Ojos en la noche Mediodía #4
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Mediodía #4

—Sé que tienes asesinos a sueldo y que él te molestaba porque me impedía ver.

—La chica tenía los ojos llenos de lágrimas—.

Ahora veo, pero él no está, no lo encuentro.

He llamado a Santa Águeda, a mi madre, al padre Agustín y nadie sabe de él; ha desaparecido.

—Y sacudiendo el brazo se libró de la mano que la sujetaba—.

Y estoy segura de que tú estás implicado.

—Ahora lo miraba con furia—. ¡Maldito seas! ¿Qué le has hecho?

Rich percibió odio en aquellos bellos ojos almendrados que lo contemplaban con una dureza desconocida, insospechada, y sintió pánico.

No podía perder a Lucía. Era la pieza clave en sus planes, la llave de sus ambiciones, de todo lo que él soñaba lograr.

Con ella podría conseguir lo que quisiera.

Sin ella todo sería difícil. Era su principal aliado, debía conservarla a su lado, debía mantenerla a toda costa.

Notaba el miedo en forma de nudo formándose en su estómago.

¿Habría visto Lucía algo que lo acusara?

¿La identificación con la foto que Charly Cara Perro le había enviado? ¿O solo eran sospechas?

Compuso una de sus atractivas sonrisas.

—Por favor, Lucía. ¿Pero qué dices? —Sentía sudor frío en las palmas de las manos—. ¿Cómo puedes pensar que yo le haría daño a alguien a quien amas? ¡Te quiero!

—No te creo. —Ella negaba con la cabeza, con el ceño fruncido.

—Te lo juro, Lucía. Por lo más sagrado. Sé cuánto amas a tu abuelo. Yo nunca le haría daño.

—Quisiera creerte —su mirada se había suavizado—, pero no puedo. Me voy. Ahora mismo. Me voy a Santa Águeda. Voy a buscar a mi abuelo.

—Pero, por favor, Lucía, razona. Ahora no encontrarás autobuses para México. Es demasiado tarde. Tranquilízate. Haremos que lo busquen mañana. —Le abrió los brazos—. Ven conmigo; yo te ayudaré en todo.

—No, Rich. Me voy ahora mismo. —Ya no lloraba y su voz sonaba firme—. No me quedo un minuto más aquí. Llamaré a Carmen para pasar la noche con ella, o si no a Muriel. No puedo estar contigo sospechando de ti.

Rich intentó pensar rápidamente. No podía dejarla ir, pero tampoco podía retenerla a la fuerza. ¿Qué hacer?

—No hace falta que llames a nadie.

Ella se quedó mirándolo inquisitiva.

—Te he dicho que te ayudaría a buscar a tu abuelo. —Hizo una pausa y le dedicó otra de sus cautivadoras sonrisas—. Pues bien, si no puedes esperar, pues… salgamos ahora mismo hacia tu pueblo. Te llevo en coche. Lo encontraremos sano y salvo, ya lo verás. Te lo prometo.

—¿Hablas en serio? —Una sonrisa de dientes blancos iluminaba la expresión de Lucía—. ¿Harás eso por mí?

—Claro que sí. —Rich sintió alivio al notar que su encanto funcionaba de nuevo.

Quizá ella sospechara, pero no había visto nada.

Acarició suavemente la mejilla de la muchacha—.

Haría cualquier cosa por disipar esos oscuros pensamientos.

Estoy seguro de que no le ocurre nada a tu abuelo.

Y si le ha pasado algo, nosotros lo arreglaremos.

¡Te lo prometo! Prepara tu bolsa de viaje. ¡Vamos a buscarlo ahora!

—¿Y tu mujer?

—Tendrá que entenderlo. Es una emergencia.

—¡Gracias, Rich!

Ella le echó los brazos al cuello para besarlo.

El sol iba hacia el ocaso y Anselmo cavaba afanosamente al pie de un cañizal.

Desenterraba las raíces, y al no encontrar lo que quería, volvía a cubrirlas.

Al fin pareció satisfecho y sentándose en el suelo fue apartando la tierra con cuidado.

Era un raigón bulboso de forma muy especial; una parte de unos treinta centímetros recordaba un tronco, con una cabeza y lo que parecían extremidades.

Cortó con cuidado las uniones del tubérculo con la planta y podó los extremos de manera que solo quedaran dos brazos, piernas y cabeza.

