Ojos en la noche Mediodía #7
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Mediodía #7

Eso era lo que lo asustaba; la ceguera y el sentimiento de que el aire que lo azotaba eran unos dedos inmundos que le palpaban la cara y el cuerpo. Aquel pensamiento sí lo intimidaba. Quiso encender un cigarrillo, pero el viento apagaba el fuego incluso cuando se cubrió la cabeza con la manta.

Deseó llamar a la puerta para que Anselmo lo dejara esperar dentro. Pero ¿confesar que estaba muerto de miedo? No, jamás haría eso. Antes perecería de frío o de un ataque al corazón de puro terror. Se consoló de aquel triste pensamiento con otro trago de tequila.

El aire intensificaba su gruñido y lanzaba contra su cara lo que parecía arena y también algo de agua. Sí, iba a llover.

Sacó el rosario del bolsillo de su sotana, puso con cuidado el crucifijo en su regazo y empezó a rezar: «Padre, Señor, ayúdame en este trance».

Pero el viento y el agua arreciaban. Y de pronto, el cielo y el horizonte se abrieron en un relámpago tan intimidante como inesperado.

Cruzó en zigzag detrás de la colina e iluminó la desolada noche como en blanco y negro.

Los árboles, el campo, el camino, todo parecía irreal, como salido de un sueño.

Las ramas de los pinos se agitaban con violencia, soltando sus hojas en forma de agujas, los matojos secos rodaban en su dirección, como si quisieran golpearlo, y unas nubes negras galopaban en el cielo.

Antes de que la luz se apagara, Agustín vio aquello.

Y una vez la oscuridad se hizo más intensa que antes, la imagen quedó grabada en su mente.

Parecía como una persona, envuelta en un abrigo, o una capa, bajando de la colina, dirigiéndose hacia él.

Procedía del desierto, de donde los antiguos misioneros creían que habitaba el diablo.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo y notó las palmas de las manos húmedas, ya no por la lluvia, sino por un sudor helado.

—Padre, Dios mío, ayuda —murmuraba, y empezó a rezar padrenuestros y avemarías.

El sonido del trueno llegó entonces sobresaltándolo en la oscuridad.

Sentía la presencia de aquel ser acercándose a través de la negritud de la noche; sabía que llegaba, que venía hacia él. Agustín se acurrucó en su silla, envuelto en tinieblas y temor, los músculos tensos, casi agarrotados, como el que espera un golpe que no sabe por dónde llegará.

Mientras recitaba sus oraciones, los pensamientos rodaban desenfrenados por su mente, tal como los matojos secos lo hacían en la noche.

¿Qué sentido había tenido su vida, sacrificada al servicio de Dios, un Dios del que el diablo lo hacía dudar tantas veces últimamente?

Su madre, Lucía, Alba… Había renunciado a las mujeres que amaba.

Pero dedicó su vida, por amor a Dios, al servicio de las gentes, de pobres humanos perdidos, igual que él, entre dudas y miedos.

Quizá era allí, con ellos, con el prójimo, en el cumplimiento del mandamiento de amor a los demás que Jesucristo hizo; quizá allí estaba Dios, el Dios del que no se podía dudar y cuya perfección era lo opuesto a la imperfección humana, y cuya necesidad y existencia eran irrenunciables para el pobre mortal invadido por los temores.

Dios, el destructor del miedo. A eso había dedicado la vida; a dar fe, a dar esperanza, a matar el miedo y el desamparo de las gentes. A ser el instrumento de Dios.

Un golpe de viento ululante avisó de que aquello se acercaba.

Esta vez, cuando el rayo rasgó la oscuridad, su vista se dirigió hacia el camino de la colina.

Allí más grande, avanzando implacable, rodeado de un escenario fantasmagórico de vegetación agitándose desesperada, agónica, estaba aquello.

Una silueta más negra que la negra noche y cuya oscuridad no podía penetrar la luz violenta del relámpago.

Y avanzaba. El trueno golpeó sus oídos casi de inmediato, al extinguirse la luz.

El centro de la tormenta había llegado y rompía con toda su fuerza.

A pesar de que sus pensamientos no se detenían, Agustín seguía de forma automática con sus rezos.

No interrumpió su oración ni por el siguiente trago de tequila.

Decidió que el diablo no lo encontraría acurrucado en la silla y muerto de miedo.

Él había venido para luchar contra el maldito, y eso haría, aunque el terror continuara encogiéndole el corazón.

«Ha llegado el momento», se dijo, y colgándose el rosario al cuello, bebió otra vez. Luego se puso en pie y lanzó la botella hacia delante, al centro de la oscuridad, como para herir al maligno que se acercaba.

—Estarás ya casi aquí, pero conmigo no vas a poder. —Le hablaba al señor del miedo, al diablo, y lo hacía para infundirse valor.

El crucifijo estaba en su mano izquierda, y con la derecha dejó caer la manta para que la casulla, el hábito de la santa misa, quedara bien a la vista.

Inclinándose para palpar en la otra silla encontró el relicario que contenía la Sagrada Forma.

