Mediodía #8
Formó la imagen en su mente: el águila. El águila orgullosa, ojos amarillos penetrantes, alas poderosas. Y la proyectó sobre la llama, sobre la imagen de Rich. En un movimiento rápido traspasó el centro del muñeco con la flecha que sostenía en las manos.
—¡Él águila ha sido herida! —exclamó, triunfante.
—Llegaremos demasiado pronto. —Rich interrumpió los pensamientos de la muchacha—. No querrás despertar a tu madre en plena madrugada, ¿verdad?
—Tendremos que dormir en el coche —repuso ella.
—¿No hay hotel en Santa Águeda?
—¡Estás loco! ¡Claro que no! Es un pueblo muy pequeño. Además, tampoco me alojaría contigo. Sería un escándalo.
Rich la miró, pícaro.
—Bueno, entonces podríamos parar en Ensenada. Allí encontraremos hoteles abiertos…
La frase de Rich se le murió en la boca. Contemplaba, con asombro, las tinieblas que tenía enfrente.
—¡Rich! ¿Qué te ocurre? —quiso saber Lucía, desconcertada.
Pero Rich no hizo ademán de responder. Había visto un águila. Un águila pico de poder, garras de ambición, en un cielo de luz. Y una flecha volando hacia ella. La flecha clavándose en el pecho del ave.
Sintió un dolor agudo en el corazón; quiso tomar aire, pero no lograba inspirarlo. ¿Qué estaba pasando?
—¡Rich! —chilló Lucía sujetándole del brazo.
Pero él aún veía el águila, cómo esta intentaba mantener su vuelo planeando, y notó cómo empezaban a fallarle los músculos y cómo, traspasada por la flecha, iniciaba una caída en barrena.
—¡Ahora el águila muere! —gritó Anselmo y, tomando el machete de la mesa, con ambas manos, lo levantó por encima de su cabeza descargándolo con todas sus fuerzas sobre el muñeco.
La hoja cayó transversal sobre el pelele, cortándolo en dos secciones, limpiamente.
La parte inferior quedó medio arrancada de la maceta dejando salir parte de los papeles y plumas que contenía, como si se tratase de tripas.
La otra se desparramó sobre la mesa soltando su interior y extendiendo la cera de la vela sobre el tablero.
La llama seguía viva, pero palpitaba moribunda.
Anselmo se sentó en una silla; sudaba a mares y se notaba agotado.
Se quedó allí unos momentos, mirando la lucecita que se apagaba en la mesa y escuchando fuera.
Los golpes en la puerta habían cesado y parecía que la tormenta se alejaba.
Hizo acopio de fuerzas para levantarse y apagó la llama, presionándola con su dedo índice sobre la mesa.
Rich cayó sobre el volante y el coche mantuvo por unos instantes su dirección sobre la carretera. Pero enseguida empezó a perder velocidad y a escorarse a la derecha. La lluvia golpeaba intensamente los cristales.
Lucía quiso mover el volante, controlar el vehículo, pero el cuerpo de Rich se lo impedía.
—¡Dios mío! ¡Ayúdanos! —gritó cuando el automóvil rompió el parapeto lateral y se precipitó contra un muro.
Anselmo se desplomó desmadejado al pie de la mesa. Sus miembros no le obedecían y se sumergió en un profundo sopor. Pasaron horas hasta que pudo recuperar la conciencia; quizá ya fuera de día.
Sus piernas estaban dormidas y tuvo que hacer un gran esfuerzo para levantarse. Se notaba lento, pesado, pero debía terminar el trabajo. Las velas iluminaban aún la estancia y, yendo a la chimenea, desatascó el tiro que había sellado la noche anterior y encendió el fuego.
Cogió la vela de Lucía, que continuaba ardiendo en la mesita lateral, y con un cuidado amoroso la puso en la repisa.
Luego la apagó. Hizo lo mismo con todas las velas de los estantes y solo la lumbre de la chimenea y los cuatro velones de la mesa daban ahora luz a la estancia.
El fuego ardía ya potente y uno a uno Anselmo fue quemando los restos de su aquelarre: los trozos del muñeco, incluidos los pedazos de pluma que sobraron de su construcción, y también las ofrendas de maíz y la cabeza del gallo.
Con su machete limpió la mesa de los restos de la vela de Rich, que también fueron a parar al fuego.
A continuación, abrió uno a uno los ventanucos, rezando en paipai antes de hacerlo. La luz de la mañana iluminaba la habitación y un rayo de sol llenó la estancia de alegría al abrir la ventana del este. Ya con luz diurna, los cuatro velones de la mesa fueron igualmente a parar a la lumbre.
Entonces Anselmo se plantó frente a la puerta y, agachando la cabeza, murmuró una cantinela en lengua indígena, y una vez terminada esta, dijo un padrenuestro en español. Luego abrió la puerta.
Agustín yacía en el exterior, acurrucado en posición fetal.
Las sillas se encontraban caídas, a unos metros de distancia, y la manta había desaparecido.
El hisopo estaba en el suelo y poco más allá, al frente, la botella de tequila vacía, que había rodado hasta un hueco del terreno.
Varias ramas de los pinos que crecían cerca de la puerta se amontonaban en la tierra; el viento o quizá un rayo las habían desgajado.
—¡Agustín! ¡Dios mío! —exclamó el viejo—. ¡Que esté bien don Agustín!
Se inclinó para tocarle la mejilla. Estaba frío. Al buscarle el pulso vio que mantenía la cruz sujeta en una mano y el relicario con las Sagradas Formas en la otra. ¡Y el pulso aún latía!
Arrastró al cura hasta apoyar su espalda contra la pared y allí le palmeó las mejillas con suavidad.
