Mediodía #5
Anselmo salió de su ranchito al oír el ruido de la motocicleta de Agustín.
Supuso que era él, ¿quién si no conduciría un ciclomotor por aquel camino y a aquella hora?
Cuando lo vio aparecer doblando el recodo, encima de la moto, vestido con casulla verde color esperanza, estola al cuello y sonrisa radiante, el viejo no podía dar crédito a lo insólito del aspecto del sacerdote.
Sin duda, el cura no sentía ningún temor al ridículo ni miedo a partirse la cabeza al enredarse sus vestimentas en las ruedas. Anselmo notó que empezaba a apreciar a su antiguo enemigo.
—¿Qué se supone que va a ocurrir y qué pretendes que haga yo? —inquirió tan pronto detuvo su motocicleta y tras un breve saludo.
—Venga, padre, venga conmigo a ver cómo se pone el sol y platiquemos.
Tomándolo del brazo, Anselmo lo condujo por el polvoriento campo hacia la vista sobre el océano.
—Va a ocurrir por la noche —le contó—. Voy a realizar una ceremonia con la que pretendo que ese hombre deje de perseguir a Lucía, que ella advierta su error y que vuelva con nosotros.
—¿Así, sin más? —repuso Agustín, extrañado—. ¿Como si le hablaras a distancia?
—Sí. Practicaré unos ritos para hacer que la deje.
—Que pretendas hacer alguna de tus brujerías, lo creo. Pero no me creo que funcione.
—Debe poner fe, don Agustín —el viejo sonreía al reprocharle—, sin fe esas cosas no funcionan.
Habían llegado al extremo del campo de maíz, y el sol caía ya sobre unas aguas que parecían inmóviles en la lejanía, pero que batían en olas inquietas, crecientes, en la playa bajo la colina.
En el horizonte unas nubes oscuras mostraban bordes cual puntillas blancas, doradas y brillantes.
Iban a cubrir el sol en unos momentos y la brisa ya cambiaba a viento. Pero aquel instante era bello.
—Tienes una hermosa vista, don Anselmo.
—¿Desde cuándo usa el «don» conmigo?
—Desde que he empezado a creerme que quizá, a lo mejor, eres capaz de apartar a nuestra Lucía de las garras de ese individuo.
—Procuraré no fallarle.
—Pero ¿qué es lo que vas a hacer exactamente?
—Eso no se lo diré. Es secreto.
—¿Por qué? ¿Es algo malo?
—Ya le dije, padre, que lo que voy a hacer está en el límite. Es peligroso.
El sol en luminarias rojizas y doradas, cubierto en parte por una nube, se metía ya en el océano y ambos hablaban sin mirarse, con lentitud, sentados en unas grandes piedras del promontorio, dejando discurrir sus pensamientos y atendiendo al espectáculo del astro que coloreaba nubes y mar.
—Es brujería —afirmó Agustín de pronto.
—Sí. Esta vez tengo que ir más allá de una curación a un enfermo. —Anselmo seguía mirando al sol en el horizonte y hablaba como para sí mismo—. Quizá perjudique, quizá dañe a ese hombre. Es algo que no me he atrevido, durante muchos años, a repetir. Algo que puede no ser lícito.
—Entonces, en ese caso, yo no te puedo ayudar.
—No me ayuda a mí, sino a Lucía.
—Pero yo no puedo hacerle daño a nadie.
—Don Agustín, usted no le hará daño, solo me ayudará a que yo la salve. Y ahora permítame que guarde unos minutos de silencio.
El sol ya casi había desaparecido y Anselmo cerró los ojos canturreando algún tipo de plegaria.
—Es el momento de ir a casa y ponernos manos a la obra —dijo minutos después del ocaso, levantándose.
E inició el camino hacia su ranchito. Los nubarrones, oscuros, ya habían cubierto la parte oeste del cielo.
Agustín percibió algo siniestro y lúgubre en aquellas nubes plomizas que parecían avanzar veloces hacia ellos. Sintió un escalofrío, un extraño temor.
—Mire, padre. Ya se lo conté; hace muchos años yo practicaba esas cosas, hice brujería.
E invoqué a ciertos espíritus. Lo pagué muy caro, no podía librarme de ellos.
Aun sin llamarlos, algunas prácticas atraen a esos entes malos.
Puede llamarlos demonios. Son peligrosos, pero si son de un nivel bajo, no me preocupan.
Sin embargo, tienden a querer quedarse y durante mucho tiempo estuve luchando para librarme de ellos.
Cuando lo logré, me prometí que nunca repetiría esos ritos, esas invocaciones.
Pero ahora tengo que hacerlo. No sé, no conozco ninguna otra forma de poder librar a Lucía de ese hombre.
»Y hoy regresarán, hoy puede venir el mayor de todos.
El diablo. El ángel caído que busca la luz.
El que quiere saber más, ser más que Dios.
Yo también quise saber más. Quise saber de lo lícito y lo ilícito.
De lo puro y lo impuro. De la virtud y del pecado.
Del bien y del mal. De la curación y del mal de ojo. De la magia blanca y de la brujería.
»Estoy seguro de que hoy vendrá, se llama Lucifer.
—¿Y para qué me quieres a mí?
—¿Ha traído agua bendita? ¿Y la Sagrada Forma?
