Ojos en la noche Mediodía #6
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Mediodía #6

Agustín se movió incómodo en la silla. Llevaba unas dos horas sentado, rezando y rezando, y no había ocurrido nada.

Bueno, algo sí. Habían llegado más de aquellos nubarrones siniestros que se desplazaban ahora con más rapidez por el cielo.

Lo podía notar por la aparición de pequeños claros que se iban veloces.

Entonces veía, fugazmente, alguna que otra estrella.

A pesar de llevar puesta la casulla, empezaba a tener frío.

Pensó en usar la manta que Anselmo le había proporcionado y que él puso en el respaldo de su silla, pero se dijo que sería poco digno colocarla encima de la casulla.

Tanteó en la oscuridad la silla de su derecha, aun con los ojos acostumbrados a la oscuridad le era imposible distinguir los contornos.

Sí, allí encontró el relicario de plata y el hisopo.

La cruz la había mantenido todo el tiempo en sus manos, excepto cuando encendió los cigarrillos.

Se incorporó y dio tres pasos hacia delante.

Estirar las piernas le hacía bien, pero allí, lejos de sus armas, se sintió desprotegido y un temor funesto se apoderó de él.

La negritud de la noche y el viento que crecía con un fragor maligno lo hicieron estremecerse en una tiritera mezcla de frío y miedo.

Desanduvo los tres pasos con cautela; no quería derribar las sillas a la vuelta y perder en la oscuridad alguna de sus sagradas pertenencias.

Las tinieblas lo amenazaban. Se sentó y con mano temblorosa se puso a buscar la botella de tequila.

Por suerte todavía estaba allí, en el suelo.

Tomó un trago largo. Era tan fuerte como esperaba, sabía bien, pero aun así era raro.

¿Qué le había puesto Anselmo al tequila?

El cirio de Lucía, alto y esbelto, seguía quemando en la mesita lateral y el viejo le puso una estampa de la Virgen de Guadalupe y un pequeño crucifijo como protección. Reavivó la brasa en su pebetero y entre cánticos y rezos fue repartiendo el humo de la concha marina a uno y otro lado de la sala.

El muñeco de raíz descansaba ahora tendido en el centro de la mesa, entre los cuatro velones, con la vela de Rich Reynolds, muy corta y marcada con tres erres rojas, unos centímetros por encima de su cabeza.

Anselmo cogió una maceta con tierra blanda hasta el borde, quitó una parte y en el hueco obtenido depositó el muñeco.

Este quedaba enterrado de cintura para abajo, aunque erguido, y el viejo se aseguró de que el fetiche mantuviera la verticalidad apretando la tierra sobrante en su base.

Después roció la cabeza del muñeco con cera de la vela de Rich Reynolds, que puso en equilibrio, sosteniéndola sobre la criatura por él creada.

Arrodillado rezó, sujetando un afilado machete con ambas manos. El murmullo de truenos lejanos llegaba desde el exterior; se avecinaba tormenta.

Extrajo un bulto cubierto por un gran paño de debajo de la mesa y, tirando de este, descubrió una jaula con un gallo negro que, sobresaltado al ver la luz, cloqueaba suavemente e iba sacando la cabeza por entre los barrotes con movimientos bruscos.

El viejo abrió la portezuela y con un rápido movimiento lo sujetó con fuerza, con la mano izquierda, por las alas en su unión con el cuerpo.

Con la derecha asió el machete, y a pesar de los esfuerzos y pataleos del animal, agachó el cuerpo del ave hasta hacerlo tocar el suelo con la cabeza.

De un solo tajo decapitó al gallo y sujetando al ave, que se contorsionaba y pataleaba ahora con más fuerza, empezó a rociar al muñeco con la sangre que brotaba del cuello cercenado.

—Yo te bautizo, Richard R. Reynolds —dijo en lengua cucapá.

Cuando la sangre se detuvo, el fetiche estaba empapado, la tierra de la maceta mojada, pero la corta vela, aunque manchada en su base, seguía ardiendo con llama vertical y alargada. Después puso dos platillos frente al muñeco como ofrenda. Uno con maíz y el otro con la cabeza del gallo.

Fuera, el viento rugía y las paredes del ranchito parecían a punto de ceder; la tormenta estaba rompiendo en toda su intensidad.

Anselmo se arrodilló y empezó a murmurar una y otra vez en cucapá:

—Toma vida, coge vida.

Parecía que, en cualquier momento, el huracán podría arrancar la casa de sus cimientos.

«Ya llega, ahora es cuando quiere entrar», se dijo. Pero al instante volvió a su cantinela:

—Toma vida, coge vida.

Haría media hora que habían cruzado la frontera por San Ysidro y la radio del coche aún sintonizaba una emisora de San Diego que emitía música de rock suave.

Cuando salieron de Los Ángeles el cielo estaba despejado, pero al acercarse a México empezó a cubrirse.

Ahora podían ver los relámpagos iluminando el horizonte al sur y el viento sacudiendo la vegetación a los bordes de la carretera; algunas gotas chocaban contra el parabrisas.

El silencio se había asentado entre ambos y Lucía estaba acurrucada en el asiento del lujoso coche de Rich como en posición de dormir.