E incorporado, con el cabello al aire, pues un golpe de viento debió de robarle su boina cuando dormía, con la casulla hinchada por el vendaval, levantó los brazos con la cruz en uno de ellos y el relicario con la Sagrada Forma en el otro. Tiritaba.

—Ese va a ver lo que es un cura de verdad —murmuró, dándose ánimos—. Un cura de Aragón. —Y luego gritó—: ¡No pasarás, maldito!

Una ráfaga de gran violencia lo hizo tambalearse y a punto estuvo de derribarlo sobre la silla. La apartó con una pierna para apoyar su espalda contra la puerta. Lo notaba allí, casi encima de él.

— Vade retro , Satanás —gritó la vieja fórmula con todas sus fuerzas.

Y el viento le trajo odio, mucho odio, un rencor casi sólido que lo golpeó como un bofetón. También traía miedo, terror, pánico. Pero él sabía que esas eran las armas del diablo, y para combatirlas empezó a rezar otro padrenuestro en voz alta.

El cielo se abrió con una gran luz y vio que el ser oscuro estaba frente a él, casi tocándolo. Al mismo tiempo un trueno se dejó oír con un tremendo estampido. Unos ojos; eso es lo que podía ver. Unos ojos inyectados en odio, de deseo de dolor, de maldad.

Agustín puso la cruz frente a aquello y gritó:

—En nombre de Dios y de Jesucristo, su hijo, te ordeno que te vayas, Lucifer.

De repente la oscuridad se hizo silenciosa, como si la tormenta hubiera cesado. Agustín empezó a recitar de nuevo el padrenuestro y le pareció ver dos puntitos brillando en la negrura.

Los ojos, ¿qué le recordaban aquellos ojos?

Se estremeció. Creyó haber visto los suyos propios.

Sintió que más odio lo azotaba y que el pánico volvía.

Sus propios ojos, su mirada odiando. Sus ojos contra los de Anselmo.

Odiando al viejo. La mirada de Anselmo. De pronto, al recordarla se le hizo familiar.

Había visto aquella mirada muchos años antes, en su infancia.

Había guardado aquel recuerdo soterrado.

¡Era como lo miraba su propio padre! ¡La mirada de Anselmo era la de su padre al pie del autobús!

«Aprende a ser hombre antes que cura», le dijo al despedirse.

Y lo miraba de aquella forma. No había odiado nunca a su padre, pero sí a Anselmo.

Se dio cuenta de que aquello era el diablo.

Lo opuesto a Dios. El diablo era odio. El diablo era miedo.

—¡Te ordeno que te vayas, Lucifer! ¡No pasarás! —gritó—. En nombre de Dios Nuestro Señor, ¡vete de aquí!

La luz cegó al cura y otro trueno lo sacudió como a una hoja.

Oyó el ruido de un árbol desgarrándose, olía a azufre, a humo, a fuego.

Algo contundente le hirió y, mientras caía, a Agustín lo embargó la dicha del martirio; ya no sentía miedo ni odio.

Aquella era la mejor de las muertes para un misionero; dar la vida por su fe.

—Dios mío, acógeme —musitó en su dolor antes de que incluso la oscuridad desapareciera para él.

La tormenta descargaba fuera con toda su intensidad y los truenos retumbaban haciendo vibrar el interior de la estancia donde Anselmo celebraba su rito.

El muñeco de raíz continuaba en el centro de la mesa, manchado de sangre, plantado en la maceta y con la vela de las tres erres asentada sobre su cabeza.

El cirio de Lucía, con su crucifijo protector apoyado en la base, se erguía más alto, en una mesita aparte, atrás.

El viejo estaba de rodillas. Se incorporó y dejando el machete con el que había decapitado el gallo negro encima de la mesa, tomó una vieja flecha de punta de pedernal.

Con pasos comedidos, como de danza, empezó a balancear su cuerpo de un lado a otro entonando una cantinela en la antigua lengua nigromante de los riaños.

El aire, que penetraba en la casa por rendijas desconocidas, agitaba las llamas de las velas.

Unos golpes fortísimos sacudían la puerta, que amenazaba con caerse de un momento a otro. El viejo sabía que era el diablo que quería entrar. Solo esperaba que Agustín resistiera.

Pero continuó su danza sin apresurarse. Pasó la punta de la flecha por las velas. Una a una, calentando la piedra. Al fin, se detuvo inmóvil asiendo el dardo entre las manos y concentrando la vista en la llama del cirio que se sustentaba en la cabeza del muñeco.

A través de la llama de Rich, el viejo podía ver al fondo, más alto, el fuego de la vela de Lucía.

Inspiró todo el aire que pudo buscando, ávido, la imagen que quería.

Pero no pudo alcanzarla. Anselmo notaba un sudor de angustia en la frente al volver a llenar sus pulmones para intentarlo una vez más.

¡Aquel era el momento! Pero nada. Los golpes en la puerta crecían en violencia y la construcción temblaba.

¡Tenía poco tiempo! Concentró, de nuevo, su mirada en el fuego y al fin lo vio.

Allí estaba su enemigo, pico de poder, mirada de ambición, sonriendo seductor a la muchacha que lo acompañaba en el coche: Lucía.