—Sí, pero no vas a mezclar nada de eso con lo tuyo. —El cura lo miró alarmado—. ¡Es intocable!
—Sí, lo sé, padre. —Anselmo hizo un gesto para tranquilizarlo—. Jamás he pretendido tal cosa. Solo quiero que esté usted protegido.
—Dime lo que tengo que hacer.
—Yo oficiaré mis ritos dentro del rancho.
Y necesito su ayuda contra esos espíritus que querrán entrar en mi casa.
Los pequeños pueden colarse por cualquier sitio, rondan como perdidos y esas invocaciones los atraen.
Si usted bendice el entorno del ranchito y lo rocía con agua bendita, eso ya me sirve de defensa contra esos diablillos.
Pero cuando venga el diablo…, a Lucifer no lo detiene el agua bendita.
Lo necesito para que usted haga guardia en la puerta de mi casa durante la noche.
—¿En la puerta? —Agustín estaba sorprendido—. ¿Pero por qué en la puerta? El diablo también podría entrar por las ventanas, por la chimenea o atravesando paredes.
—Sí que podría. Pero Lucifer es muy orgulloso, se cree grande, invencible, sabio... Él solo entra por la puerta.
—Le dejo una botella de tequilita. Va a ser una noche difícil. —Al cura le pareció distinguir en la voz de Anselmo un tono afable, casi tierno, que le sorprendió.
Las pocas estrellas que aparecían entre las grandes nubes no daban luz y la oscuridad era casi absoluta en el exterior de la casa.
La primera parte del trabajo estaba hecha.
Agustín había recorrido el exterior del ranchito rociando con su hisopo las paredes y especialmente las ventanas con agua bendita.
Y, antes, con una escalera de mano había hecho lo mismo con la chimenea y con la parte del techo a la que pudo llegar.
Acto seguido montó un improvisado puesto de guardia.
Una silla para él y otra para su arsenal: un relicario que contenía las Santas Formas consagradas, un recipiente para el agua bendita, su hisopo y un sencillo crucifijo de madera.
Aquello, su fe y el rosario que guardaba en el bolsillo debían de bastar para cumplir su cometido.
En una tercera silla descansaban su tabaco y el encendedor.
Agustín puso la botella de tequila a sus pies y se dijo que defendería aquella puerta, aun con su vida, si el gran cornudo aparecía.
—No le habrás echado ninguna de tus cosas al tequila, ¿verdad? —inquirió el cura al asaltarle la sospecha.
—No, padrecito. Yo no le haría eso a usted.
Agustín creyó ver en la oscuridad, o quizá la escuchó en la voz del viejo, aquella sonrisa rastrera que tanto odiaba.
—¿Seguro? —Sabía que, aunque Anselmo se lo jurara, él no se libraría del temor de que el brujo le hiciera alguna trastada.
—Puede usted tomarlo tranquilo. También le he traído una manta. La noche va a ser desapacible.
—Bien, gracias.
—Buena suerte. Que le vaya bien, padre. Nos vemos en la mañana.
—Que el Señor te guíe. Vigila lo que haces.
Cuando Anselmo cerró la puerta, la luz de las velas del interior desapareció por completo y Agustín se enfrentó a la oscura espera.
La estancia estaba profusamente iluminada.
Las velas ardían en las repisas de las paredes en compañía de estatuillas y estampas de santos.
San Sebastián asaeteado, san Pancracio bendiciendo, san Cristóbal con el niño a cuestas, la Virgen de Guadalupe, el Santo Niño de Atocha.
Pero también estaban allí los pequeños muñecos hechos de palo de hierro y decorados con plumas, los «cuñados».
Cuatro velas gruesas quemaban en la mesa del centro de la sala, formando un cuadrado.
Unos metros más allá, en una mesita, la vela de Lucía, erguida, estilizada, superaba a las demás en altura.
Ayudándose de una larga astilla, Anselmo tomó lumbre de la vela dedicada a Lucía para encender el contenido de una gran concha marina cuyo fondo estaba cubierto con arena.
Era una mezcla de romero, chamizo blanco, tabaco coyote y cortezas de arbustos, que logró encender soplando.
Al poco, un humo aromático se alzaba vertical, como las llamas de las velas.
El viejo se arrodilló frente a las imágenes rezando un padrenuestro en español y luego, al levantarse, tomó la concha humeante y, usándola cual pebetero, aventó el humo hacia los cuatro puntos cardinales, oeste, sur, este y norte, canturreando una canción de protección en su antigua lengua paipai.
Después se acercó a los ventanucos, que ya estaban firmemente cerrados, y sopló el humo protector hacia ellos.
Hizo lo mismo con la puerta y, al final, puso la concha bajo el agujero de la chimenea.
Acto seguido, cogió uno de los velones que quemaban sobre la mesa, lo acercó a la pared correspondiente a su punto cardinal, y con un rápido movimiento, lanzó la cera líquida sobre la ventana cerrada y de inmediato, con las manos, mientras aún estaba caliente, la extendió para cubrir el mayor espacio posible.
Repitió la operación, sin dejar de canturrear, con cada uno de los velones restantes sobre su pared y cera de todos ellos en la puerta.
Taponó la salida de humos de la chimenea con unos trapos, sobre los que simbólicamente aplicó más cera.
Al fin se dijo que la habitación estaba sellada, protegida contra el enemigo, e inició la ceremonia.