida—. Y para mamá, ¿qué?

Lucía soltó a Anselmo y fue a besar y a abrazar a su madre.

—Es que yo ya sabía que tú estabas bien, mamá. —El llanto hacía que su habla se entrecortase—. Sabía que tú estabas bien. ¡Pero pensaba que el abuelo había muerto!

Agustín se había quedado cerca de la puerta y cuando sus ojos se encontraron con los de Anselmo le dirigió una mirada acusadora.

—¿Pero y tú? ¿Cómo estás tú? —Alba repetía la pregunta de Anselmo—. ¿Qué te pasó?

—¡Padre Agustín! ¡Cuánto me alegro de verlo! —La muchacha soltó a su madre para ir a besar la mano de Agustín. El sacerdote sonreía y le devolvió el beso en la frente.

—Y yo de verte a ti, hija. —Y el cura repitió la pregunta—: ¿Cómo te encuentras?

—Muy triste, padre. ¡Fue horrible! A mi patrono le dio un ataque al corazón mientras veníamos hacia Santa Águeda y se murió al volante. —Sus ojos se llenaron otra vez de lágrimas—. El coche se salió de la carretera y se empotró contra un pequeño muro de protección.

—¿Pero y a ti qué te pasó? —La voz de Alba denotaba su impaciencia.

—¿A mí? Nada, mamá. Solo un chichón. Pero aquí insisten en que no podían dejarme ir en estas condiciones.

Ahora que ustedes vinieron, seguro que me sueltan.

Quizá los del hospital supieron que viajaba en un carro caro y piensan que tengo mucha plata.

La policía me trajo aquí y luego de la primera cura me tomaron declaración.

—Pero ¿qué hacías ayer en la noche en la carretera de Tijuana? —preguntó la madre.

—Iba a Santa Águeda.

—¿A esas horas?

—Temía por el abuelo y me era imposible esperar más. —Las lágrimas regresaban a sus ojos.

—¿Y cómo es que ese hombre venía contigo? —Alba interrogaba a su hija frunciendo el cejo.

Lucía bajó la cabeza.

—Bueno, basta ya de preguntas. —Agustín le hizo a la madre un gesto de que ya era suficiente, reprendiéndola entre cariñoso y firme—. Lo de tomar confesiones es mi trabajo, no el tuyo. Es normal que Lucía esté muy afectada ahora. Lo importante es que no le haya ocurrido nada a ella.

Anselmo se acercó a la muchacha y la abrazó.

—Cálmate, mi niña. Ya pasó todo. Habrá sido duro, pero lo principal es que tú te encuentres bien. Te agradezco mucho que te preocuparas por mí.

Le dio un beso en la mejilla y la chica le dedicó una sonrisa.

—¿Pero por qué no podía verte? —quiso saber ella.

—Me aislé por unos días. Tuve una experiencia que me hizo pensar y quise distanciarme de todo, hasta en eso.

—A tu abuelo casi lo asesinan —terció Agustín—. Vinieron dos matones a Santa Águeda, lo buscaban. Huyó a Tijuana y lo siguieron. Allí mataron a otro hombre al confundirlo con él.

—¡Dios mío! —La muchacha estaba desolada—. ¡Lo que me temía!

—¿Qué es lo que te temías? —inquirió la madre.

—Eso —repuso Lucía, pensativa—. Que le pasara algo al abuelo. Ese era mi presentimiento.

—¡Otra vez! —se lamentó la mujer—. Otra vez ese juego de brujos con el dichoso abuelo. Que si veo eso o lo otro. Que si presentimientos extraños. —Y dirigiéndose a Agustín—: ¿Qué más podemos hacer, padre? ¿Qué más tendremos que hacer para evitar esa mala influencia?

Agustín carraspeó y estuvo pensando unos momentos antes de responder.

—Bueno. Si no hacen mal a nadie y no ofenden a Dios… —Agustín ya se había arrepentido de lo dicho antes de terminar la frase. Las dos mujeres lo miraban con incredulidad y Anselmo sonreía de esa forma que tanto le molestaba.

—¡Pero padre! ¡Si siempre ha dicho que…!

—Sí, pero últimamente he reflexionado mucho. —Agustín cortó la queja de Alba—. Hay que ser más tolerante y separar lo que cuenta de verdad de lo que no. Lo importante es amar a Dios, respetarlo y hacer lo mismo con el prójimo.

—Ya me sorprendió verlos llegar a los tres a la vez. —Lucía notaba un cambio. Definitivamente, había algo distinto en la relación de aquellos hombres. ¡Cuánto le gustaría que dejaran de pelear!—. Antes, jamás hubieran venido ustedes juntos.

—Bueno —se disculpó Agustín—, solo había un taxi y no hubiera sido nada cristiano dejar a tu abuelo en Santa Águeda; sé que sufría por ti tanto como nosotros.

—No vinimos juntos del todo. —Anselmo sonreía irónico—. Ellos sí que estaban juntos atrás, yo acompañaba al conductor en el asiento delantero. —Y luego añadió—: Pero aun así les agradezco que me invitaran a su coche.

A pesar de sus ojos enrojecidos, la cara de Lucía se iluminó con una sonrisa.

Regresaron en silencio. Lucía, sentada atrás entre su madre y el cura, y Anselmo delante, junto al conductor. La muchacha lloraba de vez en cuando calladamente. Agustín intentó dar conversación un par de veces, pero el único que le respondía era el taxista.