—¡Don Agustín! ¡Don Agustín! —le decía—. Despierte.
—¿Qué ocurre? —respondió el cura, al rato, entreabriendo los ojos—. ¿Quién eres?
—Soy yo, Anselmo.
—¿Anselmo?
—Sí, Anselmo. ¿No recuerda lo que pasó anoche? ¿Vino el diablo?
El religioso lo miraba con ojos desorbitados sin decir nada. Al fin habló.
—¡Oh, no! ¡Anselmo!
—¿Qué pasa?
—Que yo creía que había muerto y que despertaría en la gloria y me encuentro de nuevo aquí. Otra vez con el viejo brujo. ¡Castigo a mis pecados!
—Pase adentro. Está helado. —Y lo ayudó a incorporarse—. Tengo el fuego encendido, y si se queda a almorzar, hoy tenemos gallo.
Agustín se reponía sentado frente al hogar, tomando un café mientras Anselmo cocinaba unos huevos y tortas de maíz. La casulla, embarrada, colgaba de una silla y él se cubría con una manta.
—Cuando el rayo me estalló encima y el árbol cayó golpeándome, tuve la certeza de que moría, de que el diablo me mataba —explicó Agustín—.
Y una muerte así, defendiendo la fe frente a la maldad o la ignorancia, es martirio.
Me sentía feliz por haber sido capaz de plantarle cara al diablo y al miedo.
No podría esperar más de esta vida que morir enfrentándome a Lucifer.
—Pues no ha muerto y lo único que le he encontrado es un rasguño en la frente.
—Pues me duele la cabeza.
—¿No será, padrecito, la resaca del tequila? —Anselmo sonreía socarrón.
—Sí, tomé bastante anoche. —El cura lo miró desafiante—. Hacía un frío terrible, estaba oscuro y necesitaba animarme. ¿Qué insinúas? ¿Que me imaginé lo del diablo?
—No, en absoluto. —Ahora Anselmo lo miraba con seriedad—. El diablo estuvo aquí anoche.
—Dime, ¿no le habrías puesto alguna de tus pócimas al licor? ¿Toloache? Tenía un sabor extraño.
Anselmo tardó en contestar. Cogió unos platos de la alacena, sirvió los huevos y las tortas y los puso en la mesa. Luego dijo, como distraído:
—Si le sabía raro es porque yo tengo mi fórmula especial para elaborar el tequila. Ande, venga a sentarse a la mesa.
Viendo el sol que entraba por la ventana del este, Agustín, aunque dolorido y cansado, se sentía feliz. Comían con apetito y Anselmo rompió el silencio:
—Gracias, padre, por ayudarme anoche.
—¿Qué es lo que hiciste exactamente?
—Algo de lo que al diablo le hubiera gustado participar.
—¿Tan malo era?
—Sí, pero no. Arranqué a Lucía de las garras de ese hombre, de las garras del mal. Ahora es libre. Tuve que hacer lo que quizá nunca se debe hacer, pero este era un caso extremo.
—¿Y qué fue eso?
—Prométame que lo que voy a contarle será secreto de confesión, que jamás se lo dirá a nadie.
—¿Estás bautizado?
—Sí.
—Entonces acepto. Si es secreto de confesión, nunca podré contárselo a nadie.
—Ese hombre, el que controlaba a Lucía, el que a pesar de estar casado disfrutaba de su cuerpo, ha muerto. Ahora ella es libre.
—¡Dios mío! —El cura se santiguó—. No puedo creer que lo hayas matado con tus brujerías.
—Lo hice. Está muerto —dijo Anselmo mirándolo con intensidad—. No está bien matar. Pero era él o ella. Y ambos la queremos, ¿verdad?
—Me engañas. No puede ser. —Agustín no salía de su asombro.
—Como quiera, don Agustín. Ya lo verá, pero gracias por protegerme. Sin usted Lucifer habría entrado en la casa. Y quizá no podría haberme librado nunca más de él.
—Me confundes. No sé si creerte.
Agustín, negando con la cabeza, sorbió su café, pensativo. No daba crédito a lo que el viejo acababa de contarle y no podía pensar en otra cosa que no fuese lo vivido la noche anterior. Al rato dijo:
—Soy yo quien tiene algo que agradecerte.
—¿Qué es?
—Anoche, gracias a ti, me enfrenté a mis miedos, a mis dudas, a mi odio.
A lo que más me hace sufrir. Vi al diablo.
Ahora sé con toda certeza que el demonio existe.
Y por tanto también sé con toda certeza que Dios existe.
Mi vida no ha sido en vano. He intentado construir la obra de Dios durante casi toda mi existencia, para dudar al final. Ahora ya no hay duda.
—Me alegro mucho por usted. —El viejo sonreía, esta vez franco, feliz, sin ningún matiz irónico—. Felicidades, padre.
—Gracias, don Anselmo. —Agustín le devolvió la sonrisa con alegría de niño.
—Bueno —la expresión de Anselmo era socarrona ahora—, ¿y qué les dirá a sus feligreses cuando sepan que ha pasado la noche conmigo?
Agustín se lo quedó mirando. Apoyados los codos en la mesa y sujetando su taza de café con las dos manos, repuso pensativo:
—Les diré la verdad: que la pasé con el diablo. —Y buscó, como indagando, una respuesta en los ojos del viejo, aquellos que había visto, en plena oscuridad, la noche anterior.
—¡Abuelo! —Lucía se levantó de un salto de la cama en la que se encontraba en el hospital para darle un abrazo a Anselmo—. ¡Dios mío, abuelo! ¡Creía que habías muerto!