Pero no podía. Estaba demasiado tensa y no dejaba de pensar en su abuelo.

Lo había dejado muy solo al seguir los consejos de don Agustín y de su madre de irse a Los Ángeles.

Debería haber regresado para verlo y no lo hizo.

Luego surgió esa pasión loca por Rich y la distancia aumentó, no solo con el abuelo, sino también con su madre y con el cura.

Había desobedecido. Y había contrariado al viejo convirtiendo lo que él le había enseñado como algo puro, místico y espiritual, en moneda de cambio para triunfar en aquel país nuevo.

Primero con Muriel y después con Rich. ¡Pero es que se sentía tan sola!

Empezó por ayudar. Apreciaba a Muriel y al verla aquella tarde angustiada por la suerte de su padre quiso aliviarla. Y le dijo dónde encontrarlo.

De pronto pasó a ser más querida, respetada, admirada. Era muy agradable. Y Muriel se hizo amiga suya. Así fue como empezó a ayudarla en asuntos relacionados con su trabajo y a vigilar a Rich. No salía de casa, no conocía a otros hombres y poco a poco, de forma estúpida, fue enamorándose de él.

Luego, al traicionar a su amiga, convirtiéndose en la amante de Rich, había comprometido, más aún, su integridad e inició una nueva vida que la alejaba, día a día, de lo que don Agustín y su abuelo, por distintos caminos, le habían enseñado.

Vivía en concubinato con un hombre casado, usaba su don para asuntos que no siempre terminaba de entender, y que temía fueran ilícitos, criminales quizá.

Ese hombre rollizo y carirrojo, el que habían asesinado. ¿Tendría razón Muriel? Sí, ella le había contado a su amante dónde iba y qué hacía. ¿Estaría relacionado con el crimen? Sentía una profunda angustia. ¡Amaba tanto a ese hombre!

Unos minutos antes, en el coche, le dijo que cuando él pudiera divorciarse de Sharon se casarían. ¿Sería verdad que la convertiría en su esposa?

Quería creerlo, pero una voz interior le advertía que eso no se cumpliría; algo iba a salir mal.

Mientras el coche avanzaba veloz, la noche se hacía más oscura y los rayos, cruzando el horizonte sur, proyectaban un fulgor siniestro.

Agustín se despertó con un sobresalto. ¿Dónde se encontraba?

Estaba sentado, pero ¿dónde? La oscuridad era casi completa y tiritaba de frío.

El viento rugía y notaba cómo levantaba su casulla.

Aun esforzándose, no conseguía distinguir su entorno.

Sentía un temor profundo, indefinido, que le presionaba la tripa.

Sí, recordaba… Se habría quedado dormido durante la guardia. ¿Pero cómo pudo dormirse? Sería el tequila; notaba un gusto amargo en la boca. Quizá hubiera bebido demasiado, pero aquel frío, aquel aire, el entorno siniestro…

De un salto se puso en pie, mirando con recelo la oscuridad de su alrededor.

Sí, claro que recordaba perfectamente por qué estaba allí.

Debía proteger la puerta contra el diablo.

De pronto sintió miedo. Pánico. Deseaba salir de allí, marcharse corriendo.

Contención, debía contenerse. Tanteó detrás en la oscuridad y al notar la madera de la puerta se sintió aliviado.

Pudo ver un leve resquicio de luz que se filtraba bajo la entrada.

Anselmo estaba allí dentro, tenía la espalda cubierta.

Si de verdad se le aparecía el inmundo ser, el diablo, tendría que venir de frente.

Buscó a su derecha, palpando. El hisopo del agua bendita y el relicario con la Sagrada Forma aún estaban allí, sobre la silla.

Iba calmándose poco a poco. El viento aumentó su rugido y su fuerza.

Hacía más frío y, tanteando el respaldo de la silla, encontró la manta.

Se la pondría. Quizá su aspecto no fuera muy gallardo, pero al fin y al cabo, ¿quién lo iba a ver?

Mucho frío; a pesar de la manta continuaba teniendo mucho frío. De nuevo encontró lo que buscaba; la botella. Dio un trago. Sentía su mente espesa y el frío no le ayudaba a aclarar los pensamientos. ¿Habría puesto Anselmo algo en el tequila?

De repente sintió un golpe de aire más fuerte y un sobresalto.

¡El crucifijo! ¿Dónde estaba el crucifijo?

Lo tenía antes de quedarse dormido, pero ya no.

Trató de calmarse. Se inclinó palpando el suelo y al notar el contorno familiar de la madera de la cruz se sintió reconfortado.

¿Por qué narices había aceptado ese maldito encargo de esperar al diablo?

La noche rugía con el viento y notaba movimientos espeluznantes en la profunda oscuridad.

Tenía miedo y lamentaba encontrarse allí.

No obstante, pensó tratando de calmarse, ¿qué sentido tendría su vida si se hubiera acobardado cuando Anselmo se lo pidió? Ninguno. ¿Qué dignidad hubiera merecido huyendo? Ninguna.

Sí, aquel era su lugar. Haciendo guardia en una noche en la que no podía ver nada, tan oscura y tan negra como un pecado mortal.