A continuación, puso, con reverencia, los despojos junto a las raíces sanas del vegetal y, después de cubrirlas con la tierra, se incorporó y quitándose el sombrero e inclinando la cabeza rezó una oración para que la planta siguiera viviendo a pesar de la amputación.

Luego, dirigiéndose con respeto a aquel pedazo de raíz de forma antropomorfa, le habló en lengua cucapá, la de los riaños, los nativos del delta del Colorado; la de los chamanes nigromantes.

Aquel muñeco había dejado de ser vegetal, era ya otra cosa.

Anselmo depositó su cosecha sobre la mesa de la sala de su ranchito. El sol entraba por la ventana orientada al oeste y, sobre la mesa, una vela encendida tenía marcadas, en su tronco de cera, tres letras en rojo: «R. R. R».

Allí también había una pluma de águila y el sobre, ya abierto, que Carmen le había enviado a través del cura.

Con cuidado, el viejo extrajo su contenido.

Desde la página recortada de un anuario de Reynolds eran los envoltorios sellados con cera que había dejado sobre la mesa.

En el espacio restante, puso todos los pedazos de pluma que cupieron y guardó el sobrante para quemarlo.

No podía utilizar los restos para ninguna otra ceremonia, ni tampoco tirarlos.

La pluma de águila era sagrada y solo quemándola podía desprenderse uno de ella.

Con hilo y aguja, el viejo cerró la tripa del monigote. Luego, vertiendo cera sobre lo cosido, esperó a que solidificara para ayudar a que el hilo se mantuviera sujeto en su lugar.

Al final, usando pegamento, puso la fotografía de la cara de Rich en la cabeza de aquel hombre de raíz.

Fue entonces cuando Anselmo dedicó unos momentos a contemplar su obra, ronroneando satisfecho.

Su voz se elevaba en un nuevo cántico y tomando al muñeco con ambas manos lo acercó a los rayos de sol que entraban casi horizontales y se lo presentó al dios Sol y a Mitapá Parktai, que se escondía detrás del astro.

—Acoge, Señor, al que va a nacer —dijo en cucapá.

Llevaba un par de horas dándole vueltas al asunto.

Se había arrodillado a rezar, en la iglesia vacía, frente a la llama del Santísimo.

Había medido lo largo y lo ancho del templo en grandes zancadas, las manos sujetas a la espalda, murmurando para sí.

Se fumó un par de cigarrillos, mirando con culpabilidad a su alrededor, a pesar de que estaba solo en la iglesia.

Salió al exterior y como ausente se paseó por la calle principal del pueblo, devolviendo distraído los saludos de los fieles con los que se cruzaba.

Anduvo hasta el pequeño puerto rocoso para ver las barquitas, blancas, verdes, azules, flotar en un agua clara y transparente esperando la salida nocturna de pesca.

Y al fin regresó a casa aún sumido en un mar de dudas.

«No, no debo mezclarme con los asuntos de ese brujo pagano.

—Y chupaba su pitillo—. No, no debo ir».

Era increíble lo que el viejo indio le había contado.

El diablo. ¡Qué estupidez! El miedo que debió de pasar en Tijuana le habría ablandado el seso.

«El diablo… Mira que hablar del diablo. ¿Existe el diablo?

¿Existen los ángeles? —En sus largos años de vida él no había visto ni a unos ni a otros—.

¿Existe D…? ¡No!, ¡otra vez, no! —¡Malditas dudas que regresaban de nuevo para atormentarlo!

Las dudas debían ser el propio diablo… o al menos eran su infierno—.

La certeza. ¡Dios mío! La certeza, la ausencia de dudas.

¡La certeza debe ser el cielo! La gracia de la fe que pedía san Agustín.

¡Por favor, Dios mío! ¡Dame la certeza!».

De un salto se levantó de la silla.

«Pero ¿qué pierdo con ir? ¿Que se burle de mí?

Pero ¿y si el viejo brujo tuviera razón?

—Sacudió la cabeza negando—. ¿Cómo podría tener razón ese loco?

¿Pero si la tuviera y se apareciera el diablo de verdad?

», se contradijo solo segundos después. Aplastó el cigarrillo en el cenicero, cogió de un zarpazo las llaves de la iglesia que había cerrado minutos antes y salió a la calle como una exhalación.

Él, Agustín, no era de los que huían en la batalla.

Aunque todo fuera una tomadura de pelo. Aunque fuera del todo improbable.

Él estaría allí. Y si había diablo, él le mostraría al diablo lo que era un cura.