Alba y Lucía se fueron directamente a casa. Unos vecinos saludaron a Lucía, pero Alba acortó la conversación en lo posible. Tenía mucho de que hablar con su hija.

Agustín también tenía asuntos que hablar con Anselmo; lo sujetó del codo al bajar del coche, y en un aparte de los demás le dijo:

—Te espero dentro de diez minutos en la sacristía. Tenemos que hablar.

Anselmo lo miró con esa media sonrisa que disgustaba a Agustín y no dijo nada.

Tan pronto Anselmo hubo entrado en la sacristía, el cura cerró la puerta que comunicaba la habitación con el templo y le espetó:

—¡Has matado a ese hombre!

—Sí, claro. Ya se lo dije esta mañana.

—Sí, pero entonces no lo creí, estaba como atontado y no pude reaccionar como debía.

—¿Pues qué esperaba? Ese tipo era una alimaña.

—Esperaba que lo influenciaras con tus cosas. Eso es lo que dijiste que harías. ¡Pero no que quisieras matarlo! —Agustín había empezado la discusión en un volumen de voz moderado, pero lo iba subiendo poco a poco—. Además, has puesto a Lucía en peligro. ¡Ella también podría haber muerto!

—Ella no podía morir. —La sonrisa había desaparecido de la cara de Anselmo—. Tenía protección.

—¡Sí, claro! ¡El cinturón de seguridad! Si no, la matas también.

—No, ella estaba protegida espiritualmente.

—¡Y un cuerno! ¡La has puesto en peligro de muerte!

—Le continúa faltando la fe. —La sonrisa ácida volvió por un momento—. ¿Verdad, padrecito?

—En ti, por supuesto —repuso el sacerdote de inmediato—. Has asesinado a un hombre y encima me involucras. ¿Por qué has tenido que matarlo?

—¡No me sea hipócrita! —El viejo se había levantado de la silla—.

¿Ahora me viene con esas? No quiso saber lo que yo iba a hacer, ¿verdad?

Pero me ayudó. Claro que entonces estaba de acuerdo en que debíamos librar a Lucía de ese hombre.

Es usted mi cómplice lo quiera o no. Usted me ayudó a mantener al diablo lejos.

Sin diablo no hay pecado. Por tanto, lo que le hice a ese hombre no es pecado.

—Eso sí que es una excusa mala. No sé de qué religión estás hablando, pero en la mía es pecado y pecado mortal con diablo o sin diablo.

—Bueno, pues si yo pequé usted también porque me ayudó.

—Quieres liarme, Anselmo. Yo no sabía lo que ibas a hacer. ¡Me engañaste!

—No quiso saberlo. Y de haberlo sabido me habría ayudado igualmente.

Lo que hicimos fue en defensa propia. Aquel hombre era una alimaña, padre.

¿Qué hacen los pastores si pillan al puma que devora a sus ovejas?

Lo matan. Y como sacerdote, ¿no es usted un pastor?

Yo hice lo que debía hacer y usted también, por el cariño que le tiene a mi nieta.

Agustín se quedó un rato callado mirando a su oponente y luego le dijo:

—No me convences.

—Pero se alegra de que Lucía esté con nosotros, de que se haya librado de ese individuo. —Anselmo había cambiado a un tono conciliador—. ¿Verdad?

—Me alegro de que ella esté bien.

—Luego si yo pequé, lo hice por una buena causa. Usted tiene el poder de perdonar los pecados; perdóneme los míos.

Agustín se quedó en silencio, ponderando las palabras de su interlocutor.

—No creo que pueda darte la absolución, Anselmo.

—¿Por qué?

—Porque no te arrepientes.

Carmen miró a Jeff. Estaba muy concentrado cortando el filete que tenía en su plato.

Hacía unas semanas que se había mudado a su apartamento, situado en el centro de la ciudad, el downtown de Los Ángeles.

Ella prefería el suyo de Marina del Rey, el mismo que compartía con Muriel, pero Jeff se negó en redondo.

«Ese lugar tiene malas vibraciones —argumentaba—. Me trae malos recuerdos».

Carmen lo entendía y se resignó al apartamento de Jeff, más caro y de un solo dormitorio.

Al menos aquí el control de seguridad de la entrada era mejor que en Marina del Rey y se podía ir andando hasta las oficinas de la agencia.

Sin embargo, a ella le gustaba la proximidad del mar y el ambiente más relajado de las playas cercanas a Marina.

Pero eso en realidad le importaba muy poco.

¡Vivía con Jeff! No se cansaba de mirarlo, no podía creer su suerte.

Nunca antes había convivido con un hombre y seguro que cuando su familia se enterara lo desaprobaría enérgicamente.

Pero le daba igual. Lo importante era estar con él.

Cenaban en la cocina y ella se sentía muy feliz.

Cuando sus ojos se encontraron, Jeff hizo un gesto con el tenedor como si hubiera recordado algo, pero esperó a terminar de masticar lo que tenía en la boca. Carmen aguardaba, atenta.

—No te creerás el rumor que me ha llegado hoy.

—¿Qué es?

—Dicen que Muriel se ha camelado a las viudas y que vuelve como subdirectora de la agencia.

—¿Qué?

—Eso, que vuelve Muriel.